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(ca) FAI, Tierra y Libertad #354 - Desarrollo, beneficio y crédito

Date Thu, 1 Feb 2018 15:31:36 +0200


El desarrollo económico, identificado en la práctica con el crecimiento del Producto Interior Bruto, implica -y de alguna manera consiste en ello- una transferencia de riqueza a favor de las clases financieras y en detrimento de los demás componentes sociales. ---- Esto sucede sobre todo por el mero hecho de que un proceso de desarrollo requiere el empleo de recursos y, por ello, un cambio de destino de la riqueza, invertida primero de forma diferente o atesorada. ---- La inversión de riqueza en nuevas iniciativas empresariales o en la expansión de la actividad ya existente puede venir, y en parte viene, por voluntad de quien detenta la propiedad. ---- Pero puede verificarse, y en parte sucede cada vez, a veces de manera oculta o inadvertida, sin saberse y contra los intereses de los mismos poseedores de recursos o contra su voluntad, toda vez que hubiesen concebido una utilización diferente de la riqueza, frecuentemente en actividades no orientadas a la consecución de beneficios y réditos.

Un factor originario de la transferencia de riquezas a favor de la empresa y de cuantos la poseen y controlan, reside en el amplio empleo de recursos tomados a crédito para financiar la expansión de su actividad o la puesta en marcha de nuevas iniciativas.
La concesión de préstamos no comporta transferir simplemente de un sujeto a otro la posibilidad de utilización de un cierto volumen de recursos. Implica también un desdoblamiento, es decir, una escisión entre propiedad y posesión, y una reiteración del poder adquirido por la riqueza cuyo uso se ha transferido.
Cada vez que se presta algo para ser devuelto en un cierto plazo, no solo quien lo recibe está autorizado a usarlo como si fuese su propietario sino también quien lo presta podrá utilizar su crédito para efectuar compras, siempre que subsistan condiciones objetivas y subjetivas capaces de mantener que la obligación de restitución será asumida o que el tercer acreedor no se verá perjudicado en ningún caso por una eventual insolvencia.
Como es sabido, las relaciones de este tipo no son una excepción sino la regla en el normal desarrollo de las actividades financieras. Es decir, en ausencia de graves crisis, con la caída de la confianza y el crédito consiguiente.
Otra creación del poder adquisitivo añadido deriva del hecho de que habitualmente se pacta una compensación en el préstamo de riquezas.
Pero la fuente más importante de creación del poder adquisitivo de la nada brota del autodenominado multiplicador de depósitos.
En los sistemas del capitalismo moderno, pero también en los precedentes en los que las clases financieras tenían un papel formalmente subordinado respecto a otros componentes sociales, las actividades de acumulación y préstamo de recursos, ahorrados o no, eran realizadas por empresas bancarias o financieras especializadas.
La consiguiente concentración de recursos y de funciones crediticias y de pago para los importes más relevantes, ha llevado a los sujetos que realizan tal actividad a constatar las características y registrar la regularidad.
En particular, ya desde los principios del capitalismo moderno, han experimentado la formación de relevantes excedentes líquidos en sus cajas, mientras gran parte de los depositarios no tuvieran necesidad o interés en retirarlos.
El hecho de que en tiempos normales o particularmente florecientes los nuevos depósitos se equiparan o superan las previsiones, ha estimulado siempre a los banqueros a prestar con interés sumas de terceros recibidas en depósito, con rigor de propiedad y pertenencia exclusiva de los legítimos propietarios.
Durante todo el Medioevo y después incluso, hasta el ascenso al poder de las clases financieras, estas prácticas estaban, al menos formalmente, prohibidas, perseguidas y condenadas por las leyes temporales, morales y religiosas, aparte de por la opinión popular.
A consecuencia de las autodenominadas revoluciones burguesas, no solo el préstamo con interés ha dejado de ser considerado usura, salvo el ejercido con tasas exorbitantes, sino que también se ha convertido en práctica del todo normal y legal el prestar con interés unas sumas recibidas en depósito por otros.
Es de notar que, mientras tal práctica estaba prohibida, eran los depositarios quienes pagaban una compensación a los banqueros por la custodia de las sumas depositadas, mientras que posteriormente, al menos hasta una época bastante reciente, además de recibir una compensación, el banquero ha pagado un adecuado interés.
El interés acordado con los depositarios debía ser medido necesariamente por una tasa bastante elevada como para animar los aumentos y estimular el flujo de nuevos y mayores capitales, para emplearlos en préstamos a intereses tan altos como para permitir cubrir los gastos de gestión y la consecución del máximo beneficio posible.
Tal praxis, convertida en lícita y legalizada, no ha dejado por ello de constituir un absurdo jurídico e, invariablemente, también un riesgo. El absurdo jurídico reside en el hecho de que tanto el depositario como la banca son considerados propietarios, cada uno de ellos a plena titularidad, de las sumas depositadas, cuya disponibilidad respecto de un contrato no por casualidad definido como de depósito irregular, es garantizada por ambas partes.
En caso de crisis y dificultades de gestión, incluso en tiempos recientes a consecuencia de la gran recesión iniciada en 2008-2009, las quiebras bancarias se han manifestado con crisis de liquidez y dificultades, e incluso con dificultades de reembolso, ya que las solicitudes de restitución de las sumas depositadas han superado las disponibilidades monetarias de las instituciones de crédito.
No por ello ha venido a menos, salvo en casos de crisis particularmente catastróficas, la capacidad del sistema crediticio de crear poder adquisitivo de la nada, en virtud de la práctica del préstamo con interés y, todavía más, de multiplicador de depósitos.
Tal mecanismo se determina por el hecho de que las sumas de los depositarios prestadas a terceros por parte de la banca van a incrementar los depósitos en cualquier punto del sistema, de modo que reproducen el proceso de expansión del crédito a la vez que le confieren un carácter acumulativo que por sí mismo no admitiría límites ni precauciones.
No por casualidad han surgido los bancos centrales y a ellos se han atribuido poderes de reglamentación y vigilancia sobre el crédito, pero para proteger al capitalismo de los capitalistas y de su tendencia y tentación a los excesos.

Crédito, moneda y nivel de precios
El crédito desempeña un papel esencial no solo en el funcionamiento normal de la actividad financiera, sino también en su desarrollo, es decir, en el crecimiento y expansión de los volúmenes de negocio y de las iniciativas empresariales. Este papel fundamental resulta evidente, aparte de en la actividad rutinaria de la gestión corriente, en las fases de gestión extraordinaria de creación, ampliación e innovación de la capacidad productiva y de los procesos de producción, o sea en las fases de desarrollo. El por qué las empresas y los sujetos que las poseen y controlan deciden desarrollar, es decir, crear, expandir e innovar el ejercicio de actividad financiera, es necesario buscarlo en su esperanza de retorno con los beneficios de las inversiones que van a llevar a cabo. Se supone que esperan un aumento de su riqueza y una mayor concentración de propiedades y control de recursos y poder en sus manos, en cualquier caso superiores y preferibles a las remuneraciones que obtendrían de prestar a otros los recursos y capacidades propios.
Las nuevas iniciativas serán más fáciles y crearán mayor consenso social a sus promotores si las nuevas y mayores inversiones se traducen en incremento de los puestos de trabajo, aumentos salariales y mejora de la calidad de vida y del medio ambiente. Pero estas condiciones pueden no lograrse, y no por ello las actividades financieras dejarán de expandirse en términos de volumen de negocios, niveles de beneficio y acumulación de riquezas, sean las que sean las condiciones.
La historia reciente del capitalismo y todavía más la recientísima, han confirmado plenamente que el crecimiento de los negocios y del Producto Interior Bruto, si bien asociado a importantes aplicaciones de innovación científica y tecnológica, puede acompañarse tranquilamente de drásticos empeoramientos de las condiciones de vida, trabajo, salud y medio ambiente; aparte de que, a niveles de desigualdad, la ventaja siempre será de las clases financieras y en detrimento de los trabajadores, pensionistas y otras capas menos favorecidas. También cuando el desarrollo comporta un aumento de la renta total e incluso de la renta per cápita, la modalidad de funcionamiento de los sistemas capitalistas hace que se determine un proceso de distribución desigual con respecto a la renta producida anualmente y a la riqueza acumulada, en el sentido de una progresiva centralización de los recursos en manos de las clases financieras. E incluso la expectativa de acumulación y concentración de la riqueza es la condición y el objetivo de cualquier proceso de desarrollo.
El crédito, tal como se practica en el ámbito de tales sistemas, constituye uno de los factores decisivos y principales en este proceso de expansión y concentración de volúmenes de negocios, beneficios, rentas y acumulación y centralización de recursos y poder. En el ámbito de las actividades financieras de todo género y dimensión, esto no solo suple la escasez de recursos disponibles, facilitando los medios necesarios para las inversiones, sino que sustituye también en gran medida a la moneda en los intercambios entre empresas y, sobre todo, en la adquisición de mayor relevancia por parte de los consumidores finales. Poniéndose de acuerdo crédito y confianza, las empresas no solo expanden sus negocios y la capacidad de conseguir beneficios, sino que en sustancia crean moneda incluso cuando se limitan a conceder simples aplazamientos de pago. Por otro lado, las empresas especializadas en la concesión de crédito, es decir, los bancos y sociedades financieras, al conceder préstamos crean moneda, siendo, sin duda, los mayores creadores de moneda en los sistemas socioeconómicos capitalistas.
El desarrollo económico, o sea el crecimiento del Producto Interior Bruto, implica y consiste en una transferencia de riqueza a favor de las clases financieras y en detrimento de los demás componentes sociales, también porque las modalidades de desarrollo de las operaciones crediticias conllevan normalmente una tendencia a la subida de los precios, y a la creación de un potencial inflacionista, que puede ser más o menos neutralizado por otros factores.
El determinarse de un potencial inflacionista, entre los economistas es considerado casi siempre como un factor ampliamente positivo en la andadura general de los negocios, siempre que el aumento de precios no sea galopante ni descontrolado. La tendencia al incremento de precios se ve favorecida y exaltada por la propia existencia del crédito y de sus modalidades de cancelación, especialmente por el mecanismo de multiplicador de depósitos, de valores y de productos financieros.
Tal factor opera no solo a nivel nacional de los bancos de crédito ordinario sino más aun en las actividades ejercidas por los bancos de negocios, sociedades y agentes financieros, creados con este propósito para poner a punto y colocar productos derivados, gran parte de ellos la única cosa segura que pueda decirse, y que tienen un gran componente de azar. Con frecuencia, la naturaleza y las implicaciones de tales productos en términos de potencialidad perdida y riesgo son ampliamente ignoradas no solo por los inversores y ahorradores, sino también muy a menudo por los lumbreras de las matemáticas que los han concebido y realizado.
Hablando en términos más generales, tampoco es un secreto que empresas y hombres de negocios obtengan ventajas de la inflación, o sea del aumento de precios, y de la devaluación, o sea del empeoramiento de la relación de cambios de la moneda nacional respecto a las monedas exteriores. Por otro lado, son del todo explícitas las peticiones de tales categorías sociales para favorecer con maniobras monetarias la expansión de productos y beneficios a través del incremento de precios internos y devaluaciones que sitúen en ventaja a las empresas nacionales respecto a la competencia exterior.
A la viceversa, entre los banqueros y los financieros, además de entre los propietarios, administradores y directivos empresariales, la reducción y, sobre todo, la flexibilidad del nivel de precios, se ven como una pérdida, aparte de como un síntoma de estabilidad y consolidación de la riqueza nacional.
En otros términos, el crédito, desde sus formas más banales y tradicionales como la dilatación en el pago, a las más complejas y sofisticadas como ciertos productos estructurados derivados, consiste en cualquier caso en la creación de bienes y valores asimilables a la moneda. En realidad, el capitalismo ha demostrado en varias formas y ocasiones de especial necesidad o emergencia, el desprecio a la moneda en sentido estricto, de manera aparentemente llevadera, incluso en fases de fuerte expansión, pero nunca del crédito ni de su papel de catalizador y creador de precursores y sustitutos de los medios monetarios.

Francesco Mancini

https://www.nodo50.org/tierraylibertad/354articulo7.html
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