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(ca) cnt.cat: Solidaridad Obrera - AMARGAMÈRICA por Xavier Diez

Date Fri, 18 Nov 2016 10:04:02 +0200


El pasado 9 de noviembre, tenía clase de la asignatura de Historia Contemporánea con mis alumnos de periodismo. La victoria de Trump en la madrugada anterior había generado un ambiente deprimente. Como no podía ser de otra manera, dedicamos los primeros minutos para debatir sobre la trascendencia del hecho y especular sobre las posibles consecuencias. Les advertí que muy probablemente recordarían aquel día, porque tal vez sería un punto de inflexión de aquellos que condicionan trayectorias vitales, individuales y colectivas, sin saber exactamente cómo ni con qué intensidad. ---- Veintidós siete años atrás, exactamente otro 9 de noviembre, tuve una sensación parecida, aunque en un sentido contrario. Entonces estaban desmontando el muro de Berlín y una ola de optimismo recorría Europa. El fin de la Guerra Fría parecía que nos llevaría a un mundo con menos tensiones internacionales, sin la amenaza del botón nuclear y con la posibilidad de reconciliación entre dos bloques antagónicos, tal vez con una síntesis entre lo mejor de ambos mundos.

Reconozco que pecamos de ingenuidad. Ciertamente ese fue un día trascendente que afectó nuestras vidas, aunque no exactamente como pensábamos. Sin modelo alternativo, el bloque occidental ha vivido una terrible involución política y económica que ha tenido como contrapunto una desigualdad extrema, extendida como una plaga de langostas, dispuesta a devorar sociedades enteras. La precariedad se ha convertido en la principal ley del mercado laboral, el equilibrio del terror ha dejado paso a nuevos actores internacionales que utilizan el viejo fundamentalismo y el imperialismo de toda la vida de potencias menores, mientras que la política exterior de USA, desnuda de cualquier idealismo, se ha dedicado a intervenir de manera torpe, defendiendo intereses de bajo vuelo, y sembrando el caos y el neoliberalismo manu militari. Todo ello, tal vez ha habido crecimiento económico, tal vez disponemos de más "gadgets". El precio a pagar, en cambio, parece oneroso: millones de personas sin perspectivas, sin futuro, con unas desigualdades insultantes, con una degradación de la convivencia y una imbecilització de la gente que temblar, y que ha tenido sus consecuencias.

Mis estudiantes tenían ese miedo. Que a partir del 9 de noviembre de 2016 las cosas se hagan más difíciles y complicadas.

Que el mundo sea aún más peligroso. Que se trate la complejidad (y la diversidad) a palos en el clásico recurso a inventar chivos expiatorios (habitualmente de piel oscura). Sin embargo, también pensamos que mucha gente ayer, allí y aquí, estaría contenta e ilusionada. Yo añadiría que tan ilusionada como ingenuamente lo estábamos nosotros vigésimo siete años atrás. Una ingenuidad suicida, porque objetivamente las perspectivas son desalentadoras. Cierto es que la globalización es culpable de la degradación de las perspectivas de millones de personas que la sociología norteamericana ubicaba en la categoría de "clases medias". Que muchas fábricas se deslocalizar a países en los que es más fácil explotar la gente, o que el supuesto "libre comercio" es una fórmula de neocolonialismo encubierto, o que la importación de trabajadores pobres (también denominada inmigración) representa una competencia desleal en el mercado de trabajo y alimenta burbujas especulativas. Sin embargo, estos hechos tangibles, esta desesperación sorda, esta proletarización invisible, parece haber sido resuelta de la peor manera posible, entregando el poder nuclear en uno de los principales artífices y colaboradores de esta situación.

"Por sus actos los conoceréis", nos dice el evangelio de San Mateo. Gente como Donald Trump ha sabido manipular los sentimiento difuso de degradación social y frustración psicológica de estratos enteros de la sociedad norteamericana a quien la propaganda les hacía pensar que por el hecho de haber nacido machos y blancos tenían un estatus superior a la resto. Y sin embargo, se han lanzado a las manos de un tipo sin escrúpulos ni autocontrol, adiestrado en el arte del totalitarismo de empresa. Como empresario, Trump es un matón que trata a sus trabajadores como vasallos, que persigue los sindicatos, que hace de la explotación un arte, y que busca el liderazgo a partir de un puesto de macho alfa a partir de un ego súper alta. En cierta medida es lógico que muchos lo adoren. Al fin y al cabo, la identidad estadounidense se fundamenta en estos viejos preceptos de liderazgo, competitividad y violencia. El culto al ganador, a la acumulación material, a la acción directa sin subterfugios forma parte del ABC de lo que se espera de cualquier niño que empieza el Elementary School. A nivel simbólico, el deporte nacional, el fútbol americano, no deja de representar metafóricamente esta filosofía: fuerza bruta, y alguien que cogiendo una pelota pasa por encima el contrario hasta obtener una victoria sin discusión, en partidos en los que el reglamento impide empate. Trump es así, un tipo violento, con habilidad para manipular el resentimiento, y chanchullos por consiguió lo que quiere sin reparos para pisar los enemigos o aprovecharse de los amigos para llevarse la gloria.

Forma parte de la tradición. Entre mis novelistas favoritos, hay Jonathan Frentzen, el cual, gracias a novelas como "Las correcciones" o "Libertad" retrata esta lenta evolución de las últimas generaciones de estos grupos que pasan del optimismo posterior en la segunda guerra mundial en este hundimiento en la miseria moral que nos ha llevado la involución neoliberal. Sin embargo, Frentzen, que es un novelista con grandes habilidades literarias, hace a menudo incursiones en las genealogías familiares de los personajes, indaga en los personajes europeos que hace siglo y medio rompieron sus ataduras, sus relaciones personales con sus países y familias y se instalaron en un territorio se apropiaron sin recelos ni manías a la hora de imponerse violentamente. Frentzen relata menudo como millones de personas se quisieron reinventar desde un individualismo extremo para instalarse en una especie de autismo autocomplaciente. Generaciones después, reaparecen los fantasmas familiares de la dureza y el resentimiento, los demonios que reemergente cuando las cosas no van bien y la amargura se instala y se sublima en política.

Y sin embargo, la americana es una cultura con gran capacidad de seducción, con una música sublime, una historia fascinante, personajes impresionantes y algunos episodios del pasado admirables, lo que algunos denominan "soft power". Es un país peculiar capaz de lo mejor y de lo peor. Ahora parece que abrimos una etapa historia en la que no se nos invita precisamente al optimismo. Lo peor no es el día de hoy, sino las incertidumbres que se abren a partir de ahora, en los eventos de esta nueva etapa histórica.
A pesar de que el pasado 9 de noviembre fue un día que recordaremos, creo debería ser una de esas jornadas para olvidar.

http://lasoli.cnt.cat/14/11/2016/amargamerica/
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