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(ca) Oriente Medio: guerra de clases (en)

Date Thu, 19 Oct 2006 20:35:37 +0200 (CEST)



La ciudad-Estado del Golfo, Dubai, es, según las estimaciones más
recientes, la ciudad de crecimiento más rápido del planeta y el lugar más
edificado después de Shanghai. El jeque multimillonario Mohammed bin
Rachid al-Maktum desea hacer de Dubai una isla de ensueño que satisfaga
todos los gustos, una especie de Las Vegas a lo bestia, con sus hoteles
submarinos, sus cadenas de parques temáticos y el Burj Dubai, el futuro
edificio más alto del mundo.

Oriente Medio nada en la abundancia por el momento: desde el 11 de
septiembre, los inversores medio-orientales han abandonado Occidente y
enviado sus dólares a casa. Los saudíes ya han repatriado un tercio del
trillón de dólares que tenían invertido en el extranjero, de los que siete
mil millones han sido reinvertidos en Dubai, y los beneficios petrolíferos
de los Emiratos Árabes se han distribuido por la región.

Dubai es, desde cierto punto de vista, un espejismo medio-oriental cuyo
objeto es convertirse en una especie de Islas Caimán árabes. Tienen muchos
puntos en común con sus vecinos, especialmente su actitud ante los
derechos de los trabajadores y la super explotación de la mano de obra
inmigrante. Los sindicatos y las huelgas son ilegales, mientras que la
mayoría de los trabajadores proceden del sudeste asiático.

En 2003, la ONG Human Rights Watch acusó a los Emiratos de "construir su
prosperidad sobre el trabajo forzado". Los trabajadores asiáticos ven
confiscado su pasaporte y su visado por agentes encargados de ello, y se
les hacina en habitaciones insalubres de campos de trabajo en los límites
de las ciudades. Este esquema de explotación se reproduce por toda la
región.

No es sólo el boom económico en Arabia saudí lo que atrae a los inversores
extranjeros; también el hecho de que huelgas y sindicatos estén prohibidos
aumenta esa atracción. Los trabajadores inmigrantes constituyen casi dos
tercios de la fuerza de trabajo, y ocupan más del 90 por ciento de los
empleos en el sector privado.

Los inmigrantes deben contar con un sponsor -su empleador- para ser
autorizados a trabajar en Arabia Saudí, y están obligados a entregarle su
pasaporte, sin posibilidad de cambiar de empleo. En Egipto, la situación
es muy parecida.

La mayor parte de los trabajadores de Egipto tienen, en teoría, la
posibilidad de crear un sindicato o de afiliarse si al menos cincuenta
empleados de una misma empresa reivindican el derecho a organizarse. Pero
todos los sindicatos deben pertenecer a la Federación de Sindicatos
Egipcios (FSE), única central sindical reconocida legalmente. En la
realidad, la FSE es, en el mundo laboral, el brazo del Partido Nacional
Democrático en el poder, de lo que se deduce que los sindicatos
independientes no tienen la posibilidad de organizarse legalmente en
Egipto. Y, para ser legal, la huelga tiene que se aprobada por la FSE.

Además, las huelgas están prohibidas en los establecimientos "estratégicos
o vitales, en los que cualquier interrupción del trabajo perturbaría la
seguridad nacional o los servicios básicos". Y el primer ministro, por
decreto, designa cuáles son esos establecimientos. El Estado egipcio no es
el único en utilizar todas las fuerzas disponibles para reprimir la
organización independiente del trabajo. En marzo de 2004, fue movilizada
una tropa de mil hombres para prohibir una manifestación de ingenieros
contra las restricciones impuestas a las organizaciones sindicales. En
octubre de 2004, la policía rodeaba las minas de fosfatos de Abu Tartur
para obligar a los mineros huelguistas a volver al trabajo.

Nos engañaríamos si pensáramos que las represiones de este tipo son
privativas de los Estados del Oriente Medio clientes del imperialismo
occidental. La República Islámica de Irán, producto de una revolución
local en 1979, no ha perdido el tiempo a la hora de aplastar a las
organizaciones independientes de trabajo o a las organizaciones
espontáneas de vecinos.

El movimiento sindicalista independiente fue reprimido por el sha tras el
golpe de Estado de 1953. Durante los años de la revolución, Irán bullía de
consejos de trabajadores, de grupos de coordinación de vecinos y de
campañas de ocupación organizadas, y los trabajadores del petróleo estaban
siempre en primera línea de esos movimientos. Los dirigentes islámicos, en
consecuencia, trataron de presentar la decapitación de la revolución como
si formara parte de la ingikab-I-mustaz'afin (la revolución de los
desheredados). En realidad, el Estado islámico reprimió la organización
independiente de la clase obrera y se sirvió del pretexto de "la defensa
de la Revolución" para desviar la cólera provocada por su traición a los
pobres.

Así, Iraq y el "Occidente satánico" han sido agitados como amenazas
exteriores contra "la Revolución" con el fin de acallar las disensiones
internas. A pesar de una represión constante, el Comité para las
Organizaciones Libres del Trabajo sigue luchando por una auto-organización
de la clase obrera en Irán, contra los lacayos del Estado, que son los
Consejos Islámicos del Trabajo. Las violencias contra los sindicatos
independientes son moneda corriente en Irán, donde las recientes
agresiones y encarcelamiento de los conductores de autobús de Teherán no
serán las últimas.

La riqueza de la burguesía del Oriente Medio se basa a la vez en los
recursos de la región -sobre todo, el petróleo- y en la explotación del
trabajo, tanto autóctono como inmigrante. La región no es sino un inmenso
taller de trabajos forzados, en el que los derechos de los trabajadores
más fundamentales se ven reducidos a polvo.

Vale la pena destacar que los pretendidos "heraldos de la democracia" -los
invasores americanos y británicos de Iraq- han olvidado incluir el derecho
de organización en el lugar de trabajo en su "paquete" democrático.
La política petrolera llevada a cabo por Iraq transferirá el control de la
explotación del petróleo a las compañías extranjeras, por medio de un
acuerdo de reparto de la producción. El desarrollo de al menos un 64 por
cien de los campos petrolíferos iraquíes será confiado a multinacionales
del petróleo en pro del mayor beneficio del capital internacional y de la
seguridad energética de los Estados Unidos y la Gran Bretaña.

Durante ese tiempo, el pueblo iraquí ha estado sin agua potable y sin
electricidad, sin servicios sanitarios y con unas estructuras de
transporte en plena decadencia. Para los trabajadores iraquíes, la
legislación laboral del Estado ha sido sustituida por la desregulación más
absoluta, con unos empleos en los que predomina el destajo durante semanas
y semanas. Los empresarios de Iraq, como Halliburton, han importado
decenas de miles de trabajadores inmigrantes procedentes de los países
pobres, como Nepal, Filipinas o Bangladesh, para llevar a cabo los
trabajos más ingratos. Los militares americanos exigen que los empresarios
contraten mano de obra inmigrante para trabajar con el fin de evitar todo
riesgo de infiltración por parte de los insurgentes.

Dejando aparte toda retórica, la situación de la clase obrera iraquí
refleja los intereses de clase compartidos por las élites chiítas, suníes
y kurdas y los invasores norteamericanos y británicos. Y eso se ve en el
conjunto de la región. Ya sean pro-occidentales o islámicos, los Estados
del Oriente Medio se basan en la represión de la auto-organización de la
clase obrera y en la explotación del trabajo en interés del capital, tanto
nacional como extranjero.

Los comienzos del reconocimiento de este hecho abren la puerta a la
organización de una resistencia de clase a la vez contra el imperialismo y
contra el capital nacional. En Gaza se han constituido comités
independientes de trabajadores para hacer de contrapeso ante la Autoridad
Palestina y exigir la exención de los derechos de inscripción escolar para
los hijos de los trabajadores y los parados, la puesta en marcha de un
fondo de solidaridad social para el pago sistemático de los alquileres, la
anulación de las deudas contraídas por los pobres, una seguridad sanitaria
gratuita para los trabajadorse y los parados, la regulación de los empleos
temporales por la autoridad palestina y, por último, la celebración de
elecciones libres en el seno de la Unión General de Trabajadores
Palestinos.

Los comités independientes de trabajadores, al contacto con el
establishment de las autoridades palestinas y su empleo de las fuerzas
policiales en la represión de las manifestaciones de los parados, han
aprendido que los que más se han sacrificado durante la intifada son los
que menos han recibido por parte de las autoridades. El combate por una
auto-organización debería verse como algo esencial a la dinámica que
permita expulsar a los imperialistas americanos y británicos de la región:
las clases dominantes nacionales, en efecto, tienen más que ganar con la
presencia de las fuerzas armadas y del capital extranjeros que sin ellos.
A través de la región, una comunidad de intereses basada en la explotación
y opresión de la clase obrera se extiende por la República Islámica de
Irán hacia los playboys de los Emiratos, pasando por los agentes de
Halliburton. James Zogby, del Instituto Árabe Americano, ha anticipado
recientemente que los diez millones de trabajadores extranjeros en la
región constituían una verdadera "bomba de relojería que sólo estaba
esperando a explotar".

Toda lucha por la auto-organización de la clase obrera en la región debe
ampliarse a un combate por la igualdad de derechos de los "subclase" que
constituyen los trabajadores inmigrantes; debe desarrollarse una red de
solidaridad y de resistencia entre todos los trabajadores de la región
-desde el obrero de Irán hasta la asistenta cingalesa en Dubai-. Para los
revolucionarios de Occidente es importante evitar dejarse embrollar en el
debate que opone el secularismo a un islam militante, como si pudiera
existir alguna herencia de la Ilustración en la que los derechos
individuales y la separación de la Iglesia y el Estado fueran el producto
del pensamiento burgués más que el fruto de la lucha política.

El islam político es la cara que reviste el nacionalismo militante después
del derrumbamiento del estalinismo y del nacionalismo secular. La retórica
de los mulás sólo sirve para disfrazar la incapacidad del islam político
para establecer la justicia social en la República Islámica de Irán o para
luchar en pro de ella en el exterior. Nuestro cometido deber ser ofrecer
nuestra solidaridad militante a los que tratan de combinar, por medio de
la auto-organización de los trabajadores de Oriente Medio, la lucha por la
justicia social con la lucha contra el imperialismo.

John Shute (Freedom)

Aparecido en "Tierra y libertad", octubre 2006

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