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(ca) [anarkismo.net] HORIZONTES , CAMINOS, SUJETOS, PRÁCTICAS Y PROBLEMAS DEL CAMB IO SOCIAL REVOLUCIONARIO EN AMÉRICA LATINA (Daniel Barret) [primera parte]

Date Mon, 15 Jan 2007 21:09:15 +0100 (CET)


Primeros apuntes

Hacia principios de los años 90, los aburridos profetas del statu quo, del
inmovilismo y de un mañana sin novedades decretaron, en forma optimista y
desaprensiva, que había llegado el fin de la historia. Según ellos, no
había entonces más incógnitas que descifrar ni sorpresas por esperar y las
pautas básicas de organización del futuro se encontraban ya inscritas en
forma indeleble en las experiencias de las sociedades humanas, aunque
todavía no lo estuvieran en sus himnos y en sus banderas. Las utopías
debían rendirse a las evidencias y ya no quedaba nada más o menos
ambicioso que todavía fuera sensato discutir: el capitalismo sería la
configuración culminante y definitiva, entre las muchas históricamente
constatables o simplemente imaginables, de organizar la producción, la
retribución, el intercambio, el consumo, la distribución, la acumulación,
etc.; y, paralelamente, la democracia representativa, liberal y
parlamentaria se confirmaría como su insustituíble hermana siamesa en los
términos políticos correspondientes. Los mercados ?libres?
territorialmente ampliados sustituirían muchas de las prerrogativas
antiguamente asignadas a los Estados y los ?derechos humanos? de primera
generación habrían de constituirse en el desideratum superior irrebasable
de convivencia y de preservación de las garantías individuales. La
?globalización? económica, política y cultural -tan irrefutable como
deseada- se sugería, se insinuaba y comenzaba a mostrarse cual piedra de
toque y contraseña del último empuje civilizatorio que fuera posible
concebir. Los EE.UU., por supuesto, y también los países europeos más
?avanzados?, eran percibidos como la realización anticipada de ese futuro
universal -a la vez presentido y ya presente- y sólo restaba aguardar la
fuerza de su ejemplo y el recorrido entusiasta y convincente que las demás
sociedades habrían de emprender en idéntica dirección. El recetario
prescrito por el llamado Consenso de Washington, debidamente administrado
por los organismos multilaterales de crédito y comercio hegemonizados por
los EE.UU., recomendaba a las sociedades ?rezagadas? el ascenso de Sísifo,
el camino del ?ajuste estructural? perpetuo como estrategia infalible de
desarrollo mientras los países de vanguardia -orientados por los
principios de eficiencia, lucro y progreso- se ocuparían de una incesante
innovación tecnológica capaz de multiplicar hasta el infinito la
productividad, la disponibilidad de bienes, la excelencia de los servicios
e incluso la ?calidad de vida?. El Muro de Berlín -ese inefable tributo
arquitectónico a la estupidez autoritaria- se había desmoronado piedra
sobre piedra y, según los embaucadores y las pitonisas de turno, con él se
derrumbaban y se sepultaban irremisiblemente, ¡confusión de confusiones! ,
también todas las promesas de emancipación sembradas a lo largo de los
siglos por las distintas corrientes revolucionarias, libertarias y
socialistas con sus correspondientes antecedentes.

Pero los tiempos que sucedieron a tanto y tan intenso extravío del
pensamiento dieron un rotundo mentís a los augures de la nueva pax romana
que se nos prometía. Los años que siguieron a la estrepitosa caída de esa
soberbia ilusión que se acunó en el bloque soviético fueron cualquier cosa
menos la satisfecha consagración del nuevo y definitivo orden mundial que
se nos anunciaba. Y no se trata, obviamente, de hacer ahora una
enumeración exhaustiva de los muchos desmentidos empíricos recogidos por
la cansada fantasía liberal, pero bien vale la pena recordar algunos de
los contrapuntos más notorios y revivir, junto al inconciente y descuidado
alborozo que significó la inauguración del Tratado de Libre Comercio entre
Estados Unidos, Canadá y México, la irrupción zapatista en las
?celebraciones? del mismo desde las entrañas de la Selva Lacandona ; o las
grandes huelgas que en Francia y Corea opusieron cerrada resistencia a
reformas de signo ?neoliberal? en el campo de la seguridad social y de los
contratos laborales, respectivamente; o los levantamientos populares en
Indonesia y Ecuador que pusieron en jaque los equilibrios
político-institucion ales de ambos países; o, en fin, tantos otros
susurrantes o clamorosos embriones que en un lado o en otro se encargaban
de anunciar, soterradamente o a campo traviesa, la posibilidad de otro
futuro a través de innumerables movimientos de crítica, de impugnación y
de alzamiento.

Movimientos sociales aluvionales y vigorosos reclamaban aquí y allá la
posibilidad irrenunciable de escribir su propia historia al tiempo que los
cimientos financieros de ese mundo feliz y jubiloso comenzaba a mostrar
los primeros temblores de su frágil peripecia. La Arcadia reconquistada de
los ?libres? mercados capitalistas, la democracia ?representativa? y la
?globalización? -siempre sazonada con la apropiación indiscriminada y
comercial de la naturaleza- veía oscurecerse, a partir de su propia lógica
de desenvolvimiento, sus efímeros días de vino y rosas: la burbuja
financiera colapsaba primero en México, en 1994, con su correspondiente
?efecto tequila?; luego, dejaba un profuso tendal de damnificados en el
sudeste asiático durante 1997; casi enseguida, en 1998, marcaría con sus
huellas a Rusia y; por último, se instalaría con sus premuras y desquicios
en Brasil, Argentina y Uruguay, desde 1999 en adelante. Como confluencia y
culminación provisoria de la nueva secuencia de agitación social y de la
correspondiente a los problemas ?internos? del mito ?globalizador? , el
siglo XX termina no sin antes haber testimoniado el fracaso de los
intentos por avanzar hacia la conformación de un mercado mundial y, en el
mismo acto, haber sumergido también en la pila bautismal al llamado,
apropiada o impropiamente, movimiento ?anti-globalizació n?. En diciembre
de 1999, en Seattle y en ocasión de la reunión de la Organización Mundial
de Comercio, se replanteaba una vez más -ahora sin centro político alguno,
afortunadamente- la emergencia de una oposición ?global? al nuevo orden y
la confirmación apabullante de que la historia no tiene final: una
contestación radical y libertarizante comenzó a extenderse por doquier y a
ofrecer un renovado aliento a la utopía.

Movimiento de multitudes y multitudes en movimiento también en América
Latina y en tanto respuesta a las devastadoras consecuencias de casi tres
décadas que, por doquier, se engalanaron de ?ajustes estructurales? de
signo neoliberal; impuestos los mismos primero a horcajadas de las
dictaduras militares de los años 70 y sostenidos luego en forma
imperturbable por sucesivas restauraciones ?democráticas? hegemonizadas
por los nuevos elencos tecnocráticos de los partidos políticos cuando no
maceradas por una escandalosa corrupción. El tiempo de los Castelo Branco,
de los Banzer, de los Videla y de los Pinochet es hoy un recuerdo
pesadillesco cuya impronta no tuvo más significado que la de descuartizar
por medio de la fuerza bruta y el crimen los niveles de organización y
lucha alcanzados por los movimientos populares de base durante los años 60
y principios de los 70. Inmediatamente después, el tiempo de los Menem,
los Salinas de Gortari, los Collor de Mello, los Sánchez de Lozada y los
Fujimori, no hizo más que dejar tras de sí el sabor de la desolación.
Acentuación de la desigualdad social y de la pobreza, discriminació n y
marginación, precarización del trabajo, declinación de las funciones
instrumentales y simbólicas del Estado, desequilibrios en las finanzas
públicas, colosales endeudamientos, entrega de las riquezas, depredación
del medio ambiente, etc., fueron y son sólo algunos de los efectos más
notorios de una crisis de mayor hondura cuya comprensión final incita
ahora mismo a la reanimación y la recreación de proyectos de transformació
n social profunda.

Las complejas y diversas razones que mediatizaron a los movimientos
sociales -durante un período más o menos largo, pero que se sintió como
interminable- parecen haber sido superadas una a una y el ánimo de la
revuelta recorre una vez más estas tierras. Son las sociedades lúcida y
corajudamente movilizadas las que buscan nuevos derroteros para la
protesta, superan las barreras de la represión y del miedo, pasan por
encima de los bretes y promesas de una izquierda burocratizada e integrada
al sistema. Son las sociedades empeñosa y enérgicamente movilizadas las
que una vez más asumen las condiciones que les permiten obstaculizar y
frenar planes gubernamentales más regresivos todavía que los que ya
tuvieron que soportar. Son las sociedades movilizadas, entonces, las que,
finalmente y en el grado máximo de las tensiones alcanzadas hasta el
momento, se permiten la sublime irreverencia de derribar al gobierno
argentino en diciembre de 2001 y al gobierno boliviano en este octubre de
2003. Es en el seno de estas tierras latinoamericanas que renuevan sus
posibilidades y apetencias transformadoras; en el seno de estas sociedades
movilizadas y en ebullición; en el seno, entonces, de sus luchas concretas
e inmediatas y de sus sueños de largo alcance en el que es posible y
necesario replantearse una vez más los horizontes, los caminos, los
sujetos, las prácticas y los problemas de un cambio social revolucionario.

El movimiento anarquista no sólo sigue teniendo mucho para decir y hacer
al respecto sino que, además, emerge fortalecido y tonificado de sus
aparentes cenizas. Ello ocurre en un punto de cruce históricamente
ubicable y en el que, no exclusiva pero sí fundamentalmente, se combinan
la implosión del bloque soviético, el fracaso de las inflexiones
neoliberales en que terminó desembocando la reestructuració n capitalista
y el renovado empuje de los movimientos sociales de base como expresión de
resistencia y de cambio. Este nuevo flujo movilizativo a escala mundial es
conciente, al menos en algunos de sus segmentos más significativos, de
que, en su arsenal de opciones, ya no es posible el rescate sin más o la
réplica acrítica de las alternativas revolucionarias hegemónicas durante
los años 60 y 70 del siglo pasado, fuertemente emparentadas con las
inflexiones estatistas, centralizadoras y militaristas de ese ?socialismo?
realmente inexistente que acaba de fenecer. Pero, al mismo tiempo, es un
flujo movilizativo que, por lo menos en buena medida, se desarrolla
también a partir de algunas nociones básicas -acción directa, autonomía,
autogestión- que nos son históricamente familiares y que incluso
constituyen algunos de nuestros principales rasgos de identidad. Es un
flujo movilizativo que parece querer inaugurar una épica propia, más
definida todavía por sus rechazos y repulsiones que por los caminos
concretos que habrá de seguir; pero en el que, sin lugar a dudas, un
movimiento anarquista remozado como el actual encuentra naturalmente un
espacio de diálogos y de intercambios al que concurrir con su perturbadora
y radical visión del futuro: incorporando sus propios recursos
doctrinarios, su propia experiencia histórica y una trayectoria a la que
podrán imputársele numerosos fracasos pero nunca una apetencia de poder
que lejos estuvo de aflorar alguna vez.

Sin embargo, esta época turbulenta y fermental, estos movimientos pujantes
y arremetedores, nos encuentran en una situación en la que el pensamiento
y las prácticas anarquistas ya no pueden cifrarse ni alentar expectativas
solamente en una repetición monótona de su pasado sino, antes bien, en un
intenso proceso de reactualizació n y clarificación; el que, a su vez,
reclama no esfuerzos aislados sino una asunción colectiva amplia, no la
pereza de quedar librado a mágicas casualidades que todo lo resuelven en
un místico acto de inspiración y de genio sino la laboriosa osadía de
concebirse expresamente como tal. Ese proceso de reinvención libertaria ha
ofrecido ya múltiples y significativos empujes y ha permitido abrir
espacios de experimentaciones y de búsquedas que no carecen de logros
ciertos; pero que, incluso así, dista mucho de ofrecer todavía un producto
coherente y capaz de ocupar el lugar vacante que alguna vez ostentaron el
anarcosindicalismo y el ?especificismo? como modelos sólidos y seguros de
organización y acción. En otras palabras: ese proceso de renovación
imprescindible -intuitivamente asumido como tal desde hace ya décadas-
presenta altibajos notorios, no ha sido concientemente asumido por todo el
movimiento con la misma intensidad y, por consiguiente, no ha consumado
todavía un cuerpo de ideas que pueda funcionar como paradigma
revolucionario, como referente en el que encontrar un conjunto de
respuestas básicas articuladas y también una matriz desde la que procesar
los problemas sobrevinientes y las elaboraciones por venir.

En el contexto de su renovación, nuestro movimiento ha dado lugar a una
multitud de expresiones que a veces se nos aparece como inacabable y que
exacerba hasta el infinito diferencias y matices a los que les cuesta
encontrar las articulaciones y los nexos que serían de desear. El nuestro
es, por lo tanto, también un tiempo en el que las crisis de orientación
más generales y la fragmentación de la vida cotidiana se reflejan a su
modo en la propia arquitectura interna del movimiento libertario; en sus
expresiones múltiples y en la proliferación de prioridades muchas veces
irreductibles entre sí. Esa diversidad y esa dispersión no tienen porqué
ser vistas como una calamidad a dejar atrás cuanto antes, sino que bien
pueden ser asumidas en tanto un recurso más de fecundidad toda vez que se
sepa qué hacer con ellas y cómo servirse de sus potencialidades. Sin
embargo, los riesgos se vuelven mayores cuando las mismas reproducen en
términos organizativos y prácticos una cierta e inocultable confusión,
cuando delatan un desarrollo apenas incipiente de intercambios
teórico-doctrinarios que no acaban de encontrar sus cauces más provechosos
y cuando ponen de manifiesto una cierta preferencia por la disipación
entrópica de energía antes que por la reunión de nuestras fuerzas. Es
cierto que con diferencias reales de un país a otro y con desniveles
reconocibles en cuanto al desarrollo de ese proceso de renovación; pero,
así y todo, creemos no estar demasiado lejos de la realidad si afirmamos
que ése es el panorama general sobre el cual debemos modelar el movimiento
anarquista del futuro inmediato.

Esto parece ser particularmente tangible en América Latina donde, con
evidentes pero muy escasas excepciones, nos encontramos con un movimiento
abrumadoramente joven; y que, precisamente por eso, todavía está tentando
delinear sus perfiles básicos, su ubicación concreta en las luchas
circundantes de las que forma parte y las orientaciones o prioridades que
habrán de distinguirlo. La experiencia ya acumulada no es en absoluto
despreciable y lo es menos todavía si incluímos en ella la larga y rica
trayectoria del anarquismo histórico a la que siempre es posible y
necesario apelar; pero no parece ser suficiente todavía frente a un mundo
que se ha vuelto repentinamente más complejo y quizás más desconocido,
delante de un paisaje cargado de incertidumbres y misterios en el que se
esfuman y extravían los viejos itinerarios prefijados. Todo ello vuelve
apremiante un repaso ordenado y conjunto de nuestro actual patrimonio
doctrinario básico, de nuestras posibilidades y de nuestros problemas; un
repaso en el cual reconocernos y que, lejos de constituir un catecismo
inapelable, sea percibido como una agenda, como un orden del día
provisorio y discutible a partir del cual entablar una trama colectiva de
diálogos y de enriquecimientos. Ésa y no otra es la tarea impostergable a
la que, con estos apuntes, se pretende contribuir.

Pero hay aún otro aspecto que no es de provecho descuidar. Este repaso,
esta imprescindible puesta a punto de nuestro actual patrimonio
doctrinario básico no sólo es una agenda de discusión interna al
movimiento sino que también puede y debe transformarse en una seña de
identidad y en una carta de presentación de nuestra especificidad
ideológico-polí tica en la ebullición social del continente. Y, lo que es
tanto o más importante todavía: dadas algunas de las características de
los movimientos sociales de nuevo tipo que nos son claramente familiares;
dada también la ausencia de un paradigma revolucionario claramente
hegemónico detrás del cual hacer confluir esperanzas y ?disciplinas?
militantes, como lo fuera en los años 60 y 70 del siglo pasado; dado
además este manifiesto clima de experimentaciones y de búsquedas que
parece sernos aproximada y tendencialmente favorable; dados, por
añadidura, estos vacíos ostensibles de caminos seguros y probadamente
eficaces; en virtud de todo esto, entonces, ese mero repaso puede
constituirse también en una referencia que vaya más allá e incluso
bastante más allá de nuestras propias ?fronteras? específicas como
anarquistas de tomo y lomo. Y esto no es un invento ni una quimera sino
una simple constatación: hoy mismo es posible encontrar, en distintos
lugares de América Latina, espacios de recreación de prácticas sindicales
no burocráticas, asamblearias y de base; instancias de organización
territorial que se conducen según principios de apropiación
?municipalista? de su vida cotidiana; grupos estudiantiles que pregonan
afanosamente una concepción distinta de la educación; núcleos ecologistas,
feministas o anti-militaristas que también se orientan conciente o
implícitamente desde formulaciones libertarizantes o proto-anarquistas.
Nutrirse de estas experiencias, asignarles un sentido común y vincularlas
en una formulación ideológica compartida es también uno de los objetivos
posibles para el punteo que inmediatamente se hará y para la discusión que
a través suyo se pretende detonar. Ha llegado el momento, entonces, de
abordar -en su declarada condición de apuntes iniciales- esos horizontes,
esos caminos, esos sujetos, esas prácticas y esos problemas del cambio
social revolucionario en América Latina.

1.- Horizontes: la inconfundible silueta de la utopía



1.- La tensión utópica de nuestros días es a la vez otra y la misma con
respecto al largo aliento que la precede, que constituye su memoria y que
le brinda raíces históricas profundas e imperecederas; es diferente en
algunos de sus presupuestos valorativos, en buena parte de sus
formulaciones teóricas y en muchas de sus manifestaciones, pero mantiene
buena parte de sus viejas y enaltecidas señas de identidad. Un proyecto
revolucionario rabiosamente actual no puede ser exactamente igual a sus
entrañables ascendientes del pasado pero tampoco puede dejar de recurrir a
tensiones básicas que se expresan todavía aproximadamente del mismo modo.
El horizonte del cambio revolucionario, por lo tanto, sigue siendo la
edificación de una sociedad en la cual cada uno de sus miembros pueda
organizar o desorganizar su vida en la atmósfera irreemplazable de la
mayor libertad históricamente posible. El horizonte del cambio
revolucionario, entonces, sigue siendo la edificación de una sociedad
pensada y orientada contra toda forma de dominación institucionalizada o
en vías de institucionalizarse: la de quienes tienen el poder de decidir
sobre aquellos que quedan reducidos a la condición de brazo ejecutor, la
de los capitalistas sobre los asalariados, la de los hipotéticos
sabihondos sobre aquellos que supuestamente no han sido bendecidos por
ningún saber, la de los ?sacerdotes? sobre los ?fieles?, la de los viejos
sobre los jóvenes, la de los hombres sobre las mujeres, la de las culturas
supuestamente ?superiores? sobre las hipotéticamente ?inferiores? y así
hasta el infinito e incluso de lo que pueda haber más allá de él. Libertad
como autonomía, como la capacidad irrenunciable de individuos y colectivos
-en sus respectivas esferas- de fijar sus propias reglas de convivencia y
devenir, sus necesidades, sus deseos y sus proyectos; como una permanente
guerra de conquista, de creación de sí mismos, de elucidación y afirmación
de su voluntad, su dignidad y su responsabilidad frente a los demás.

2.- Esa libertad de que hablamos sólo puede definirse y realizarse en
términos sociales e históricos concretos, no flota en el vacío y no puede
menos que formar parte de un diseño complejo e integrado entre seres
iguales y recíprocamente solidarios. Se trata de una igualdad que nada
tiene que ver con la uniformizació n militar del rebaño ni con la aburrida
clonación de un modelo insoportable en sus hipotéticas promesas de
perfección sino de aquélla que se sustancia como la posibilidad
socialmente reconocida de tomar parte activa en las decisiones de interés
colectivo en los ámbitos que correspondan y de disfrutar de las riquezas
generadas por el trabajo social; y de hacerlo, en un caso y en el otro, a
la par de cualquiera y sin privilegios de clase alguna. Se trata, también,
de una solidaridad concebida no como el gesto de caridad compasiva con el
desamparado sino de aquélla que se forma a partir del reconocimiento del
otro, de la aceptación y el respeto de sus eventuales diversidades, y que
desemboca en las responsabilidades compartidas en la entrañable faena de
construir un mundo nuevo. Igualdad y solidaridad de lo diverso, entonces,
como elemento de la mayor importancia en tierras donde habrá que conjuntar
y armonizar las tramas culturales de las poblaciones originarias -aymaras,
quechuas, tobas, guaraníes, mapuches, cunas o caribes entre muchas otras-
con las procedentes de las migraciones europeas y las de los descendientes
de los viejos esclavos negros. Igualdad y solidaridad de lo diverso que
nos permite reconocer ya mismo buena parte de nuestras raíces en el ayllu
andino, en los quilombos negros y en las ideas y propuestas de
organización sindical que llegaron desde el otro lado del océano
Atlántico.

3.- Todo esto ha merecido tradicionalmente y seguirá mereciendo el nombre
de socialismo libertario, a modo de pálido e insuficiente resumen léxico
de esa radical, compleja y permanente apropiación del acontecer social por
la sociedad misma, constituída entonces en dueña de sus destinos y
quehaceres sin los insoportables privilegios y tutelas del Estado, de los
propietarios de las riquezas, de las imposiciones externas a sí misma, de
las grandes congregaciones religiosas, de los detentadores militares y/o
policiales de la fuerza, de los poseedores del saber, etc., etc. El vasto
movimiento histórico de construcción de una sociedad pensada sobre estas
pautas, entonces, no puede merecer otro nombre que el de socialización:
socialización de todas las instancias de decisión, expresión y
comunicación; socialización de los medios de producción y de las riquezas
acumuladas; socialización del saber, etc.; y, sobre todo, socialización de
la capacidad indeclinable que toda sociedad posee de crearse y recrearse a
sí misma. Movimiento de construcción éste que necesariamente se acompaña
primero de una tensión destructora y luego de un permanente estado de
alerta: destrucción de los resortes de poder, del andamiaje
jurídico-político y de los mecanismos de represión y coacción que vuelven
posible e institucionalizan las sociedades de la dominación, la
desigualdad y el privilegio; y alerta permanente respecto a los procesos
que incuben o insinúen su eventual e indeseable restauración por vías
directas o indirectas.

4.- Si estos son los movimientos fundamentales, sólo cabe decir que la
autogestión, el federalismo y la democracia directa constituyen su
?arquitectura? básica o su expresión orgánica esencial. La autogestión es,
indudablemente, la célula organizativa insustituíble de una sociedad
socialista y libertaria, por cuanto verifica y define ese hecho raigal por
el cual cada colectivo -sea cual sea su área de actuación- asume la
posibilidad y la capacidad de administrar, sin delegación ni enajenación
alguna, sus propios asuntos. El federalismo, mientras tanto, es el tipo de
vínculo -horizontal y descentralizado- entre las unidades asociativas
efectivamente idóneo para preservar el protagonismo de las mismas y evitar
el surgimiento y la imposición de instancias decisorias superiores y
centralizadoras que finalmente acaben ?olvidando? -en aras de una mítica
?voluntad general?- a las multitudes que dicen ?representar?. Por último,
la democracia directa -o, si se prefiere, la anarquía- es el efecto de
conjunto por el cual los asuntos políticos en los que se dirime la vida de
una comunidad, sean cuales sean sus dimensiones, son asumidos sin
mediaciones de especie alguna por todos sus miembros. Es precisamente la
correcta articulación entre estos dispositivos organizativos la que puede
dar cabida realmente a esas relaciones de convivencia animadas desde la
libertad entre individuos y grupos iguales y recíprocamente solidarios así
como albergar las dimensiones internacionalistas del cambio social, sin
menoscabo alguno de las prodigiosas diversidades regionales y culturales
que distinguen a los pueblos latinoamericanos.

5.- En las últimas décadas, también, el pensamiento revolucionario ha
cobrado conciencia de los problemas ecológicos y los ha incorporado al
núcleo mismo de su reflexión. Hay ya no es posible sostener aquel planteo
ramplón e ingenuamente productivista que hacía depender las posibilidades
de realización socialista de una incesante acumulación de bienes y de un
irracional desarrollo de la industria pesada. En nuestra época, las claves
de la construcción socialista ya no reposan en aquella inocencia
cuantitativista que todo lo basaba en el crecimiento de las ?fuerzas
productivas? sino que se ha vuelto absolutamente preciso sostener que las
llaves del misterio radican en la distribución de las riquezas y en la
satisfacción de las necesidades humanas a través de su adecuada
compaginación con los recursos naturales disponibles. El desarrollo de las
sociedades humanas y el incremento de su bienestar material es hoy
insostenible si no se plantea como un diálogo respetuoso con los recursos
naturales -la biósfera toda, en definitiva- y con sus correspondientes
ciclos o irreversibilidades. El paradigma productivista, precisamente, no
es más que la consecuencia lógica y la herencia maldita de una concepción
que ve en el trabajo ajeno una fuente de ganancia, de rendimiento, de
lucro y de acumulación. Una sociedad libertaria y socialista, por el
contrario, no puede concebir la producción como un acto ciego e irracional
que se justifica por sí mismo, sino que ha de estar apoyada en el trabajo
en tanto una posibilidad humana más de creación aplicada a la satisfacción
de las necesidades reales que sólo puedan ser atendidas y resueltas a
través del mismo.

2.- Caminos: la larga marcha de la libertad



6.- La rica y variada experiencia histórica recogida nos dice que no todas
las revoluciones consiguen modificar realmente las relaciones de poder de
una configuración social dada y que ninguna de las que efectivamente lo ha
hecho puede plantear demasiadas cosas más que enseñanzas negativas en lo
que tiene que ver con la construcción de una sociedad auténticamente
libertaria, igualitaria y solidaria. El inconveniente mayor con el que se
han enfrentado hasta ahora las revoluciones triunfantes es el de suponer
que la construcción de una sociedad tal está más o menos garantizada o al
menos abierta por una operación a la que, descuidadamente, se le atribuyen
facultades mágicas: la toma del poder. En líneas generales, en esos casos,
el equívoco ha consistido en suponer que una vanguardia ilustrada puede
resolver por sí misma los problemas ubicados en el mal llamado y mal
reconocido ?reino de la necesidad?, postergando, en sucesivas
?transiciones? , la atención de aquellos que serían propios del ?reino de
la libertad?. Sin embargo, quienes nos reconocemos como libertarios hemos
intuído desde siempre, y lo sabemos ahora con entera certeza, que la
libertad no sólo es la meta sino también el camino. Hoy sabemos que un
marco social libertario jamás habrá de llegar si se parte de premisas que
justifican el ejercicio ?transitorio? del poder de unos individuos o de
unos grupos sobre otros. Por ende, no hay ni puede haber transiciones
reales que no prefiguren el horizonte hacia el cual se dirige el
movimiento social revolucionario y que no se organicen a sí mismas como la
indudable matriz del futuro: una matriz que, para serlo, ha de
sustanciarse en tanto libertaria desde un primer momento.

7.- Ninguna ?ley? histórica establece fatalmente el advenimiento de una
sociedad libertaria y socialista y ninguna operación sostenida de
ingeniería social desde las alturas puede garantizarlo. Una sociedad
libertaria y socialista sólo puede edificarse a partir de una cierta y
ampliamente extendida conciencia colectiva y de la definición irrestricta
de su autonomía como comunidad constituída. Si en algún momento se creyó
que había ?condiciones objetivas? para la revolución y el socialismo hoy
se hace necesario sustituír esa vieja convicción por otra bien distinta:
la revolución y el socialismo sólo son posibles en tanto madure una
subjetividad comunitaria autónoma capaz de expresar la decisión de una
sociedad de recrearse a sí misma. Es obvio que esa conciencia, esa
subjetividad colectiva, encuentra condiciones más favorables en unos casos
que en otros, pero lo cierto es que sólo puede madurar como el producto de
una larga y plural experiencia de antagonismos y de luchas. La asunción
autonómica de sí mismos por parte de los pueblos es la única embriogénesis
de una historia libertaria y socialista; y, por cierto, también la
exclusiva posibilidad de realizar exitosamente los trabajos del parto. Las
decisiones de una minoría, por muy inquebrantables y abnegadas que puedan
resultar, no sustituyen la asunción autonómica, la conciencia colectiva y
la subjetividad comunitaria sino que muchas veces sólo consiguen
suplantarlas, postergarlas y encubrir las condiciones históricas reales de
su emergencia y su despliegue; es decir, la única garantía concebible de
una extendida voluntad de construcción socialista.

8.- América Latina ha conocido al menos tres vías interpretadas en un
momento o en otro -por sus protagonistas, sus aliados o sus comentaristas,
según los casos- como avances hacia el socialismo: el vanguardismo de
corte guerrillero triunfante y devenido en gobierno como en Cuba y
Nicaragua; el populismo civil o militar al estilo de la Argentina del
?joven? Perón, la Bolivia del primer Paz Estenssoro, el Perú de Velasco
Alvarado o la actual Venezuela de Chávez; y, por último, el reformismo
socialdemócrata del tipo practicado en el Chile de Allende o en el Brasil
que hoy gobierna Lula da Silva. Si bien la perdurabilidad de cada una de
esas experiencias ha sido extraordinariamente variable y los formatos
políticos respectivos no sean estrictamente asimilables ni mucho menos, lo
cierto es que todas ellas asumieron como intrínsecamente propio, y lo
teorizaron de diferentes modos -expresamente en algunos casos y
elusivamente en otros-, el papel protagónico, redentor y a veces
excluyente del Estado. Incluso Cuba, ejemplo mayor de supervivencia y de
centralizació n política, nos plantea hoy una cruel paradoja y una triste
ironía de la historia al tiempo que parece constituirse en una suerte de
vía castrista al capitalismo con rasgos propios y muy caribeños de Estado
benefactor. La conclusión que se impone es que -así como la libertad no es
prorrogable ni subalterna, así como la conciencia de los pueblos y su
autonomía no es sustituíble por ?leyes? históricas de tipo alguno ni
tampoco por el más completo y prolijo diseño de ingeniería social- la
sociedad y no el Estado ha de ser el eje real y excluyente de la
construcción socialista.

9.- De tal modo, las recurridas propuestas de caminos jalonados por una
multiplicidad de etapas intermedias sólo conducen a la resolución parcial
de los problemas inmediatos pero nunca a soluciones reales y perdurables
de los dilemas más hondos. Anti-globalizació n, anti-fascismo,
anti-colonialismo, anti-imperialismo, anti-neoliberalismo y algunas otras
sugerencias por el estilo pueden ser y efectivamente son orientaciones
circunstancialmente válidas, pero siempre y cuando no sofoquen las
oposiciones de base -anti-capitalismo, anti-estatismo, anti-autoritarismo-
y no inhiban ni releguen ni posterguen indefinidamente el horizonte
libertario y socialista y la formación de la conciencia, las decisiones y
las organizaciones correspondientes. Cuando se creía que la historia era
aproximadamente lineal y conducía a un destino inexorable, la política de
acumulación de fuerzas en torno al mal llamado ?enemigo principal? pudo
parecer un camino de avance por sí mismo. Sin embargo, la experiencia
recogida a lo largo de más de un siglo de luchas, nos permite concluir sin
demasiadas vacilaciones que las ?transiciones? y las ?etapas intermedias?
tienden a eternizarse y a generar en su seno estructuras de poder tan
sólidas como las antiguas y no se conoce todavía ningún régimen concebido
de esa manera que no haya constituído su propio escenario de privilegios y
de injusticias ni dejado de legitimar e institucionalizar un nuevo cuadro
de dominación.

10.- Los caminos principales del cambio social revolucionario, entonces y
sin perjuicio de las diversas prácticas que los abonan, se recorren en la
lucha contra las distintas estructuras de dominación establecidas, con un
horizonte expreso de recreación social y precaviéndose de no alentar
nuevamente la lógica del poder. Las estructuras de dominación -pasadas,
presentes o futuras y cualesquiera sean sus especificidades y el diseño en
el que se concretan- se repelen punto por punto con el horizonte
libertario y socialista, y ninguna ilusión puede llevar a la absurda
creencia de que existe un sendero de negociación, de diálogo y de
entendimiento entre opciones que se contradicen tan drásticamente. Los
caminos de avance hacia el socialismo libertario, por lo tanto, no son ni
tienen ninguna posibilidad de ser caminos apacibles y confortables y sólo
habrán de transitarse si se anima en ellos el soplo revulsivo de la
insurrección, la ruptura y la transgresión; y no como episodios
demiúrgicos, únicos y definitivos, sino en tanto dinámicas de
transformació n real. Los caminos de avance sólo podrán recorrerse
mediante un torbellino de creación de lo nuevo y destrucción de lo viejo y
eso ya no pueden hacerlo enigmáticos mecanismos de la historia ni minorías
supuestamente esclarecidas ni mediatizaciones interminables sino el
movimiento de unas sociedades autónomas y decididas, concientes de sus
necesidades y de sus deseos, organizadas expresamente para volverlos
posibles y realizarse plenamente en ellos.

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