(ca) Las Ca'rceles de Venezuela (en)

Luis Prat (prat@chem.ucsb.edu)
Thu, 27 Feb 1997


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LAS CARCELES DE VENEZUELA Extrai'do del _The Financial Times_

Queja'ndose de dolor, Jose' Luis Acun~a estaba acostado en un catre de metal, la cara y el cuerpo visiblemente magullados. "Me han torturado con descargas electricas", murmuro' delirante. "Dijeron que yo planeaba una fuga y amenazaron con gasearme y matarme si no lo admiti'a. Pero yo creo que es por lo que dije en contra de los guardias y las torturas en nuestro pabello'n."

La desolada enfermeri'a de la ca'rcel conteni'a poco ma's que una balanza descompuesta y el catre de hospital donde yaci'a Acun~a. La puerta estaba abierta y podi'amos oir las voces de los guardias acerca'ndose por el pasillo. Nos miramos nerviosamente. "Si te digo quien lo hizo me causara' problemas", se esforzo' al hablar.

Tres di'as despue's encontraron a Jose' Acun~a muerto en su celda. Los oficiales de la prisio'n dicen que un preso lo apun~alo' pero otros presos afirman que los guardias son los responsables de su muerte.

Acun~a es solamente uno de tantos que mueren en la ca'rcel de Catia, que sera' demolida el pro'ximo mes. Los oficiales de la prisio'n admiten que unos 12 presos se matan cada mes. Los reclusos dicen que la cifra es el doble.

Ubicada en un distrito pobre de Caracas, es la prueba ma's visible de las condiciones inhumanas y el brutal tratamiento que existe en las ca'rceles venezolanas. El edificio mismo es testimonio de an~os de furiosa violencia, que en ocasiones explota en sangrientos motines. La fachada de concreto esta' rajada y llena de agujeros de bala. La basura y los excrementos humanos frente al edificio se apilan hasta casi la altura del segundo piso. Los prisioneros gritan a los transeu'ntes desde las ventanas, casi ninguna sin vidrios ni rejas.

El Papa Juan Pablo II, durante su visita a Venezuela el pasado an~o, hizo una escala simbo'lica en la ca'rcel de Catia y apelo' a las autoridades a que cesaran los abusos a los derechos humanos y reformaran el sistema penitenciario del pai's.

A un tiro de piedra de Catia, en una chabola al pie de la calle, una mujer de mediana edad alquila por la hora gastadi'simos zapatos para los visitantes que temen que su calzado les sea robado dentro de la prisio'n. Cuestan 150 boli'vares (30 centavos USA) por dos horas. Calzando mi propio bien ajado par durante una reciente visita a Catia, camino por los oscuros corredores sin pintura, envuelto en un nauseabundo olor a orina. Prisioneros demacrados suplican por comida, dinero y cigarrillos.

En el cuarto piso del Pabello'n 4, entro en una de las celdas, que se subdividen con sa'banas colgando del techo. Los ojos de los seis reclusos se iluminan. Esta'n hambrientos de contacto con el exterior y ansiosos de hablar. Uno de ellos, Joaqui'n, ha estado 4 an~os en la ca'rcel acusado de haber robado un pan en la panaderi'a de su barrio. El culpable real ha sido identificado, pero al igual que muchos reclusos, Joaqui'n nunca ha visto a un abogado ni a un juez. "La cuestio'n es que no tenemos derechos. La palabra de un preso no vale nada," dice.

"Esto y mucha suerte es lo que hace falta para sobrevivir aqui'," dice el compan~ero de Joaqui'n, sacando de debajo del colcho'n un chuzo - una especie de pun~al hecho a mano, a menudo con tubos de agua o barras de ventana. Su cuerpo flaco contrasta agudamente con el vigor de sus ojos. "Si no eres respetado no consigues ni comida ni una cama ni nada", se queja. Admite haber matado a pun~aladas a otra persona en una pelea.

Al otro lado de la ciudad, en el patio de su parroquia en el barrio obrero de Petare, el Padre Camun~as, un cura espan~ol que encabeza un grupo de feligreses que ayuda a los prisioneros, dice que ha denunciado esas muertes muchi'simas veces, casi siempre sin resultado. "Vivimos en un estado de impunidad," dice.

El Padre Camun~as compara las ca'rceles venezolanas con los campos de concentracio'n nazis y ha denunciado la existencia de "ca'maras de gas" en numerosas prisiones. Afirma que los presos son a veces encerrados en sus celdas y envenenados con gases lacrimo'genos o insecticidas caseros. Adema's de dar ayuda legal a los presos, su grupo de apoyo, Paz y Justicia, que recibe ayuda de la Comisio'n Europea, ayuda a los familiares con el impacto psicolo'gico que sufren. Mari'a Vargas, que visita a su hijo regularmente en la ca'rcel, dice que ha quedado marcado con profundas cicatrices mentales. "Esta' completamente traumatizado por las palizas que le han dado. Les afecta cuando vuelven a la calle. Es una pesadilla", dice desesperada.

Durante su u'ltima visita a la ca'rcel, dice Vargas: "Vi' como un joven preso era apun~alado a muerte. Despues descuartizaron su cuerpo y tiraron las partes por la ventana. Yo llore'." Tal salvaje violencia ha provocado en varias ocasiones esca'ndalos pu'blicos en Venezuela y en el extranjero. Como resultado, el gobierno planea mudar a los reclusos a otras prisiones cuando Catia sea demolida, a donde les han prometido mejor trato. La movida ha sido aplaudida pero los cri'ticos dicen que es poco ma's que cosme'tica. Las prisiones del pai's, con una capacidad total de so'lo 15,000, albergan a ma's de 25,000 prisioneros, segu'n cifras del ministerio de justicia.

Irving Betancourt, director de la ca'rcel de Catia dice "el hacinamiento es la fuente principal de todos los problemas. No solamente causa rivalidad entre los presos sino tambie'n puede provocar castigos excesivos por parte de los guardias". Tal vez sea eso a lo que los grupos de derechos humanos se refieren cuando dicen que aqui' hay violaciones de esos derechos. "Reduciendo la poblacio'n reclusa significa que los presos tendra'n menos necesidades, explica, y que "habra' menos necesidad de castigar - tomar medidas disciplinarias - tan frecuentemente".

El u'ltimo incidente tuvo lugar en Octubre, cuando 25 presos en la prisio'n de La Platea, a las afueras de Caracas, fueron quemados vivos cuando los guardias dispararon gases lacrimo'genos y, se dice, bombas incendiarias dentro de un pabello'n de la ca'rcel. Ocho oficiales de la Guardia Nacional esta'n siendo investigados. Altos oficiales de la prisio'n admiten que tienen algo ma's que un problema de espacio entre manos. Antonio Jose' Marval, hasta hace poco director nacional del sistema penitenciario del pai's dice: "Aparte de mejorar la infraestructura de las prisiones, estamos entrenando a nuestro personal de prisiones, castigando a aquellos que violan los derechos de los reclusos, y tratando de acelerar los procedimientos judiciales, cuyas demoras conllevan a flagrantes violaciones de los derechos humanos."

An~ade que so'lo 7,000 de los 25,000 presos en Venezuela han sido juzgados. "Algunos llevan presos ma's de tres o cuatro an~os para al final ser hallados inocentes."

Marval admite que la corrupcio'n y la carencia de fondos del gobierno hacen que la reforma penitenciaria sea una batalla cuesta arriba. El Padre Camun~as dice que la culpa es del estado no so'lo por malgastar el dinero sino tambie'n por crear las condiciones sociales que fomentan ma's que previenen el crimen.

"El sistema de prisiones de Venezuela es en un sentido la si'ntesis de la vida afuera," dice. "Cuando vas a la comunidad y no encuentras una escuela, cuando vas a un hospital y no hay una jeringuilla o una cama - quie'n es el verdadero criminal?"

Traduccion: Luis @@@@@@@@@@ Luis J. Prat University of California Chemistry Dept. Santa Barbara CA 93106 (805) 893-3295 (805) 893-4120 FAX

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