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(ca) federacion anarquista local de valdivia Acracia N°70 - Carta a Tomás Ibañez Por Miquel Amorós Compañero Tomás

Date Thu, 12 Oct 2017 08:56:33 +0300


Tus "perplejidades intempestivas" son el mayor exponente leído por mí del sentido común y del seny revolucionario que debieran reinar no sólo entre los libertarios, sino entre todos aquellos que quieren abolir esta sociedad en lugar de administrarla. No obstante, no me extraña que un mogollón de gente que se dice anarquista se haya apuntado a la movida nacionalista y proclame con bríos el derecho a decidir el material del que estarán hechas sus cadenas: ¡hay de Ricardo Mella y "la ley del número"!. Tampoco escasearon los que en su día se subieron al carro de Podemos o al del plataformismo y cambiaron los harapos de la lucha de clases por la ropa nueva de la ciudadanía. ---- Es propio del anarquísmo filisteo ante la menor encrucijada histórica el optar por hacerle el juego al Poder establecido. La guerra civil española es el ejemplo más palmario de ello. Confusión, atracción irresistible del jaleo, desclasamiento, táctica del mal
menor, el enemigo de mi enemigo, lo que sea. El
resultado final es ese: una masa de paletos esclavos
de cualquier causa ajena y un montón de egos
enfermizos estilo Colau o Iglesias que pagarían
por venderse. En fin, negras tormentas agitan los
aires y nubes oscuras nos impiden ver. Intentemos
disiparlas.

La cuestión que cabría preguntarse no es por
qué un sector local de la clase dominante decide
resolver sus diferencias con el Estado por la vía de
la movilización callejera, sino por qué una porción
considerable de gente con intereses contrapuestos,
principalmente jóvenes, actúa como decorado
escenográfico y fuerza de choque de la casta que
ha patrimonializado Cataluña, clasista, católica,
corrupta y autoritaria como la que más. El juego
del patriotismo catalán no es difícil de desentrañar
y quienes lo promueven y aprovechan nunca han
pretendido ocultarlo. El "Procès" ha sido una
arriesgada operación de clase. La consolidación de
una casta local asociada al desarrollo económico
exigía un salto cualitativo en materia autonómica que
la estrategia del "peix al cove" ("pájaro que vuela...")
no podía lograr. La negativa de la plutocracia
central a "dialogar", o sea, a transferir competencias,
principalmente financieras, bloqueaba el ascenso
de dicha casta y mermaba peligrosamente su
influencia y capacidad política de cara a unos
empresarios, industriales y banqueros dispuestos a
dejarse liderar por soberanistas con tal de triplicar
sus beneficios. La decisión por la cúspide de ir al
"choque de trenes" significó una ruptura radical
de la política pactista del catalanismo político. No
iba en serio, es decir, nunca tuvo como finalidad
la declaración unilateral de independencia, puesto
que sólo pretendía forzar una negociación desde
posiciones más ventajosas. Sin embargo, como tenía
que aparentar que sí, necesitó de un aparato de
agitación bien engrasado con el fin de inocular una
mística patriotera que pusiera a hervir de forma
controlada el caldo identitario. Y la movilización
se hizo realidad. Fue todo un espectáculo. La
demagogia independentista, armada con el
marketing de la identidad, supo prolongarse en un
ciudadanismo democrático con el que pudo sacar
a la calle a masas demasiado domesticadas para
hacerlo por propia voluntad. Con gran habilidad
tocó la fibra oscura de las emociones reprimidas
y los sentimientos gregarios que anidan en los
siervos del consumo, es decir, supo remover en
provecho suyo el poso de la alienación. El objetivo,
según mi punto de vista, ha sido alcanzado, y la
casta dirigente estatal está mucho más dispuesta a
modificar la constitución del posfranquismo para
mejor encaje de la casta catalanista, aunque para
ello ésta tendrá que sacrificar algunas figuras por
el camino, quizás al mismo Puigdemont. Poderosos
representantes del gran capital (por ejemplo, Felipe
González) así parecen indicarlo.

El nacionalismo está manejado por timadores, pero
en sí mismo no es un timo. Es el reflejo sentimental
de una situación frustrante para una mayoría de
subjetividades pulverizadas. No actúa de forma
racional, puesto que no es fruto de la razón; es
más una psicosis que un pálpito de liberación. La
explicación de la eclosión emocional patriótica en
la sociedad catalana habrá que irla a buscar en la
psicología de masas y para ello nos serán más útiles
Reich, Canetti o incluso Nietzsche, que teóricos
como Marx, Reclus o Pannekoek. La convicción y
el entusiasmo de la multitud no provienen de fríos
razonamientos lógicos o de rigurosos análisis sociohistóricos;
más bien tiene que ver con las descargas
emocionales sin riesgo, la sensación de poder que
producen los amontonamientos, el fetichismo de
la bandera u otros símbolos, la catalanidad virtual
de las redes sociales, etc., características de una
masa desarraigada, atomizada y desclasada, y, por
lo tanto, sin valores, objetivos e ideales propios,
predispuesta a comulgar con las ruedas de molino
que se repartan. La vida cotidiana colonizada por
el poder de la mercancía y del Estado es una vida
repleta de conflictos latentes e interiorizados,
dotados de un exceso de energía que los hace
emerger en forma de neurosis individuales o
colectivas. El nacionalismo, de cualquier signo,
ofrece un excelente mecanismo de canalización
de esos impulsos que, si se hicieran conscientes,
constituirían un temible factor de revuelta.

El nacionalismo divide la sociedad en dos bandos
paranoicos enfrentados artificialmente por sus
obsesiones. Los intereses materiales, morales,
culturales, etc., no cuentan. Nada que ver con la
justicia, la libertad, la igualdad y la emancipación
universales. El pueblo catalán es algo tan abstracto
como el pueblo español, un ente que sirve de
coartada para una soberanía de casta con su policía
notablemente represora. Un pueblo únicamente se
define contra todo poder que no emane de él o que
se separe de él. Por consiguiente, un pueblo con
Estado no es un pueblo. Convendrás conmigo en
que la historia la hace la gente común mediante
asambleas y organismos nacidos de ellas, pero
tal como están las cosas, la historia es de quien
la manipula mejor. Lo que dicha gente hace es
proporcionar el marco popular de una mala función
de teatro donde se ventila un prosaico reparto
de poder. Cualquiera puede hacer sus cálculos y
navegar en consideración dentro o fuera de las
aguas nacionalistas, de una turbulencia más bien
calma, pero nunca deberá perder de vista el meollo
de la cuestión.

Alacant, 27-09-2017.

"Preguntas por un método?, ¿le preguntas a la primavera
su método?, ¿que es más necesario el sol o la lluvia?.
Son contradictorios si pero de esta destrucción surgen
las flores. Cada cual que busque el método que exprese
mejor su fuero interno, sin condenar al otro porque se
exprese de otra manera".
Voltairine de Cleyre.

https://periodicoacracia.files.wordpress.com/2017/10/acracia70-online.pdf
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