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(ca) La Particularidad del Anarquismo en Argentina

Date Tue, 28 Aug 2012 11:30:07 +0200


El anarquismo es una ideologÃa que ha mostrado tener una habilidad de
supervivencia destacable; ha existido por alrededor de 200 aÃos, desde
el momento en el que William Godwin presentà por primera vez sus ideas
a fines del siglo XVIII. Los principales focos del anarquismo en la
historia moderna estuvieron en Italia, lugar de apariciÃn del primer
movimiento anarquista bajo la direcciÃn de Mikhail Bakunin, y EspaÃa y
Francia, en donde, desde la deÄada de 1880 hasta los aÃos â30, fue
capaz de reunir a un importante nÃmero de adherentes. En AmÃrica del
Norte y del Sur se afianzà en los Estados Unidos y Argentina, y tuvo
un apoyo mÃs limitado en Brasil, Uruguay, Cuba y MÃxico. -- Como
movimiento activo, con publicaciones e instituciones propias, el
anarquismo existià en Argentina de forma ininterrumpida por casi
cincuenta aÃos entre 1880 y 1930. Sin embargo, un estudio de las
razones de la supervivencia de este movimiento, cuyo componente
ideolÃgico es una de sus aristas mÃs importantes, se encontrarà con
grandes dificultades para explicar su permanencia en el tiempo en
Argentina si se basa Ãnicamente en su fuerza ideolÃgica. La
explicaciÃn, de hecho, se encuentra en una serie de factores: el
masivo flujo de inmigrantes europeos (muchos de los cuales tenÃan un
pasado en el anarquismo); la agitaciÃn social que asediaba a Argentina
en el cambio de siglo; el desarrollo interno del anarquismo, que
provocà el fortalecimiento de la tendencia pro-organizativa que
apoyaba la militancia en las organizaciones obreras; la formaciÃn de
un comprometido grupo de militantes anarquistas que inspirà confianza
entre los trabajadores inmigrantes que poblaba las grandes ciudades;
la posiciÃn polÃticamente marginal de la clase obrera que habÃa
surgido de las olas de migraciÃn y que no habÃa conseguido ingresar a
las organizaciones polÃticas; la libertad de expresiÃn tanto oral como
escrita, y la libertad de organizaciÃn de todo tipo de grupos
anarquistas[2]. Debe tenerse en cuenta que la razÃn del Ãxito del
anarquismo no puede ser hallada en ninguno de estos factores por sÃ
mismos ni en la suma de ellos siquiera, sino mÃs bien en su
inscripciÃn Ãnica en el proceso histÃrico. Cada uno de estos factores
tuvo un rol y un efecto en relaciÃn a su lugar en el curso histÃrico,
mucho mÃs allà de su contenido especÃfico. De allà que comenzar con un
breve repaso de los hitos de su desarrollo y caÃda sea la forma mÃs
adecuada de proceder si lo que se pretende es comprender la
particularidad del anarquismo argentino y cÃmo Ãste se arraigà en la
clase obrera local.

El anarquismo argentino fue, desde sus comienzos (desde la dÃcada de
1880 y hasta los â30), un movimiento predominantemente obrero, basado
en el prolteriado urbano. Los primeros anarquistas en Argentina eran
inmigrantes italianos y espaÃoles, con experiencia en actividades
anarquistas en sus paÃses de origen. Algunos de ellos habÃan huÃdo de
la persecuciÃn policial y, al momento de su llegada al paÃs de asilo,
gozaron de una completa libertad de acciÃn, aunque tuvieron una
limitada capacidad de influencia[3]. Fue el activismo de Errico
Malatesta, un referente del anarquismo mundial de posturas
anarco-comunistas que vivià en el paÃs entre 1885 y 1889, las que le
dieron mayor vida al anarquismo en Argentina. Durante su estadÃa,
ayudà a acercar a pesar de las diferencias a los diferentes cÃrculos
comunistas anÃrquicos: por un lado, a quienes se oponÃan a
relacionarse con las organizaciones sindicales y, por el otro, a los
que estaban a favor de militar en el seno de los sindicatos. Esta
relaciÃn entre las diferentes tendencias colapsà cuando Malatesta
abandonà la Argentina[4].

Las organizaciones obreras fueron fundadas, principalmente por
socialistas, desde principios de la dÃcada de 1890. Cerca del cambio
de siglo, los anarquistas volvieron a acercarse a los sindicatos y
estallà entonces un debate entre dos tendencias de la ideologÃa
anarquista: la de quienes estaban a favor de la militancia dentro de
los sindicatos contra la de los âpuristasâ, que se oponÃan a ella. La
primera concebÃa a las organizaciones obreras como un arma natural
para la lucha social. Los anti-organizadores, por otro lado, sostenÃan
que dentro de los sindicatos los anarquistas dejarÃan su impronta
revolucionaria por estar involucrados en la actividad reformista. La
influencia de los pro-organizaciÃn crecià con la publicaciÃn del
periÃdico La Protesta Humana en 1897[5].

La tendencia pro-organizaciÃn ganà gran fuerza en 1898 con la llegada
a la Argentina del doctor Pietro Gori. Gori era un anarquista italiano
de renombre internacional, un ilustre agitador de la causa anarquista
y un poeta, abogado y criminÃlogo. Fomentà la participaciÃn anarquista
en la naciente federaciÃn de trabajadores y jugà un importante papel
en la fundaciÃn de una federaciÃn de tendencia pro-organizativa[6].

El fortalecimiento de la corriente pro-organizativa dentro del
movimiento anarquista tambiÃn se debià en gran parte a la influencia
de Pellicer Paraire, un pintor espaÃol que milità en la primera
Internacional y que habÃa migrado a Argentina en 1891. En 1900,
Paraire publicà una serie de artÃculos acerca de la âOrganizaciÃn
Sindicalâ en La Protesta Humana, en los cuales propuso los principios
bÃsicos para una federaciÃn de trabajadores. Puso sobre el tapete la
necesidad de una estructura organizacional dual e interrelacionada,
con un brazo econÃmico y sindical expresado en la federaciÃn de
trabajadores, y con otro especÃficamente revolucionario y
anarquista[7].

Estos documentos serÃan mÃs tarde la guÃa de los documentos y
prÃcticas fundacionales de la FederaciÃn Obrera Argentina (FOA),
formada en 1901 en un intento unitario junto a los socialistas. En el
curso de su primer aÃo de vida, la FOA se dividià y los sindicatos
socialistas la abandonaron. El grupo que permanecià dentro de la
federaciÃn reunÃa a 8000 activistas, mientras que el grupo que se
separà contaba con alrededor de 2000, dejando de este modo a los
anarquistas como corriente hegemÃnica de los sindicatos, hegemonÃa que
se mantendrÃa por los diez aÃos siguientes[8].

La primera dÃcada del siglo XX tuvo una importancia singular en el
proceso de formaciÃn de la clase trabajadora argentina. La polÃtica
del movimiento obrero en esos diez aÃos estuvo marcada por el
crecimiento del anarquismo, definido, particularmente en la FOA, como
anarco-comunista. Desde sus inicios, la FOA se organizà por fuera de
todo marco legal; impulsà paros, boicots, sabotajes y huelgas
generales. Para las anarquistas, esta Ãltima tenÃa un carÃcter
insurreccional y era considerada como un instrumento para la lucha por
la aboliciÃn del Estado y la formaciÃn de una nueva sociedad.

La primera huelga general en Argentina ocurrià en 1902, y fue testigo
del despliegue total de las fuerzas del Estado contra los
trabajadores, a travÃs de la represiÃn abierta y las deportaciones. El
deterioro de las relaciones laborales condujo a las autoridades a
legislar la âLey de Residenciaâ en 1902. Esta ley fue usada en contra
de presuntos referentes anarquistas y llevà a la expulsiÃn de cientos
de militantes anarquistas y trabajadores extranjeros de la Argentina.
A partir de ese momento comenzà un crecimiento en la lucha social
entre los anarquistas, con fuerte arraigo en los sindicatos de la FOA,
y las autoridades[9].

Esta tensiÃn gatillà la radicalizaciÃn, que culminà con la
incorporaciÃn de la ideologÃa anarco-comunista como parte de la
plataforma federativa del quinto congreso de la FORA (la antigua FOA).
Entre las resoluciones, puede leerse: âEl V Congreso de la F. O. R. A.
[â] declara: que aprueba y recomienda a todos los adherentes la
propaganda e ilustraciÃn mÃs amplia en el sentido de inculcar a los
obreros los principios econÃmicos filosÃficos del comunismo anÃrquico.
Esta educaciÃn impidiendo que se detenga en la conquista de las ocho
horas, les llevarà a su completa emancipaciÃn y por consiguiente, a la
evoluciÃn social que se persigueâ[10]. Esta declaraciÃn fue adoptada
como polÃtica bÃsica por muchos aÃos, y el movimiento, orientado como
estaba hacia las finalidades anarquistas, rechazà cualquier otra
concepciÃn de sindicalismo.

A 1905 le siguià un periodo de conflictos sociales con olas de huelgas
consecutivas impulsadas por los anarquistas. En 1906, un grupo
sindicalista se separa del Partido Socialista, convirtiÃndose en un
sector independiente dentro de los sindicatos y que comienza a
disputar la hegemonÃa a los anarquistas, promoviendo la confluencia
con todos los sindicatos anarquistas. Los militantes anarquistas se
opusieron a esta corriente y rechazaron todos los intentos de
re-acercamiento, a la vez que intentaban mantener la identidad
anarquista del movimiento[11].

El primero de Mayo de 1909, la policÃa abrià fuego en contra de los
participantes de una manifestaciÃn organizada por la FORA, resultando
en la muerte de muchÃsimos de ellos. El Coronel RamÃn FalcÃn, Jefe de
la PolicÃa, fue responsabilizado por la masacre. El 13 de Noviembre,
un joven anarquista judÃo, SimÃn Radowitzky, lanzà una bomba al auto
de FalcÃn, asesinÃndolo en el acto a Ãl y a su secretario. Luego de
esta acciÃn, se abrià un periodo de represiÃn sin precedentes, en el
cual se arrestà a miles de militantes, muchos de los cuales fueron
enviados a prisiÃn; se deportà a los extranjeros y se declarà la ley
marcial, que durà en vigencia hasta Enero de 1910[12]. Ese aÃo se
celebrarÃa el centenario de la independencia argentina, y las
autoridades hacÃan todos lo posible para garantizar que las
festividades se desarrollaran en un ambiente de calma. En Febrero, se
levantà el estado de sitio y se reanudà la actividad de los
anarquistas.

1910 serÃa un aÃo clave para los anarquistas; y los hechos que en Ãl
acontecieron, un antes y un despuÃs en la influencia del movimiento
anarquista. La direcciÃn de la FORA organizà marchas y actos de
protesta en contra de la âLey de Residenciaâ y la polÃtica represiva;
sin embargo, a pesar de estas visibles manifestaciones, el
proletariado no mostrà una actitud particularente militante en la
lucha social. Por ello, la direcciÃn de la FORA se mostrà dubitativa,
y hubo incluso aquellos que decÃan que âdebe asumirse que no es
posible la victoria en esta confrontaciÃnâ[13].

Fue la CORA (ConfederaciÃn Obrera Regional Argentina), de orientaciÃn
sindicalista, la que llamà entonces a la confrontaciÃn directa, para
ganarle la mano en la competencia por la influencia en los sindicatos.
Por iniciativa de la CORA fue convocada una huelga general para el 18
de Mayo, convocatoria que la FORA no tuvo mÃs remedio que imitar. El
prematuro anuncio de la huelga general propuesta dio aire a las
autoridades para organizarse[14], solo que esta vez no solo se le
habÃa confiado a la policÃa el endurecimiento de las medidas
represivas, sino que esta vez tambiÃn se le dio permiso a nuevas
fuerzas âgrupos de las llamadas âjuventudes nacionalistasâ âpara que
atacaran los âpuntos de agitaciÃnâ. Estos grupos realizaron ataques
contra las oficinas y locales obreros, asà como contra algunos barrios
obreros y judÃos. Este tipo de âterror blancoâ, junto a la vuelta en
vigencia del estado de sitio, los arrestos masivos y la deportaciÃn de
presuntos agitadores, triunfà en su objetivo de sofocar la huelga[15].

Estos actos de represiÃn se sumaron a la legislaciÃn de la âLey de
Defensa Socialâ, que negaba el reingreso al paÃs de sospechosos de ser
anarquistas y prohibÃa la asociaciÃn de grupos anarquistas, amenazando
a los agitadores de huelgas con duras penas y otras restricciones. Las
medidas represivas de este tipo sorprendieron y asestaron un duro
golpe a las actividades de los anarquistas[16]. El historiador y
editor anarquista Diego Abad de SantillÃn escribirÃa mÃs tarde: âDe
este modo, en una ola de prisiÃn, terror y deportaciones masivas y una
avalancha de incendios en las imprentas anarquistas se terminà lo que
podrÃamos llamar el anarquismo heroico en Argentina [â] Se comprendÃa
que se habÃa llegado al fin de camino y que un importante capÃtulo de
la historia social comenzaba a cerrarseâ[17].

Es claro que, a fines de 1910, el anarquismo habÃa comenzado a mostrar
claros signos de fatiga. La represiÃn polÃtica, sumada a los duros
obstÃculos a la organizaciÃn, una progresiva recesiÃn econÃmica, y el
flujo continuo de migraciones se habÃan combinado para poner freno al
crecimiento del movimiento. Luego de 1910, la federaciÃn sindicalista
CORA, que reinvidicada el arbitraje y la negociaciÃn a expensas de la
acciÃn directa, ganaba nuevos adherentes. De acuerdo a la teorÃa
sindicalista, esta federaciÃn luchaba por la unificaciÃn total, y
sentÃa que una FORA debilitada como la de ese entonces responderÃa a
ese llamado[18]. AsÃ, en 1914, la CORA propuso a la FORA la fusiÃn de
ambas centrales, basÃndose en las resoluciones congresales de la FORA.
En ese sentido, se reunià ese aÃo un congreso de la CORA que decidiÃ
la disoluciÃn de la central y sugirià a todos sus sindicatos que se
unieran a la FORA. Fue bajo estas circunstancias que la dirigencia de
la FORA finalmente tomà la iniciativa y llamà a un congreso de
unificaciÃn.

En Abril de 1915, la FORA llevà a cabo su 9 congreso, y los
sindicalistas, habiendo disuelto su federaciÃn, ingresaron en masa a
la FORA. En el curso del congreso, los sindicalistas se hicieron de la
conducciÃn y, antes de que la vieja guardia forista pudiera darse
cuenta, eliminaron el acuerdo de anarco-comunismo que habÃa sido
aprobado en 1905. DespuÃs del congreso, los anarquistas, ahora
conscientes del importante cambio realizado, crearon una central
anarquista disidente llamada âFORA del Quinto Congresoâ. Los
sindicalistas fueron dejados con la direcciÃn de la âFORA del Novenoâ,
y su influencia comenzà a crecer. El motivo de la amalgamaciÃn
polÃtica de anarquistas y sindicalistas en 1915 estuvo determinado por
los cambios fundamentales en la estructura de la clase trabajadora, y
tambiÃn reflejà los efectos del proceso de naturalizaciÃn, dado que
los trabajadores nativos comenzaban a superar en nÃmero a los
extranjeros[19].

El aÃo 1919 marcà otro episodio en la confrontaciÃn entre las
autoridades y los trabajadores. La âSemana TrÃgicaâ, nombre con el
cual se volvià conocida, comenzà el 7 de Enero, cuando la policÃa
lanzà un horrible ataque contra los obreros del taller metalÃrgico
Vasena, que habÃan estado en huelga por muchos dÃas, resultando en la
muerte de varios de ellos. Una huelga general fue convocada con el
respaldo de anarquistas y sindicalistas para el 10 y 11 de Enero en
respuesta a este derramamiento de sangre. La ola de huelgas se calmÃ
pronto, pero la represiÃn recrudeciÃ. La policÃa, el ejÃrcito y grupos
de civiles de derecha lanzaron nuevamente un pogromo hacia los barrios
obreros. Lo peculiar de esto es que no estuvo dirigido en contra de
los huelguistas, sino en contra de la comunidad ruso-judÃa que vivÃa
en Villa Crespo, zona central de la ciudad de Buenos Aires. De acuerdo
a la prensa socialista, la âSemana TrÃgicaâ dejà como saldo 700
muertos y 4000 heridos. El gobierno y los medios conservadores
denunciaron las huelgas de principios de 1919 como provocadas por
agitadores forÃneos, prueba de la generalizada sensaciÃn de
aprehensiÃn que habÃa causado la gigantesca demostraciÃn de fuerza de
los anarquistas[20].

Luego de la âSemana TrÃgicaâ, el declive del anarquismo siguià su
curso. Los anarquistas tuvieron una participaciÃn marginal en los
eventos de mediados de 1919 y fueron incapaces de aprovechar la
expansiÃn continua del sindicalismo hasta fines de 1920. A partir de
ese momento, el movimiento subsistià mÃs que nada como grupos de
individuos con escasa influencia en los sindicatos. Hubo una
excepciÃn, sin embargo: en la Patagonia, en 1920, los anarquistas
lideraron una revuelta de trabajadores de la agricultura. El ejÃrcito
no tardà en intervenir, desatando una terrible campaÃa militar que
envià a 1500 dirigentes sindicales y obreros a los pelotones de
fusilamiento. La historia completa se hizo conocida en Buenos Aires
mucho tiempo mÃs tarde, producto de lo remoto de la regiÃn y la poca
comunicaciÃn. El ejÃrcito se encontraba bajo el mando del Coronel
HÃctor Varela. Cuando los detalles de los mÃtodos de Varela se
hicieron conocidos, la prensa anarquista lanzà una campaÃa en contra
del âasesino de la Patagoniaâ, que culminà con el ajusticiamiento de
Varela a manos del anarquista tolstoiano Kurt Wilkens[21].

Desde 1922, el movimiento anarquista sufrià un lento descenso hacia la
marginalidad. Este declive estuvo signado por divisiones, bandolerismo
y terrorismo, representados perfectamente en el episodio de Severino
di Giovanni. Finalmente, los conflictos internos y la persecuciÃn
llevaron al movimiento a su desapariciÃn, justo antes del golpe de
Uriburu en 1930[22].

Algunos comentarios sobre la contribuciÃn del anarquismo argentino

El anarquismo en Argentina fue un fenÃmeno Ãnico. Creà una conjunciÃn
de organizaciÃn sindicalista e ideologÃa anarco-comunista que fue
completamente diferente de cualquier cosa que hubiera podido ser
aceptada por los movimientos anarquistas existentes hasta el momento.
Dicha conjunciÃn estuvo caracterizada por la integraciÃn de teorÃas
importadas desde Europa con la experiencia prÃctica argentina. Desde
un punto de vista ideolÃgico y organizativo, el movimiento anarquista
podrÃa haber sido visto como sincrÃtico, y fue justamente este hecho
el que permitià la coexistencia de elementos locales y europeos en su
seno. Este sincretismo fue ampliado durante la primera dÃcada del
siglo XX, cuando la mayorÃa de las fuerzas de las actividades del
movimiento estaban dirigidas a los sindicatos, a la vez que los grupos
anarquistas mÃs radicales coexistÃan de forma independiente. Estos
grupos mantuvieron periÃdicos y publicaciones, organizaron asambleas y
encuentros, y se dedicaron a la educaciÃn y a las actividades de
propaganda. La coexistencia de grupos ideolÃgicos actuà como
catalizador del radicalismo heredado por los anarquistas que militaban
en los sindicatos.

El anarquismo fue un factor clave en el desarrollo de la consciencia
de clase del proletariado argentino durante sus aÃos de formaciÃn,
tuvo un importante rol en la creaciÃn de las federaciones obreras,
promovià la agitaciÃn entre los trabajadores durante las olas de
huelga e introdujo la huelga general como una herramienta para la
lucha.

Los militantes anarquistas de fines del siglo XIX y principios de
siglo XX comprendieron correctamente la particularidad de la relaciÃn
entre la vanguardia ideolÃgica y la heterogÃnea clase obrera en la que
Ãsta estaba inserta, y en funciÃn de ello adaptaron su dirigencia para
cumplir con las exigencias del proletariado urbano que se constituyÃ
en su âpÃblico objetivoâ[23]. En medio del contexto histÃrico de
principios del siglo XX, las respuestas que los anarquistas entregaron
a las situaciones que surgieron para la clase trabajadora tuvieron
resultados positivos en amplios sectores de la poblaciÃn. La
propaganda anarquista consiguià mejores resultados que la de los
socialistas por ser mÃs sencilla y directa, y porque no buscaba
obtener su apoyo para un partido polÃtico; estaba orientada a la
mentalidad de las masas obreras argentinas, desprovistas por la
oligarquÃa gobernante del derecho polÃtico elemental de participaciÃn
en las elecciones. Los bloqueados conductos polÃticos de
representaciÃn empujaron a los inmigrantes a buscar formas de
organizaciÃn similares. Estas organizaciones actuaron como sustitutos
de partidos polÃticos y compensaron a los trabajadores por su
frustraciÃn ante la falta de movilidad en la esfera polÃtica. El hecho
de que la mayorÃa de los inmigrantes hayan ido a la Argentina con el
Ãnico objetivo de encontrar seguridad econÃmica y, por lo tanto, que
no la concibieran su paÃs o patria, facilità en gran medida la tarea
de los propagandistas del anarquismo de atraerlos a sus ideas. Los
anarquistas explotaron la soledad cultural de los inmigrantes, asÃ
como las profundas desigualdades que existÃan en la sociedad
argentina[24].

La dirigencia anarquista le dio gran importancia a las actividades
culturales y de propaganda. Esto resultà en una gran cantidad de
publicaciones propagandÃsticas y literarias; en 1910, Argentina era el
Ãnico paÃs del mundo que contaba con dos diarios anarquistas. A
comienzos del siglo, Buenos Aires en Argentina y Pateron en los
Estados Unidos eran los dos centros mÃs importantes de publicaciÃn de
literatura anarquista. Argentina constituyà el mÃs grande mercado de
literature anarquista en espaÃol, que debidamente se convirtià en la
principal fuente de educaciÃn popular en cultura europea. Luego de la
llegada a Argentina de activistas judÃos que habÃan huido de los
progromes de Kishinev en la Rusia de 1908, se unieron a la literatura
anarquista en espaÃol las publicaciones en yiddish. ExtraÃamente,
dichas publicaciones vivieron mÃs que el movimiento anarquista en
general, perdurando hasta la dÃcada de 1940[25].

Desde principios de siglo se sintià la influencia de los anarquistas
en los cÃrculos bohemios, particularmente entre dramaturgos, poetas y
editores. Diego Abad de SantillÃn seÃalaba, en retrospectiva:

âNo hay paÃs donde el anarquismo haya tenido tanta influencia en la
literatura como en la Argentina, si exceptuamos un cierto perÃodo en
Francia [...] Se puede decir que la gran mayorÃa de los jÃvenes
escritores en la Argentina se han ensayado desde 1900 [...] como
simpatizantes del anarquismo, como colaboradores de la prensa
anarquista y algunos como militantesâ[26]

Aunque esto nos parezca de alguna manera exagerado, sà es un medidor
de la fuerza de la influencia anarquista en los jÃvenes cÃrculos
bohemios del Buenos Aires de principios de siglo. Uno de los mÃs
destacables intelectuales que estuvo activo en los cÃrculos
anarquistas de entonces fue el dramaturgo y poeta Alberto Ghiraldo. Se
acercà en primera instancia a los jÃvenes que formaron el cÃrculo de
RubÃn DarÃo a fines del siglo XIX, y se unià a los cÃrculos
anarquistas en 1900, cuando asumià la ediciÃn de las revistas
literarias anarquistas. MartÃn Fierro y El Sol; desde 1904 fue editor
de La Protesta. Otro ejemplo es el uruguayo Florencio SÃnchez, un
importante dramaturgo en los primeros aÃos del siglo XX que escribiÃ
Mâhijo el dotor, una obra que era expresiÃn viva de la vida de las
capas mÃs bajas de la sociedad bonaerense. TambiÃn estaba FÃlix
Basterra, escritor de El crepÃsculo de los gauchos, asà como Armando
DiscÃpolo, GonzÃlez Pacheco, Josà de Maturana y Alejandro Sux. Debe
tenerse en cuenta que tenÃan dos lealtades: por un lado, a los
cÃrculos anarquistas en cuyas publicaciones escribÃan y en cuyos
encuentros sociales eran presentadas sus obras y poesÃas, mientras
que, por otro, cuidaban con esmero sus relaciones con el mundo
literario del exterior en el cual sus trabajos eran publicados y que
constituÃa tanto su mercado como su fuente de crÃticas literarias, que
determinaba su estÃtus. Al mismo tiempo, sin embargo, esta doble
lealtad abrià brechas entre los intelectuales y los activistas del
anarquismo, y creà tensiones entre ambos grupos. La mayorÃa de los
activistas eran autodidactas que se habÃan educado mientras trabajaban
(por lo que podrÃan ser calificados de âsemi-intelectualesâ),
educaciÃn que luego aplicaron a sus trabajos en la escritura en
periÃdicos y propaganda. Las tensiones se mantuvieron a lo largo de
este periodo y culminaron con el abandono de la mayorÃa de los
intelectuales bohemios de las filas anarquistas por la segunda dÃcada
del siglo XX[27].

DespuÃs de todo, en comparaciÃn con otras partes del mundo, el
movimiento anarquista argentina fue bastante moderado. La inicial
tradiciÃn intelectual del movimiento pronto desapareciÃ. Al final, el
principal atributo del anarquismo argentino fue su carÃcter popular,
como sostenia Abad de SantillÃn en 1938:

âLos propagandistas de la Argentina, ya sea por su carÃcter de
extranjeros en su mayor nÃmero y por lo tanto inestables, bien por el
exceso de actividad o por las modalidades de lucha y de la propaganda,
no alcanzan un nivel intelectual extraordinario [...] Se han divulgado
ideas, no se han pensado, el movimiento argentino fue un vehÃculo
excelente, pero no ha ofrecido al mundo mucho de originalâ.[28]

Podemos aceptar la afirmaciÃn de SantillÃn, pues la originalidad del
anarquismo argentino no debiera ser vista en la esfera teÃrica, sino
mÃs bien en la combinaciÃn de teorÃa y prÃctica.

El anarquismo argentino tuvo un papel importante en los avances en la
educaciÃn de los obreros, y esto dio lugar a la iniciativa de levantar
escuelas racionalistas abiertas, que en sà mismas constituyeron una
revoluciÃn en los mÃtodos de enseÃanza. Desde fines del siglo XIX, los
anarquistas adoptaron la costumbre de levantar y fomentar escuelas
alternativas (las llamadas âescuelas libresâ), que luego serÃan
conocidas como âescuelas racionalistasâ. La iniciativa la tomaron
primero los cÃrculos anarco-comunistas que militaban dentro de los
sindicatos, y luego fue adoptada por los anarquistas de la FORA[29].

Los grupos anarquistas crearon escuelas libres en los barrios obreros.
Los activistas de la FORA apoyaron este movimiento y habÃa cooperaciÃn
entre los obreros de los sindicatos y los intelectuales. A pesar de
sus modestos inicios, los grupos anarquistas persistieron con sus
actividades, sin desanimarse por las dificultades y el hostigamiento
del gobierno que tuvieron que enfrentar. La carga era pesada y, por
ello, la mayorÃa de estas escuelas tuvo una corta vida; sin embargo,
la huella que dejaron fue profunda. El establecimiento de escuelas
libres o racionalistas continuà de manera ininterrumpida a lo largo de
la primera dÃcada del siglo. Por su propuesta educativa alternativa,
estas escuelas atrajeron a muchos intelectuales a los grupos
anarquistas. No obstante, el gobierno veÃa con malos ojos a estas
escuelas, que rechazaban los mÃtodos pedagÃgicos conservadores
oficiales, y, durante los momentos de tensiÃn, los apuntà con dedo
acusador como centros de agitaciÃn anarquista.

Las escuelas racionalistas para niÃos y adolescentes, las escuelas
obreras, los grupos de discusiÃn y los programas culturales se
conviertieron en focos que alimentaron una contra-cultura popular,
radical y proletaria que bregaba por englobar todas las esferas de la
vida. El punto de partida era la ampliaciÃn de la educaciÃn y del
desarrollo de una consciencia racionalista como medios para la
creaciÃn de un hombre nuevo, de valores morales alternativos que lo
prepararÃan para la construcciÃn de una futura sociedad
anarco-comunista cuando llegase el momento. Vale la pena notar que
esta cultura contemplaba un lugar digno para las mujeres, varias de
quienes ocuparon posiciones en la prensa e incluso en los
sindicatos[30]. Dentro de los cÃrculos anarquistas se formaron grupos
feministas desde fines del siglo XIX. En 1896, las mujeres publicaron
un periÃdico propio, La Voz de la Mujer, y en 1907 fundaron la liga
anarco-feminista[31].

AdemÃs de la contribuciÃn directa que significà la contra-cultura
proletaria, el fortalecimiento del anarquismo argentino a principios
del siglo XX tambiÃn actuà como un catalizador para los eventos en
otras esferas. El miedo al anarquismo fue motivo suficiente para tomar
fuertes metidas preventivas. A fines del siglo XIX, cuando el
terrorismo anarquista se habÃa extendido por Europa, aÃn no habÃa
afectado a Argentina; en esta Ãltima, comenzà en la primera dÃcada del
siglo XX en respuesta a la brutalidad policial. Mencionamos
anteriormente que la primera acciÃn terrorista tuvo lugar en 1909,
cuando SimÃn Radowitzky asesinà al jefe de la policÃa, el coronel
RamÃn FalcÃn, y la segunda, en 1921, cuando Kurt Wilkens ajusticià al
coronel HÃctor Varela como venganza por el aplastamiento de la huelga
en la Patagonia[32]. Aunque el terrorismo en sà mismo no constituÃa un
problema real, el deterioramiento de los sistemas sociales y el
fortalecimiento de los cÃrculos radicales en el movimiento obrero
fueron las causas de la preocupaciÃn de las autoridades.

Durante la primera dÃcada del siglo, la agitaciÃn social se habÃa
extendido tanto que las autoridades la veÃan como una amenaza social
real. Fue bajo estas circunstancias que la Ãlite dominante vio como
insuficientes las medidas represivas tomadas por la policÃa y
considerà que la soluciÃn era la legislaciÃn polÃtica. En un principio
esto tomà la forma de leyes en contra de los extranjeros, ya que los
polÃticos culpaban a la masiva inmigraciÃn, supuestamente infiltrada
por agitadores, como la fuente del problema. Esto sirvià como
justificaciÃn para la legislaciÃn de la âLey de Residenciaâ en 1902 y
la âLey de Defensa Socialâ en 1910, que buscaron detener el ingreso de
inmigrantes anarquistas y permitieron su deportaciÃn. Estas leyes
fueron logradas a pesar de la oposiciÃn de los cÃrculos liberales e
instantÃneamente fueron consideradas inconstitucionales. Estos
cÃrculos liberales lucharon tanto contra la implementaciÃn de las
leyes como contra la deportaciÃn de anarquistas, que tuvo como
resultado el hecho de que las leyes diseÃadas para debilitar la
influencia del anarquismo en Argentina sirvieran de hecho a su
fortalecimiento. Es mÃs, la deportaciÃn de activistas extranjeros
estimulà el surgimiento de una nueva direcciÃn local[33].

El desafÃo planteado por los anarquistas fue considerado lo
suficientemente peligroso como para ayudar a acelerar la divisiÃn
dentro de la oligarquÃa que llevà a las reformas de 1912. El âpeligro
anarquistaâ presente entre los trabajadores e inmigrantes fue uno de
los catalizadores de la promulgaciÃn de la Ley SÃenz PeÃa. Pero la
nueva reforma electoral no le dio el derecho a voto a mÃs de la mitad
de la clase obrera industrial, que siguià estando excluida del proceso
polÃtico, y la marginalidad polÃtica de los trabajadores forÃneos
permanecià como una fuente constante de conflicto en la sociedad
argentina.

No podemos dejar de mencionar que el crecimiento del anarquismo en el
curso de la primera dÃcada del siglo ayudà a moldear el tipo de
nacionalismo que llevà a Ricardo Rojas a escribir en su libro La
RestauraciÃn Nacionalista (1909): âEl estado de anarquÃa que nos
aqueja hoy [â] se debe a la masiva inmigraciÃnâ, agregando que la
âcorrupta anarquÃa cosmopolita comienza a expandirse a lo largo de
todo el paÃsâ[34]. De la mano de estas lÃneas surgià la Liga
PatriÃtica Argentina, como una herramienta en la lucha contra la
influencia anarquista-cosmopolita. Debe seÃalarse que los primeros
progromes que se realizaron en la Argentina en contra de los
anarquistas, socialistas y judÃos sucedieron en 1910, antes de que
pudieran atribuirse al miedo al âPeligro Comunista Rojoâ. La Liga
PatriÃtica Argentina aparecià como tal luego de los eventos de 1919.
Sus reclutas eran los hijos de la oligarquÃa y la clase media-alta. La
Liga se convirtià en un grupo de choque dirigido en contra de los
sindicatos, los anarquistas y, por sobre todo, los inmigrantes,
particularmente los judÃos rusos, que eran acusados de bolcheviques.
Publicà un manifiesto que establecÃa explÃcitamente su intenciÃn de
tomar todas las medidas necesarias para asegurarse de que sus miembros
se organizaran y coordinaran acciones en contra de los movimientos de
carÃcter anarquista[35].

En conclusiÃn, podemos decir que la particularidad del anarquismo
argentino como un movimiento sincrÃtico en el frente internacional, y
su contribuciÃn tanto directa como indirecta a la sociedad argentina
merecen un estudio exhaustivo. Sin embargo, podrÃa parecer que, hasta
ahora, la historiografÃa del anarquismo argentino està aÃn lejos de
explotar todo su potencial, a pesar del hecho de que hayan sido
publicadas decenas de libros y papers sobre el tema, desde los de
historiadores como Diego Abad de SantillÃn hasta las autobiografÃas de
militantes como Alberto Ghiraldo, Eduardo GilimÃn y el sindicalista
SebastiÃn Marotta. El historiador anarquista Max Nettlau contribuyÃ
tambiÃn de manera importante, dejando abundante material de archivo y
un importante nÃmero de capÃtulos de sus libros y papers a la
investigaciÃn. AdemÃs, el autor y periodista Osvaldo Bayer ha reducido
la brecha entre la literatura y la investigaciÃn en sus libros sobre
Severino di Giovanni y Los Vengadores de la Patagonia trÃgica.

Desde los â60, con la tendencia en crecimiento hacia el estudio de la
historia social inspirada por el historiador argentino Tulio Halperin
Donghi y sus estudiantes, se han publicado muchos estudios
importantes, aunque la mayorÃa de ellos sean solo parciales o
compartan otros temas. Son dignos de menciÃn los trabajos de Josà Luis
Romero, Jorge Solomonoff, Hugo del Campo, Julio Godio y JosÃ
Panettieri. La dÃcada de los â80 fue testigo de la publicaciÃn de un
gran nÃmeros de libros de investigaciones objetivas, entre los cuales
se cuentan los completos trabajos histÃricos de Eduardo Bilsky, Juan
Suriano, Ricardo FalcÃn, Antonio LÃpez; el libro de la sociÃloga Dora
Barrancos sobre âAnarquismo, educaciÃn y costumbresâ y mi propia tesis
doctoral, publicada bajo el tÃtulo âEl anarquismo y el movimiento
obrero en la Argentinaâ, que trata Ãnicamente el periodo de formaciÃn
(de 1897 a 1905)[36].

Finalmente, debemos remarcar que existe una gran cantidad de
documentos sobre la materia esperando a ser explotados, desde el
movimiento obrero y el mundo espiritual de las clases trabajadoras,
hasta el peso del movimiento en la formaciÃn de la consciencia
argentina. Para los historiades, existe un vasto campo para explorar e
investigar.

[1] TraducciÃn realizada por MartÃn Alonso Ãlvarez Cruz, miembro del
Centro de Estudios Libertarios, para el seminario âOrÃgenes del
movimiento obrero en Argentina, 1880-1910â dictado por el Prof. Lucas
Poy, Facultad de FilosofÃa y Letras, Univesidad de Buenos Aires, 2012.
VersiÃn original disponible en
http://www.tau.ac.il/eial/VIII_1/oved.htm

[2] Eduardo GilimÃn, Un anarquista en Buenos Aires, (Buenos Aires:
Historia Popular, 1972), pp. 31-33; Julio Godio, El movimiento obrero
y la cuestiÃn nacional, (Buenos Aires: Erasmo, 1972), pp. 50-58;
Iaacov Oved, âInfluencia del anarquismo espaÃol sobre la formaciÃn del
anarquismo argentinoâ, en Estudios Interdisciplinarios de AmÃrica
Latina y el Caribe, vol. 2, n 1 (1991), pp. 5-17

[3] Osvaldo Bayer, âLa influencia de la inmigraciÃn italiana en el
movimiento anarquista argentinoâ, en Los anarquistas expropiadores y
otros ensayos, (Omnibus-Editorial Legasa), pp. 136-152.

[4] Dardo CÃneo, Juan B. Justo y las luchas sociales en Argentina,
(Buenos Aires, 1956), pp. 61- 63; Iaacov Oved, El anarquismo y el
movimiento obrero en Argentina, (MÃxico: Siglo XXI, 1978), pp. 36-46;
SebastiÃn Marotta, El movimiento sindical argentino, (Buenos Aires:
Lacio, 1960), tomo 1, p. 58; Josà Panettieri, Los trabajadores,
(Buenos Aires, 1967), pp. 120-121.

[5] Oved, El anarquismoâ, pp. 36-46; GilimÃn, Un anarquistaâ, pp.
43-44; Godio, El movimientoâ, pp. 108-113.

[6] F. LÃpez Arango y Diego Abad de SantillÃn, El anarquismo y el
movimiento obrero argentino, (Barcelona, 1925), p. 13; Oved, El
anarquismoâ, pp. 88-93; Jacinto Oddone, Gremialismo proletario
argentino, (Buenos Aires: La Vanguardia, 1949), pp. 23-25; Diego Abad
de SantillÃn, El movimiento anarquista en la Argentina, (Buenos Aires,
1930), pp. 69-71; Panettieri, Los trabajadores, (Buenos Aires: JosÃ
Alvarez-Los Argentinos, 1967), p. 123.

[7] Sobre los artÃculos publicados por Pellicer Paraire que defendÃan
la participaciÃn de los anarquistas en los sindicatos, ver: Oved, El
anarquismoâ, pp. 148-160; La Protesta Humana, 17.10.1900; Eduardo
Bilsky, La FORA y el movimiento obrero argentino, (Buenos Aires:
Biblioteca Popular Argentina, 1985), pp. 19, 112, 115; Diego Abad de
SantillÃn, La FORA â ideologÃa y trayectoria, (Buenos Aires, 1971),
pp. 52-55; Ronaldo Munck, Argentina from Anarchism to Peronism,
(London: Zed Books, 1987), p. 49; Godio, El movimientoâ, pp. 146-151.

[8] Marotta, El movimiento sindical argentinoâ, tomo 1, pp. 106-114;
Oddone, Gremialismo proletarioâ, pp. 83-85; Bilsky, La FORAâ, pp.
67-69; Oved, El anarquismoâ, pp. 163-173, 184-185; CÃneo, Juan B.
Justoâ, pp. 259-260; Godio, El movimientoâ, pp. 115-117; Jorge
Solomonoff, IdeologÃas del movimiento obrero y conflicto social,
(Buenos Aires, 1971), pp. 200-201.

[9] Oved, El anarquismoâ, pp. 262-268, 268-282; C. SÃnchez Viamonte,
BiografÃa de una ley anti- Argentina, (Buenos Aires: Nuevas Ediciones
Argentinas, 1956), p. 53; Enrique Dickman, Recuerdos de un militante
socialista, (Buenos Aires, 1949), pp. 91-92; Oddone, Gremialismo
proletarioâ, pp. 109-110; The Economist, 13.1.1903; The Times
(Londres), 25.11.1902; Godio, El movimientoâ, pp. 177-182; Oddone,
Gremialismo proletarioâ, pp. 110-118.

[10] Oved, El anarquismoâ, pp. 414-423; Godio, El movimientoâ, pp.
213-215; Bilsky, La FORAâ, pp. 121-122; Oddone, Gremialismo
proletarioâ, pp. 173-175.

[11] Bilsky, La FORAâ, p. 126; Oved, El anarquismo.,., pp. 403-409,
412-414; Godio, El movimientoâ, pp. 197-202

[12] The Economist, 5.6.1909; 12.6.1909. En artÃculos publicados en
Buenos Aires fue reportado que las declaraciones policiales
mencionaban la confiscaciÃn de volantes impresos en hebreo
(probablemente yiddish) que llamaban a la violencia y a la revuelta.
Ver: La Prensa, 1.3.1909, 3.5.1909; Panettieri, Los trabajadores, pp.
143-146; Bilsky, La FORAâ, pp. 29, 91, 151-153; CÃneo, Juan B. Justoâ,
pp. 307-311; Marotta, El movimientoâ (2), pp. 25-35, 110-111; Dickman,
Recuerdosâ, pp. 155-178. Acerca de la victoria como resultado de la
cooperaciÃn socialista-anarquista, ver: Godio, El movimientoâ, p. 230;
South American Journal, 12.6.1909; GilimÃn, Un anarquistaâ, p.98;
Diego Abad de SantillÃn, âEvocaciÃn del Primero de Mayo de 1909â, en
Suplemento de La Protesta, 18.7.1927, pp. 162-166.

[13] Abad de SantillÃn, El movimientoâ, pp. 111-116; GilimÃn, Un
anarquistaâ, p. 102; Bilsky, La FORAâ, pp. 156-157; La Protesta,
20.1.1910; Abad de SantillÃn, La FORAâ, pp. 196-199, 204-215; Dickman,
Recuerdosâ, p. 184; Marotta, El movimientoâ (2), pp. 61-86; The
Economist, 23.4.1910, 7.5.1910, 4.6.1910; Public Record Office
(Londres), FO/CP/ (9837), AR, 1910.

[14] Marotta, El movimientoâ (2), pp. 64-68; Abad de SantillÃn, La
FORAâ, pp. 189-195; Bilsky, La FORA, p. 157.

[15] The Times, 16.5.1910, 2.7.1910; GilimÃn, Un anarquistaâ, p. 107;
Marotta, El movimientoâ (2), pp. 72-79; Abad de SantillÃn, La FORAâ,
p. 197; Bilsky, La FORAâ, p. 158; Dickman, Recuerdosâ, pp. 186-188;
David Rock, Authoritarian Argentina, (California, 1993), pp. 59-60.

[16] The Economist, 30.7.1910; Panettieri, Los trabajadores, pp.
147-148; Marotta, El movimientoâ (2), pp. 84-85; GilimÃn, Un
anarquistaâ, pp. 90-92.

[17] Abad de SantillÃn, El movimientoâ, pp. 112, 184.

[18] La Protesta, 12.12.1911. Para revisar el trasfondo y los motives
del declive del anarquismo y el ascenso del sindicalismo en el seno de
los sindicatos, ver: Korzeniewicz, The Labour Movement, pp. 38-39.

[19] Abad de SantillÃn, La FORAâ, pp. 203-237; Munck (con Ricardo
FalcÃn y Bernardo Galitelli), Argentina from Anarchism to Peronism, p.
66; Marotta, El movimientoâ (2), pp. 165-206; Edelman, Political
Economy, p. 19; Bilsky, La FORAâ, p. 159.

[20] David Rock, Politics in Argentina. 1890-1930. The Rise and Fall
of Radicalism, (Cambridge University Press, 1975), pp. 157-179; Munck,
Argentinaâ, pp. 85-89; Eduardo Bilsky, La Semana TrÃgica, (Buenos
Aires: CEAL, 1984).

[21] Osvaldo Bayer, Los vengadores de la Patagonia trÃgica, (Buenos
Aires: Galerna, 1972).

[22] Bayer, Los anarquistas expropiadoresâ, pp. 26-87; Antonio LÃpez,
La FORA en el movimiento obrero, tomo 1, (Buenos Aires: CEAL), pp.
71-77.

[23] Eduardo Colombo, âAnarchism in Argentina and Uruguayâ, en David
Apter y James Joll, eds., Anarchism Today, (Macmillan, 1970), pp.
181-190; Jorge Solomonoff, IdeologÃas del movimiento obrero y
conflicto social, (Editorial ProyecciÃn, 1971), pp. 192-203; Angel
Capelleti, Hechos y figuras del anarquismo hispanoamericano,
(Ediciones Madre Tierra, 1990), pp. 9-11.

[24] Oved, El anarquismoâ, pp. 176-192; A. LÃpez, La FORAâ, pp. 72-73.

[25] Eduardo Bilsky, âEtnicidad y clase obrera: la presencia judÃa en
el movimiento obrero argentinoâ, en Estudios Migratorios
Latinoamericanos, aÃo 4, n 11, 1989, pp. 27-47.

[26] Diego Abad de SantillÃn, âBibliografia anarquista argentinaâ, en
TimÃn, (Barcelona, septiembre 1938), p. 121.

[27] laacov Oved, âCultura anarquista en la Argentina a principios del
siglo XXâ, en LatinoamÃrica, n 17, (MÃxico: Universidad Nacional
AutÃnoma de MÃxico, 1985), pp. 157-163.

[28] Abad de SantillÃn, TimÃn, p. 182.

[29] Oved, LatinoamÃrica, pp. 130-138.

[30] Dora Barrancos, Anarquismo, educaciÃn y costumbres en la
Argentina de principios de siglo, (Buenos Aires: Editorial
Contrapunto, 1990).

[31] Oved, LatinoamÃrica, pp. 154-157; J. Rouco Buela, Historia de un
ideal vivido por una mujer, (Buenos Aires: Reconstruir, 1990).

[32] Rock, Politicsâ, pp. 160-161.

[33] Oved, El anarquismoâ, pp. 225-283; SÃnchez Viamonte, BiografÃaâ

[34] Ricardo Rojas, La RestauraciÃn Nacionalista, (Buenos Aires,
1971), pp. 136-137.

[35] Rock, Politicsâ, pp. 193-202, 211-213.

[36] Dora Barrancos, âAnarquismo e historiografÃa: un balanceâ, en
Christian Ferrer, comp., El lenguaje libertario, (Montevideo: Nordan
Comunidad, 1991), tomo 2, pp. 229-248.

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