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(ca) Civilización, primitivismo y anarquismo (en, it)

Date Sun, 26 Feb 2006 16:42:46 +0100 (CET)



CIVILIZACIÓN, PRIMITIVISMO Y ANARQUISMO

Durante la última década algunos autores, la mayoría afincados en los
EEUU, han hecho una crítica general de la civilización. Algunos de ellos
han optado por presentarse a sí mismos como anarquistas, aunque
generalmente prefieren presentarse como primitivistas. Su tesis central es
que la "civilización" es en sí misma un problema que conduce a nuestro
fracaso en llevar una vida agradable. La lucha por el cambio sería, pues,
una lucha contra la civilización y por un mundo donde la tecnología haya
sido eliminada.

Es una propuesta interesante que tiene algún mérito como ejercicio
intelectual. Pero el problema es que algunos de sus partidarios han usado
el primitivismo como base para sus ataques contra otras propuestas de
cambio social. Para encarar este reto, los anarquistas necesitamos en
primer lugar ver si el primitivismo ofrece algún tipo de alternativa
realista para el mundo tal como es.

Nuestro punto de arranque es que la expresión "la vida es dura" siempre
puede ser contestada con la réplica "es mejor que la alternativa". Esto
constituye una prueba importante para todas las críticas al mundo "tal
como lo conocemos", incluida la anarquista. ¿Qué problema habría si la
alternativa es mejor?

Incluso si no pudiéramos esbozar nuestra "alternativa mejor", las críticas
del mundo tal y como lo conocemos podrían tener cierto valor intelectual.
Pero tras el desastre del siglo XX, cuando las consideradas alternativas,
como el leninismo, crearon dictaduras de gran duración que mataron a
millones de personas, la pregunta "¿es vuestra alternativa algo mejor a lo
que hay?" tiene que ser hecha a cualquiera que abogue por el cambio.

La crítica primitivista al anarquismo se basa sobre el argumento de que
han descubierto una contradicción entre la libertad y la sociedad de
masas. En otras palabras, ven imposible que una sociedad que englobe a
grupos mayores que una aldea sea una sociedad libre. Si esto fuera cierto,
haría inviable la propuesta anarquista de un mundo construido sobre la
?libre federación de pueblos, ciudades y campos?. Dichas federaciones y
centros de población son evidentemente una forma de sociedad de
masas/civilización.

Sin embargo, el movimiento anarquista ha respondido a esta aparente
contradicción desde sus orígenes. Ya en el siglo XIX los liberales
defensores del Estado apuntaban dicha contradicción para justificar la
necesidad de que unos seres humanos mandaran sobre otros. Miguel Bakunin
respondió esto en 1871 en su ensayo sobre ?La comuna de París y la noción
de Estado?:

?Se dice que el acuerdo y la solidaridad universal de los individuos y de
la sociedad no podrá darse nunca porque esos intereses, siendo
contradictorios, no están en condición de contrapesarse ellos mismos o
bien de llegar a un acuerdo cualquiera. A una objeción semejante
responderé que si hasta el presente los intereses no han estado nunca ni
en ninguna parte en acuerdo mutuo, ello tuvo su causa en el Estado, que
sacrificó los intereses de la mayoría en beneficio de una minoría
privilegiada. He ahí por qué esa famosa incompatibilidad y esa lucha de
intereses personales con los de la sociedad, no es más que otro engaño y
una mentira política, nacida de la mentira teológica que imaginó la
doctrina del pecado original para deshonrar al hombre y destruir en él la
conciencia de su propio valor? Estamos convencidos de que toda la riqueza
del desarrollo intelectual, moral y material del hombre, lo mismo que su
aparente independencia, son el producto de la vida en sociedad. Fuera de
la sociedad, el hombre no solamente no sería libre, sino que no sería
hombre verdadero, es decir, un ser que tiene conciencia de sí mismo, que
siente, piensa y habla. El concurso de la inteligencia y del trabajo
colectivo ha podido forzar al hombre a salir del estado de salvaje y de
bruto que constituía su naturaleza primaria. Estamos profundamente
convencidos de la siguiente verdad: que toda la vida de los hombres, es
decir, sus intereses, tendencias, necesidades, ilusiones, e incluso sus
tonterías, tanto como las violencias, y las injusticias que en carne
propia sufren, no representa más que la consecuencia de las fuerzas
fatales de la vida en sociedad. Las gentes no pueden admitir la idea de
independencia mutua, sin renegar de la influencia recíproca de la
correlación de las manifestaciones de la naturaleza exterior?.

Qué nivel de tecnología

La mayoría de primitivistas eluden la pregunta de a qué nivel de
tecnología querrían retornar escondiéndose bajo el argumento de que ellos
no proclaman una vuelta a nada, sino que por el contrario quieren ir hacia
delante. Teniendo esto en mente, un resumen de su posición al respecto es
que ciertas tecnologías son aceptables, hasta el nivel de una pequeña
aldea sustentada por la caza y la recolección. El problema, para los
primitivistas, comienza con el desarrollo de la agricultura y de la
sociedad de masas.

Por supuesto que ?civilización? es un término muy genérico, lo mismo que
?tecnología?. Algunos primitivistas han llevado sus argumentos hasta sus
conclusiones lógicas. Uno de ellos es John Zerzan, que identifica las
raíces del problema en la aparición del lenguaje y del pensamiento
abstracto. Éste es el corolario lógico del rechazo primitivista de la
sociedad de masas.

Para este artículo tomaré como punto de partida que la forma de sociedad
futura propugnada por los primitivistas fuera similar, en lo que a
tecnología se refiere, a la que existió hace 12.000 años, en el umbral de
la revolución agrícola. Con esto, no quiero decir que pretendan ?volver
atrás?, algo que de todos modos sería imposible. Pero debido a que buscan
ir hacia delante haciendo tabla rasa de toda la tecnología incorporada
desde la revolución agrícola, el resultado no puede más que parecerse
bastante a las sociedades preagrícolas de 10.000 años a.c. Dado que éste
es el único modelo que tenemos sobre una sociedad de ese tipo, parece
razonable usarlo para examinar los argumentos primitivistas.

Una cuestión de números

Los cazadores-recolectores vivían de la comida que podían cazar o
recolectar. Los animales podían ser cazados o atrapados, mientras que lo
que se recolectaba era fruta, frutos secos, hierbas y raíces. Hace 12.000
años todo ser humano vivía como cazador-recolector. Hoy sólo un reducido
número de individuos lo hace, en regiones aisladas y marginales del
planeta como el desierto, la tundra ártica o la selva. Algunos de estos
grupos, como los Acre, sólo han empezado a tener contacto con el resto de
la humanidad en décadas recientes, otros como los Inuit han tenido
contactos desde hace muco tiempo y han adoptado tecnologías que van más
allá de las desarrolladas localmente. Estos últimos grupos forman parte
plenamente de la sociedad global y han contribuido al desarrollo de nuevas
tecnologías.

En ecosistemas marginales la caza y la recolección a menudo suponen el
único modo viable de obtener comida. El desierto es demasiado árido para
una agricultura sostenible y el ártico demasiado frío. La única
posibilidad restante es el pastoreo, el uso de animales semi-domesticados
como fuente de alimentación. Por ejemplo, en el ártico escandinavo, el
control de movimientos de los renos por parte de los Sami les proporciona
recursos alimenticios regulares.

Los cazadores-recolectores sobreviven gracias a la comida que cazan y
recolectan. Esto requiere una densidad de población muy reducida; del
mismo modo, el crecimiento de la población está limitado por la necesidad
de evitar una sobreexplotación de la caza. Demasiada recolección de
vegetales comestibles puede asimismo reducir el número de ellos
disponibles posteriormente. Aquí reside el principal problema que presenta
la idea primitivista de que todo el planeta podría vivir como
cazador-recolector: con la comida obtenida en los ecosistemas naturales no
se podría alimentar más que a una reducida fracción de la población
actual.

Debería ser evidente que la cantidad de calorías que un ser humano puede
obtener de una hectárea de bosque de robles es mucho menor que la que
puede conseguir de una hectárea de maíz. La agricultura proporciona más,
muchas más, calorías por hectárea que la caza y recolección en el mismo
espacio. Esto es así porque hemos estado 12.000 años seleccionando plantas
y mejorando las técnicas agrícolas de modo que por hectárea obtenemos cada
vez más ejemplares útiles para servirnos de alimento y desechamos plantas
que no lo son. Basta comparar cualquier superficie cultivada de cereal con
una salvaje para ilustrar esto, la cultivada tendrá ejemplares de cereal
mucho mayores que la otra y habrá mucha mayor proporción de cereal que de
malas yerbas. Hemos seleccionado plantas que producen una elevada
proporción de biomasa comestible.

En otras palabras, un pino puede ser tan bueno o mejor que una lechuga en
capturar la energía solar que cae sobre él. Pero con la lechuga un alto
porcentaje de la energía capturada se convierte en comida (alrededor de un
75%). Con el pino, la energía no produce alimento que podamos comer.
Comparemos el alimento que puede obtenerse de un bosque cualquiera con el
que puede obtenerse de un par de metros cuadrados de huerto cultivado
incluso con un escaso aporte de energía orgánica y veremos por qué la
agricultura es una necesidad para la población del planeta. Un acre de
patatas cultivadas ecológicamente puede aportar 15.000 libras de comida.
Un cuadrado de 65 metros de lado es algo más grande que un acre.

La población estimada del planeta antes de la aparición de la agricultura
(10.000 a.c.) estaba según las estimaciones más bajas en torno a los
250.000 habitantes. Otras estimaciones son más elevadas y llegan hasta los
6 o los 10 millones. La población actual de la Tierra se acerca a los
6.000 millones.

Estos 6.000 millones están casi en su totalidad sustentados por la
agricultura. No pueden ser mantenidos por la caza y la recolección,
incluso se sugiere que los 10 millones de cazadores-recolectores que
podían haber existido antes de la agricultura tampoco eran ya sostenibles.
La evidencia para esto está en la catástrofe del Pleistoceno, un período
entre el 12.000 y el 10.000 a.c. en el cual 200 especies de grandes
mamíferos se extinguieron. Una hipótesis de las barajadas es que se debió
a un exceso de actividad cazadora. La aparición de la agricultura (y de la
civilización), de ser esto cierto, pudo tener que ver también con la
ausencia de una amplia gama de caza que forzó a los cazadores-recolectores
a sedentarizarse y hallar otras vías para obtener alimento.

Lo cierto es que está comprobado que una sobreexplotación de la caza
similar tuvo lugar a la llegada del ser humano a islas de la Polinesia. El
exceso de caza provocó la extinción del dodo en las islas Mauricio y del
moa en Nueva Zelanda, por mencionar algunos ejemplos.

Vivir en la ciénaga en invierno

Para mostrar desde otro ángulo que el primitivismo no puede mantener a
toda la población del planeta usaré Irlanda (donde vivo) como ejemplo.
Abandonado a sí mismo, el paisaje irlandés estaría constituido,
mayormente, por robledales, algunos avellanos, maleza y ciénagas. Entra en
un bosque de robles y a ver cuánta comida encuentras. Bellotas,
zarzamoras, algunos ajos silvestres, fresas salvajes, setas comestibles,
miel y la carne de animales como el ciervo, la ardilla, la cabra salvaje y
la paloma. Pero eso son muchas, pero que muchas menos calorías, que las
que aportaría la misma área cultivada con patatas o con trigo.
Simplemente, no hay bastante territorio en Irlanda como para alimentar a 5
millones de personas, la población actual de la isla, como
cazadores-recolectores.

Los cazadores-recolectores suelen vivir con una densidad de población de 1
habitante por 10 kilómetros cuadrados (la densidad de población actual de
Irlanda es de alrededor de 500 habitantes por 10 kilómetros cuadrados).
Aplicando este baremo, el número de habitantes de Irlanda debería ser
menor de 70.000. Probablemente menos del 20% de Irlanda sea tierra
cultivable. Las ciénagas y los pedregales aportan poco en materia de
alimentación a los seres humanos. En invierno hay poco que recolectar
(quizás algunas nueces escondidas por ardillas y algo de miel salvaje) e
incluso sólo esos 70.000 individuos viviendo de la caza extinguirían a los
grandes mamíferos (ciervo, cabra salvaje) rápidamente. Las áreas costeras
y los grandes ríos y lagos probablemente serían la principal zona de caza
y el modo de obtener algo de pesca y de algas comestibles.

Pero aun siendo benévolos y asumiendo que Irlanda podría mantener a 70.000
cazadores-recolectores, resulta que necesitaríamos ?eliminar? unos
4.930.000 habitantes. Es decir, el 98´6% de la población actual. La
arqueología estima en 7.000 el número de habitantes de Irlanda antes de la
llegada de la agricultura.

Al hecho de que cierta cantidad de terreno puede mantener a cierto número
de gente dependiendo de cómo sea (o, en este caso, cómo no sea) cultivada
se conoce como su ?capacidad de carga?. Puede calcularse para el planeta
como un todo. Un cálculo reciente para los cazadores-recolectores da un
máximo de 100 millones, pero para darse cuenta de lo que significa este
máximo hay que saber que el máximo para un mundo agrario es de 30.000
millones. ¡Seis veces más que la población actual!
Cojamos este número máximo de 100 millones en vez de la aproximación
histórica máxima de 10 millones. Esta sería una estimación generosa, bien
por encima de las cifras que los primitivistas se atreven a calcular. Por
ejemplo, Ann Thropy estimaba en la revista norteamericana ?Earth First!?
que ?Ecotopía sería un planeta con cerca de 50 millones de habitantes que
cazarían y recolectarían para subsistir?.

Actualmente el planeta tiene alrededor de 6.000 de habitantes. Una vuelta
a un planeta ?primitivo? requiere, pues, que desaparezcan 5.900 millones.
Algo le tiene que pasar al 98% de la población mundial para que los 100
millones de supervivientes tengan una mínima esperanza de una utopía
primitiva sostenible.

¿Juego sucio?

Al llegar a este punto algunos autores primitivistas, como John Moore,
protestan, rechazando la sugerencia de ?que los niveles de población
previstos por los anarco-primitivistas tendrían que ser alcanzados por
matanzas colectivas o por campos de exterminio al estilo nazi. No se trata
de otra cosa que de difamaciones. El objetivo de los anarco-primitivistas
de abolir todas las relaciones de poder, incluido el Estado con todo su
aparato administrativo y represivo, y toda clase de partido u
organización, significa que cualquier tipo de matanza organizada de este
tipo queda fuera de toda duda, así como planes horrendos semejantes?.

El problema, John, es que esas ?difamaciones? no sólo están basadas en las
conclusiones lógicas de las premisas de un mundo primitivista, sino que
han sido defendidas explícitamente por otros primitivistas. Los 50
millones de Ann Thropy ya han sido apuntados. Un FAQ primitivista afirma
?tendrán lugar drásticos recortes de población sean voluntarios o no.
Sería mejor, por razones obvias, que fueran graduales y voluntarios, pero
si no los hacemos, la población humana será recortada de todos modos?.

La Coalición contra la Civilización escribe ?Necesitamos ser realistas
acerca de lo que pasaría en el momento de dar el salto a un mundo
pos-civilizado. Algo elemental es que gran cantidad de gente moriría en el
transcurso del colapso civil. Aunque sea difícil de decírselo a una
persona moralista, no podemos pretender que eso no sea así?.

Más recientemente Derrick Jensen, en una entrevista recogida en el número
6 de ?The 'A' Word Magazine? decía que la civilización ?ha de ser
combatida activamente, pero no creo que podamos hacerla caer. Lo que
podemos hacer es ayudar a la naturaleza a derribarla? Quiero que la
civilización colapse y lo quiero ahora?. Acabamos de ver más arriba cuáles
serían las consecuencias de ?derribar? la civilización.

En unas palabras, no son pocos los primitivistas que reconocen que el
mundo primitivo que desean requeriría ?matanzas colectivas?. No me he
encontrado con nadie que abogue por ?campos de la muerte al estilo nazi?,
pero quizás John no hace más que extender sobre el tema una cortina de
humo. Primitivistas como John Moore pueden seguir negándose a afrontar
esta cuestión de las muertes masivas recurriendo a la justificación
emocional y a acusar a quienes señalan la necesidad de ellas de recurrir a
la ?difamación?. Pero es él quien aún debe explicar cómo podrían
alimentarse 6.000 millones de personas o admitir que el primitivismo no es
más que un pasatiempo intelectual.

Mi punto de vista es que cualquiera que se plantee esta necesidad de
muertes masivas concluirá que el ?primitivismo? no ofrece nada por lo que
luchar. Unos pocos, como los superviventistas confrontados a la amenaza de
guerra nuclear de los 80, acabarán concluyendo en que todo esto es
inevitable y empezarán a planear cómo sus seres queridos podrían
sobrevivir cuando los demás murieran. Pero este grupo está, a mi modo de
ver, lejos, muy lejos de cualquier clase de anarquismo. Por tanto, el
prefijo de ?anarco? que reclaman los primitivistas no tiene razón de ser.

La mayoría de los primitivistas huye de la cuestión de la necesidad de
muertes masivas de dos maneras.

Los más conciliadores han decidido que el primitivismo no sea un programa
para un modo diferente de funcionamiento del mundo. Existiría como una
crítica a la civilización pero no como una alternativa a la misma. Esto es
bastante saludable y tiene su valor el re-examinar los presupuestos
básicos de la civilización. Pero en ese caso el primitivismo no es un
sustituto de la lucha anarquista por la liberación, que incluye el adoptar
la tecnología para nuestras necesidades en vez de rechazarla. El problema
es que a los primitivistas les gusta atacar los métodos de organización
que son necesarios para acabar con el capitalismo. Es bastante razonable
si piensas que tienes una alternativa al anarquismo pero bastante nocivo
si todo lo que tienes es una crítica interesante.

Otros primitivistas, sin embargo, han tomado el camino del oráculo,
diciéndonos que no son más que meros profetas de un Apocalipsis
inevitable. Ellos no desean la muerte de 5.900 millones de personas, sólo
apuntan que no puede ser evitada. Merece la pena examinar esto
detalladamente precisamente porque es bastante desmovilizador. ¿Qué
sentido tiene luchar hoy por una sociedad mejor si, al fin y al cabo,
mañana o pasado el 98% de nosotros va a morir y todo lo que hemos
construido quedará convertido en polvo?

¿Estamos todos condenados?

Los primitivistas no son los únicos que usan la retórica catastrofista
para que la gente acepte sus propuestas políticas. Reformistas como George
Monbiot usan argumentos del tipo ?estamos condenados? para intentar que la
gente acepte sus propuestas reformistas a favor de un gobierno mundial. En
las últimas décadas, la creencia de que el mundo está de un modo u otro
condenado se ha convertido en parte de la cultura común, primero durante
la guerra fría y después ante un desastre medioambiental. George Bush y
Tony Blair crearon pánico sobre las armas de destrucción masiva para dar
cobertura a su invasión de Iraq. La necesidad de examinar y desmontar esos
pánicos es clara.

La forma más recurrente de pánico al ?fin de la civilización? es la de la
crisis energética que hará la vida imposible tal y como la conocemos. Y la
energía en la que se centran quienes usan este argumento es el petróleo.
Todo lo que producimos, incluida la comida, depende de aportes masivos de
energía y el 40% de la energía que se usa en el mundo es generada por el
petróleo.

La versión primitivista de esto viene a ser que ?todo el mundo sabe que en
X años el petróleo se acabará, esto quiere decir que la civilización
tocará a su fin y que un montón de gente morirá. Por eso debemos asumir lo
inevitable?. El argumento del fin del petróleo es para los primitivistas
el equivalente de ?la crisis económica final que resultará de las
contradicciones del capitalismo? para un marxista ortodoxo. Y, exactamente
igual que los marxistas ortodoxos, los primitivistas proclaman que la
crisis final está a la vuelta de la esquina.

Examinado de cerca, este argumento se desmorona y se hace evidente que ni
el capitalismo ni la civilización afrontan una crisis final a causa del
fin del petróleo. Esto no es así porque el petróleo sea inagotable, de
hecho debemos haber alcanzado el pico de la producción de petróleo hacia
1994. Pero lejos de suponer el fin del capitalismo y de la civilización,
es una oportunidad para obtener beneficios y reestructurarse. El
capitalismo, a pesar de ser reacio a ello, se está preparando para obtener
beneficios por una parte del desarrollo de fuentes de energía alternativas
y por otra del acceso a abundantes pero más destructivos yacimientos de
combustibles fósiles. El segundo camino lleva, por supuesto, al
calentamiento global y otras formas de contaminación mucho peores, pero
esto no es suficiente para frenar a la clase capitalista global.

No sólo los primitivistas han quedado hipnotizados por la crisis del
petróleo, por eso me ha ocupado del tema en otro ensayo. Pero resumiendo,
mientras que el precio del petróleo seguirá subiendo durante décadas, el
proceso para desarrollar sustitutos para él está ya en desarrollo.
Dinamarca, por ejemplo, se propone producir el 50% de la energía que
necesita mediante molinos de viento para el año 2030 y empresas danesas ya
están ganando grandes cantidades de dinero porque son las principales
productoras de turbinas eólicas. Todo indica que las horas contadas del
petróleo supondrán una oportunidad para el capitalismo de obtener
ganancias en vez de algún tipo de crisis final para él.

Podría producirse una crisis energética de modo que empezara a subir el
precio del petróleo y las tecnologías alternativas aún no fueran capaces
de llenar ese 40% de generación de energía que actualmente supone el
petróleo. Esto ocasionaría que el petróleo y por tanto el precio de la
energía aumentaran aún más, pero esto sólo sería una crisis para los
pobres del mundo y no para los potentados, algunos de los cuales incluso
sacaría más beneficios. Una crisis energética severa podría desencadenar
una caída económica global, pero son los trabajadores los que más sufren
sus consecuencias cuando se producen. Hay un buen argumento, el que las
elites del mundo ya están preparadas para esas eventualidades, muchas de
las recientes guerras de los EEUU se explican en términos de asegurar
reservas de petróleo para las compañías norteamericanas.

El capitalismo es capaz de sobrevivir a una crisis muy destructiva. En la
II Guerra Mundial muchas de las principales ciudades europeas quedaron
destruidas y la mayoría de la industria de la Europa central quedó desecha
(por los bombardeos, por la guerra, por la retirada alemana y por el
avance ruso). Millones de trabajadores europeos murieron como resultado de
la guerra y de los años que la siguieron. Pero el capitalismo no sólo
sobrevivió, sino que floreció, ya que el hambre permitió que se redujeran
los salarios y aumentaran los beneficios.

¿Qué pasaría si??

Sin embargo, está bien especular con la idea del fin del petróleo. Si
fuera cierto que no hubiera alternativa ¿qué pasaría? ¿Podría emerger una
utopía primitivista del amargo precio de 5.900 personas muertas?

No. Los primitivistas parecen olvidar que vivimos en una sociedad de
clases. La población del planeta está dividida entre unos pocos con vastos
recursos y poder y el resto de nosotros. No estamos en las mismas
condiciones de acceso a los recursos, al contrario, hay una increíble
desigualdad. Entre aquellos que perecerían en esas muertes masivas no
estarían Rupert Murdoch, Bill Gates o George Bush, dado que esta gente
tiene el dinero y el poder que les permiten monopolizar los recursos.

Por el contrario, los primeros en morir en gran número serían los
habitantes de las megalópolis más pobres del planeta. En Egipto, El Cairo
y Alejandría tienen una población de 20 millones de personas entre las
dos. Egipto es dependiente, en materia de alimentación, tanto de la
importación como de la agricultura extremadamente intensiva del valle del
Nilo y de los oasis. A excepción de una restringida elite, estos 20
millones de habitantes urbanos no tendrían ningún lugar a donde ir y no
hay más tierra que pueda ser cultivada. La alta productividad de las
cosechas actuales depende en gran parte de elevados aportes de energía
barata.

La muerte de millones de personas no es algo que destruya al capitalismo.
Al contrario: ha habido periódicos históricos en los que se ha visto como
natural e incluso deseable para la modernización del capital. La hambruna
de la patata en los años 40 del siglo XIX que redujo la población de
Irlanda en un 30% fue vista como deseable por muchos defensores del
mercado libre. Del mismo modo, el hambre de 1943/4 en la Bengala inglesa,
a causa de la cual murieron cuatro millones de personas. Para la clase
capitalista, tales muertes masivas, en particular en las colonias, ofrecen
oportunidades para introducir reestructuraciones económicas que de otro
modo serían combatidas.

Como resultado real de una crisis de ?fin de la energía? veríamos cómo los
que manejan el cotarro monopolizan los recursos sobrantes y los usan para
alimentar el armamento usado para controlar a aquellos de nosotros lo
suficientemente afortunados como para trabajar para ellos en los campos de
energías renovables. A la desgraciada mayoría se la mantendría donde está
y allí podrían morir tranquilamente. Más parecido a ?Matrix? que a una
utopía, vaya.

Otro punto que hay que destacar es que la destrucción puede servir para
regenerar al capitalismo. Nos guste o no, la destrucción en gran escala
permite a algunos capitalistas ganar grandes sumas. Pensemos en la guerra
de Iraq. La destrucción de la infraestructura iraquí puede constituir un
desastre para los iraquíes, pero está suponiendo una bendición para
Halliburton y compañía. No por casualidad la guerra de Iraq está ayudando
a los EEUU, donde están establecidas las mayores corporaciones, a hacerse
con el control de las zonas del planeta donde se produce y se producirá la
mayor parte del petróleo.

Podemos llevar nuestro ejercicio intelectual mucho más lejos. Dejad que
imagine por un momento que algunos anarquistas fuéramos transportados como
por arte de magia desde nuestro planeta hasta otro planeta parecido a
éste. Y que nos encontráramos allí sin ninguna clase de tecnología. Los
pocos primitivistas que hubiera entre nosotros puede que empezaran a
correr tras los ciervos, pero la mayoría se asentaría y se pondría manos a
la obra a crear una civilización anarquista. Muchas de las habilidades que
tenemos tal vez no serían allí de utilidad (saber programar, sin
ordenadores vale para poco) pero entre nosotros tendríamos conocimientos
básicos de agricultura, ingeniería, hidráulica y física. La siguiente vez
que los primitivistas merodearan por nuestra zona de asentamiento se
encontrarían con un paisaje de granjas y presas.

Tendríamos al menos carros y posiblemente animales domesticados, si de los
existentes hubiera alguno bueno para ello. Enviaríamos partidas para
buscar yacimientos de carbón y de hierro y si los encontráramos los
extraeríamos y transportaríamos el mineral. Si no, estaríamos talando un
montón de árboles para convertirlos en leña de la que podríamos usar para
extraer hierro o cobre a partir de lo que pudiéramos estar encontrando. El
horno y la fundición también formarían parte del panorama. Tenemos algún
conocimiento médico y, lo que es más importante, un conocimiento de los
gérmenes y de la higiene, de modo que tendríamos tanto un sistema básico
de purificación de agua como sistemas para tratar las aguas residuales.

Comprenderíamos la importancia del conocimiento, de modo que tendríamos un
sistema educativo para nuestros niños y al menos los rudimentos de un
almacenamiento a largo plazo del conocimiento (libros). Podríamos
probablemente encontrar los ingredientes para la pólvora, que son bastante
comunes, lo cual nos daría la tecnología explosiva necesaria para la
minería y la construcción. Si hubiera una cantera de mármol cercana,
podríamos ponerla en uso, pues es un material constructivo mucho mejor que
la madera o el barro.

La tecnología no nos llegó de los dioses. No fue impuesta al ser humano
por alguna misteriosa fuerza exterior. Por el contrario, fue algo que
desarrollamos y continuamos desarrollando. Incluso si pudieras dar marcha
atrás al reloj, empezaría a contar de nuevo hacia delante. John Zerzan
parece ser el único primitivista capaz de reconocer esto y sitúa la
aparición del problema en la aparición del lenguaje y del pensamiento
abstracto. Él es al mismo tiempo lúcido y ridículo. Su visión de la utopía
requiere no sólo la muerte de la inmensa mayoría de la población mundial,
sino que también requeriría una lobotomía con ingeniería genética para
quienes sobrevivieran y para sus descendientes. No es por supuesto algo
por lo que abogue, sino el punto de llegada lógico de su argumentación.

¿Por qué nos molestamos en rebatir sus tesis?

De modo que ¿por qué emplear tanto espacio en demoler una ideología tan
frágil como el primitivismo? Una razón es la desconcertante conexión con
el anarquismo que algunos primitivistas buscan establecer. Además es
importante denunciar que el primitivismo, tanto por sus implicaciones como
por sus proclamas, llama a sus seguidores a rechazar el racionalismo por
el misticismo y la fusión con la naturaleza. No es el primer movimiento
ecologista irracional que lo hace, un buen segmento del partido nazi
alemán provenía de los movimientos de adoración al bosque, a la sangre y a
la tierra que surgieron en Alemania con posterioridad al fin de la primera
guerra mundial.

Éste no es un peligro imaginario. Dentro del primitivismo una
autoproclamada ala irracional, si no ha abogado aún por ?campos de la
muerte al estilo nazi?, sí que ha celebrado abiertamente, como primer
paso, las muertes y el asesinato de gran número de personas.

En diciembre de 1997, la publicación norteamericana ?Earth First? escribía
que ?la epidemia del SIDA, lejos de ser un scourge, es un proceso
bienvenido en la inevitable reducción de la población humana?. Hacia las
mismas fechas en Gran Bretaña Steve Booth, uno de los editores de una
revista llamada ?Green Anarchist?, escribía que:

?Quienes pusieron las bombas en Oklahoma tuvieron una idea acertada. La
lástima fue que no hicieran explotar ninguna oficina gubernamental más.
Incluso así, hicieron lo que pudieron y ahora hay al menos 200 automatones
del gobierno que no tendrán nunca más capacidad de oprimir.

La secta del gas sarín de Tokio tuvo una idea acertada. La lástima fue que
al probar el gas un año antes del ataque, se pusieron al descubierto. No
fueron lo bastante secretistas. Tenían la tecnología para producir el gas
pero el método de ponerlo en práctica fue inefectivo. Algún día los grupos
serán totalmente secretos y sus métodos de fumigación serán completamente
efectivos?.

Así es como acabas cuando celebras que la racionalidad deje paso a la
irracionalidad. Cuando el sueño de ?correr con los ciervos? tiene que
abordar el problema de hacer una revolución en un planeta de 6.000
millones de personas. Las ideas de arriba sólo pueden tener conclusiones
reaccionarias. Su lógica es elitista y jerárquica, poco más que una nueva
versión semi-secular de gente elegida por los dioses que extermina a los
no creyentes. Ciertamente, no tiene nada en común con el anarquismo.

Necesitamos más, no menos tecnología

Lo que nos lleva de nuevo al principio. La civilización trae consigo
muchos, muchos problemas, pero es mejor que su alternativa. El reto para
los anarquistas es transformar esta civilización en una sin jerarquías ni
desequilibrios de poder o de riqueza. Este reto no es nuevo, ha sido
siempre el reto del anarquismo, como expone la larga cita de Bakunin al
principio de este ensayo.

Para hacerlo necesitamos tecnología avanzada para limpiar nuestras aguas,
procesar nuestros residuos y vacunar o curar a la gente de las
enfermedades de una población muy densa. Con un mundo de sólo 10 millones
de habitantes puedes echar basura en el bosque con tal de que sigas
moviéndote. Con 6.000 millones, aquellos que cagan los bosques están
cagándose en el agua que ellos y quienes están a su alrededor tienen que
beber. Según la ONU ?cada año, más de 2´2 millones de personas mueren a
causa de enfermedades relacionadas con el agua y el sistema de
alcantarillado, muchos de ellos niños?. Cerca de 1.000 millones de
habitantes urbanos no tienen acceso a un alcantarillado sostenible. Se
calcula que ?en 43 ciudades africanas? el 83% de la población no tiene
excusados conectados a un sistema de alcantarillado?.

El reto no es simplemente construir una civilización que mantenga los
niveles de vida actuales. El reto es elevar el nivel de vida de todos
haciéndolo de un modo sostenible. Sólo puede conseguirlo un mayor
desarrollo tecnológico unido a una revolución que elimine la desigualdad
en todo el planeta.

Es una desgracia que algunos anarquistas que viven en los países más
desarrollados, más ricos y más tecnificados prefieran jugar al
primitivismo en vez de preocuparse en pensar sobre cómo podemos realmente
cambiar el mundo. La transformación global que se requiere hará que todas
las revoluciones precedentes parezcan insignificantes.
El principal problema no es simplemente que el capitalismo no tenga el
menor reparo en dejar a una gran proporción de la población mundial en la
pobreza. El problema es también que el desarrollo se ha orientado a crear
consumidores para futuros productos en vez de a proveer a la gente de lo
que necesita.

El transporte constituye el ejemplo más sencillo. Exista una gran variedad
de medios de transporte de masas que pueden mover gran número de personas
de un lugar a otro a gran velocidad. Pues en la última década el
capitalismo se ha concentrado en sistema que usa mayores recursos por
viajero tanto en lo que respecta a construirlo como en lo requiere para
andar. Es el coche individual.

A lo largo de amplias zonas de las áreas más desarrolladas del mundo esta
es prácticamente la única forma de moverse de manera eficiente. El coche
ha creado las extensas megalópolis de las cuales quizás sea Los Ángeles el
modelo más infame. Allí se ha creado una ciudad cuya disposición urbana
hace de la propiedad individual de un coche algo casi obligatorio.

Esta forma de transporte no es una solución para la mayoría de la
población mundial. Y no es simplemente que la mayoría no pueda actualmente
costearse un coche. Los recursos empleados en la construcción de los 3.000
millones de coches necesarios para que cada humano adulto tuviera uno no
existen. Ni existen los recursos (el petróleo) necesarios para que esos
3.000 millones de automóviles marchen.

De modo que mantener las tecnologías existentes y desarrollar otras nuevas
no puede consistir simplemente en asumir la producción capitalista (o sus
métodos de producción) bajo bandera rojinegra. De la misma manera que la
futura sociedad anarquista buscaría abolir el aburrido y monótono trabajo
en cadena, necesitaría también cambiar radicalmente la naturaleza de lo
producido. A un nivel básico, en lo que se refiere a los transportes, esto
podría empezar por una gran reducción en la producción de coches y un gran
aumento de la de bicicletas, motocicletas, trenes, autobuses, camiones y
minibuses.

No soy ni un ?experto en transportes? ni trabajo en el ramo, de manera que
no puedo hacer más que tratar de adivinar por dónde irían esos cambios.
Pero deberíamos ser conscientes que fuera del mundo occidental la
necesidad de transporte a menudo se solventa mediante métodos mucho menos
individualistas que aquí. Sólo los ricos pueden permitirse un coche, pero
el común de la población se desplaza casi tan rápido como ellos de un
punto a otro usando no sólo el autobús y el tren, sino también sistemas
colectivos de larga distancia, como taxis colectivos y minibases que
viajan de una localidad a otra cuando están llenos.

Éste es el reto para el anarquismo. No sólo abolir el orden mundial
capitalista actual, sino asistir al nacimiento de un mundo nuevo. Un mundo
que sea capaz al menos de ofrecer el mismo acceso a los bienes, al
transporte, a la sanidad y a la educación que el que goza actualmente la
?clase media? en los países escandinavos.

Será esta nueva sociedad la que decida sobre qué nuevas tecnologías se
necesitan y cómo adaptar las ya existentes a los retos del mundo nuevo. Es
bastante probable que algunas tecnologías, si no descartadas, sí que serán
mucho más infravaloradas. Es difícil de creer, por ejemplo, que
decidiéramos construir nuevas centrales nucleares. Los organismos
genéticamente modificados deberían probar que son algo más que una
posibilidad de obtener mayores beneficios y un mayor control sobre el
mercado por parte de las corporaciones, al menos probar que los beneficios
son mayores que los riesgos.

Mientras el capitalismo exista continuará contaminando el entorno con tal
de obtener beneficios. Sólo reaccionará a la crisis energética cuando sea
rentable y por ello pasarán muchos años antes de que el petróleo sea
reemplazado, y esto posiblemente signifique pobreza y muerte para muchos
de los seres humanos más pobres. Pero no podemos solventar estos problemas
soñando en una especie de edad de oro perdida donde la población del mundo
era tan baja que podía sustentar la caza y la recolección. Sólo podremos
aportar una solución construyendo los movimientos masivos que además de
derribar el capitalismo abran paso a una sociedad libertaria. Y para el
camino necesitamos encontrar formas de frenar e incluso hacer dar marcha
atrás a algunos de los nocivos efectos sobre el entorno que está generando
el capitalismo.

El primitivismo es un cuento de hadas ? no ofrece ningún camino en la
lucha por una sociedad libre. A menudo sus adherentes acaban por socavar
esa lucha al atacar a las verdaderas cosas, como la organización de masas,
que se requieren para conseguirla. Aquellos primitivistas que se planteen
seriamente cambiar el mundo deberían replantearse por qué están luchando.

Andrew Flood
11 de junio de 2004

Traducido al castellano por Manu García en
http://www.alasbarricadas.org/forums/index.php
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