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(ca) lasoli.cnt.cat: TRASTORNOS MENTALES: INDUSTRIA FARMACÉUTICA, PSIQUIATRÍA Y CONTROL SOCIAL

Date Sat, 8 Feb 2020 12:30:11 +0200


El pasado sábado 1 de febrero se llevó a cabo en el SOV de Barcelona la charla "Trastornos mentales: industria farmacéutica, psiquiatría y control social", tras la cual se produjo un interesante debate con intervención de personas psiquiatrizadas bajo diversas categorías diagnósticas: fobia social, trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), trastorno bipolar, asperger, depresión... El objetivo de este artículo es presentar un somero resumen de la charla y algunas reflexiones. La jornada comenzó con un interrogante sobre los llamados "trastornos mentales": ¿son entidades de base biológica o entidades construidas de carácter social? La pregunta quedaba abierta al posterior debate y desde luego no limitada a una respuesta unívoca (las cuestiones ontológicas son difíciles de resolver). Si necesidad de caer en un constructivismo social ingenuo ni desde luego en un biologicismo exagerado podemos poner sobre la mesa que al menos parte de los llamados "trastornos mentales" podrían haber sido construidos por medio de la práctica clínica. Es el llamado "efecto Charcot": el propio profesional sanitario prescribe o crea los síntomas que pretende describir. (1)

El número de categorías diagnósticas (trastornos) apenas era una decena en el siglo XIX, llegando a superar el centenar en los años cincuenta del pasado siglo (1952) con la creación de la biblia de la psiquiatría: el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM). No obstante, esta primera versión (DSM-I) no es nada comparado con lo que inauguraría el nuevo siglo, pasándose a superar las cuatrocientas categorías (DSM-IV-TR). Las primeras versiones de este manual tuvieron tras de sí una orientación psicoanalítica. El verdadero boom vino, no obstante, con el DSM-III (1980), que inauguró la era de una psiquiatría supuestamente ateórica. En aquellos momentos la psiquiatría había conseguido legitimarse como una verdadera especialidad médica. En la década de los ochenta muchos problemas cotidianos se transformaron en categorías diagnósticas. De hecho, con el DSM-III se introducen el trastorno de estrés postraumático, el trastorno de pánico o el trastorno de ansiedad social, entre otros tantos. El asunto no es la realidad de estos problemas -que ciertamente existen- sino la manera de entender su naturaleza y, sobre todo, la única solución que se da a los mismos: la medicación, el recurso farmacológico. Resulta paradigmático en este sentido la conversión de lo que se percibía hasta entonces como un estilo de personalidad, los problemas de timidez agudos, en una categoría médica: el trastorno de ansiedad social (TAS). En este caso fue la compañía farmacéutica SmithKline Beecham (actualmente conocida como GlaxoSmithKline) la que trajo la "solución" al problema: la paroxetina (bajo el nombre comercial de Paxil), introducida como supuesto fármaco específico para el tratamiento del citado trastorno. La campaña de márketing fue contratada por SmithKline a la agencia de publicidad Cohn & Wolfe.

Es interesante señalar que la psiquiatría es la única disciplina médica cuyas categorías diagnósticas son todas síndromes, es decir, simples conjuntos de síntomas. En este sentido se habla de trastornos, ya que no sería correcto hablar de enfermedades. No obstante, es habitual que en la práctica clínica los profesionales hablen de "enfermedades", dando así un barniz médico a estas categorías psiquiátricas. Héctor González y Marino Pérez, en el libro La invención de los trastornos mentales (2014) -duramente criticado por la comunidad de psiquiatras- afirman que los pilares de la psiquiatría son: un listado superficial de síntomas (sorprende ver cómo te adjudican un trastorno en ocasiones con una o dos entrevistas), explicaciones que aluden a supuestos desequilibrios bioquímicos (reducir la depresión a los bajos niveles de serotonina, por ejemplo) y un pretendido determinismo genético (únicamente demostrado en categorías como la esquizofrenia). En resumen, la psiquiatría "ateórica" asume el modelo médico -un modelo que quizás le queda grande- como propio: los problemas son rebautizados como "trastornos mentales", elaboran el cuadro de síntomas y hacen alusión a que su etiología son supuestos mecanismos psicológicos internos disfuncionales (o condiciones biológicas). En este último aspecto es interesante destacar que los problemas con una base biológica clara verificada (como el Alzheimer) son tratados por la neurología, no por la psiquiatría, que parece más un cajón de sastre.

El papel de la industria farmacéutica en la patologización de los problemas cotidianos ha sido clave, con sus campañas de marketing destinadas a convertir pacientes en potenciales clientes. Aunque la historia de los psicofármacos se remonta mucho atrás -por ejemplo, la benzociacepina clonazepam fue creada en los laboratorios Roche en la década de los cincuenta- el despegue del marketing farmacéutico se produjo con la fluoxetina (Prozac), introducida en el mercado en los años ochenta por la compañía Eli Lilly, como fármaco destinado para el tratamiento de la depresión. El mercado de los psicofármacos estaba controlado en aquellos momentos -y actualmente- por compañías como Eli Lilly, Pfizer o SmithKline. Un negocio sin duda suculento y más teniendo en cuenta que algunos de estos medicamentos se prescriben para toda la vida. Como se planteaba tras el interrogante inicial no pretendemos tener una respuesta única ni tampoco una solución perfecta: no podemos negar la importancia de estos psicofármacos en ciertas situaciones o problemas -los familiares de personas con esquizofrenia o trastorno bipolar, o estas mismas personas podrán decirlo-, pero desde luego podemos considerar que su uso se ha convertido en excesivo en muchos casos. Podríamos preguntarnos, por ejemplo, si tras la más mínima señal de tristeza la mejor solución es hartarse a pastillas de citalopram (Celexa), fluoxetina (Prozac) o venlafaxina (Effexor).

Sería interesante abordar algunos trastornos concretos para evidenciar esa parte de invención no ya de los propios problemas -que como hemos indicado existen- sino de la naturaleza médica o únicamente biológica de muchos de ellos, y reflexionar sobre si su solución pasa necesariamente o únicamente por el tratamiento farmacológico.

Trastorno de estrés postraumático: en este trastorno se reconoce explícitamente una causa etiológica externa: la exposición a un suceso traumático (muerte, lesión grave, violencia sexual, etc.). Una serie de síntomas tales como recuerdos desagradables (intrusivos), reacciones disociativas, malestar psicológico agudo o reacciones fisiológicas intensas vendrían a definir este trastorno. Surge en un momento muy concreto: tras la vuelta de los soldados de la guerra de Vietnam, excombatientes que sufren problemas de adaptación, que caen en el alcoholismo, y cuyas vidas están desechas tras participar en un conflicto bélico. Mediante la creación de este trastorno se consigue que un verdadero problema social -enviar a parte de tu población a una guerra lo es- en un problema individual que se puede resolver en la consulta clínica. Posteriormente este problema se extiende a otro tipo de traumas, por ejemplo a víctimas de violación. Las autoridades políticas, en connivencia con las autoridades médicas, barren sus problemas bajo la alfombra de las instituciones médicas.

Depresión: la depresión actualmente se divide en varios trastornos siendo los importantes el llamado trastorno depresivo mayor, que cursa con estado de ánimo depresivo, sentimientos de inutilidad, fatiga, etc., y el llamado trastorno depresivo persistente o distimia, que es una depresión crónica en la que se puede percibir anhedonia, irritabilidad u otros síntomas. La compañía Eli Lilly lanzó al mercado la fluoxetina (Prozac), uno de los llamados inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), para tratar el problema. Aquí la cuestión no es la propia existencia de la depresión, por la cual todos pasamos, y tan siquiera quizás la forma de categorizarla, sino la única solución que se le da: la medicación. Podríamos preguntarnos si la mejor forma de abordar este problema es ésta y no por ejemplo el cariño de las personas que te rodean. Ciertamente la sociedad actual nos ha convertido en átomos aislados del cuerpo social y el afecto es muchas veces un privilegio al que no todos tienen acceso. Pero quizás no necesitemos tanto una pastilla como un abrazo sincero.

Trastorno de ansiedad social o fobia social: en este caso se habla de un miedo o ansiedad intensa en una o más situaciones sociales, miedo a ser observado, valorado negativamente, humillado o avergonzado. Debido a todo ello se evitan las situaciones sociales que causan la ansiedad, contribuyendo así a agravar el problema. La compañía SmithKline lanzó al mercado la paroxetina (conocida comercialmente con varios nombres como Paxil, Seroxat o Motivan) para el tratamiento de la fobia social, como hemos indicado. Lo irónico de este asunto es que el fármaco precedió al problema. Desde luego el problema existe, pero también existen otro tipo de soluciones como por ejemplo el recurso de la terapia conductual conocido como exposición gradual a situaciones temidas, entre otros.

Ataque de pánico: se produce la aparición súbita de miedo o malestar intenso, con síntomas como palpitaciones, sudoración, temblor, sensación de ahogo, náuseas, desrealización, miedo a morir, etc. En este caso la compañía Upjohn comercializó el alprazolam (Xanax, en España Trankimazín). En este caso, sin negar que la medicación pueda ser un recurso puntual, es más que evidente que es exposición al problema -que demostraría que el miedo de la persona es infundado- una mejor solución a medio y largo plazo.

Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH): patrón persistente de inatención y/o hiperactividad-impulsividad que interfiere con el funcionamiento o desarrollo. Un problema específicamente creado para los niños con dificultades para atender en las aulas. En lugar de criticar el propio sistema educativo, que lejos de estimular aburre, convertimos nuevamente un problema social en un problema individual. Los niños con problemas de atención o movidos (¡son niños!) son diagnosticados con TDAH, y medicados con una sustancia de propiedades anfetamínicas: el metilfenidato (conocido en EEUU como Ritalín y aquí como Rubifén o Concerta). De hecho, en casos graves se ha recurrido directamente a la anfetamina (bajo el nombre comercial de Adderall) o incluso se ha llegado a plantear el uso de la metanfetamina (sí, la famosa droga de la serie Breaking Bad consumida por niños). Quizás el problema no lo tienen los niños, sino que el problema es el sistema educativo. Irónicamente hemos de señalar que el inventor del trastorno puso de manifiesto antes de morir que éste era ciertamente una invención. (2)

Esquizofrenia: en este caso tenemos síntomas "positivos" como alucinaciones o delirios, y síntomas negativos como apatía, abulia o empobrecimiento afectivo. Este trastorno ha sido tratado a lo largo de los años con diversos fármacos como la clorpromazina, el haloperidol o la muy famosa risperidona (nombre comercial Risperdal). En este caso sería imprudente alentar a las personas que padecen esquizofrenia a dejar de usar el fármaco sin más. No obstante, debería dar lugar a reflexión que en países del llamado Tercer Mundo el curso y pronóstico de este trastorno sea mejor que en nuestras sociedades occidentales, donde la medicalización, la hospitalización, con el consiguiente aislamiento de la persona afectada, y su señalamiento por parte de la sociedad, lo convierten en un paria, mientras en el Tercer Mundo lo asumen como una especie de enajenación transitoria o trance -a la que suelen dar, ciertamente, un carácter mágico- tras la cual la persona se reintegra con normalidad a la comunidad en lugar de convertirse en un apestado. (3)

Trastorno bipolar: cambios extremos en el estado de ánimo que comprenden altos emocionales (manía o hipomanía) y bajos emocionales (depresión). En estos casos, independientemente del trastorno en sí, podemos ver cómo la sociedad rechaza toda emoción que se salga del rango de la normalidad. Ni demasiado tristes, ni demasiado alegres, simplemente funcionales, integrados al sistema. Parece no existir otra opción.

Y ésta es parte de la charla que se dio el pasado sábado. El debate que se produjo a continuación fue muy interesante, pero demasiado extenso como para abarcarlo en este artículo. Espero, no obstante, que haya sido de vuestro agrado. Nos vemos en los centros de trabajo, en las calles... o en las consultas clínicas y centros psiquiátricos.

Secretario de Acción Criminal

NOTAS

Jean-Martin Charcot fue un neurólogo francés relacionado con la llamada histeria, supuesta problemática clínica específica de mujeres, considerada más que una realidad científica una invención de Charcot.
https://www.lavanguardia.com/vida/20130527/54374878936/deficit-atencion-ninos-ficticio.html
González, H.; Pérez, M. (2014). La invención de los trastornos mentales. Alianza Editorial: Madrid.

https://lasoli.cnt.cat/2020/02/05/salut-trastorns-mentals-industria-farmaceutica-psiquiatria-i-control-social/
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