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(ca) Venezuela: Anarquistas ante el 7-O

Date Sun, 30 Sep 2012 18:36:04 +0200


* Al acercarse el ritual de la votación para dar legalidad al ocupante
de la silla presidencial, queremos ratificar ante la opinión pública
lo que ha sido la posición consecuente de l@s anarquistas en este país
con respecto a unos carnavales electorales que han sido instrumento
para el control y la sumisión del colectivo. En tal sentido, van a
continuación el Editorial del # 67 de El Libertario y un artículo de
la misma edición, donde se fija con toda claridad esa postura. --
Editorial El Libertario # 67; septiembre-octubre 2012 -- Votar por
Chávez es votar por Diosdado; Votar por Capriles es votar por
Diosdado. La certeza de esta frase se verifica al comparar los
programas de gobierno ofrecidos por los dos candidatos en su parte
medular: La dirección que tomará la industria energética, para ambos
indiscutible palanca del modelo de desarrollo para el país, el mismo
instalado entre nosotros desde 1914, fecha del primer pozo de petróleo
en Venezuela. La falsa polarización se desnuda al constatar el
consenso en la duplicación
de la producción de energía fósil en el país con la participación de
las compañías transnacionales. Sin embargo para los y las anarquistas
la discusión fundamental no es quien controla la industria, la
burguesía nacional o extranjera, sino en que esta reiteración del
modelo extractivista se pone de espaldas a la promoción de un modelo
alternativo de desarrollo, que no alimente los motores a combustión de
gasolina del capitalismo mundial y no perjudique ni al medio ambiente
ni a las
comunidades indígenas y campesinas. Cualquiera que sea el ganador del
7 de octubre representará una victoria para el capitalismo especulador
financiero, en sintonía con el mercado mundial, que tiene en figuras
como Diosdado Cabello a un seguro servidor.

La victoria de Hugo Chávez sólo será posible por el oxigeno dado por una
candidatura idónea para sus intereses, la de un representante de la
oligarquía venezolana con participación en el golpe de Estado de abril
del 2002. Capriles le proporcionó a Chávez un escenario perfecto para
revitalizar la polarización, con un discurso enfocado en la clase media
del país y con escasa sintonía con los sectores populares. A pesar de su
pretendida amplitud e inclusión, nunca fue un secreto que las decisiones
eran tomadas por la cúpula del partido más conservador y reaccionario del
país: Primero Justicia. A pesar del evidente descontento con los
resultados de su gestión y el sostenido aumento de la conflictividad
social, mantenida a raya por las expectativas carismáticas del caudillo,
en este escenario Capriles no logró convencer ni al chavismo descontento
ni a amplios sectores de la población. En este resultado el futuro estaría
dominado por un fortalecimiento del estatismo comunal autoritario, el
agudizamiento de la exclusión por razones políticas de las políticas
públicas y, por el efecto dominó, la hegemonía bolivariana de las
gobernaciones y alcaldías en las siguientes elecciones.

Por otra parte una victoria de Capriles sólo sería posible más por las
abstenciones del chavismo descontento y por el voto castigo de un grueso
de los electores y electoras, y menos por las “virtudes” del ganador.
Cansados de las humillaciones, demagogia y el empobrecimiento general de
las condiciones de vida, el voto “contra-Chávez”, de quienes antes habían
confiado en él, daría las cifras necesarias para la segunda derrota
electoral del comandante-presidente, lo cual abriría un escenario de
conflictividad y la ratificación de los poderes regionales gobernados por
la llamada «oposición» en la siguiente cita electoral. Este resultado,
empero, robustecería la gestación de un nuevo bipartidismo entre los
bloques partidarios chavistas y no chavistas, quienes a mediano plazo
acordarían diferentes acuerdos de alternatividad que tácitamente devendrán
en un nuevo “Pacto de Punto Fijo”.

Cualquiera sea el resultado hay otras dos consecuencias importantes. La
primera es la relegitimidad de la democracia representativa y clientelar
que parecía desmoronarse en el estallido popular del Caracazo,
gobernabilidad que sólo podía recomponerse con una figura carismática y
populista como Hugo Chávez. La segunda, de especial interés para los y las
antiautoritarias, es que estas votaciones se celebran en medio del peor
retroceso histórico de la autonomía de los movimientos sociales
venezolanos. Como atestiguan las cifras del Observatorio Venezolano de
Conflictividad Social, la electoralización de las agendas de las
iniciativas populares lograron lo que parecía difìcil: Detener el
incremento de la cantidad de manifestaciones realizadas en el país, las
cuales habían experimentado una curva de aumento constante desde el año
2004. El chantaje electoral logró institucionalizar, hacia los canales
electorales, la energía de las multitudes en movimiento, desvaneciendo los
niveles de autonomía que habían alcanzado algunos conflictos de base
contra los poderes establecidos.

La actitud del anarquismo consecuente no puede ser otra que denunciar la
farsa y el chantaje electoral, negándose a participar en la comedia y
canalizando todas sus energías en la recomposición y recuperación de la
autonomía de los movimientos sociales y populares. Los hechos de los
últimos 13 años nos han dado la razón: Los discursos de los gobiernos no
cambian nada. Las transformaciones estructurales y revolucionarias
provienen de todos y cada uno de los oprimidos y sus iniciativas
colectivas.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.--.-.-.-.-.-.-.-.

La Farsa del 7-O

H. Decarli

Venezuela es un país donde la frivolidad reina como hecho noticioso. Los
concursos de belleza representan un momento estelar dentro de la
cotidianidad estimulados por la promoción de los medios de difusión además
de la precisión explanada sobre las informaciones de farándula, las
celebridades, el deporte y el entretenimiento. Crean expertos en béisbol,
el básquet y la Vinotinto. Así como se banaliza la corrupción y a nadie
impacta un nuevo hecho antiético los comicios electorales se han
convertido en todo un acontecimiento que coloca en vilo a la opinión
pública cada vez que ocurre.

La conducta media del venezolano está conformada por prácticas sociales
creadoras de subjetividades rígidas con un simbolismo instalado en el alma
nacional, creador de mitos y racionalizaciones increíbles. Las
telenovelas, los obituarios, el alto nivel de religiosidad caldo de
cultivo para cualquier timo y la postura de un presidente escindido de su
condición, son expresiones características de la nación.

- La absolutización electorera

Así las cosas, estamos en presencia de un suceso manido como es el de una
elección, máxime si es presidencial en un país donde la coercibilidad
estatal está concentrada en la figura del Jefe del Estado. El 7 de
octubre significa, dentro del contexto antes indicado, un hito más en la
saga electorera en la cual ha incursionado la nación desde el año 1958 y
profundizado hasta el infinito durante la experiencia gubernamental
chavista. La elección significa algo así como el alfa y la omega de la
vida y las expectativas nacionales. Da la sensación de vivir un hecho de
magnitud histórica por la polarización presentada hasta la presente fecha,
con una connotación finalista y como si el futuro estuviese absolutamente
en juego.

Para nadie es un secreto que las decisiones relevantes no se toman por
razones electoreras como por ejemplo la devaluación conocida vox pópuli.
Cualquier otra medida, por más necesaria que sea, conoce de una
diferimiento post octubre.

Los torneos electorales se limitan a una pléyade de ofrecimientos sobre
los múltiples problemas atravesados por el país sin detenerse a explicar
la parte adjetiva, vale decir, la forma y el procedimiento a materializar
la panacea. Verbigracia, si hay desempleo, por razones estructurales, se
anuncia la elaboración de un plan ad-hoc comprendiendo generalidades
fáciles de enunciar como si fuera un problema circunstancial.

- Las elecciones enervan los problemas sociales

Los programas asistencialistas de esta administración, que responden a la
lógica clientelar, constituyen una oferta gubernamental. La oposición,
para no quedarse atrás, ofrece convertirlas en leyes. Si el chavismo
estimula el culto a Bolívar ahora surge la afirmación de ser Capriles
Radonski un descendiente del presidente de Colombia fallecido el 17 de
diciembre de 1830. El juego populista es a dos y cada cual aspira a
superar al otro en el paisaje de la demagogia.

Es una carrera de proposiciones sin incorporar a los grandes
planteamientos el contenido programático y las ofertas siguen el ritmo de
los gustos, por demás conservadores y reaccionarios, del hombre común en
Venezuela. Nada se dice sobre el I.I.R.S.A., la barbarie carbonífera del
Zulia ni tampoco sobre el Plan Mesoamérica. La desnacionalización
petrolera no existe ni las políticas monetarias creadoras de la inflación
ni los tratados sobre la doble tributación tampoco son considerados en el
debate comicial.

El panorama anterior no es accidental porque el espacio ofrecido por el
poder abarca el abanico de posibilidades de administrar la renta petrolera
o alcanzar cuotas o resortes del negocio democrático formal. Es una
probabilidad demarcada nítidamente para actuar en ella.

- La polarización

Venezuela políticamente está conformada por dos opciones asfixiantes del
espectro electoral. Si antes fueron las dos caras de la misma moneda (AD y
Copei), ahora se presentan el chavismo y la oposición. El oficialismo
ejecuta un desempeño clientelar y electorero al máximo pero con un perfil
de concentración del poder y la perspectiva de ser dueño del aparato
estatal. La MUD en cambio ofrece una orientación más flexible pero en la
misma línea populista. Reflejan la misma manera de gobernar: el
clientelismo, el rentismo petrolero y la alineación de Venezuela en el
contexto de las directrices de los centros mundiales de poder.

Empero, por un manejo maniqueo crean la matriz de dos oportunidades
distintas en apariencia para estrangular al electorado. El chavismo quiere
continuar su pésima gestión siguiendo la saga de la bolsa de comida, la
educación mediocre e ideologizada, la mayor dependencia del Estado y el
miedo a volver al puntofijismo. La oposición habla de una vaga inclusión
social, unas fuerzas armadas no partidizadas, la secuencia de las misiones
y sobre todo, la fobia al estalinismo simbolizada en la reelección.

No se ha construido una opción distinta en materia social a las dos
formaciones mencionadas y de allí la dificultad de resistir a esta
elección. El voto no tiene sentido para llevar a cabo una transformación
en Venezuela; siempre ha servido para distraer y enajenar a la gente de su
terrible cotidianidad diaria. Participar en una elección sólo puede servir
para insertarse en el modelo reinante, distanciarse de la gente y entrar
al mundo de la representatividad.

- Corolario

Ir al voto por el simplicismo de apostar al mal menor es inconsistente y
exuda pragmatismo. Ya en 1998 cuando Chávez fue presentado como la
salvación frente al esquema Ad-Copei devino en un remedio peor que la
enfermedad. Igual fue lo sucedido a la caída de la dictadura
perezjimenista: la gobernabilidad sucedánea fue tan nociva que a diez años
de la defenestración del militar de Michelena la gente votó por su partido
porque la ineficacia de la democracia representativa hacía a la gente
añorar al régimen castrense. Aplicar un tacticismo mecánico es perder la
perspectiva porque al final el resultado es contraproducente.

Se puede tomar como una referencia actual a México donde Peña Nieto y
López Obrador se disputaron los dos primeros lugares en la carrera
presidencial. Significan, al igual que los otros dos contendores (Josefina
Vásquez y Gabriel Quadri) el mismo menú populista. Pensar en otras
posibilidades es creer en lo imposible porque el cartabón estructurado por
el poder no da para otra senda que la servida.

Concomitante a razones doctrinales existen motivos de naturaleza real para
no participar, creer y confiar en estas elecciones. Lo acertado, viéndolo
desde una óptica libertaria, es abstenerse. Haríamos así una Pica en
Flandes al unir simultáneamente los principios con la realidad.


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