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(ca) Spaine, Regeneracion - ¿Trabajar para vivir o vivir para ser militante? — Solo una militancia cuidada puede perdurar. Y solo una que perdura puede transformar. Por Xesta Organización Anarquista Galega (de, en, fr, it, pt, tr)[Traducción automática]

Date Sat, 18 Apr 2026 08:19:59 +0300


1. La militancia como trabajo: un compromiso político necesario — Existe una idea que subyace en gran parte de las prácticas militantes contemporáneas y que rara vez se formula explícitamente: la militancia no es trabajo. Se presenta como una vocación, como un compromiso ético, como una dedicación personal, como un sacrificio. Algo que se hace «porque es necesario», porque no hay alternativa moral, porque la causa lo merece, porque tenemos tiempo libre… Esta forma de denominarla no es inocente. Sirve para separar la militancia del ámbito laboral y, con ella, excluirla de las cuestiones fundamentales que el feminismo lleva décadas formulando: quién la apoya, en qué condiciones, a qué precio, con qué reconocimiento y con qué derecho a detenerla.

Índice
1. El activismo como trabajo: un compromiso político necesario
2. La división entre trabajo productivo y reproductivo: una construcción política
3. Reproducir socialmente: activismo, sostenibilidad e infraestructura política
4. Activismo, género y poder
6. Los costos de no reconocer el activismo como trabajo
7. Hacia una ética feminista del activismo en tiempos de retroceso social


Este artículo parte de un claro compromiso político: la militancia es trabajo, y más específicamente, es trabajo reproductivo. Esto se debe a que no produce bienes ni valor que puedan materializarse directamente en el mercado, pero sí produce algo esencial: comunidades políticas, lazos sociales, conciencia colectiva, continuidad organizativa, capacidad de lucha y poder.

Denominar la militancia como trabajo reproductivo no implica negar su carácter transformador. Al contrario. Un error común consiste en oponer reproducción y transformación, como si lo reproductivo fuera siempre conservador y lo político, por definición, disruptivo. Desde las teorías marxistas sabemos que la reproducción de la vida social no es un proceso neutral ni automático: es un ámbito central de conflicto. Reproducir no significa repetir lo mismo, sino posibilitar la existencia y la continuidad de algo. La militancia reproduce —o debería reproducir— sujetos políticos, prácticas colectivas y formas de vida que, precisamente, cuestionan el orden establecido. El hecho de que sea participativa, consciente y orientada al cambio no la hace menos reproductiva; la convierte en una forma de reproducción social contrahegemónica.

La dificultad para reconocer esto radica en una escisión profundamente arraigada en la modernidad capitalista: la separación entre el trabajo y todo aquello que queda fuera del empleo remunerado. El trabajo, entendido en sentido estricto, se presenta como productivo, asalariado, cuantificable y socialmente reconocido. Por el contrario, la militancia se sitúa en un plano moral: vocacional, heroica, sacrificial. No se realiza como trabajo, sino a pesar del trabajo, robando tiempo al descanso, a la vida, al cuidado. Esta escisión no describe la realidad; la produce. Al excluir la militancia del ámbito laboral, se impide reflexionar sobre sus condiciones materiales de realización.

La economía feminista lleva tiempo advirtiendo de las consecuencias de esta lógica: lo que no se denomina trabajo no cuenta. No cuenta en los análisis, no cuenta en las estadísticas, no cuenta a la hora de distribuir cargas o responsabilidades. El trabajo invisibilizado no se mide, no se organiza colectivamente, no se cuida. Y, sobre todo, no se distribuye.

Esta invisibilidad no afecta a todos por igual. Al igual que en otros trabajos reproductivos, son principalmente las mujeres y las disidentes quienes asumen las tareas menos visibles pero más constantes: organizar, cultivar vínculos, resolver conflictos, mantener la continuidad cuando la gesta se agota. No es casualidad que, cuando ciertas formas de militancia adquieren centralidad política, prestigio o capacidad real de decisión, se produzca un desplazamiento. Cuando el trabajo reproductivo se convierte en clave para el ejercicio del poder, se masculiniza, se profesionaliza y quienes lo han apoyado son expulsados.

Este patrón no es nuevo. Se repite históricamente cada vez que un ámbito previamente considerado secundario se vuelve estratégico. Lo interesante aquí es que la militancia no escapa a esta lógica. Pensar en ella como trabajo reproductivo no es un ejercicio académico, sino una herramienta política para cuestionar su significado, su contexto y sus formas. Porque solo aquello que se reconoce como trabajo puede reorganizarse desde criterios feministas: de justicia, distribución y sostenibilidad de la vida.

2. La división entre trabajo productivo y reproductivo: una construcción política
Para afirmar que la militancia es trabajo —y, aún más, que es trabajo reproductivo— es necesario, en primer lugar, desmantelar una de las ideas más naturalizadas de la modernidad capitalista: la supuesta neutralidad de la categoría «trabajo». Qué se considera trabajo, qué actividades entran dentro de esta definición y cuáles quedan excluidas, no es una cuestión técnica ni descriptiva. Es una decisión política, histórica y profundamente arraigada.

Desde la tradición marxista clásica, el trabajo productivo se define como aquel que produce valor, es decir, valor susceptible de realizarse en el mercado mediante la producción de mercancías. El trabajo productivo es, por lo tanto, el trabajo asalariado inserto directamente en el proceso de acumulación de capital. Esta definición no describe todo el trabajo social existente, sino solo aquel que es directamente funcional a la lógica capitalista. El resto —todo lo necesario para que exista este trabajo productivo— queda fuera de su alcance.

Es en este «exterior» donde se sitúa el llamado trabajo reproductivo. Un amplio conjunto de actividades sin las cuales la producción sería imposible: cuidar, alimentar, educar, acompañar, sustentar la vida diaria, mantener los cuerpos y los vínculos en condiciones de continuar existiendo. Históricamente, este trabajo se ha presentado como natural, privado, vinculado a la esfera doméstica y a las capacidades “propias” de las mujeres. Al no aparecer como productor de valor directo, se ha vuelto invisible, despolitizado y excluido de los análisis económicos dominantes.

La teoría de la reproducción social, desarrollada y ampliada por autoras como Lise Vogel, Tithi Bhattacharya o Silvia Federici, rompe con esta escisión. Su contribución fundamental es simple y contundente: sin reproducción de la vida, no es posible la producción. La fuerza de trabajo no surge espontáneamente cada mañana; se produce y reproduce a través de un complejo entramado de relaciones sociales, tiempos, afectos y cuidados. El capital depende estructuralmente de este trabajo, aunque no lo pague ni lo reconozca.

Desde esta perspectiva, el trabajo reproductivo no es un complemento ni una esfera secundaria. Es socialmente esencial. Su carácter no remunerado o invisible no le resta centralidad; al contrario, revela una relación de apropiación. El capitalismo resuelve su propio límite externalizando los costos de la reproducción de la vida, trasladándolos a ciertos cuerpos y sujetos. Lo que no entra en la cuenta de pérdidas y ganancias aparece como «natural», «privado» o «vocacional».

Esta lógica está estrechamente ligada a una visión occidental-capitalista que separa artificialmente vida, política y economía. La economía se presenta como un espacio autónomo, regido por sus propias leyes, mientras que la vida aparece como un fondo inagotable que puede explotarse sin consecuencias. La política, por su parte, se concibe como una esfera elevada y abstracta, desconectada de las condiciones materiales que la hacen posible. Esta triple separación permite que el sustento de la comunidad —material, emocional y relacional— sea excluido de la política y asignado a las mujeres y a los disidentes como una responsabilidad implícita.

Es aquí donde la militancia debe ser reinterpretada. Estructuralmente, la militancia se inscribe en el trabajo reproductivo. No produce mercancías ni valor de cambio, sino algo fundamental: las condiciones de posibilidad de la política misma. Produce tiempo colectivo, confianza, aprendizaje y continuidad. En resumen, produce sujetos capaces de actuar políticamente de manera sostenida. Produce poder. Como el resto del trabajo reproductivo, suele ser invisible cuando funciona y solo se hace evidente cuando fracasa.

Pensar en la militancia desde la perspectiva de la reproducción social nos permite cambiar nuestra mirada: del gesto heroico al proceso continuo, de la epopeya a la infraestructura, del sacrificio individual al apoyo colectivo. No se trata de reducir la política a la gestión de la vida, sino de asumir que no hay política sin vida que la sustente, y que esta vida, lejos de ser natural o neutral, es un trabajo socialmente organizado —o desorganizado— según relaciones de poder muy específicas.

3. Reproducción social: militancia, apoyo e infraestructura política
Hablar de reproducción social es hablar de todo aquello que posibilita la existencia de una sociedad —o una comunidad política— en el tiempo. No se trata solo de reproducir cuerpos, sino también de reproducir relaciones, conocimientos, normas, afectos y capacidades. La reproducción social incluye el cuidado material y emocional, la transmisión del conocimiento, los procesos de socialización y la organización de lo común. Es el conjunto de prácticas que permiten que la vida, y también la acción colectiva, no sea un evento aislado, sino algo sostenido y compartido.

En este sentido, la militancia es una práctica reproductiva en sí misma. No solo porque consume tiempo y energía, sino porque produce y reproduce las condiciones sociales de la política. La militancia no comienza ni termina en la acción visible, en la movilización específica o en el conflicto abierto. Comienza mucho antes, en la construcción paciente de vínculos, y continúa después, en el cuidado de las personas y las estructuras que permiten volver a actuar.

Reproducirse socialmente implica cuidar de: las personas, los cuerpos, las emociones y también el tiempo. Implica transmitir conocimiento, tanto técnico como político: cómo organizarse, cómo tomar decisiones colectivas, cómo resistir, cómo negociar, cómo cuidarse sin desarmarse. Implica socializar políticamente, es decir, posibilitar que nuevas personas accedan a un espacio común, comprendan sus códigos y participen sin ser excluidas. Y implica organizar lo común: distribuir tareas, gestionar recursos, mantener espacios, asumir responsabilidades que no son individuales, sino colectivas.

Todas estas dimensiones son esenciales para la militancia, aunque rara vez se reconozcan como tales. La militancia genera comunidad política: no solo agrega voluntades individuales, sino que también construye un «nosotros» capaz de actuar desde lo común. Mantiene redes de relaciones que no se reducen a la unidad ideológica, sino que incorporan afectos, confianza y memoria compartida. Cuida la continuidad organizativa, algo especialmente frágil en contextos de precariedad y desgaste. Resuelve conflictos internos, evita rupturas innecesarias y sostiene momentos de crisis. Se forma políticamente, no solo a través de discursos, sino también a través de la práctica cotidiana.

Sin embargo, no toda militancia ocupa el mismo lugar en el imaginario político. Existe una diferencia persistente entre lo que se considera militancia «visible» y lo que permanece invisible. La primera se asocia con el liderazgo, la expresión pública, la confrontación directa con el adversario y la representación externa. Es la militancia que se reconoce como política porque se ajusta a los códigos tradicionales del poder establecido. La segunda —la militancia invisible— es la que sostiene: la que organiza, media, cuida, recuerda, acompaña y hace posible que el conflicto no destruya a la misma comunidad que lo impulsa. Esta división no es ni accidental ni neutral. Reproduce, dentro de los movimientos, la misma lógica que separa producción y reproducción en la sociedad capitalista.

Pensar en la militancia como infraestructura nos ayuda a comprender esta relación. La infraestructura no es lo que se ve, sino lo que permite que algo funcione. No es espectacular, pero es esencial. La militancia reproductiva es la infraestructura de la política: sustenta la construcción colectiva, distribuye cargas, absorbe impactos y permite la continuidad. Como toda infraestructura, solo se hace visible cuando falla. Y, como ocurre con otras infraestructuras, quienes la mantienen tienden a estar fuera del reconocimiento y del poder de decisión.

4. Militancia, género y poder
Si la militancia es trabajo reproductivo, y si este trabajo ha sido históricamente feminizado e invisibilizado, debemos preguntarnos por qué tantas formas de militancia parecen profundamente masculinizadas hoy en día. La respuesta no puede ser psicológica ni accidental. No se trata de estilos personales ni de «excesos individuales», sino de una lógica estructural: la masculinización de la militancia acompaña su conversión en una fuente de poder político reconocido.

La militancia que estamos analizando se presenta con características muy concretas. Es heroica, en el sentido de que se construye en torno a figuras prominentes, nombres propios y gestos memorables. Es sacrificial, porque se mide por la capacidad de soportar más, de renunciar a la vida personal, de asumir riesgos sin límites. Es total, exige una disponibilidad absoluta que no admite interrupciones ni dependencias. Y se presenta, además, como algo ajeno a la vida: como algo que ocurre en un plano distinto al del cuidado, de las relaciones cotidianas o de las necesidades materiales.

Todos estos rasgos se asocian históricamente con la masculinidad política moderna. No con una masculinidad biológica, sino con un modelo de sujeto político abstracto, autónomo y libre de ataduras, capaz de actuar como si no tuviera cuerpo ni vínculos. Este modelo no es neutral: se basa en la premisa de que otro se hace cargo de sostener aquello que él puede ignorar. La militancia heroica solo es posible porque existe una militancia infraestructural que no se denomina como tal.

Este patrón no es nuevo. Se repite, con variaciones, a lo largo de la historia. En las formas de política intracomunitaria, esto se hace especialmente evidente. Durante siglos, en contextos de crisis y escasez, fueron las mujeres quienes organizaron revueltas por el pan, protestas por la subsistencia y acciones colectivas para garantizar la supervivencia de la comunidad. Estas prácticas implicaban organización, riesgo, confrontación con el poder y capacidad de movilización. Eran, sin duda, política. Sin embargo, rara vez se las reconocía como tal. La política «real» se reservaba para las guerras externas, las negociaciones formales, las instituciones (hegemónicas o contrahegemónicas), los espacios liderados mayoritariamente por hombres y asociados al ejercicio y la disputa explícita del poder.

La política cotidiana, aquella que se ocupa de asegurar la continuidad de la vida, fue sistemáticamente despolitizada. No porque careciera de conflicto, sino porque no encajaba en los códigos políticos masculinos.

Un proceso similar puede observarse en el ámbito del cuidado y el conocimiento. Durante siglos, los curanderos y sanadores fueron figuras centrales en las comunidades. Poseían un conocimiento situado, transmitido colectivamente, vinculado a la experiencia, el territorio y el cuidado de los cuerpos. Este conocimiento les confirió autoridad y prestigio. Cuando la salud comenzó a institucionalizarse y a convertirse en un ámbito de poder y reconocimiento social, se produjo una transformación radical: el conocimiento se profesionalizó, se reguló y se masculinizó.

Este mismo movimiento se observa hoy en la militancia. Sin caer en dicotomías de género, pero siendo la realidad socioeducativa que nos afecta y nos construye, vemos cómo las mujeres y las disidentes tienden a ocupar los espacios de organización, apoyo y cuidado: coordinan tareas, mantienen unido al grupo, acompañan los procesos, absorben conflictos y garantizan la continuidad. Mientras tanto, las figuras más masculinizadas, por otro lado, aparecen con mayor frecuencia en la esfera pública, en el liderazgo visible y en la acumulación de capital simbólico. No porque algunas sean más capaces que otras, sino porque los códigos de reconocimiento político privilegian ciertas formas de presencia y devalúan otras.

Nombrar esta dinámica no implica idealizar un pasado ni esencializar sujetos. Se trata de comprender cómo operan las relaciones de poder también dentro de los movimientos que reivindicamos como emancipadores. Mientras la militancia siga midiéndose según parámetros heroicos, sacrificiales y de desapego de la vida, seguirá reproduciendo una división sexual del trabajo que contradice los mismos valores feministas que a menudo proclama.

Reconocer la militancia como trabajo reproductivo permite, precisamente, desactivar esta lógica. Nos permite cuestionar quién decide, quién aparece, quién se desgasta y quién se beneficia políticamente de ese desgaste. Y abre la posibilidad de cuestionar no solo los objetivos de la lucha, sino también las formas mismas de hacer política.

6. Los costos de no reconocer la militancia como trabajo
No se trata solo de un problema conceptual, sino de una lógica con consecuencias materiales, políticas y afectivas muy concretas. La negación de la militancia como trabajo funciona como una tecnología de poder: permite la extracción del trabajo sin nombrarlo, exige resultados sin ofrecer derechos y normaliza el desgaste como prueba de compromiso. Al igual que con otros trabajos reproductivos, estos costos no se distribuyen equitativamente, sino que recaen de manera desigual sobre ciertos cuerpos. Uno de los efectos más evidentes es la sobrecarga feminizada: cuando la militancia no se concibe como trabajo, las tareas necesarias para sostener el colectivo aparecen como algo que «alguien hará», y ese alguien suele tener un rostro específico. Organizar reuniones, gestionar el tiempo, supervisar conflictos, mantener el contacto, recordar acuerdos o abordar el malestar se naturalizan como una disposición personal —carácter, compromiso o capacidad de cuidado— y no como una responsabilidad política colectiva.

Vinculado a esto está el agotamiento militante. La epopeya del sacrificio transforma el agotamiento en una virtud y la resistencia al límite en un criterio de legitimidad política. Quien más aguanta sin caer, quien renuncia a más cosas, quien soporta más presión, parece estar más comprometido. Esta lógica no solo es insostenible, sino profundamente selectiva y capacitista. Penaliza los cuerpos cansados, las vidas marcadas por el cuidado, la precariedad, la enfermedad o la dependencia. Lo que se presenta como igualdad de dedicación es, en realidad, desigualdad de condiciones.

El resultado es la exclusión sistemática de quienes no pueden «darlo todo». La militancia, concebida como total, excluye a las personas con hijas, a las personas mayores a cargo, a quienes tienen problemas de salud mental o física, a quienes trabajan largas jornadas o simplemente a quienes tienen límites que no están dispuestos a traspasar. Esta exclusión rara vez se formula explícitamente. Ocurre silenciosamente, a través de la acumulación de exigencias, la falta de adaptación a los ritmos, la culpabilización de quienes no alcanzan su máximo potencial. El espacio militante se presenta como abierto, pero solo es practicable para quienes pueden asumir sus costos ocultos.

Estas dinámicas tienen una consecuencia más profunda: la reproducción de lógicas capacitistas y patriarcales dentro de espacios que se proclaman emancipadores. El discurso puede ser feminista, anticapitalista o antiautoritario, pero la práctica organiza el poder de una manera familiar.

Esto genera una brecha creciente entre los valores feministas declarados y las prácticas militantes reales. Se habla de cuidados, pero no se reorganizan ni los tiempos ni las responsabilidades. Se defiende la igualdad, pero no se cuestiona quién habla, quién decide y quién desaparece. La militancia se convierte así en un espacio de contradicción permanente: lo que se combate fuera se reproduce dentro, erosionando la credibilidad política y la capacidad transformadora de los movimientos.

Reconocer la militancia como trabajo no resuelve automáticamente estos problemas, pero es una condición necesaria para afrontarlos. Solo cuando se nombra el trabajo es posible distribuirlo, limitar su tiempo, hacerlo compatible con la vida y someterlo a criterios de justicia. Mientras la militancia permanezca fuera del ámbito laboral, seguirá siendo un espacio donde se extrae valor político a costa de la vida de quienes la apoyan.

Consuelo Meitín y La Corales (Mapoulas Libertarias) en 1949.

7. Hacia una ética feminista de la militancia en tiempos de regresión social
Si aceptamos que la militancia es trabajo, y más específicamente trabajo reproductivo, no podemos seguir organizándola como si fuera una actividad ajena a las preguntas que el feminismo lleva décadas planteando sobre el sustento de la vida. Denominarla así no es un gesto teórico ni simbólico, sino una operación política necesaria para visibilizar lo que sustenta la acción colectiva y cuestionar cómo se sustenta. No se trata de introducir el «cuidado» como un añadido moral ni de suavizar el conflicto político, sino de asumir una consecuencia radical: la militancia debe organizarse bajo criterios de justicia, responsabilidad colectiva y convivencia sostenible.

Esto implica, ante todo, asumir que la militancia debe distribuirse. El trabajo que sustenta a un colectivo no puede recaer sistemáticamente sobre los mismos cuerpos ni delegarse a funciones informales e invisibles. Compartir no es solo rotar tareas visibles o puestos formales, sino asumir colectivamente aquellos que tienden a permanecer en la sombra: monitorear procesos, mediar conflictos, prestar atención a la incomodidad, memoria organizacional, cuidar la continuidad. Mientras este trabajo no sea reconocido ni distribuido, la igualdad política seguirá siendo puramente formal.

Esto implica también que la militancia debe autosostenerse. Sostenerse no significa protegerse de la crudeza del conflicto ni evitar la confrontación, sino crear las condiciones para que esta no destruya la capacidad colectiva de mantener la lucha a lo largo del tiempo. Sostenerse significa prestar atención a los ritmos, reconocer los límites, permitir pausas, entradas y salidas sin penalización política. Una militancia basada en el agotamiento constante no es ni más radical ni más comprometida; es más frágil, más selectiva y más excluyente.

De igual modo, una ética feminista de la militancia exige establecer límites. La lógica del «siempre más» —más horas, más presencia, más disponibilidad— reproduce dentro de los movimientos la misma racionalidad expansiva y utilitaria que caracteriza al capitalismo. Establecer límites no es una concesión individual ni un problema de actitudes personales, sino una decisión política colectiva. Significa reconocer que la vida no es un recurso inagotable y que la transformación social requiere duración, no un consumo acelerado de personas.

Todo esto nos lleva a una premisa fundamental: la militancia debe ser compatible con la vida. Romper con la idea de que la militancia efectiva es aquella que se impone por encima de todo es condición para ampliar, y no reducir, el número de sujetos capaces de sostenerla. Una política que excluye a quienes deben cuidar, trabajar, descansar o simplemente sobrevivir no es ni más eficaz ni más coherente con sus propios principios. Hacer compatibles la militancia y la vida no disminuye la fuerza de la lucha; es lo que la hace posible a lo largo del tiempo.

Estas orientaciones se traducen en una concepción diferente del poder y la organización política. Una ética feminista de la militancia cuestiona la idea de la militancia como una trayectoria individual de acumulación simbólica —reconocimiento, autoridad, liderazgo— y entiende el poder como la capacidad colectiva de sostener y actuar. Lo que importa no es quién se hace más visible o quién habla más alto, sino que lo común no se rompa, que más personas puedan participar, permanecer y hacer política sin agotarse ni ser excluidas. En esta militancia, todos somos necesarios y nadie es indispensable.

Concebir la militancia como una labor socialmente necesaria fortalece, en lugar de debilitar, el compromiso militante, porque la sitúa en el ámbito de la responsabilidad colectiva y no en el del voluntarismo moral. La disciplina deja de basarse en el sacrificio individual y se fundamenta en el respeto a los acuerdos, a los tiempos comunes y al trabajo de los demás. Cuando la militancia se entiende como trabajo, la realización personal, el logro y el mantenimiento a lo largo del tiempo se convierten en una obligación política compartida, no en un gesto heroico excepcional.

El dilema es claro. O bien se concibe la militancia desde la perspectiva de la reproducción de la vida —desde el cuidado de la convivencia, los límites, la redistribución del trabajo y el poder—, o bien seguirá reproduciendo la lógica capitalista y patriarcal que separa la política de la vida, el heroísmo del apoyo, la visibilidad del trabajo. Recuperar la militancia para la vida no es una concesión ni un retroceso: es la condición para que la transformación social no se construya sobre su propia destrucción. Porque solo una militancia que se cuida a sí misma puede perdurar. Y solo una que perdura puede transformar.

Inés Kropo, activista de Xesta

https://regeneracionlibertaria.org/2026/03/12/traballar-para-vivir-ou-vivir-para-militar/
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