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(ca) [en torno a la anarquía] Izquierdas y derechas: una categorización de los representantes.

Date Mon, 1 Jan 2007 13:11:58 +0100 (CET)


La Asamblea Constituyente francesa del año 1789 fue integrada por unos
1300 diputados que se distribuyeron en la sala agrupados según su
identidad política. A la derecha del presidente de la asamblea, se
ubicaron quienes intentaban restituir la monarquía. A la izquierda estaban
quienes pretendían dar cauce a las proclamas revolucionarias de la época.

De ahí que se haya trasladado al análisis político esta historia de
izquierdas y derechas según la cual los sectores de izquierda promueven
alguna clase de revolución política capaz de colocar un nuevo sujeto
político que represente a los sectores más postergados de la sociedad
mientras que los sectores de derecha intentan preservar las condiciones
anteriores al impulso revolucionario en representación de los intereses
hegemónicos vigentes. En el centro se ubica a aquellos que, con cierta
simpatía por unos o por otros, buscan una suerte de conciliación garante
del status quo.

Tradicionalmente este criterio categorizador fue aceptado e incluso
reivindicado por aquellos que intentaron formar parte de la política.
Incluso en el seno del anarquismo, aunque justamente este seno siempre
estuvo formado más de excepciones que de reglas. Incluso algunos, como
Osvaldo Bayer, llegaron al extremo de categorizar a la izquierda y la
derecha del anarquismo, lo cual, desde mi punto de vista, es aberrante.
Esta misma clase de aberración fue medianamente extensa en la medida en
que también se asoció la izquierda política con alguna clase de extremismo
radical cuando en realidad esa clase de extremismos de por sí no hubieren
atestigüado ninguna voluntad particularmente revolucionaria.

Pero el punto clave en todo esto es que esta división hace referencia a
una distribución física de los representantes en la Asamblea, lo cual
queda por fuera de las categorías políticas actuales en la medida en que
éstas incluyan las búsquedas políticas autónomas de intención
emancipatoria o libertaria, e, incluso, desde el punto de vista
anarquista, estuvo siempre fuera de la concepción global del movimiento en
lo relativo a la posición que, respecto a lo político, se asumió
históricamente.

Una pregunta ya tradicional es cuál sería la izquierda de un gobierno de
izquierdas. Una segunda pregunta, también tradicional, es si puede un
gobierno ser de izquierdas. En todo caso, la pregunta que me interesa
reformular es si la división de izquierdas y derechas tiene sentido para
la política actual.

El posmodernismo probablemente tomaría parte por la evidente respuesta a
esta pregunta retórica. Diría o dice que eso ya pasó, que ahora la
política no existe y que solamente se trata de que alguien administre y
los individuos se desentiendan de ese sinstentido y se apronten a vivir la
vida con alguna clase de existencialismo abstracto. Ante la deconstrucción
de los discursos políticos, esta corriente sería la primera en dar por
muerta esa categorización. Esto hace pensar a más de uno que negar la
vigencia o al menos la consistencia de un análisis basado en izquierdas y
derechas implica alguna clase de adhesión al posmodernismo neo-liberal y a
la huida de las discusiones y los compromisos. Esto cierra puertas a una
segunda defunción, declarada por quienes consideramos que aquella división
es propia de las políticas representativas y que esas políticas no pueden
actualmente viabilizar ninguna clase de emancipación ni abrir el paso a
ninguna libertad.

Hoy hay un auge del pensamiento de izquierdas en América latina. Hablo de
los gobiernos progresistas y sus secuaces, pero hablo también de las
oposiciones de izquierdas. Así es como se establecen maniqueísmos fáciles
que sólo promueven la conversión del impulso libertario en un
conservadurismo fatal. La reivindicación de las izquierdas intenta
resucitar los muertos de las luchas sociales y políticas de la segunda
mitad del siglo veinte en proclamas ligadas a aquellas luchas sin advertir
los desastres que han generado (esas luchas) y la disfunción estructural
de que adolecen como alternativa ante la reconstitución de las condiciones
políticas luego de aquellas experiencias.

Sabiendo que la propaganda debe adecuarse a los tiempos que corren, los
partidos de izquierda (con o sin funciones de gobierno) recurren a ciertos
tópicos que salen fácilmente a la superficie, como, por ejemplo, la
ruptura de los mecanismos de representación. Nadie reivindica las
representaciones políticas ni los liderazgos, pero casi todos aplauden
figuras como Chávez o Morales. Nadie admite a las claras la búsqueda de la
toma del Poder (o el ejercicio del mismo), pero todos hablan del Poder
Popular, o de Todo el Poder al Pueblo y demás consignas ?revolucionarias?.

Una ruptura capaz de establecer una invención política es una ruptura
cultural. No es posible pensar una política de emancipación si no se rompe
con la lógica del Poder. Y esta lógica, la del Poder, forma parte del
pensamiento en términos mucho más amplios que lo que hace al pensamiento
estrictamente político. Incluso forma parte de una constitución mental que
va más allá del mismo pensamiento.

Hablar de no tomar el poder no es lo mismo que hablar de no recurrir al
Estado. Una proposición consistente de la no toma del Poder implica no
recurrir al Estado, pero no basta con salirse de la demanda estatista de
las tradiciones revolucionarias marxistas para hablar de no tomar el
Poder. Esta sutileza es desconsiderada por muchos, y, particularmente, por
aquellos que intentan capitalizar los discursos libertarios nacidos de las
crisis políticas del cambio de siglo para fortalecer las estructuras de
dominio tradicionales. Así fue como se desmantelaron las asambleas
barriales de Buenos Aires nacidas en 2002. El que se vayan todos se
transformó rápidamente en que nos quedemos nosotros, y fue tal la rapidez
que pareció anticiparse la transformación a lo transformado. Y es que, en
la gran mayoría de las personas movilizadas por aquella instancia no
tenían en sí ninguna voluntad, ni ninguna claridad, respecto a la puesta
en práctica de lo que se estaba enunciando. Éramos muy pocos los que
insistíamos en la necesidad real y profunda de romper con las lógicas de
la representación y con las lógicas del poder, y esto mismo hacía inviable
desde el comienzo cualquier intento sólido al respecto.

El semillero de aquella experiencia regó el llamado campo popular. La
cosecha es todavía misteriosa. El impacto que produjo aquella ruptura es
verificable en los discursos que se sostienen, pero estos discursos son
rápidamente neutralizados por su incoherencia y por las prácticas
políticas que se observan y que se reivindican.

Los discursos tendientes a establecer como mesa de disección la
categorización política izquierda-derecha, intentan mostrar alguna clase
de recuperación de la política pre-neo-liberal, cuando en realidad lo que
buscan (o al menos lo que generan) es asimilar dentro de la estructura
cimbrada los factores de ruptura y las huellas mismas del acontecimiento
que irrumpió cimbrando. Así, como en la ingeniería de materiales, las
estructuras cimbradas salen fortalecidas con el criterio popular de que
mierda que no mata engorda.

Gobiernos que se propagandean de izquierdas como Chávez, Morales, Kirchner
y Vázquez, por nombrar los más emblemáticos, reciben apoyo de parte de
todos los sectores que creen en la izquierda política como la expresión de
los movimientos revolucionarios. Esto coincide, particularmente, con las
oposiciones que establecen los sectores que se asocian (ellos mismos) con
la derecha o con el centro. Todos confluyen porque todos operan sobre los
mismos postulados reaccionarios que niegan las fisuras de la estructura
cultural que les da sustento y razón de ser. Interactúan en las mismas
lógicas, imponen sentidos y contrasentidos como argumentos de alguna
dialéctica tácita que justifica en definitiva cualquier hegemonía. Eso fue
clarísimo en la Asamblea Legislativa que nombró a Duhalde. No importaba
nada más que la restauración y, luego, ver quién se quedaba con el mango
político de la historia.

Estos discursos sirven para convocar a todos los sectores. Ejemplo también
emblemático fue el mensaje de Kirchner transmitido en cadena nacional el
29 de diciembre, con motivo de la desaparición de Luis Gerez. Esa
totalización de sectores en referencia a la sociedad argentina incluye
claramente a los sujetos políticos entendidos como aquellos que acepten
como territorio de la política las lógicas del Poder y de la
representación, particularmente en defensa del ?Estado de Derecho?, y
excluye a todos aquellos que, sin voluntad de representar ni ser
representados, estamos por fuera de las dinámicas tradicionales y no
aceptamos coerciones de unos ni de otros. Oponerse a la derecha no implica
ser de izquierda. Oponerse a la izquierda no implica ser de derecha.
Oponerse a derechas e izquierdas implica estar por fuera de una tradición
representativa, aunque tampoco tenga que aceptarse la evasión
posmodernista. Existe la posibilidad, y la necesidad, de emanciparse de
tales rudimentos taxonómicos de las voluntades públicas para empezar a
promover la ruptura necesaria de las hegemonías políticas.

El desafío está en destruir los encarcelamientos identitarios que abstraen
estas posiciones de la población. No hay posibilidad de cuestionar de
forma efectiva las lógicas de la representación y del Poder si se
preservan los roles tradicionales de las vanguardias o del foquismo. O
inventamos una política verdaderamente autónoma, emancipativa y anárquica
(no anarquista) o quedaremos sometidos a las voluntades generales que
decidan por nosotros los categorizadores de la sociedad, es decir, los
representantes constituidos como sujeto político en postergación de los
presunta y hegemónicamente representados.

http://hernun.com.ar/blogs/enta/

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