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(ca) [anarkismo.net] HORIZONTES , CAMINOS, SUJETOS, PRÁCTICAS Y PROBLEMAS DEL CAMB IO SOCIAL REVOLUCIONARIO EN AMÉRICA LATINA (Daniel Barret) [segunda parte]

Date Mon, 15 Jan 2007 21:12:16 +0100 (CET)


[segunda parte]

3.- Sujetos: un protagonismo insustituible

11.- Dejar planteados los horizontes y los caminos de un cambio social
revolucionario en América Latina es, implícitamente, definirse también
respecto a los sujetos que pueden dar satisfacción a sus presupuestos; o,
en otros términos, ubicar los protagonistas de esa entrañable peripecia.
En principio, es posible saber que algunas conjunciones más o menos
recientes que se proponen a sí mismas en tanto centros gravitatorios
alternativos no puntúan lo suficiente como para considerarlos compañeros
de ruta más o menos confiables; por mucho que intenten adoptar algunas de
las pautas propias de los nuevos tiempos. Tal es el caso, por ejemplo, del
Foro Social Mundial con sede en Porto Alegre, del Foro de San Pablo, del
Congreso Bolivariano de los Pueblos o del Encuentro en Defensa de la
Humanidad radicado en México. El Foro Social Mundial ha demostrado ser un
instrumento del PT brasilero, de la socialdemocracia internacional y de
las ONGs más lustrosas para sostener su candidatura a una administració n
plural y con ?rostro humano? del nuevo orden internacional capitalista, al
tiempo que el Foro de San Pablo se nos presenta como su cara
político-partidaria. El Congreso Bolivariano de los Pueblos y el Encuentro
en Defensa de la Humanidad -su contrapartida intelectual- , mientras
tanto, parecen responder más a una necesidad de protagonismo de los
gobiernos cubano y venezolano -relegados a un segundo plano en los
aparatos anteriormente mencionados- que a una genuina confluencia de
movimientos sociales de base. Más allá de sus remozadas presentaciones,
las hegemonías ideológicas y organizativas planteadas en cada uno de esos
ámbitos están demasiado emparentadas con el exclusivismo vanguardista, el
reformismo socialdemócrata y el populismo, según los casos, como para que
realmente se las pueda considerar el anuncio de algo nuevo.

12.- Mucho más próxima a las definiciones que hemos ido avanzando se
encuentra la llamada Acción Global de los Pueblos, que no convoca en sus
filas a organizaciones sociales inconfundiblemente cooptadas desde el
poder estatal, que en términos declarativos renuncia a toda forma de
control político desde las alturas y que proclama enfáticamente la
descentralizació n, la autonomía y la acción directa de los movimientos
sociales de base. No obstante, la AGP carece todavía de definiciones
claras en múltiples aspectos, acoge a ciertas organizaciones de estirpe
vanguardista, se desliza en otras hacia variantes asistencialistas y, más
allá de algunas conferencias puntuales de cierta repercusión, no cuenta
con una gravitación real en los movimientos sociales de base más activos y
de mayor resonancia en las protestas del continente. No obstante estas
limitaciones, la AGP ofrece un modelo organizativo considerablemente
próximo al que a nosotros nos gustaría proponer y su sola existencia
permite aquilatar la reciente y creciente influencia ideológica de
corrientes de cambio basadas en el reconocimiento de la diversidad de
movimientos y en la necesidad de reelaborar un paradigma revolucionario
para América Latina. Estas características, precisamente, son claves en
tanto la conformación de los sujetos del cambio reclama imperativamente la
reapropiación crítica y la superación de las experiencias de lucha de
décadas pasadas así como ofrecer lugares protagónicos a todos aquellos
movimientos que desarrollen prácticas contestatarias contra las diversas
formas de dominación.

13.- Sin perjuicio de las objeciones ya realizadas al Foro Social Mundial,
es importante reconocer que el mismo ha servido de ejemplo a múltiples
ensayos de replicación microscópica en las que han llegado a expresarse
líneas de fuerza bien diferentes. El Foro Social Mundial es una colosal
agregación de partidos políticos, movimientos sociales, ONGs, centros de
investigación, intelectuales, etc., y sus propias dimensiones ?globales?
hacen que sólo los grandes aparatos internacionales puedan ejercer en él
una influencia cierta y consigan una instrumentació n directa o indirecta
de sus propias finalidades; hasta el punto de transformarse en un
espectáculo mediático en el que las voces de las experiencias de base
acaban por volverse inaudibles. Sin embargo, cuando ese esquema de
conjunción amplia de instancias orgánicas, experiencias y problemas es
trasladado incluso más acá de lo ?nacional? y llega al plano propiamente
local o cuando adopta formas deliberadamente abiertas y transgresoras, se
ha podido apreciar la emergencia de foros regionales o alternativos que,
aun cuando no se propongan expresamente una estrategia anti-sistémica,
pueden sí expresar la ebullición creativa y diversificada de la sociedad,
exhibir sus tramas, sus opciones y sus posibilidades y concebirse como una
experiencia rupturista en cuanto al estilo de hacer política.

14.- Pero la clave del cambio social y los sujetos revolucionarios por
excelencia, en consonancia con un horizonte que se propone abatir todas y
cada una de las relaciones de dominación, no puede radicar en otra parte
que en los movimientos sociales de base que se constituyen, en su
conciencia y en sus luchas, como genuinas alternativas al poder.
Movimientos por doquier, de orígenes diversos y de peripecias propias: la
herencia del viejo movimiento obrero, por supuesto, en sus sindicatos, sus
cooperativas y sus comités de gestión; movimientos de desocupados que han
sido expulsados del mundo del trabajo y a los que el capital y el Estado
ya no pueden ofrecer respuesta alguna; los sucesores contemporáneos,
también, de aquella clarinada estudiantil que proclamara en Córdoba, en
1918, la hora de la insurrección y que ahora pueden conjuntarse con otros
movimientos juveniles de origen diverso; comunidades indígenas que todavía
y con más fuerza persisten en su resistencia secular; movimientos de
campesinos que alzan sus gritos por la conquista de la tierra y de
libertad para trabajarla; agrupaciones urbanas y consejos vecinales de
orientación ?municipalista? que reclaman un espacio propio de decisión y
formulan su vocación para administrar las ciudades de este continente;
movimientos, en fin, ecologistas, de mujeres, de jóvenes, de derechos
humanos, anti-militaristas, de contestación cultural, etc., etc., etc.
Espacios todos ellos de búsqueda, de elaboración, de antagonismo; y desde
los cuales animar prácticas agitativas, recrear proyectos alternativos y
procesar orientaciones hacia un cambio social revolucionario. Si todavía
es posible hablar de sujetos, ello no puede menos que ocurrir en esta
densa y horizontal trama de movimientos que, de un modo o de otro,
expresan mejor que nadie las posibilidades del alzamiento y de su deriva
libertaria.

15.- Junto a los movimientos sociales de base, constituídos fundamental y
normalmente a partir de una cierta condición común, se conforman también
distintos tipos de agrupamientos, inspirados éstos habitualmente por
definiciones ideológico-polí ticas y proyectos más selectivos y con un
radio mayor de discurso y de acción. Estos agrupamientos son también
esenciales en cualquier proceso de cambio social revolucionario; pueden
alentarlo con sus decisiones, aportarle sus propios contenidos y ofrecerle
sus energías militantes. Pero si el cambio social revolucionario ha de
tener un signo y una orientación de corte libertario, es preciso que estos
agrupamientos no pretendan atribuirse a sí mismos un papel de vanguardia o
de conducción indisputable ni se propongan como la conciencia externa
avanzada de los movimientos sociales de base. Estos agrupamientos tienen
un campo específico de actuación y tareas propias que los movimientos
sociales de base no siempre están de condiciones de asumir; pero es vital
que ello no implique la sustitución de unos por otros y tampoco la
adopción de un esquema según el cual los últimos no serían mucho más que
la correa de transmisión de los primeros. Antes que eso, estos
agrupamientos realizan su contribución mayor cuando se conciben a sí
mismos como instancias de respaldo y de apoyo; con objetivos particulares
y bien delimitados exhaustivamente respetables, pero siempre y cuando
demuestren ser capaces de poner su patrimonio revolucionario acumulado a
disposición de los movimientos sociales de base, de favorecer su
fortalecimiento irrenunciable y de potenciar su innegociable protagonismo.

4.- Prácticas: los movimientos en movimiento



16.- No hay un recetario infalible y obligatorio de prácticas
revolucionarias sino búsquedas incesantes y rebeldías plurales; lo cual no
quiere decir que no puedan formularse algunas pautas e intuiciones más o
menos razonables, coherentes con los objetivos finalistas y de acuerdo con
la vasta experiencia histórica recogida por los movimientos de signo
libertario. Por lo pronto, parece claro que, si los movimientos sociales
de base han de afirmar y confirmar vocaciones rupturistas, tarde o
temprano sus prácticas habrán de tener, total o parcialmente, una
ubicación extra-institucional. Así como el marco institucional dominante
obliga a jugar con las reglas del poder y a consagrar las posiciones
subordinadas de los movimientos sociales de base, son las líneas de fuga
que sepan recorrer los mismos respecto a áquel las que trazan antagonismos
reales y profundos al poder así como trastocamientos relevantes del orden
establecido. Las instituciones estatalmente legitimadas integran, cooptan
y mediatizan; imponen privilegios y asimetrías, desarticulan la autonomía
potencial de los movimientos y domestican su accionar. La búsqueda y el
hallazgo de prácticas subversivas, por ende, ha de trascender en algún
momento los corrales de ramas del Estado y sustanciarse en la periferia
del mismo; más allá de sus posibilidades de adaptación y recuperación. Las
revoluciones que queremos gestar comienzan a adquirir color y forma cuando
los movimientos sociales resuelven ubicarse donde no llegan los brazos del
gobierno; más allá del parlamentarismo, más allá de la legalidad, más allá
de los mecanismos de replicación ideológica del sistema establecido;
presentándose por encima de toda representació n, redactando sus propias
reglas, viviendo los valores que se hayan querido dar; en ese territorio
inexplorado en el que los movimientos sociales querrán y podrán crearse a
sí mismos sin las imposiciones e interferencias del poder.

17.- Avanzar en el camino de la ruptura y la ubicación extra-institucional
, entonces, requiere la asunción previa de dos conceptos fundamentales con
sus correspondientes referentes prácticos: la autonomía de los movimientos
sociales -de todos y cada uno de ellos- y la autogestión de sus luchas.
Los movimientos sociales, en su despliegue y en sus potencialidades, no
pueden aceptar instancias superiores ni subordinaciones ni cooptaciones de
especie alguna; cualesquiera sean las procedencias y las intenciones de
las mismas: sus objetivos y sus acciones sólo pueden ser trazados a partir
de su propio bagaje ideológico, de sus propias convicciones, de sus
propias prioridades políticas y de sus propias fuerzas. Respaldos sí, pero
no vanguardias, sobre-protecciones o solapadas curatelas: las luchas
sociales de signo revolucionario también son objeto de autogestión por
parte de sus protagonistas directos y no cabe librarlas de otro modo que
no sea a partir de aquellos núcleos de base que las encarnan y que no
admiten sustitución posible. La realización autonómica de los movimientos
sociales de base exige un proceso de construcción, de formación de
conciencia y de definición de prácticas que no dependa de ningún centro
político constituído o con pretensión de tal sino de la reflexión interna
que se consuma desde su propia experiencia de vida. En ese contexto, las
luchas sociales mismas sólo aceptan ser autogestionadas y libradas como un
acontecimiento colectivo de base sin ningún tipo de administració n
externa y que no puede ser enajenado bajo ningún punto de vista
concebible.

18.- Las prácticas de acción directa son ahora el corolario de este bagaje
conceptual remozado. Cara a cara contra el enemigo, sin mediaciones ni
gestorías: he ahí la divisa y el emblema de una práctica de intención,
orientación y potencialidad revolucionaria. La acción directa, entonces,
es el resumen político-práctico capaz de distinguir a movimientos sociales
de base que han construído su más completa autonomía, que son capaces de
autogestionar sus luchas y que, en el camino de su fortalecimiento, se dan
espacios extra-institucional es de actuación. Acción directa, por ende,
contra las relaciones de dominación que definen al movimiento social de
base en cuanto figura antagónica de las mismas; acción directa como gesto
permanente de resistencia; y acción directa también en tanto ejercicio
anticipatorio del porvenir. Acción directa multiplicada, ya no reducida a
los clásicos patrones de actuación del movimiento obrero en torno a la
huelga, el boicot y el sabotaje ni tampoco como una expresión solamente
aplicable a los episodios de violencia sino en tanto rasgo básico de
perfil y posicionamiento de las organizaciones sociales de base. Fuente de
identidad, de energía y de capacidad transformadora, la acción directa así
entendida es bastante más que un estilo, un método o una mera formalidad y
mucho más que una codificación estrecha de situaciones rituales: es el
contenido mismo de la anarquía; como anuncio, como promesa y como
actualización de sí.

19.- Si las pautas anteriores permiten avanzar un diagrama de prácticas de
los movimientos sociales en relación a las estructuras de dominación en
que se desenvuelven, el asambleísmo parece ser el rasgo básico de
definición al interior de los mismos. El movimiento es una creación
colectiva que se instituye a sí misma y se transforma en su incesante
recorrido: redondear tal cosa no puede ser la obra de una pequeña élite
ilustrada o de un grupo de abnegados pastores sino la colosal empresa de
una comunidad de individuos que se perciben entre sí como iguales y
compañeros. Formar parte de un movimiento social es mucho más que una
ceremonia de afiliación y tampoco se agota en un permanente acompañamiento
disciplinado: las pertenencias reales son una fusión con los otros y un
compromiso total donde la capacidad de cada uno de decidir y hacer con los
demás resultan ser un elemento esencial e innegociable. Y ello es posible
no exclusiva pero sí fundamentalmente en espacios asamblearios, en esas
instancias de participación en las que cada miembro del movimiento asume a
cara descubierta sus responsabilidades consigo mismo y con todos aquellos
a los que se encuentra asociado su destino. Espacios de aprendizaje y de
forja, de reconocimiento y afirmación de una identidad en interminable
construcción, las asambleas son las instancias privilegiadas de diálogo,
de intercambio y de elaboración: comunicación de expectativas y deseos,
trasiego de ilusiones y de sueños, garantías de sinceramiento y franqueza,
pulso e impulso de lo individual colectivizado y asumido como recorrido
emancipador.

20.- Como hemos visto, hay prácticas de relación entre los movimientos y
las estructuras de dominación y también de los movimientos consigo mismos
y con su devenir autónomo. Nos queda por plantear, entonces, una dimensión
capaz de redondear el esquema: las prácticas distintivas de relación de
los movimientos sociales de base entre sí. Cada movimiento está definido
por una específica situación de dominación y su existencia misma es ya de
por sí una práctica alternativa y de resistencia que se entrecruza con la
de los restantes y produce una densa trama de reconocimientos e
identificaciones plurales; reconocimientos e identificaciones con el otro
oprimido, con el otro víctima, con el otro excluído, con el otro marginal.
A este nivel, la solidaridad entre los dominados es la más sonora de las
voces de ?mando?. Si los movimientos sociales de base se constituyen
realmente como la contracara del poder institucionalizado y si éste ya no
gira en torno a un centro determinado que todo lo abarca y todo lo
explica, entonces esa solidaridad no puede operar más que por
transversalidad entre movimientos distintos y superpuestos a partir de la
condición múltiple de sus miembros. Y enfrentar simultáneamente diversas
situaciones de dominación es algo que ya no puede aceptar la hegemonía de
ningún movimiento en particular como perenne buque insignia que habrá de
marcar el rumbo y el ritmo de los demás. Ahora, el suelo sobre el cual
reposan los proyectos de resistencia y de cambio es un suelo de arenas
movedizas y su representació n gráfica remite a redes en las que no existe
centro alguno ni recorridos predeterminados e inviolables. Son redes que
se diseñan y rediseñan al calor de las luchas sociales de cada lugar y
cada momento, como un mapa borroso pero imborrable en el que siempre habrá
no uno sino muchos caminos por recorrer.

5.- Problemas: los acertijos a resolver



21.- América Latina no es una unidad homogénea e indivisible, aunque en
algún momento se haya pensado erróneamente que esa inexistente coherencia
podía ser proporcionada desde afuera y gracias a la presencia implacable y
absorbente de los Estados Unidos como centro dominante. No alcanza,
entonces, con apelar a orígenes y destinos comunes que supuestamente
habrían de hermanarnos en forma automática así como no es más que una
ilusión suponer que el ritmo y la intensidad de los movimientos de cambio
habrán de sincronizarse sin remedio en virtud de una legalidad histórica
para consumo de los creyentes en la ?ciencia?. Las diferencias de país a
país -e incluso de región a región en buena parte de ellos- no pueden ser
pasadas por alto y sólo cabe reconocerlas y respetarlas como tales. Cada
país latinoamericano reclama especificar sus propios horizontes, caminos,
sujetos, prácticas y problemas y no cabe sustituir los procesos propios de
reflexión y elaboración con metáforas ingeniosas que sólo producen
?unificaciones? arbitrarias y espejismos revolucionarios sin futuro. Para
apropiarse realmente de los problemas del cambio social en América Latina
no es suficiente y ni tan siquiera necesario el perezoso traslado de un
lugar a otro de esquemas que pudieron ser o parecer exitosos en
territorios delimitados y circunstancias intransferibles sino que cada
cruce particular en las coordenadas de espacio y tiempo exige ser asumido
como un momento de creación, en tanto parte de un recorrido singular que
seguramente habrá de presentar rasgos similares con otras peripecias pero
que siempre tendrá sus propias señas de identidad. Pensar y actuar
revolucionariamente no son meras instancias de replicación y emulación de
los ?buenos ejemplos? sino, por sobre todas las cosas, travesías marcadas
por el desafío, el riesgo y la necesidad de imaginar: las subversiones
profundas del mañana habrán de parecerse más al arte que a las cadenas de
montaje y a la producción en serie.

22.- Definir a punto de partida una orientación revolucionaria no
transforma mágicamente a la revolución en una posibilidad inminente: una
cosa son las intenciones y la voluntad y otra muy distinta las condiciones
en que las mismas operan. El aliento individual y colectivo de la
insurrección, la transgresión y la desobediencia es una vocación y una
forma ético-política de ubicarse en el mundo pero no supone la
transformació n del mismo a partir de su exclusivo despliegue. En
definitiva, que un conjunto de prácticas adquieran o no una proyección
revolucionaria en un momento dado es bastante más que una manifestación de
deseos y que el producto inexorable de una resolución grupuscular; por muy
firme e intensa que ésta sea. Adquirir o no una proyección revolucionaria
es un proceso y no un momento de revelación; es un camino sinuoso y
zigzagueante, plagado de ripios y emboscadas, en el que se avanza y se
retrocede; un camino que a veces podrá ser recorrido con botas de siete
leguas pero que en otras ocasiones no admitirá más pasos que el de las
tortugas y en ciertos casos no podrá ser algo demasiado distinto a un
hospital de campaña en el que restañar las heridas recibidas. Las
proyecciones revolucionarias que puedan adquirir los pueblos
latinoamericanos, por lo tanto, no son fatales ni inevitables sino
situaciones contingentes y condicionadas por múltiples factores que
estamos muy lejos de poder prever con la anticipación y la exactitud que
resultarían satisfactorias. La decisión de recorrer ese camino y de
responder a todos los obstáculos, dificultades y enigmas que puedan
plantearse es una de las muy pocas certezas que podremos concedernos a
nosotros mismos.

23.- En este marco de problemas, uno de los aspectos a tener especialmente
en cuenta es aquel que guarda relación con los desniveles entre los
propios movimientos sociales: entre sus entendimientos básicos, sus
proyectos y sus prácticas. Cada movimiento tiene su propia impronta
constitutiva y sus propias articulaciones en un diagrama general de poder
y, por ende, sus prácticas habrán de conectarse de muy diferentes modos
con una cierta estructura de dominación y con su correspondiente
jerarquizació n interna. No se trata de volver a plantear aquí y ahora la
existencia de una relación central determinante, permanente o
empecinadamente igual a sí misma y de cuya resolución dependerían
mecánicamente todas las demas; pero sí de asumir que los movimientos
sociales y sus prácticas presentan potencialidades revolucionarias que no
son exactamente iguales entre sí en cualquier circunstancia dada. Incluso,
esos momentos extraños pero sublimes, de sincronizació n casi absoluta y
en los que se produce una prodigiosa confluencia de tensiones y
movilizaciones sociales capaces de derribar un gobierno -Argentina en
diciembre del 2001 y Bolivia en octubre del 2003, por ejemplo- tampoco
aseguran por sí mismos que habremos de estar en presencia de una
virtualidad revolucionaria inevitable. Las revoluciones del futuro siguen
siendo un misterio que todavía no hemos descifrado: la historia reciente
sólo nos ha demostrado lo absurdo y falaz que es alimentar el mito de ?la
toma del poder?, pero todavía no nos ha proporcionado -y seguramente no
nos proporcionará - fórmula infalible alguna respecto a cómo abatir las
estructuras establecidas y, sobre todo, cómo sustituirlas realmente por
relaciones de convivencia libertarias y socialistas.

24.- Los revolucionarios anarquistas, por lo tanto, tenemos frente a
nosotros el inmenso reto de aprender a combinar distintos niveles de
acción; de algunos de los cuales, muy probablemente, ni siquiera nos
hayamos percatado todavía. También parece obvio que esos niveles de acción
habrán de asumir diferentes grados de profundidad y avance en lo que a
proyecciones revolucionarias se refiere y cada uno de ellos presentará
rasgos propios y exigencias de muy distinto porte. Para aquilatar la
multiplicidad de posibilidades, basta con pensar que los sujetos del
cambio social son movimientos con raíces diversas -identitarias,
territoriales, temáticas, etc.-; con ámbitos de actuación sumamente
restringidos o extraordinariamente amplios -local, regional, nacional,
continental, global-; con contenidos y metas no necesariamente idénticas
-que pueden ir desde solidaridades puntuales y episódicas hasta vastos
proyectos de ruptura-; etc., etc., etc. Una multiplicidad que se ensancha,
además, toda vez que sea necesario cubrir el análisis de la situación y
las orientaciones a seguir en ella con consideraciones que hacen a su
propia historicidad; presentando ésta, por su parte, algunos ritmos
diferenciales de navegación que diversifican más todavía las dificultades
originales. Un cuadro de tamaña complejidad no admite recetas fáciles ni
sus interrogantes pueden ser resueltos con meras apelaciones a la
tradición: una vez más, los problemas deben ser aprehendidos en tanto
tales y nos acucian a un esfuerzo renovado e intenso de invención.

25.- Quizás el resumen de los problemas que todavía deberemos localizar y
afrontar se sitúe en torno a nuestro ?atraso? teórico. El mundo que se
abre ante nuestra mirada mantiene algunos rasgos básicos comunes con
aquellas sociedades europeas de la segunda mitad del siglo XIX que vieron
florecer y desarrollarse los primeros brotes del pensamiento anarquista;
pero también es sustancialmente distinto en sus resortes, en su entramado,
en sus incitaciones, en su dinámica y en sus potencialidades. Siendo así,
descifrar las condiciones de posibilidad del cambio social, de sus
proyecciones revolucionarias y de sus más íntimas exigencias no puede ser
ya un ejercicio de repetición sino un trabajoso proceso de descubrimiento
que no es posible anticipar en su enorme riqueza de detalles. Conocer más
cabalmente las sociedades en las que vivimos, ser capaces de explicar sus
diagramas de poder y reconocer las eventuales pautas de su trastocamiento
constituyen un nudo problemático insoslayable. Se trata, por lo tanto, de
teorizar, pero no como una actividad aislada, elitista y de gabinete sino
en tanto elemento que apuntale el despliegue de nuestras prácticas y que
crezca con ellas; no como una función a término de la que habrá de
esperarse un producto acabado e infalible sino en tanto movimiento de
fecundación. La teoría que estamos necesitando es un rico lenguaje de
exploración y un denso diálogo con la realidad; y las prácticas
libertarias no habrán de ser en ese marco un objeto pasivo, subordinado y
regulable sino el recorrido mismo de su elaboración.


He aquí, entonces, 25 puntos sintéticamente presentados y a partir de los
cuales continuar pensando, elaborando y actuando; a través de los cuales
nada ha quedado definitivamente resuelto pero que, en una visión de
conjunto, permiten disponer en forma aproximada de los actuales elementos
definitorios básicos del anarquismo revolucionario y militante de forma
articulada y coherente. ¿Hace falta decir que esta empresa ha sido
acometida desde un cierto punto de vista no necesariamente ?universal? y
que no creemos que todos los compañeros anarquistas de la extensa América
Latina habrán de sentirse plenamente expresados por este resumen?
Seguramente habrá quienes sientan rechazos más o menos enérgicos por
alguna de nuestras afirmaciones o, contrariamente, inocultables malestares
por una o por muchas de las omisiones perpetradas; es de entera
probabilidad que otros no consideren debidamente destacados sus énfasis
mejor atesorados o sus principales sellos de distinción; y, casi con total
certeza, más allá o más acá de acuerdos y desacuerdos, habrá terceros y
cuartos que consideren la completa inutilidad del intento. Pero, al fin de
cuentas, no es otra cosa que eso: un intento; un conato ubicado bastante
más cerca de nuestras incertidumbres y exploraciones que de los
manifiestos que creen, temerariamente, que todo lo saben y todo lo pueden;
una suerte de mínimo común múltiplo que, aplicados los factores de ajuste
y elevado luego a la potencia que corresponda, densifique y enriquezca los
caminos de construcción de una amplia red de intercambios, de
solidaridades y de prácticas comunes que tan necesaria resulta en la
actual circunstancia del movimiento anarquista en América Latina. Y,
precisamente y por sobre todas las cosas, de eso se trata: contar con una
agenda de preocupaciones compartidas que sea algo más que un estéril
ejercicio intelectual y pueda verterse en una reflexión de claras
consecuencias organizativas y prácticas.

Es innecesario y reiterativo decir que todo esto no tiene más que el
inconfundible aroma de lo inconcluso y que por sí mismo no reúne las
condiciones para provocar esas consecuencias organizativas y prácticas de
que hablamos. Al mismo tiempo, sería absurdo pretender que con tan poca
cosa fuera suficiente para rearmar rápidamente una trama de
desplazamientos centrífugos y desencuentros y transformarla en un tejido
de complementariedades , coincidencias y trabajos compartidos desde un
entendimiento común. Contrariamente, nuestra percepción del asunto nos
dice, sin demasiado lugar para las dudas, que es completamente ilusorio
sintetizar súbitamente y sin demasiados traumas una constelación de
prácticas que se justifican en pensamientos con su propia articulación
interna y sus propios ejes de elaboración. Siendo optimistas, cabría decir
tal vez que las divergencias son sólo de énfasis, de matices o de
prioridades; pero, siendo realistas, habría que decir también que éstos
resultan ser lo suficientemente fuertes como para no haber alentado
todavía un proceso absolutamente confiable, seguro e irreversible de
aproximaciones libertarias estrechas e indisolubles. Lo que aquí se ha
desarrollado, por lo tanto, no tiene la vocación ingenua de transformarse
en un manifiesto anarquista latinoamericano de los tiempos modernos, al
que probablemente no le haya llegado todavía su oportunidad; pero sí
creemos habernos asomado, sin ánimo alguno de exhaustividad, a algunas de
las definiciones esenciales de un proyecto libertario de acción
revolucionaria.
Asimismo, esperamos haber avanzado al menos un palmo en pos de dos
objetivos cuya satisfacción nos parece fundamental. En primer lugar, dejar
firmemente asentada la necesidad de que nuestro movimiento -más allá de
nuestra actual situación de auge y de despertar- debe trabajar
intensamente todavía en torno a la clarificación y a la renovación de sus
formulaciones teóricas, ideológicas, políticas y organizativas; para dejar
definitivamente atrás su condición de flor exótica a la que se observa con
una mezcla de simpatía e incredulidad y adoptar sin demasiados escrúpulos
las señas de identidad comunes, los lazos de unión y las prácticas que lo
transformen en un agente reconocible, respetable y temible de
transformació n social a gran escala. Y, en segundo término, haber
entrevisto también la posibilidad de cumplir real y cabalmente con esa
empresa; para lo cual no es imprescindible resignar las autonomías
grupales y las identidades menudas tal como se encuentran actualmente
configuradas sino que bien puede alcanzar con no magnificar las
diferencias existentes, no erigirlas en fosos infranqueables y no
convertirlas en lenguas herméticas e intraducibles. Tomar conciencia de
esa necesidad y de la posibilidad de cubrirla son dos instancias tal vez
menores y de entrecasa pero, innegablemente, es muchísimo lo que está en
juego a ese nivel: en principio, según todas las evidencias disponibles al
día de la fecha y de acuerdo a nuestra propia experiencia histórica
acumulada, está en juego nada menos que nuestro futuro. Y no parece que
sea mucho el tiempo que todavía podemos perder.



Daniel Barret


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