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(ca) Dos notas del anarquismo chileno

Date Fri, 16 Jul 2010 10:16:02 +0200


1ª nota - ¿Dónde se es?: Paisaje y arraigo
La idea del anarquista como un sujeto desarraigado es una no­ción que debe revisarse
perma­nentemente. El amor a la patria es una cosa, amar un paisaje es otra.
Este periódico se reconoce oriundo de la Región Chilena, si hemos utili­zado esta
idea es porque nuestros compañeros del la primera época de El Surco también se
referían así al contexto territorial desde donde escribían. Porque no creemos en el
concepto de Chile como un República (de esas que a uno le enseñan en el colegio),
para nosotros, lo que se hizo acá fue trazar líneas imaginarias sobre una región del
globo terráqueo.
Desde esta aparentemente sutil diferencia, proyectamos las palabras venideras, donde
queremos comentar con respecto a ciertos nociones del anarquista como un sujeto
desarraigado, es decir, una persona que no es de aquí, ni de allá (diría Facundo
Cabral), incapaz de establecer lazos emocionales con un territorio, por el hecho de
no creer en la patria, repúblicas o estados.

Es claro que esta idea está cargada de una concepción errónea de lo que significa
anarquía, el que escribe se considera un internacionalista, en la idea de que como
Homo sapiens nos tocó poblar un mismo planeta y aquello nos conecta como espe­cie.
No obstante, hay un paisaje que me es propio, hay una combinación de elementos
atmosféricos que recuerdo con nostalgia cuando estoy lejos: plantas, olores, sonidos
y casas, es un todo que no podría describir ni pintar, construido desde la
experiencia y con el cual he desarrollado lazos afectivos y emocionales que lo
convierten en único.

Conviene invocar en este las palabras del geógrafo cultural Yi Fu-Tuan: "Un paisaje
es, ante todo, una composición. Revela grandes y pequeñas armonías, la mayoría de
las cuales les resultan invisibles a las personas que ha­bitan en él y deben atender
sus necesidades inmediatas"1 .

La cita se refiere a una jerarquía de armo­nías, no especifica, pero es claro que
estas armonías son creadas por quien vive el paisaje. Nuestra concepción de un
paisaje acotada a su dimensión visual es errónea por simplista, el paisaje es una
experiencia, y como tal es multisensorial. Así, todos nues­tros sentidos se disponen
hacia el paisaje, reconociendo armonías (que no deben ser necesariamente bellas)
como puede ser un olor en relación a un sonido, o un sabor en función de un color.

Como fetichistas de la historia, no podemos dejar de lado la relación entre el
individuo y el paisaje que se genera desde la interac­ción en el tiempo, ésta carga
el paisaje de vivencias sobre las que volvemos cada vez que lo visitamos. Aquella
esquina deja de ser una intersección y se convierte en el ne­fasto lugar donde nos
caímos de la bicicleta, aquel árbol abandona su follaje actual, para nosotros solía
ser más pequeño.

El arraigo pasa necesariamente por esas relaciones: Uno es, donde ha sido, suena
redundante, pero lo que queremos expli­car es que la posibilidad de reconocerse, es
mucho mayor en los lugares donde hubo una conexión entre el espacio y la persona.
Mantengamos caliente la idea de "experiencia".

Cuando nos dicen "ama a tu patria", se nos pide verter un sentimiento íntimo sobre
una molde abstracto. En lo personal, me es imposible proyectar amor en algo que no
concibo, para mi esto de las líneas que no se ven y las banderas son sólo
construccio­nes de otros que me han impuesto. Por ser impuestas, no puedo sentir
aprecio sobre las mismas.

No sucede lo mismo con un paisaje, este genera placer porque existe un vínculo
(arraigo), que cueste definir lo que más gusta de un paisaje, no quiere decir que no
tengamos claro lo que compone dicho conjunto, sólo explica lo difícil que es poner
en palabras una experiencia. Así entonces, estamos dispuestos a sentirnos parte de
un territorio, lo importante es tener claro cuánto se está dispuesto a sacrificar
por este territorio (entendiendo como territorio el emplazamiento físico sobre el
que se construye un paisaje).

Para ejemplificar este sacrificio, prefiero hablar desde un yo: ¿Estaré dispuesto a
matar por mi derecho a un territorio? La verdad la pregunta suena extrema, pero
creemos que en el fondo esa es la consigna que sustenta las guerras. Suelo hacerme
esta pregunta cuando miro por la ventana de la pieza, reconociendo esos detalles
íntimos, sutiles despojos de realidad que he hecho míos. La verdad querido lector,
es que no tengo una respuesta definitiva.

Todo lo que está ante nosotros, no nos pertenece, a pesar de ser nuestro (una cosa
es poseer, otra cosa es ser dueño). Por lo tanto no tiene sentido morir
defendién­dolo, sin embargo, todos los sentimientos vertidos nos van a impedir
entregarlo así como así, tiene mucho de injusto el sentirse desplazado.

La patria es una multiplicidad de paisajes, muchos de los cuales no son más que una
postal para nosotros, por lo mismo creo imposible sentirse arraigado en Chile, como
podría uno sentirse arraigado en un espacio personal. A pesar de que los paisa­jes
que amamos se proyectan desde Chile. La gran diferencia está en que el territorio es
una posibilidad de arraigo, la intención de sentir que se puede ser en un lugar, es
algo personal, va con nosotros y por lo tanto puede aplicarse a voluntad sobre el
territorio que nos plazca.

No hay que creer en esa consigna patriotera que transforma un objeto abstracto en
una suerte de "madre", nosotros, como humanos, podemos sentirnos cómodos incluso en
los lugares más inhóspitos, eso depende de la voluntad de arraigo.

Si le pusieron un nombre al territorio que va desde las cordillera al mar, eso me es
indiferente, para mi puede tener múltiples nombres, según mi estado de ánimo.

Entonces uno comprende por dentro esos versos conocidos del compañero Pezóa Velis:

"Entonces, muerto de angustia,
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso."

Citas:
[1]. Tuan, Yi-fu, Escapismo, formas de evasión en el mundo actual; trad. Karen
Muller. Península, Barcelona, 2003. Pág. 161

Autor: Rako
Publicado en: El Surco Nº 17, Chile



2ª Nota


Unidad y Autonomía


Existe una discusión dentro de los movimientos libertarios, casi tan vieja como el
propio anarquismo y que nada sabe de fronteras, una tensión continúa entre la
búsqueda de la unidad y la sana necesidad de la libertad y autonomía individual y
grupal. No pretendo dar con una fórmula mágica, pero si plasmar aquí unas simples
reflexiones que tal vez puedan aportar algo y que si no simplemente pueden quedar en
el olvido como tantas cosas que se dicen o escriben. Lo escribo expresamente
pensando en el momento que viven los movimientos libertarios en este pedazo alargado
de tierra que alguien decidió llamar Chile, pero seguramente podrá ser entendido por
anarquistas y libertarios de cualquier otro lugar del globo.

En especial me motiva a ello el grado de descalificación que alcanza a veces una
discusión entre visiones del anarquismo que debiera ser tan natural como sana y
enriquecedora. No sé si, cuando pensamos en las acciones, lógicas, tácticas,
estrategias... que desarrollamos lo hacemos pensando en un fin a alcanzar, en un
resultado o al menos en un avance en alguna dirección concreta. Si es así, que
debiera ser lo más lógico, deberíamos tener siempre presente que lo realmente
importante es ese fin que perseguimos y no la acción, lógica, táctica o estrategia
en sí misma que empleamos en pos de ese fin. De modo que lo segundo, la acción, la
táctica, debiera estar siempre abierta a la evaluación regular, a replantearse, a no
ser considerada irrenunciable, un dogma, como el fin mismo, y por tanto abierta a
cambio, en caso de que el resultado obtenido con dicha estrategia a lo largo del
tiempo no sea el que se buscaba, no nos haya acercado lo más mínimo al fin o incluso
se observe que nos aleja de él o nos estanca irremediablemente. Esto nos debiera
dar, en cualquier caso, mayor flexibilidad a la hora de valorar (que es lo que
deberíamos hacer en lugar de juzgar, que para eso ya existe un estamento que
teóricamente desearíamos suprimir) las acciones o estrategias de otros grupos que
teóricamente persiguen el mismo fin, puesto que entenderíamos que, igual que
nosotros hacemos con nuestros métodos, ellos lo hacen con los suyos, que todo está
abierto a crítica constructiva y, sobre todo, a autocrítica, que no existe en el
método nada absoluto y que las estrategias sólo se muestran acertadas o erróneas en
la práctica concreta y a lo largo del tiempo, y no apriorísticamente sobre un papel
o un manual. Que ciertos métodos pueden ser útiles en una coyuntura adecuada y sin
embargo hacer retroceder más que avanzar, ser un obstáculo, en otras.

Si con lo que todo libertario sueña es, más o menos esquemáticamente, con una
sociedad radicalmente distinta, basada en la ausencia de autoridad, en el apoyo
mutuo, el consenso y la horizontalidad, es difícil pensar que caminamos hacia ese
sueño descalificando encarnizadamente a quienes están en el mismo lado de la lucha,
a quienes teóricamente comparten un mismo fin, aunque con distinta lógica. Si entre
nosotros actuamos así, si tan difícil resulta el consenso entre anarquistas, ¿cómo
pensamos que en una sociedad futura quienes hoy viven en base a parámetros
diametralmente opuestos serán capaces de consensuar nada con nosotros? Esa sociedad
que llevamos en nuestro corazón debemos construirla a diario desde ese corazón
mismo, debemos vivirla en nosotros. Sólo así se irá haciendo posible y será creíble
para otros. Y que nadie entienda aquí que personalmente doy por buenos todos los
métodos, todas las acciones, todas las lógicas, todas las estrategias. Personalmente
no creo que el fin justifique los medios. Pero no me parece éste el lugar ni el
momento para posicionarme personalmente. Cada uno debe reflexionar sobre su praxis y
los resultados de ella y obrar en consecuencia, estoy muy lejos de sentirme juez de
otras personas con el mismo derecho a acertar o equivocarse, a replantearse a
diario, tomar un camino u otro según su propia reflexión, maduración de las ideas,
formas de sentir la vida y la acción.

Dicho todo eso, voy ya sin más vueltas al tema que quería abordar: la unidad y la
autonomía. Dándole vueltas a ese eterno dilema, pienso que uno de los errores, desde
mi punto de vista, más habituales es plantearse el tema como una cuestión de
opuestos. Pensar que la unidad anula la autonomía o que la autonomía impide la
unidad. Pienso que en el momento que vivimos, tanto en América Latina como en
Europa, aunque las realidades puedan parecer muy distantes, la unidad es más
necesaria que nunca, por múltiples motivos. El primero de todos, que estamos ante un
momento histórico en el que sería posible noquear definitivamente el sistema
económico, político y social que lleva siglos sometiéndonos, y eso es difícil de
conseguir desde acciones aisladas sin un sentido común y, sobre todo, sin unos
objetivos y una propuesta clara. Pero, ¿unidad a costa de maniatar la autonomía, la
libertad, la sana espontaneidad individual o grupal? No creo que eso sea tan
necesario y de hecho me parecería un empobrecimiento, una renuncia a la propia base
del anarquismo.

La cuestión es que es bien posible funcionar en ambos sentidos. Pienso que es a
todas luces necesaria una coordinación, un entendimiento y un apoyo mutuos, una
dirección común y, para ello, acciones, tácticas y estrategias comunes entre todos
aquellos que soñamos con otro tipo de relaciones humanas, laborales, familiares,
vecinales, vitales, entre estudiantes, trabajadores, cesantes, ecologistas, mujeres
(personalmente considero una de las luchas más vitales la que sitúe definitivamente
a la mujer en un plano de igualdad real con el hombre), okupas, pueblos originarios
y cuantos grupos y sectores humanos estén sometidos o en lucha; un campo para la
reflexión común, el consenso y la acumulación de fuerzas para hacer avanzar entre
todos cada uno de los terrenos en los que la lucha es necesaria, en los que
recuperar la sociedad, la economía y la política para los propios interesados, para
el pueblo, para los actores reales de la vida, es imprescindible. Para ello, en base
a mi reflexión, sería un gran avance contar con un espacio común bajo unas señas de
identidad unitarias (por decirlo de alguna manera, un nombre y unas señas de
identidad comunes, una "marca") que sirva de paraguas para cuanta organización,
grupo de afinidad, colectivo o individualidad desee, y en cuyo nombre se realicen
sólo aquellas acciones que, persiguiendo objetivos concretos entre todos acordados y
en una dirección por todos marcada, sean asumidas por todos quienes se integren en
él. Sería también lógico que, en cada campo de la lucha, primara la voz de los
colectivos directamente afectados y que conocen en mayor profundidad las
problemáticas concretas y lo que en su terreno puede ser acertado o
contraproducente. Es difícil que un/una estudiante de Derecho sepa mejor que un/una
obrero del metal la estrategia que conviene en el sector metalúrgico, y viceversa,
por poner ejemplos claros, aunque seguramente ambos puedan aportar desde sus saberes
ideas útiles a los otros.

Al mismo tiempo, cada organización, grupo de afinidad, colectivo o individualidad
debería poder guardarse el derecho a actuar de forma autónoma, en su propio nombre y
sin la cobertura de ese conglomerado unitario, en aquellos campos o a través de
aquellos métodos que no quepan en ese consenso. No sólo el derecho a actuar libre y
autónomamente, sino también el derecho a no informar de acciones o estrategias que
consideren por diversas razones que no deben ser difundidas. Por supuesto, el
espacio para la crítica a las acciones, estrategias o lógicas autónomas debería
quedar siempre abierto, puesto que la discusión permanente sobre lo que aporta o
entorpece al conjunto, siempre con la vista puesta en el fin, y no en los medios
como fin en si mismos, es siempre imprescindible y ayuda a que nadie pierda de vista
el horizonte, cegado por la excitación de la propia práctica y sobre todo por el ego
que a menudo se alimenta, aunque sea de forma inconsciente, a través del
protagonismo que dan algunas prácticas.

La cuestión es: ¿quién toma la iniciativa para convocar a dicha unidad a
organizaciones, colectivos, grupos de afinidad e individualidades hoy en día tan
dispersos e inmersos en luchas cotidianas que con frecuencia se dan mutuamente la
espalda? Con voluntad todo es posible.

Autor: Asel Luzarraga.
Publicado en: Revista El Surco Nº 17, julio de 2010, Chile.

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