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(ca) [Argentina] Sobre el fusilamiento de pibes en Mendo za

Date Thu, 8 Jun 2006 12:20:31 +0200 (CEST)



Los miserables


"En un enfrentamiento en un barrio humilde de Luján de Cuyo, Mendoza: La
Policía mató a un chico cuando sacaban carbón de un tren de carga.
Recibió un balazo en el pecho. Otros dos niños, heridos. Querían
calentar sus casas. Hasta anoche, al menos seis policías estaban
demorados por la Justicia". (Clarín.com, 6/5/2006).


La vida de un pibe no vale nada. O como mucho, vale menos que un
pedazo de carbón. Es curioso ver cómo Mauricio Morán, un muchachito
de la sufrida barriada de Cuadro Estación, fue destruido en un
instante por un perdigón de escopeta policial, después de tomarse
para su crecimiento los catorce largos años que pudo vivir, estirados
hasta el límite de lo soportable por la mordedura constante del
hambre y el frío. O tal vez sea más curioso ver cómo pudo sobrevivir
tanto tiempo en Mendoza, territorio de violencia policíaca, si los
hay. En 2003 había zafado de las detenciones masivas de menores
"carenciados", efectuadas para favorecer "el desarrollo de las ventas
comerciales producidas en la temporada turística"(1). Aunque es
justicia decir que Cristian Bressant, el cobani que lo mató, evitó
que conociera la amargura atroz de la Penitenciería local, con su
tasa de 15 muertos cada diez meses, en lo que un abogado describió
como un sitio "peor que un campo de concentración"(2). No hay mal que
por bien no venga, dicen los creyentes. Porque además allí hace mucho
frío. Es que en Mendoza, el frío no es cosa de broma: "En San Carlos
se tienen registros históricos en septiembre de -10°, en Tunuyán -5°,
en San Martín -5.2°, y en San Rafael -4.9°". Fíjese si no: "una
helada no sólo nos hace perder la cosecha sino a veces los clientes
porque los mercados internacionales exigen calidad, cantidad y
continuidad". Tanto es así, que para los estancieros "el último
recurso ante situaciones críticas es atenuar la temperatura bajo cero
con la utilización de recipientes metálicos de unos 100 litros donde
se encienden kerosén, gasoil o fuel oil que producen más de 10.000
kilocalorías por kilogramo de material. Menos eficiente es la
calefacción con uso de carbón vegetal y no se recomienda la
combustión con leña". Por fortuna, el ingeniero Julio Cobos
-gobernador de la provincia y conspicuo miembro del partido radical-
no deja a sus votantes patronales en la estacada: "El Ministerio de
Economía provincial lanzó una línea de créditos para la compra de
combustibles destinados a atemperar el ambiente durante la helada. Se
ofrecen con una tasa anual del 6,9 % y un plazo de reintegro de 10
meses".(3) Claro, el piberío no vota ni podría devolver préstamos
para comprar carbón; pero eso no es culpa del gobernador ni de los
capitalistas, quienes argumentan -citando a Homero J. Simpson- que la
situación "ya estaba así cuando llegué". Tampoco olvida Cobos la
seguridad de los comprovincianos ricos: el vigilante modelo es
Bressant, padre y nieto de policías, casado y con un hijo bebé.
Egresado de la escuela de cadetes en 1997, "tiene un legajo
impecable, con seis distinciones. La última es de marzo de 2006 por
el buen desempeño en la Vendimia".(4) El gobernador-ingeniero se
enorgullece de su guardia pretoriana: en el acto por el 194°
aniversario de la fuerza, después del infaltable desfile, entonación
de himno y la "invocación religiosa del capellán policial", "Cobos
reconoció la labor de la Policía e instó a confiar en ella".(5) Es
evidente que Bressant y los demás cumplen bien con su faena,
consistente en "faenar" pibes como Morán en 2006 o Sebastián Bordón
en 1997, siempre "al servicio de la comunidad" de los pequeños y
grandes propietarios. Desde luego que un gobernador con esas
cualidades no podía ser desaprovechado por el Estado argentino; ya
desde el año pasado "el kirchnerismo nacional avanzaba sobre Mendoza
para convertir a Cobos en su niño mimado"(6). Y lo consiguió: el 5 de
mayo de 2006 ?el mismo día en que el piberío era fusilado- Cobos fue
el orador principal del acto por las papeleras que organizó Kirchner
en Gualeguaychú. Como dice un diario cuyano, ese nombramiento "no es
poco para su capital político. Si hasta algunos medios lo señalan
como protagonista de una futura alianza electoral con el matrimonio
Kirchner para el 2007".(7) El fusilador Bressant está detenido. Ya se
sabe cómo sigue ese expediente: dependiendo de la mayor o menor
presión popular, saldrá libre y será trasladado a otra comisaría
donde ejercer su infame oficio, o será condenado y pasará un tiempo
"preso" en una unidad policial ?con todas las comodidades- hasta que
se calmen las cosas, para luego salir libre y seguir ejerciendo su
infame oficio. Esa gente es necesaria para el sostenimiento del
sistema, y no se la abandona a su suerte. Porque lo que el poder
judicial sienta en el banquillo de los acusados es a un hombre
perverso, y no a la perversa institución que lo cobija, le da un arma
y le enseña a matar. Y no podía esperarse menos, ya que el poder
judicial es parte integrante de la injusticia social; es parte ?como
la policía- del Estado. En la novela Los miserables de Víctor Hugo,
cuando el poder judicial francés condena al joven Jean Valjean a 19
años de trabajos forzados por robar una hogaza de pan con que
alimentar a su hermanito, se describe la imagen de la prueba "A": el
pancito con una etiqueta señalando la prueba del delito. Valjean, en
una fuga que se prolonga durante años, es implacablemente perseguido
por el inspector Javart, quien un día lo arrincona a orillas del
Sena. Pero no lo fusilará, ni lo llevará detenido; agobiado por la
certeza de cometer una tremenda injusticia, y por su rígido sentido
de la obediencia debida a la autoridad, preferirá suicidarse
arrojándose a las aguas del río antes que cometer una falta al
reglamento o de ejecutar una orden aberrante. No ocurrió tal cosa en
Mendoza. Bressant no es Javart.
Queda entonces tirado en el terraplén el cadáver de Mauricio Morán,
un pobre de 14 años que nunca conocerá el amor de una mujer ni la
ternura de un hijo. Angel Sosa, de 13 años, recordará cada día de su
vida el balazo alojado en su glúteo derecho, que le dejó una renguera
al caminar; y el bebé llamado Raúl, de 18 meses de edad, sabrá cuando
crezca que los dedos destrozados de su manito izquierda se los debe a
un policía llamado Cristian, que lo hirió sin piedad y sin pensar que
su propio hijo es también apenas un bebé. Una bolsa con cuatro
kilogramos de carbón cuesta en cualquier mercadito la irrisoria suma
de 3 pesos con 99 centavos. La vida de un pibe no vale nada. O, como
mucho, vale menos que un pedazo de carbón.

Iconoclasta, 10 de mayo de 2006.


(1) Diario Uno, Mendoza, 16/1/2003.
(2) Página 12, 28/11/2004.
(3) La Nación, 20/8/2005.
(4) Diario Uno, 10/5/2006.
(5) Página web Coordinación de Prensa del Gobierno de Mendoza
(http://prensa.mendoza.gov.ar)
(6) Diario Los Andes, 8/3/2005.
(7) Diario de Cuyo, 8/5/2006.

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