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(ca) Opinión: Cándido y Morala saltan el muro

Date Mon, 2 Jul 2007 17:17:52 +0200 (CEST)


Cándido y Morala saltan el muro

Gijón fue en los años treinta del siglo XX, hasta la entrada de los
franquistas en octubre de 1937, una ciudad anarquista. En contraste con
Cataluña o Aragón, en aquellos tiempos vertiginosos de utopía y
revolución, en Asturias el marxismo se impuso al anarquismo entre los
obreros, excepto en algunos sectores o empresas, como la pesca o
Duro-Felguera, y en algunas localidades, como Candás, La Felguera y Gijón.
En la ciudad más poblada de Asturias la Comuna de 1934 se tiñó de los
colores rojos y negros de las banderas de la Confederación Nacional del
Trabajo (CNT), la organización obrera mayoritaria, pero los
revolucionarios no resistieron mucho por falta de armas. La derrota no
diluyó su espíritu libertario y dos años después, durante la guerra civil,
Gijón tuvo un alcalde anarquista, una contradicción a la que no escapó la
CNT en Asturias, como en toda la España republicana, donde tuvo varios
ministros.

La Alcaldía del cenetista Avelino González Mallada fue breve, poco más de
un año, pero acometió la más importante remodelación urbanística de la
historia de la ciudad. Su mandato fue el de los derribos, nada menos que
115, destinados a eliminar los obstáculos urbanísticos que agobiaban a la
ciudad y a ganar espacios abiertos. Así, con esos métodos expeditivos,
sólo posibles en tiempos de guerra, aquel alcalde que combatía entre las
barricadas derribó otra en el corazón de su ciudad: la de los edificios
que la separaban de la playa.

Hasta los franquistas, espantados con los anarquistas, reconocieron la
revolución urbanística de Avelino González Mallada y lamentaban que sus
tropas no hubieran conquistado Gijón unos meses más tarde para ver caer el
martillo de Capua, un derribo que tendría que esperar medio siglo el
regreso de las libertades democráticas.

Si González Mallada no hubiera acabado en el exilio, nuestros ojos no
tendrían ahora que soportar las aberraciones del muro de San Lorenzo y la
bahía gijonesa se parecería más a la de San Sebastián, esa ciudad
afrancesada, también bañada por el Cantábrico, pero protegida de los
vientos del mal gusto y de la barbarie del ladrillo.

Han pasado setenta años y Gijón ya no es una ciudad anarquista, porque el
sueño de un mundo sin Estado, sin Dios y sin patrón ya sólo es un lejano
recuerdo, romántico y legendario, como el Ayuntamiento libertario. Pero la
Historia es casi una ciencia exacta, con sus causas y sus consecuencias, y
sus huellas se van borrando lentamente, como las de las pisadas en la
playa batida por la mar.

Gijón es ahora una ciudad burguesa, de clases medias y sector servicios
mayoritario, con la clase obrera batiéndose en retirada, porque tiene
cumplidos sus objetivos. Pero aún mantiene focos de resistencia obrera y
de lucha proletaria. Ha desaparecido prácticamente la CNT, devorada por la
Historia y por las luchas intestinas, pero su alma anima en la Corriente
Sindical de Izquierdas (CSI), sindicato obrerista y autogestionario
surgido de una escisión de Comisiones Obreras (CC OO). Cándido González
Carnero y Juan Manuel Martínez Morala posiblemente no reparen en ello,
pero son los sucesores de aquellos líderes anarquistas gijoneses, como
Avelino González Mallada, Avelino González Entrialgo o José María
Martínez. Tienen prestigio y autoridad entre sus compañeros, porque nunca
se han distanciado de ellos, y se han negado a colgar el mono. Nunca
estuvieron liberados, pleitearon contra la prejubilación forzosa; y en
esto Cándido demostró una tozudez asombrosa, porque siendo secretario
general de CSI nunca dejó de trabajar en Naval Gijón: se levantaba a las
cinco de la mañana para ir al astillero y por la tarde prolongaba la
jornada en el sindicato hasta el anochecer.

Asturias fue vanguardia en el movimiento obrero y cuna de sindicalistas
luchadores y generosos, que afortunadamente no han desaparecido; pero el
sindicalismo oficial de los sindicatos mayoritarios se ha burocratizado y
ha dejado paso a prácticas que poco tienen de obreristas y mucho de
clientelares. El sindicato se ha convertido en una agencia de servicios
para el cotizante, que se afilia por intereses individuales, no
precisamente solidarios, y siempre tiene razón, aunque pise al compañero y
no esté sobrado de ella. O simplemente para no trabajar, ascender
laboralmente o conseguir prebendas y beneficios.

Hay tanta corrupción sindical como política, pero ésta de los centros de
trabajo de las grandes empresas, donde se ejerce el poder sindical,
resulta más deprimente, porque es consecuencia directa de la complicidad o
la pasividad de los trabajadores. Aunque, siendo pragmáticos, mejor este
sindicalismo tan poco edificante que su ausencia, porque donde no hay
sindicatos la indefensión o la abierta explotación de los trabajadores es
mucho más intolerable.

Con este panorama, las prácticas y los valores sindicales de Cándido y
Morala son una peligrosa excepción en el sistema. Estorban al poder, pero
también a la izquierda oficial y al sindicalismo burocrático.

No hay ninguna sorpresa con su encarcelamiento, porque la justicia es
caprichosa, subjetiva y previsible. Desde que supimos quiénes les iban a
juzgar, todos sabíamos cómo serían las sentencias. El juez Lino Mayo, del
Juzgado de lo penal número 1 de Gijón, duro e implacable, los condenó a
tres años de cárcel y al pago de 5.624 euros, acusándoles de destrozar el
cajetín de un equipo de grabación que vigilaba las movilizaciones de los
obreros de Naval Gijón. La juez del Juzgado de lo penal número 2 de la
misma ciudad, Rosario González Hevia, la más «progre» de Asturias, ahora
amenazada con la expulsión de la carrera judicial, los absolvió de la
quema de un coche abandonado. Cándido y Morala niegan ambas acusaciones y
aseguran que su único delito es participar y encabezar las movilizaciones
de sus compañeros.

Tampoco sorprende que el delegado del Gobierno los envíe a la cárcel por
terroristas y pida después un indulto, aunque suene a chiste. Ni la
alcaldesa de Gijón indignándose con los que critican la responsabilidad
del Ayuntamiento en este caso, pero no con la decisión de enviar a dos
obreros a prisión precisamente el día de su toma de posesión.

Se trata de dar una lección. Este Estado soporta cada día peor la
disidencia. No sé si Cándido y Morala aciertan cuando denuncian que son
condenados «para acallar las voces críticas en los astilleros y así poder
cerrarlos y construir viviendas de lujo». Probablemente.

De lo que no hay duda es del intento de encarcelar con ellos a la
rebeldía, un peligro que se contagia en libertad y un viento fresco en
retirada en las sociedades modernas y satisfechas.

Cándido y Morala, los obreros que inspiraron la película "Los lunes al
sol", de Fernando León, pasean su dignidad por las celdas de la cárcel de
Villabona y se niegan a solicitar un indulto porque saben que los
indultará la Historia, como al alcalde anarquista Avelino González
Mallada, el de los derribos del Muro. Tirar edificios es fácil. Lo difícil
es derribar el muro infranqueable de la arbitrariedad del Estado.

[de "La Nueva España"]
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