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(ca) peru libertario: SUR "Luis Velazco Aragón" por Sergio Caller

Date Wed, 10 Jan 2018 08:40:53 +0200


"El doctor Luis Velazco Aragón disertando en una reunión política", fotografía de Martín Chambi, 1932. Fuente: Sara Facio y otras. Fotografías de Martín Chambi. Fotografía del Perú, 1920-1950, Buenos Aires, 1985, pág. 39. Otra fuente nos indica que se trata de un mitin en el gremio de los camaleros. ---- Velasco Aragón provenía del tronco de una antigua familia de la sociedad cusqueña dotada de holgura económica; sin embargo, ajena a la aristocracia de remanencias feudales. ---- Terminó sus estudios en el Colegio Nacional de Ciencias, caracterizándose por su afinidad con las inquietudes del alumnado pobre, etapa en la que recibía folletería de propaganda anarquista remitida desde Buenos Aires. No postuló a la universidad. Sus lecturas ácratas, a no dudarlo, determinaron su temprana posición antiuniversitaria.

En el gran salón de su casa concentró una de las mayores bibliotecas de la ciudad. Autodidacta innato, utilizaba los días en paseos por la ciudad. Se le veía ágil, vibrante, como poseído de fiebre interior, transmitiendo a cuanto amigo o viandante cualquiera que le prestara atención, resúmenes de lecturas que había concluido; comentarios de data fidedigna, enriquecidos con la sal y pimienta de su acervo crítico. De esta manera, a sus oyentes, casi siempre ajenos a preocupaciones literarias, se le despedían registrando en su caletre nombres extraños o episodios del mundo ajenos al suyo; reflexiones insospechadas, distantes de las premuras del viandante. Sus palabras revivían mensajes de José Martí, Juan Montalvo, Alfredo Palacios; las acciones y trayectoria de Emiliano Zapata; Pancho Villa, Azuela, y de prohombres del pensamiento latinoamericano, como Jorge Icaza, Manuel Ugarte, Rufino Blanco Fombona, Pocaterra, y muchos otros. Inextinguible su culto mayor bolivariano y tupacamarista. Túpac Amaru nunca dejó de usar su chambergo, posado sobre su gran melena y su bastón de mando inca. Era, pues, mucho más que una proficua cátedra de la calle, de inquietudes de oyentes surgidos al paso de la vorágine y perdidos al azar de surcos. En la Plaza de Armas, de extremo a extremo, transitaba efluvio de ancestros en sus apostillas de acento premonitorio.

Se conocía que este amauta tenía una, varias obras en preparación; bosquejos sobre Bolívar; planteamientos polémicos en aspectos de nuestra historia, muchos de ellos discrepantes con las versiones oficiales acerca de los problemas del guano, de la Guerra del Pacífico; proyecciones renovadas de González Prada, Federico More, etc.; personas interesadas en su lectura inquirían por ellas; su respuesta invariable: "Saldrá pronto", pero no se les veía.

Su correspondencia con autores latinoamericanos de la época era nutrida: A través de ella, se sumaba a una concertación de la inteligencia continental bolivariana que, lamentablemente, se mantuvo, sin mayor eficacia, sólo en sus cauces individuales. Velasco Aragón percibía acaso que sus propiciadores no podían escapar del proceso de transformaciones sociales de su propio entorno. Por las costas atlánticas se concretaba la poderosa y múltiple expansión capitalista, creando un campo de dualidades: bienestar para sus minorías y no para el resto mayoritario.

Por otras vías, viniendo del mismo tronco y ramificaciones, se insertaba en nuestras tierras, tras el capitalismo europeo, la versión norteamericana, con el dólar en una mano, y en la otra, su nueva teología monroísta.

En otro plano, el país, en penoso vaivén, se sobreponía a los estragos de la guerra del 79; la recuperación se reflejaba a ritmo lento en la anquilosis social del Cusco, profundamente lesionado por la sucesión de saldos sangrientos de sucesos históricos ocurridos en su seno.

El gobierno de Leguía, desde su llegada al poder, impuso un periodo de desarrollo capitalista de múltiple efecto: Clara diferenciación de clases sociales, especialmente en la costa Norte, sustentada sobre la marginalización de las provincias; en tal contexto, agravado por la presencia de la inmoralidad como sistema de gobierno, germinaban los movimientos reivindicativos de los trabajadores concentrados en la capital.

La demagogia electoral indigenista del leguiismo, pródiga en promesas de defensa del indio y de su promoción, demostraba su impostura a poco tiempo de iniciado su gobierno. Las masacres indígenas de Huancané, Azángaro y de otros lugares del país, quedaban impunes y encuadradas por un gamonalismo en pleno auge. La política externa del país, así como su problemática interna, se subordinó a los dictados de la diplomacia yanqui.

El 23 de abril de 1923, ante gran concentración popular en la Plaza de Armas, al pie de la catedral, Luis Velasco Aragón pronunció un discurso: "La verdad sobre el fango", analizando con crítica demoledora la acción del gobierno; fundamentando en documentación irrecusable, condenó el incondicional sometimiento de los intereses nacionales a la diplomacia yanqui. Voz de alarma y llamado de reflexión, desafío primero a la temible dictadura, su discurso fue acogido con aplausos.

El dedo haciendo brotar la pus que clamara González Prada no bastaba; fueron sus manos, en el fango de la realidad nacional puesta al trasluz, las que sirvieron para demandar al pueblo su vigilia permanente y su deber de reconstruir desde sus cimientos la realidad peruana.

La histórica osadía de Velasco Aragón fue castigada por el régimen policial imperante. Después de un año de injusta prisión, retornó al quehacer de su innato culto a la verdad. Intervino en el Congreso de Historiadores Latinoamericanos, realizado en Lima, en 1926. Aportando documentación auténtica, planteó por primera vez la definición del carácter revolucionario de la gesta emancipadora de Túpac Amaru, refutando en exposición clara la difundida tesis que la reducía a movimiento de reivindicaciones indígenas dentro de los límites de fidelidad al Rey de España, sustentada por historiadores oficiosos, y que figuraba en programas de enseñanza y textos. En el enfoque de nuestro historiador, el sentido de las tentativas insurreccionales previas se confundía, pues Túpac Amaru extraía de esas frustraciones elementos para la táctica y estrategia de su rebelión. Era claro el empeño oficialista y de los grandes feudales de mellar el filo liberador de la gran epopeya.

Luis Velazco Aragón en 1930. Foto de Martín Chambi.
Terratenientes y burgueses enfrentaban el rumbo esencialmente democrático de la posición de Velasco Aragón; involucrados en actividades expoliadoras, asumían su perfil clasista. Ante la sola aparición de volanteos que anunciaban reivindicaciones primigenias de sus trabajadores, no tardaron en sindicar a Velasco Aragón como agitador. A estas acusaciones se sumaron epígonos del clero, desde los púlpitos parroquiales. Campaña global que parecía justificarse en pruebas. A partir de 1925, durante y después de la huelga universitaria, las clases dominantes respiraban un ambiente caldeado: Los pobretones se despojaban de su humilde vasallaje cotidiano escuchando llamados a la unión de los pobres. Gobierno y derecha se explicaban el fenómeno señalando su causa única: Velasco Aragón, ninguno otro, era el intelectual desafiante de ayer y autor de volantes producto de su inspiración; Velasco Aragón, factótum de inquietudes y de todas las irreverencias. Motivo suficiente para circundarlo en estrecha vigilancia; profusión de investigaciones, citaciones sin respiro en compartimientos policiales.

Poco tiempo después, a la vista de fiscales torquemadas y demás, el auténtico movimiento obrero y campesino se manifestaba en la presencia de masas reclamando a pulmón lleno sus demandas de justicia; esta presencia era el mejor desmentido de los falsos infundios condenatorios. Pero, la sal estaba derramada.

A la caída del gobierno de Leguía, atraído por la reivindicadora Proclamación de Arequipa, precediendo la insurrección de Sánchez Cerro, de cuya entereza se tenía recuerdo, se incorporó a su movimiento y fue elegido diputado por el Cusco. En el nuevo ambiente, intentó organizar un grupo parlamentario alineado en principios democráticos que desde sus propias filas constituyera un atajo a la derechización sanchezcerrista, sin otro resultado que su aislamiento, y por ende, la disminución de sus intervenciones parlamentarias. Velasco Aragón abandonó, entonces, su curul, firmemente decidido a apartarse de las actividades políticas. Retornó a sus afanes de investigación y cultivo intelectual. En tales circunstancias, por invitación de la Universidad del Cusco asumió las cátedras de Historia e Historia del Arte Peruano. Los claustros universitarios escuchaban sus dictados, eruditos en fervor tupacamarista; la misma cátedra de inquietudes animando pasos vitales de nuevas generaciones.

"¿Qué podemos concluir de este magistral discurso de Velasco Aragón? Primero, la definición de González Prada, la adoración del maestro; en segundo lugar, el uso de su mismo estilo, para zaherir, en nombre de la moral pública, a políticos e instituciones, en tono progresista, avanzado, que habla de la revolución social, mucho antes que el Amauta y aún antes de las jornadas del 23 de mayo de 1923 en Lima. Un cusqueño se adelante, en la línea de la pureza moral pradiana, en la condena del reeleccionismo, de la podredumbre de la dictadura del oncenio, de la necesidad de cambio profundo y radical" (José Tamayo Herrera, Cuadernos de Historia VIII, El Cusco del Oncenio, Ed. Universidad de Lima, 1989).

"A propósito, en abril de 1923, Luis Velasco Aragón, entonces fogoso radical gonzález-pradista, en el atrio de la Catedral del Cusco, leyó su célebre conferencia ‘La verdad sobre el fango', condenando, con el verbo lapidario que la era característico, los abusos y crímenes de la dictadura. La multitud que lo escuchaba, después de aplaudirlo con entusiasmo, paseó en hombros al orador alrededor de la plaza, ante la presencia desafiante del prefecto Luis Ernesto Denegri, ex líder universitario limeño, que asistía al mitin en caballo del Ejército, con botas granaderas y armado de revólver y fuete. Poco después, Velasco Aragón, quien había rechazado una oferta de soborno del dictador, era tomado preso y confinado en la prisión política de la isla San Lorenzo. (Julio Gutiérrez L., Así nació el Cusco rojo, pág. 20).

Extraído de Caller, Sergio. Rostros y rastros, Un caminante cusqueño en el siglo XX, Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2006, págs. 61-66.

Transcrito por Renzo Forero

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RZO
ENERO 5, 2018
ANARQUISMO ANDINO, CUSCO, MARTÍN CHAMBI, SINDICALISMO, VELAZCO ARAGÓN
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