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(ca) La importancia de la crítica en el desarrollo del movimiento revolucionario

Date Mon, 19 Nov 2007 16:05:49 +0100 (CET)


[Nota del autor] Este artículo ha sido escrito para dar cuenta de un viejo
malestar que siento en el movimiento libertario. Este malestar es lo
escaso de la discusión en los medios anarquistas, sumado al hecho que lo
poco que hay, es frecuentemente plagado de insultos y de un ánimo mas bien
competitivo que constructivo. Esta falencia, que se ha convertido en una
de carácter crónico, tiene remedio y puede superarse con voluntad y altura
de miras. Las ideas aquí articuladas comenzaron a desarrollarse a partir
de un documento de discusión para la revista chilena Hombre y Sociedad (en
el 2006), ya que en esta publicación hemos intentado ir superando esta
situación, aunque reconocemos las limitaciones y lo humilde de nuestro
esfuerzo. Espero que las ideas acá vertidas sirvan para ir dejando de lado
vicios del movimiento y podamos construir un edificio de bases sólidas y
con aire fresco desde donde trabajar por la revolución del mañana.

--------------

La importancia de la crítica en el desarrollo del movimiento revolucionario

I.

No es poco frecuente que escuchemos, cuando se habla de las diferencias
entre el anarquismo con las otras corrientes de izquierda, que el
anarquismo es una corriente "libre de dogmas", "no cerrada sobre sí misma"
y "abierta al desarrollo mediante la libre crítica". Esto se ha repetido
hasta el hartazgo, insaciablemente, y de común se asume tal cosa como una
virtud suprema del anarquismo. Sin embargo, el menor contacto con la
realidad de los círculos anarquistas nos entrega una realidad bien
diferente a estas autocomplacientes declaraciones. Pese a todo lo que se
diga de la falta de "dogmatismo" en el anarquismo, lo que frecuentemente
encontramos es falta de reflexión sistemática mezclada con el más
recalcitrante de los dogmatismos, donde el análisis sereno de la realidad
es reemplazado por una serie de categorías apriorísticas e incontrastables
con la realidad. Lejos de encontrar un ambiente favorable al desarrollo de
la crítica, encontramos un movimiento paranoico que tiende a tomar la
crítica por ataque o que es demasiado tímido como para discutir en
términos efectivos las diferencias reales en su seno. Y encontramos a un
movimiento que, lejos de aceptar las diferencias, discutiéndolas con
altura de miras, está siempre presto a excomulgar. Tal cosa no es defecto
de tal o cual publicación o de tal o cual personaje en el movimiento
(aunque claramente haya quienes llevan esta tendencia a niveles
patológicos), sino que es un defecto profundamente engranado en el
movimiento libertario que permea a prácticamente todos los sectores y
corrientes de éste.

En verdad, el anarquismo tiene aún muchas falencias. Adolecemos como
movimiento de bastantes cosas, somos aún un movimiento en ciernes, pese a
nuestra larga historia. Pero una de las carencias que más duele es la
ausencia de una tradición auténtica de debate. Pues ahí donde no hay
discusión hay dogmatismo, y donde hay dogmatismo hay ignorancia. Donde la
discusión no vuela libremente, lo que impera es la falta de dinamismo en
las ideas y el desfase con la realidad. En semejante ambiente no puede
propiciarse el desarrollo de un movimiento sano, con ambiciones de
transformar el mundo actual.

II.

Carecemos de una tradición de discusión. Estamos demasiado acostumbrados a
"denunciarnos" en vez de discutir. Hay muchos en nuestro movimiento más
cercanos al espíritu de Torquemada que al espíritu de Bakunin. Hay muchos
que prefieren desperdiciar su tiempo "vigilando" los pasos de otros
anarquistas y denunciando lo que sea que ellos consideren una desviación,
en lugar de aportar a la construcción concreta de un movimiento. El
anarquismo aparece así, más que como una herramienta de transformación del
mundo, como un conjunto de dogmas elementales, de rudimentos políticos mal
digeridos, de consignas vagas y generales que reemplazan la reflexión
política seria. El simplismo quita espacio al pensamiento articulado.
Tenemos demasiados auto-proclamados defensores de la fe y demasiados pocos
anarquistas dispuestos a desafiar lo presente para explorar nuevos caminos
para el anarquismo ante un mundo que no deja de girar.

En vez de aceptar las diferencias de opinión como tales y proceder a
intercambiar, respetuosamente, enérgicamente, pero siempre con ánimo
constructivo, denunciamos y descalificamos. No sabemos debatir y
frecuentemente nuestras discusiones se han entrampado en cuestiones de
principios y todas las divergencias tácticas son elevadas a la categoría
de discusiones de los principios eternos del anarquismo. Pierre Monatte,
el viejo anarquista sindicalista francés, se quejaba en el Congreso de
Ámsterdam (¡en 1907!) de que "Existen camaradas que, por todo, incluso por
las más futiles cosas, sienten la necesidad de levantar cuestiones de
principio"[1]. Con ello, parece que a cada diferencia nos estamos jugando
la razón del ser anarquistas y las posiciones divergentes son
caricaturizadas como "autoritarias", "totalitarias", "marxistas",
"reformistas", etc... Rótulos bastante útiles para evitar abordar las
discusiones de manera política y no histérica. En nuestro movimiento,
lamentablemente, se tiende a adornar, cualquier argumentación, con un
sinnúmero de adjetivos calificativos que no aportan nada, absolutamente
nada, al esclarecimiento del asunto a debatir. Así, cada debate en torno
al anarquismo termina en una pugna por ver quién es el "más" anarquista,
quién es el que conserva la línea sagrada.... y no quién tiene la razón a
la luz de la realidad.

Pareciera ser que en este ambiente de "denuncias" y ausencia de debate, la
realidad misma no fuera sino un aspecto secundario que poco o nada aporta
a cualquier materia que está en el tapete.

III.

Este sectarismo y dogmatismo también se ven reflejados en nuestra
propaganda. Incluso hemos llegado al extremo que publicaciones completas
del anarquismo gastan una cantidad enorme de tinta y papel en atacar a
otros anarquistas, en vez de discutir sanamente o atacar a aquellos que
realmente joden la vida a millones de personas en este mundo[2]. Quienes
obran de esta manera hacen un enorme daño al movimiento: no solamente
alimentan las tendencias centrípetas en el anarquismo, sino que además
persuaden a los lectores no familiarizados con nuestras ideas, de que el
anarquismo es un movimiento de espíritu mezquino, estrecho y pequeño,
encandilado en sus propias vanidades e insensible a los verdaderos
problemas de nuestro tiempo. ¿Para qué unirse a un movimiento que está
demasiado ocupado con las tareas inquisitoriales como para ocuparse de la
problemática cotidiana del conjunto de los oprimidos, de los pobres, de
los explotados, de los marginados?[3]

Esta virulencia en los ataques a quienes piensan u obran de manera
diferente y este sectarismo, han llegado al paroxismo con las
posibilidades abiertas por internet y la comunicación virtual. Cualquiera
puede hoy en día insultar gratuitamente y cobardemente, desde la comodidad
de su hogar y con la protección brindada por el anonimato, a
organizaciones o referentes del movimiento libertario que están dando la
cara y la pelea. Cualquiera puede dar rienda suelta a sus ánimos
destructivos y a su espíritu miserable para despreciar los esfuerzos
levantados, muchas veces con enormes sacrificios por compañeros que sí se
están mojando la espalda para levantar en los hechos una alternativa
libertaria. Con todas las posibilidades abiertas por internet para
intercambiar experiencias y discutir, es decidor que la mayoría de los
foros sean pobrísimos y que donde más tráfico de comentarios hay, sea
solamente para insultarse o para descalificarse. Esto es una realidad
extremadamente triste y dolorosa para quienquiera sea honesto en la lucha.

Esto es propio de movimientos alejados de la realidad, y en verdad, aún en
las filas del anarquismo hay muchos quienes carecen de contacto ?en un
sentido orgánico, obviamente- con el mundo popular o carecen de cualquier
esfuerzo por levantar un trabajo constructivo en medio de los explotados.
A la lucha no basta conocerla por los libros de historia, sino que debe
saber hacerse carne en el día a día. Con gente desarraigada de las luchas
y organizaciones populares creemos que es difícil un debate efectivamente
constructivo, pues al carecer de experiencia práctica, son incapaces de
mantener la discusión en el plano de la realidad y fácilmente son
arrastrados al Olimpo de las abstracciones principistas. Y de ahí a las
denuncias de "traición al anarquismo". Ese es su verdadero terreno, y por
eso ante las diferencias su natural reacción es refugiarse en la seguridad
de su propio grupúsculo, un puñado de guardianes de la fe.

IV.

Estos problemas a los que hago referencia no son, para nada, un asunto
nuevo. Hace 85 años ya eran señalados incisivamente por Camilo Berneri en
un artículo cuyo tono, a cualquiera que lleve ya un buen tiempo militando
en el movimiento anarquista, le sonará tristemente actual y familiar:

"(...) Somos inmaduros. Lo demuestra el que se haya discutido la Unión
Anarquista haciendo sutilezas sobre las palabras partido, movimiento, sin
entender que la cuestión no es de forma sino de sustancia, y que lo que
nos falta no es la exterioridad del partido sino la conciencia de partido.

¿Qué entiendo por conciencia de partido?

Entiendo algo más que el fermento pasional de una idea, que la genérica
exaltación de ideales. Entiendo el contenido específico de un programa
partidario. Estamos desprovistos de conciencia política en el sentido que
no tenemos conciencia de los problemas actuales y continuamos difundiendo
soluciones adquiridas en nuestra literatura de propaganda. Somos utópicos
y basta. Que haya editores nuestros que sigan reeditando los escritos de
los maestros sin añadirles nunca una nota crítica demuestra que nuestra
cultura y nuestra propaganda están en manos de gente que intenta mantener
en pie el propio tinglado en vez de empujar al movimiento a salir de lo ya
pensado para esforzarse en la crítica, en lo que está por pensar. Que haya
polemistas que intenten embotellar al adversario en vez de buscar la
verdad, demuestra que entre nosotros hay masones, en sentido intelectual.
Añadamos a los grafómanos para quienes el artículo es un desahogo o una
vanidad y tendremos un conjunto de elementos que entorpecen el trabajo de
renovación iniciado por un puñado de independientes que prometen.

El anarquismo debe ser amplio en sus concepciones, audaz, insaciable. Si
quiere vivir y cumplir su misión de vanguardia debe diferenciarse y
conservar en alto su bandera aunque esto pueda aislarle en el restringido
círculo de los suyos. Pero esta especificidad de su carácter y de su
misión no excluye una mayor incrustación de su acción en las fracturas de
la sociedad que muere y no en las construcciones apriorísticas de los
arquitectos del futuro. Al igual que en las investigaciones científicas la
hipótesis puede iluminar el camino de la indagación pero se cierra esa luz
cuando resulta falsa, el anarquismo debe conservar aquel conjunto de
principios generales que constituyen la base de su pensamiento y el
alimento pasional de su acción, pero debe saber afrontar el complicado
mecanismo de la sociedad actual sin anteojos doctrinales y sin excesivos
apegos a la integridad de su fe (...)

Ha llegado la hora de acabar con los farmacéuticos de las formulitas
complicadas que no ven más allá de sus tarros llenos de humo; ha llegado
la hora de acabar con los charlatanes que embriagan al público con bellas
frases altisonantes; ha llegado la hora de acabar con los simplones que
tienen tres o cuatro ideas clavadas en la cabeza y ejercen como vestales
del fuego sagrado del Ideal distribuyendo excomuniones (...)

El que tenga un grano de inteligencia y de buena voluntad que se esfuerce
con su propio pensamiento, que trate de leer en la realidad algo más que
lo que lee en los libros y periódicos. Estudiar los problemas de hoy
quiere decir erradicar las ideas no pensadas, quiere decir ampliar la
esfera de la propia influencia como propagandista, quiere decir hacerle
dar un paso adelante, incluso un buen salto de longitud, a nuestro
movimiento.

Es preciso buscar las soluciones enfrentándose a los problemas. Es preciso
que adoptemos nuevos hábitos mentales. Al igual que el naturalismo superó
la escolástica medieval leyendo el gran libro de la naturaleza en vez de
los textos aristotélicos, el anarquismo superará al pedante socialismo
científico, al comunismo doctrinario cerrado en sus casillas apriorísticas
y a todas las demás ideologías cristalizadas.

Yo entiendo por anarquismo crítico un anarquismo que, sin ser escéptico,
no se contente con las verdades adquiridas, con las fórmulas simplistas;
un anarquismo idealista y al mismo tiempo realista; un anarquismo, en
definitiva, que injerte verdades nuevas en el tronco de sus verdades
fundamentales, que sepa podar las ramas viejas.

No un trabajo de fácil demolición, de nihilismo hipercrítico, sino de
renovación que enriquezca el patrimonio original y le añada fuerzas y
bellezas nuevas. Este trabajo hemos de hacerlo ahora, porque mañana
deberemos reemprender la lucha, que no encaja bien con el pensamiento,
especialmente para nosotros que nunca podemos retirarnos a los pabellones
cuando recrudece la batalla".

Camillo Berneri

(Pagine Libertarie, Milán, 20 de noviembre de 1922)[4]

Las palabras de Berneri nos hieren por su agudeza, pero ante todo, por su
dolorosa actualidad. Aún prima, en la discusión, el ánimo de derrotar al
adversario más que el de avanzar y aprender. Aun priman el espíritu de
secta por sobre el espíritu de partido. Esto hace que, a la menor
diferencia, los grupos se dividan. No es que seamos partidarios de la
unidad a toda costa; la unidad solamente tiene sentido cuando hay
prácticas e ideas fundamentales que son convergentes (no idénticas, ya que
las diferencias son fundamentales para el desarrollo de una línea
política). Pero somos enconados adversarios del sectarismo y de la
división por nimiedades.

V.

El artículo citado de Berneri no solamente es importantísimo por la
crítica que del movimiento hace, sino que además por poner en su correcto
lugar la importancia del desarrollo del pensamiento crítico en nuestro
movimiento. Creo que aún nuestro movimiento no sabe tomarle el pulso a la
importancia del desarrollo de la crítica y la discusión en su seno.

Hay una relación directa entre el nivel de discusión en un movimiento
político y su dinamismo. Y solamente un movimiento dinámico toma la
iniciativa política y sabe incidir en la realidad. Este factor, el
dinamismo, deja bastante que desear en los medios anarquistas. Estamos
demasiado acostumbrados a tratar la divergencia de opiniones de dos
maneras aparentemente opuestas: o nos insultamos, tratando a quienes
piensan diferente de no ser verdaderos anarquistas, o ignoramos las
diferencias diciendo que al final en el anarquismo todo vale (hasta la
idea más disparatada). El resultado de estos dos mecanismos para enfrentar
el disenso es idéntico, empero, y es que a fin de cuentas no hay
discusión. O nos encerramos en capillas diferentes, o armamos un solo gran
circo donde todos coexisten pero donde nadie toca los temas candentes para
no herir "susceptibilidades".

Aunque superficialmente parezcan extremos diametralmente opuestos, el
"todo vale" en el anarquismo y el sectarismo dogmático son idénticos en el
hecho de que ambos frustran la discusión y el avance de las ideas.

VI.

Creo que, sin saber discutir entre nosotros, menos sabremos discutir
entonces con otros sectores del mundo popular y como resultado, cambiamos
la lucha política (el intercambio y el cuestionamiento de ideas y
prácticas) por una incansable e insufrible prédica entre los convencidos.
Resulta bastante decidor que la gran mayoría de publicaciones de
"divulgación" anarquista parezcan dirigidas a otros anarquistas más que a
quienes debieran divulgarse nuestras ideas: a esa amplia masa de personas
que no piensan ni actúan anárquicamente[5].

De igual manera que entre nosotros las diferencia de opinión o de práctica
es sinónimo de anatema, hacia el resto del movimiento revolucionario o de
la izquierda, o incluso del pueblo, mostramos la misma cerrazón.
"Reformistas", "Fascistas Rojos", "Autoritarios" son términos abusados que
significan poco o nada a estas alturas, precisamente, por estar tan
prostituidos. Términos que, en lugar de ayudarnos a esclarecer las
divergencias y tender puentes en la discusión, nos aíslan, sin ayudarnos
ni a persuadir ni a esclarecer los puntos reales de discusión. Todos los
problemas de métodos y concepciones con el resto de la izquierda son
reducidos a la simple fórmula "ustedes quieren el poder y nosotros no".
Siempre he pensado en el absurdo de este planteo: cualquiera que realmente
esté enceguecido por la obsesión de tener poder haría mejor en aliarse a
los partidos de gobierno o de la burguesía, en vez de militar en un
partido comunista o de inspiración socialista, lo que indudablemente le
puede traer más problemas que beneficios materiales en lo inmediato. Otra
cosa es lo que sucede cuando estos partidos llegan a tener algo de poder
en sus manos, o cuando logran desarrollar una burocracia con algunas
parcelas dentro de algún movimiento influyente. Pero insisto, esto es un
problema de métodos más que de siniestras intenciones originales.

Esto no excluye que en la izquierda, como en cualquier parte, no haya
gente deshonesta, gente oportunista, gente con espíritu pequeño e
incapaces de entender la realidad más allá de sus estrechas anteojeras
partisanas, o peor aún, gente que antepone los intereses de su secta a los
del conjunto del pueblo. Pero de aceptar esto a suponer que nosotros somos
el único sector revolucionario bien intencionado, puro o abnegado, hay una
enorme diferencia.

VII.

Luigi Fabbri, en su fundamental documento "Influencias Burguesas en el
Anarquismo" ya por 1918 se quejaba del problema del lenguaje utilizado
entre anarquistas para discutir, pero también hacia otros sectores
populares o de izquierda. Su queja es particularmente relevante para todo
cuanto he tratado de exponer. Nos dice Fabbri:

"El fin de la propaganda y de la polémica es convencer y persuadir. Ahora
bien: no se convence y no se persuade con violencias en el lenguaje, con
insultos e invectivas, sino con la cortesía y la educación de los modales.
[6]"

Y continúa:

"(...)Pero la violencia del lenguaje en la polémica y en la propaganda, la
violencia verbal y escrita, que a veces se ha resuelto dolorosamente en
hechos de violencia material contra las personas, la violencia que, sobre
todo, deploro, es la que se emplea contra otros partidos progresistas, más
o menos revolucionarios, que esto poco importa, que están compuestos de
oprimidos y explotados como nosotros, de gentes que como nosotros están
animadas por el deseo de cambiar hacia un estado mejor la situación
política y social presente. Aquellos partidos, que aspiran al poder,
cuando a él lleguen, indudablemente serán enemigos de los anarquistas,
pero como esto está aún lejos de ser, como que su intención puede ser
buena y muchos males de los que quieren eliminar también queremos nosotros
verlos suprimidos, y como que tenemos muchos enemigos comunes y en común
tendremos, sin duda, que librar más de una batalla, es inútil, cuando no
perjudicial, tratarlos violentamente, dado que por ahora lo que nos divide
es una diferencia de opinión, y tratar violentamente a alguno porque no
piensa u obra como nosotros es una prepotencia, es un acto antisocial.

La propaganda y la polémica que hacemos entre los elementos de los demás
partidos, tiende a persuadirles de la bondad de nuestras razones, a
atraerlos a nuestro ambiente. Lo que hemos dicho anteriormente en líneas
generales, es decir, que se persuade mal al que se trata mal, es más
aplicable en línea particular tratándose de elementos asimilables: de
obreros, de jóvenes, de inteligencias ya despiertas, de hombres que ya
están en camino hacia la verdad. El choque de la violencia, al contrario,
lejos de empujarles, los detiene en este camino, por reacción. Algunos de
sus jefes pueden obrar de mala fe, pero decidme: ¿estamos seguros de que
entre nosotros no haya también personas que obren del mismo modo? Debemos
procurar atacarles cogiéndoles, como suele decirse, en el garlito, cuando
realmente se ve que obran de mala fe, y no involucrar en el ataque a todo
el partido. Ciertamente que muchas doctrinas suyas son erróneas, pero para
demostrar su error no son necesarios los insultos; algunos de sus métodos
son nocivos a la causa revolucionaria, pero obrando nosotros de modo
diferente y propagando con el ejemplo y la demostración razonada, les
enseñaremos que nuestros métodos son mejores.

Todas las consideraciones de este trabajo me han sido sugeridas por la
constatación de un fenómeno que he observado en nuestro campo. Nos hemos
acostumbrado tanto a ahuecar la voz siempre y en todo, que hemos ido
perdiendo gradualmente el valor de las palabras y de su relatividad. Los
mismos adjetivos despreciativos nos sirven de igual modo para atacar de
frente al cura, al monárquico, al republicano, al socialista y hasta al
anarquista que no piense como nosotros. Y eso es un defecto primordial. Si
alguna diferencia se establece, más bien es en beneficio de nuestros
peores enemigos. Se puede decir que los anarquistas y los socialistas no
hemos dicho nunca tantas insolencias a los curas y a los monárquicos como
a los republicanos, y que los anarquistas nunca dijeron tantas a los
burgueses como llevan dichas a los socialistas. Más diré todavía:
especialmente en los últimos tiempos, ha habido anarquistas que han
tratado a otros anarquistas, que no pensaban exactamente como ellos, como
jamás trataron a los clericales, explotadores y policías juntos.

(...) creo que sería mejor que procurásemos conocernos, y, sobre todo,
trabajar sin perder nunca de vista que en frente tenemos al enemigo, al
verdadero enemigo que acecha el momento de nuestra debilidad para
asestarnos sus golpes. Porque nunca como en medio de los partidos en que
la acción es la única razón de vida, se puede decir con mayor motivo que
el ocio es el peor de todos los vicios y el primero de éstos es el de la
discordia."[7]

No se puede ser más lapidario y certero que en este juicio. Y nuevamente
se nos demuestra que, en 90 años hemos aprendido extraordinariamente poco
y que aún nos falta mucho por avanzar en la construcción de un espacio
sano de debate, donde podamos aprender y avanzar.

VIII.

Para nosotros, la crítica y el debate deben ser herramientas para la
construcción, ante todo. No nos interesa el debate para demostrar "quién
tiene la razón", ni el debate por fines puramente deportivos, sino que
para tratar de buscar el camino más acertado para enfrentar los problemas
que enfrenta nuestro movimiento y dentro de un espíritu verdaderamente
constructivo. Ciertamente, tal forma de discusión debe tener por punto de
partida la práctica, pues creemos que la discusión debe estar firmemente
anclada en la realidad para así evitar las distorsiones propias del
desconocimiento práctico o del idealismo consiguiente. Además, solamente
la discusión que se fundamenta en experiencias equivalentes puede generar
un lenguaje común y productivo. Pues si se critica a una organización por
su manera de hacer las cosas, ciertamente, debemos ser capaces de mostrar
que hay otra manera de hacerlas o que al menos podemos sugerir
alternativas. Aunque es necesario tener presente en todo momento que rara
vez una posición es enteramente acertada y que, a fin de cuentas, es la
misma práctica, el desarrollo de la realidad, la cual se dedica a dirimir
las posiciones más acertadas de las menos acertadas.

Entonces, otro punto importante, es que si la crítica revolucionaria no va
acompañada de una práctica, entonces se vuelve irrelevante. Pues, ¿qué
sentido tiene una crítica que se presume de revolucionaria si ésta no está
dispuesta a convertirse en verbo, en la acción imprescindible para que
haya un efectivo movimiento revolucionario y no puro diletantismo
intelectual? El revolucionario, a diferencia del politicastro, no habla
desde la platea, desde la condición de espectador: el revolucionario debe
hablar siempre desde la acción y desde el esfuerzo, por humilde que éste
pueda parecer, de convertirse en alternativa al presente. Yo tiendo a ser
mas bien escéptico de los hipercríticos y de los ultra-revolucionarios que
nunca se les ve en ninguna experiencia concreta y que nunca se han
ensuciado las manos. Esto es una visión constructiva de la crítica: una
que se forje al calor de la construcción concreta y no del mero ánimo de
destruir el esfuerzo ajeno.

La discusión debe, además, ser puesta al servicio de la práctica pues el
dinamismo que genera debe servir para enriquecer nuestras experiencias. Y
viceversa, la práctica luego entrega elementos nuevos para poder avanzar
en la teoría, y como decía Berneri, hacia un anarquismo que sepa podar las
ramas viejas, que sepa insertar verdades nuevas a sus verdades
fundamentales y que sepa renovarse, pues es el inmovilismo intelectual el
principal factor de nuestra incapacidad para comprender a cabalidad los
fenómenos de un mundo que está en permanente transformación.

Pero la crítica no solamente tiene un rol para ayudarnos a comprender
mejor nuestra realidad y a desarrollar conceptos, preceptos y propuestas
más acertadas a las necesidades de nuestra época. La discusión es también
importante para avanzar y deshacerse de ideas erróneas, mal formuladas o
insuficientes. Como me decía alguna vez un compañero: "con nuestra
discusión no lograste convencerme, pero al menos, me sirvió para descubrir
mis propias debilidades y reforzar entonces mis ideas". Tal cosa no es
caer en un diálogo de sordos, en la medida en que respondemos y escuchamos
los argumentos del otro. Mas bien, es una ayuda crucial para avanzar, pues
da solidez a las ideas y aparecen entonces mejor argumentadas, más
convincentes y más acabadas. A la vez que nos deshacemos de las ideas
erróneas o disparatadas.

Por ultimo, la crítica y el debate son importantísimos para tender puentes
con otras corrientes. Mediante el desarrollo de ésta podemos acercar a
quienes se han visto atraídos a otras corrientes, podemos ganar a otras
organizaciones a nuestras posiciones o podemos aprender de ellas y darnos
cuenta que, en algún aspecto determinado de nuestra política, hemos estado
errados. Solamente donde se ha establecido este puente de sana discusión,
puede darse una práctica libre de sectarismo que, respetando las
diferencias, sea capaz de aunar esfuerzos donde haya unidad de criterios.

IX.

Estas palabras no están escritas con el ánimo de denunciar o señalar a tal
o cual compañero de sectario. Ni creo que haya corriente libre de vicios
que se han convertido en costumbre en nuestros círculos. Muchas veces es
tan culpable quien provoca como quien se deja provocar y sigue la
corriente. Todos sabemos que hay "masones en un sentido intelectual" en el
movimiento; todos sabemos que hay devotos del "Santo Oficio"; ellos nos
tienen sin el menor cuidado. No les paramos bola, como se dice, pues
sabemos que nada de lo que es fundamental para lograr una sociedad libre
se zanja por ese lado. Pero lo que sí preocupa, es que ellos logren
arrastrar a otros compañeros u organizaciones que sí son valiosos a ese
pantano. Y peor aún, que la cultura de debate tenga su referente común
trazado por este espíritu nimio. Y aún peor: que los compañeros que, desde
distintas vertientes o perspectivas, estén presentes en la lucha y la
construcción no hayan aprendido aún a generar estas dinámicas de
intercambio saludable. Esto es lo que verdaderamente preocupa.

La izquierda tradicional ha sido sectaria, ha sido dogmática y ha
frecuentemente ignorado la realidad a su alrededor. No creo que los
anarquistas, en general, hayan sido mucho mejores. Es hora de dar el
ejemplo. A lo que debemos apuntar es a construir espacios de discusión y
cambiar hábitos malsanos en nuestro movimiento, que no aportan al debate y
que más bien entorpecen el desarrollo del necesario espíritu crítico que
tanto necesita el movimiento revolucionario para hacer frente a las
difíciles tareas de regeneración social que tenemos por delante.


José Antonio Gutiérrez D.

12 de Noviembre del 2007

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Notas:

[1] En "?Anarchisme & Syndicalisme? Le Congrès Anarchiste International
d?Amsterdam (1907)" Ed. Nautilus-Monde Libertaire, 1997, p.161.

[2] Esta debilidad por la denuncia ha llegado, lamentablemente, a extremos
mórbidos en los medios argentinos y españoles.

[3] Luigi Fabbri, el famoso anarquista italiano, dice que la primera vez
que vio periódicos anarquistas dice que éstos no le persuadían y que de
ser por la propaganda escrita de los anarquistas, él jamás se hubiera
acercado al movimiento. Lamentablemente, mucha de nuestra prensa hoy, en
su virulencia contra el resto del anarquismo y de la izquierda cumplen más
un rol de contra-propaganda que de propaganda propiamente dicha.

[4] En "Camillo Berneri: Humanismo y Anarquismo" Ed. por Ernest Cañada,
ed. Los libros de la Catarata, 1998, pp.43-46.

[5] Obviamente, hay artículos (como este mismo que escribo) o
publicaciones que están dirigidas principalmente al público libertario,
siendo éste su verdadero auditorio. Ciertamente no me refiero en este
artículo a esta clase de publicaciones, sino a aquellas que explícitamente
se dicen de "propaganda", de "difusión", de "divulgación", etc...

[6] Luigi Fabbri, "Influencias Burgesas en el Anarquismo", ed. Solidaridad
Obrera (París), 1959, p.53.

[7] Ibid. pp.56-59.


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