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(ca) [Buenos Aires] Iglesia y coyuntura (Grupo Anarquista Libertad)

Date Sun, 15 Jul 2007 19:58:04 +0200 (CEST)


Iglesia y coyuntura

La Iglesia, también, es oportunista y demagógica, como decía una
compañera en el número anterior, se acomoda a las circunstancias para no
perder poder terrenal. Y en estos tiempos de pluralidad y democracia la
condición de sobrevivir al medio es mutar hacia concepciones que no
marginen tanto como antaño y que contemplen la diversidad. Como en la
naturaleza, el realismo demanda un intríngulis fatal: mutar o perecer.
Lo que tiende a prevalecer son mecanismos de apertura a fin de que el
domino sea lo más totalitario posible. Lo ortodoxo es la heterodoxia y
el dogma la amplitud. Es la coyuntura y la política; oportunidad y
estrategia.
Pero como lo único perfecto y puro es Dios, es decir, la nada, la muerte
inmutable y eterna, la adaptación institucional peca de contradicciones
y conflictos entre las almas progresistas y las conservadoras. Los
?opuestos? conviven y se complementan perpetuando la continuidad.
?Frente a la agudización de los conflictos sociales y ante las
evidencias ya establecidas, la Iglesia católica ha debido, a condición
de no perder influencia y espacios de Poder, adaptarse a los reclamos de
actualización. El reconocimiento del genocidio indígena y la
Inquisición, la aceptación de las teorías científicas y la participación
activa en ellas, como así también la tolerancia y permisividad en
cuestiones civiles como son el divorcio o los casamientos entre
individuos del mismo sexo, etc.; son elementos de dicha adaptación ante
las trasformaciones y necesidades históricas. Estas adaptaciones nunca
fueron inmediatas ni sin contradicciones internas, ni significan un
progreso ni una mejora ya
que son funcionales a la perpetuación institucional y religiosa.?
(¡Libertad! N° 38, ?Aborto: control y desesperación?)
En abril de este año la Iglesia abolió el limbo. La revelación fue
comunicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe, institución
del Vaticano, heredera de la Santa Inquisición que, agotada ésta, busca
actualizarse ante el paradigma humanístico en boga.
El limbo era el lugar intermedio entre el paraíso y el infierno a donde
iban las almas de los niños muertos que no habían sido bautizados, es
decir, que no habían sido limpiados del pecado original -el pecado de
ser ser humano, el crimen contra Dios (la rebelión), el cual merece el
castigo del infierno-, pero que, al mismo tiempo, no habían pecado en
vida. Solo una vida sin pecado, cuya máxima es la santidad -sometimiento
pleno ante Dios-, es la que merece el paraíso en la otra vida.
En la Edad Media era común la creencia de que cuando un niño enfermaba
gravemente era a razón de que el niño había sido reemplazado por el
diablo poniendo en su lugar, espiritualmente, a un ser demoníaco. En
caso de fallecer el que moría no era el verdadero niño sino el demonio
que ocupaba su cuerpo. Este mecanismo, tendiente a atenuar el
sufrimiento de la pérdida, es resignificado con la especulación del
limbo o lugar especial, como destino de las almas infantiles,
resignificación enmarcada en la lucha eclesiástica por desplazar a las
creencias paganas y supersticiosas del campesinado.
La Iglesia, a través de uno de sus máximos exponentes, San Agustín,
sentenciaba en el siglo V -muy lógicamente, por otro lado- que el pecado
original por sí sólo era merecedor del castigo eterno y que los niños
muertos no bautizados no podían tener otro destino que el infierno,
aunque en un nivel menos tortuoso. Esta postura fue oficial durante
siglos con la consecuente persecución y silenciamiento, por heréticas,
de las corrientes contrarias. Recién en el siglo XIII es introducida la
concepción del limbo como lugar especial por, entre otros, Santo Tomás
de Aquino y por descripciones de Dante Alighieri. Aunque nunca llegó a
ser parte del dogma oficial, la idea se extendió entre corrientes
internas a pesar de ser condenada por herética a fines del siglo XVIII.
Posteriormente, ante la miseria extendida como resultado de la segunda
oleada de industrialización, los catecismos populares usufructuaron y
difundieron ampliamente la idea del limbo como elemento otorgante de un
grado de consuelo y, sobre todo, de legitimidad de la religión, entre los
sectores oprimidos que sufrían comúnmente la pérdida de sus hijos. El
aborto -permitido en los países del epicentro industrial de la época- y
el infanticidio forzado ante el acorralamiento económico necesitaban de
un mecanismo psicológico que atenuara las pérdidas y las posibilitara.
Desde la oficialidad de la Iglesia se consideró la existencia de un
lugar especial como destino de las almas de los niños muertos no
bautizados, pero sin ceder a la idea del limbo, hasta el reciente
decreto de abolición por la cúpula papal.
«Según el documento el concepto tradicional de limbo referido a un lugar
donde según la fe católica los niños sin bautizar viven eternamente sin
comunión con Dios, ?refleja una visión excesivamente restrictiva de la
salvación?. El texto consideró que su abolición no es un hecho teórico
sino un problema pastoral urgente, ?ante el incremento de la cantidad de
niños sin bautismo, de aquellos nacidos de padres no católicos y de
otros que no nacieron al ser víctimas de abortos?.» (La Prensa, 21/4/07)
Ante la fuerza de la realidad la Iglesia cede el estricto cumplimiento
de los sacramentos a la tolerancia y permisividad a condición de
salvaguardar la religión y lo que ella garantiza. Sus aristas son
pulidas a fin de purificarse de una imagen obsoleta y rezagada. Los
abusos y excesos, objetos estos de los reclamos de quienes le demandan
actualización y humanidad, son borrados como resultado de la transacción
con los sectores que apuntan a su mejoramiento y no a su supresión. La
relativización del bautismo afirma y extiende la jurisprudencia de la
idea de Dios porque el accionar de éste no se circunscribe así a la
actividad de sus representantes terrenales.
Por un lado la Iglesia, consciente de la magnitud y fuerza de las
religiones orientales, y ante el peligro de los sectores movilizados
bajo esas religiones, necesita contemplar e incorporar a su órbita a las
víctimas infantiles no católicas de los conflictos bélicos que la misma
Iglesia garantiza.
Por otro lado, ante el creciente consenso a favor del aborto y ante la
legalización de éste en varios países, necesita de un precepto teológico
que, si bien no lo autoriza, abre la posibilidad de tolerancia a los
sectores más progresistas que a la Iglesia responden y establece una
base argumental a la permisividad o a la eventual legalización para los
poderes laicos que aún no se manifestaron a favor de esa tendencia.
Ante la terrible realidad de que cada 7 segundos muere un niño de
hambre; ante el millón y medio de bebés que mueren en su primer semana
de vida; ante otra magnitud igual de los que nacen muertos anualmente;
ante los que perecen por falta de lo básico, ante los asesinados por
escuadrones parapoliciales y las criaturas que mueren de a poco en las
plantaciones, en las calles, en los basurales, en los orfanatos,
víctimas de las religiones y de la explotación que éstas garantizan, la
criminal institución ofrece un indulto post-mortem pretendiendo limpiar
la sangre de sus sotanas.
La crisis de fidelidad de los seguidores de la Iglesia -preocupación
central de la reciente visita del Papa a Brasil-, se refleja en la
multiplicidad creciente de cultos en la que se ha fragmentado la
religión monopólica de la parte occidental del rebaño humano. Acorde al
tambaleo de las macro cosmovisiones, que la postmodernidad y el fin de
las ideologías reestructuró, en Argentina se sumaron oficialmente casi
mil cultos nuevos en la última década y media, sumando un total de más
de 3.600 legalizados. «Una encuesta realizada en 2005 por la consultora
Gallup en 70 países reveló que sólo el 6% de las personas se definen
?ateas convencidas?, porcentaje que, en nuestro país, fue todavía menor:
sólo 2 de cada 100 argentinos dijeron no creer en Dios.» (Clarín,
23/4/06). Esta fragmentación, evidenciada por ejemplo con la
revitalización de religiones indígenas u orientales, lejos de significar
una merma de la creencia religiosa, demanda a la Iglesia católica a
abandonar posturas
sectarias, según los designios de la diosa coyuntura, ante la competencia
de otros pastores que se disputan el ganado humano.
La abolición del limbo, al igual que otras concesiones terrenales, son
parte del proceso de democratización -el arraigamiento social del
Estado- en lo teológico y en lo práctico de la Iglesia y,
fundamentalmente, de la religión en general. Proceso dado no sin pujas
internas.

No ser más papistas que el Papa, es decir, autoexcomulgarnos de la
demagogia y del acomodamiento coyuntural, es el camino de nuestra
salvación terrenal y humana -rebelión original-, por los siglos de los
siglos.

A.G.

Publicado en ¡LIBERTAD!, Nº 43, julio-agosto 2007


GRUPO ANARQUISTA LIBERTAD - PUBLICACIÓN ¡LIBERTAD!
www.geocities.com/grupo_libertad
Buenos Aires


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