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(ca) La muerte de un asesino

Date Fri, 15 Dec 2006 20:08:07 +0100 (CET)



La muerte de Augusto Pinochet ha llenado de júbilo en los cinco
continentes a todos los que, en alguna medida, estimamos valores como la
libertad o la dignidad del ser humano. Pinochet forma parte de ese elenco
de personajes de la historia que logran aunar contra sí un desprecio y un
odio generalizado, para lo cual han hecho copiosos méritos a lo largo de
su trayectoria pública. Su irrupción al primer plano de la vida política
chilena, a través del golpe de Estado de 1973, significó el comienzo de
una etapa de crímenes de Estado: asesinatos, torturas, desapariciones;
cárcel, persecución, exilio; silencio, miedo, dolor y muerte. ¿Cómo puede
un personaje resumir sobre sí tantos términos miserables?; ¿Cómo puede un
alma albergar tanta maldad?.

"La muerte le ganó a la justicia", ha declarado Mario Benedetti. Junto al
júbilo, otro sentimiento impera en estos momentos: el de no poder haber
visto al dictador siendo efectivamente procesado por todos y cada uno de
sus crímenes; el de que la impunidad prevalezca sobre la justicia, aunque
sea la justicia de los tribunales ordinarios del Estado. Hay también
desazón, desaliento, por ver cómo alguien puede dejar el poder, como hizo
Pinochet, y que pueda pasearse y viajar después tranquilamente, y recibir
homenajes de los suyos, y reírse sobre tanto dolor y sobre tanta víctima.

Pero Pinochet no subió solo y sin ayuda al poder en Chile. Es de sobra
conocida la participación estadounidense en la preparación del golpe.
Nixon, Kissinger, la CIA... Más impunidades que sumar a las de los
militares chilenos. Es la chulería del imperio, que sigue campando a sus
anchas por el orbe, invadiendo, provocando guerras, generando más muertes
por doquier. Y también hubo muchos más militares junto al dictador, y
policías torturadores. Son los ejecutores de aquellas funestas operaciones
de espantoso nombre: ?Operación Cóndor?; ?Caravana de la Muerte?...
¿Cuántos de ellos siguen en la impunidad?, ¿cuántos de ellos siguen riendo
sobre las tumbas, ante las fotografías de los desaparecidos, ante el
llanto de las madres y hermanos?. Otrosí: la derecha chilena, los
prebostes del gran capital del país andino. Otrosí: la jerarquía de la
Iglesia católica: silenciosa, otorgante, anuente ?Karol Wojtyla sonriente,
acogedor.

No consintamos el olvido, la mano que pasa sin señalar, el silencio. Que
sigan en la memoria, y encuentren la merecida justicia, todos los
asesinados en poblados, descampados o arrojados desde un avión al fondo
del Pacífico o a una montaña cualquiera; los torturados en cárceles y
comisarías; los desaparecidos; los que padecieron exilio; los que hubieron
de esconderse; todos los que, en alguna medida, sufrieron; todos los que,
aún hoy, siguen penando por sus seres queridos, por el recuerdo
atormentado de su pasado.

Secretaría de Prensa del Comité Nacional CNT-AIT

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