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(ca) PATRIA Y NACIONALIDAD por M. Bakunin

Date Thu, 22 Sep 2005 17:08:03 +0200 (CEST)


PATRIA Y NACIONALIDAD.
*M. Bakunin*
El Estado no es la patria; es la abstracción, la ficción metafísica,
mística, política y jurídica de la patria. La gente sencilla de todos los
países ama profundamente a su patria; pero éste es un amor natural y real.
El patriotismo del pueblo no es sólo una idea, es un hecho; pero el
patriotismo político, el amor al Estado, no es la expresión fiel de este
hecho: es una expresión distorsionada por medio de una falsa abstracción,
siempre en beneficio de una minoría explotadora.

La patria y la nacionalidad son, como la individualidad, hechos naturales
y sociales, fisiológicos e históricos al mismo tiempo; ninguno de ellos
es un principio. Sólo puede considerarse como un principio humano aquello
que es universal y común a todos los hombres; la nacionalidad separa a
los hombres y, por tanto, no es un principio. Un principio es el respeto
que cada uno debe tener por los hechos naturales, reales o sociales. La
nacionalidad, como la individualidad, es uno de esos hechos ; y por ello
debemos respetarla. Violarla seria cometer un crimen; y, hablando el
lenguaje de Mazzini, se convierte en un principio sagrado cada vez que es
amenazada y violada. Por eso me siento siempre y sinceramente el patriota
de todas las patrias oprimidas.

La esencia de la nacionalidad. Una patria representa el derecho
incuestionable y sagrado de cada hombre, de cada grupo humano, asociación,
comuna, región y nación a vivir, sentir, pensar, desear y actuar a su
propio modo; y esta manera de vivir y de sentir es siempre el resultado
indiscutible de un largo desarrollo histórico.
Por tanto, nos inclinamos ante la tradición y la historia; o, más bien,
las reconocemos, y no porque se nos presenten como barreras abstractas
levantadas metafísica, jurídica y políticamente por intérpretes instruidos
y profesores del pasado, sino sólo porque se han incorporado de hecho a
la carne y a la sangre, a los pensamientos reales y a la voluntad de las
poblaciones. Se nos dice que tal o cual región - el cantón de Tesino [en
Suiza], por ejemplo -pertenece evidentemente a la familia italiana: su
lenguaje, sus costumbres y sus restantes características son idénticos a
los de la población de Lombardía y, en consecuencia, debería pasar a
formar parte del Estado italiano unificado.

Creemos que se trata de una conclusión radicalmente falsa. Si existiera
realmente una identidad sustancial entre el cantón de Tesino y Lombardía,
no hay duda alguna de que Tesino se uniría espontáneamente a Lombardía.
Si no es así, si no siente el más leve deseo de hacerlo, ello demuestra
simplemente que la Historia real - la vigente de generación en generación
en la vida real del pueblo del cantón de Tesino, y responsable de su
disposición contraria a la unión con Lombardía - es algo completamente
distinto de la historia escrita en los libros.
Por otra parte, debe señalarse que la historia real de los individuos y
los pueblos no sólo procede por el desarrollo positivo, sino muy a menudo
por la negación del pasado y por la rebelión contra él; y que este es el
derecho de la vida, el inalienable derecho de la presente generación, la
garantía de su libertad.

La nacionalidad y la solidaridad universal. No hay nada mas absurdo y al
mismo tiempo más dañino y mortífero para el pueblo que erigir el principio
ficticio de la nacionalidad como ideal de todas las aspiraciones
populares. El nacionalismo no es un principio humano universal. Es un
hecho histórico y local que, como todos los hechos reales e inofensivos,
tiene derecho a exigir general aceptación. Cada pueblo y hasta la más
pequeña unidad étnica o tradicional tiene su propio carácter, su
específico modo de existencia, su propia manera de hablar, de sentir, de
pensar y de actuar; y esta idiosincrasia constituye la esencia de la
nacionalidad, resultado de toda la vida histórica y suma total de las
condiciones vitales de ese pueblo.

Cada pueblo, como cada persona, es involuntariamente lo que es, y por eso
tiene un derecho a ser él mismo. En eso consisten los llamados derechos
nacionales. Pero si un pueblo o una persona existe de hecho de una forma
determinada, no se sigue de ello que uno u otra tengan derecho a elevar la
nacionalidad, en un caso, y la individuali-dad en otro como principios
específicos, ni que deban pasarse la vida discutiendo sobre la cuestión.
Por el contrario, cuanto menos piensen en si mismos y más imbuidos estén
de valores humanos universales, más se vitalizan y cargan de sentido
tanto la nacionalidad como la individualidad.

La responsabilidad histórica de toda nación. La dignidad de toda nación,
como la de todo individuo, debe consistir fundamentalmente en que cada uno
acepte la plena res-ponsabilidad de sus actos, sin tratar de desplazarla
a otros. ¿No son muy estúpidas todas esas lamentaciones de un muchachote
quejándose con lágrimas en los ojos de que alguien lo ha corrompido y le
ha puesto en el mal camino? Y lo que es impropio en el caso de un
muchacho está ciertamente fuera de lugar en el caso de una nación, cuyo
mismo sentimiento de autoestima debería excluir cualquier intento de
cargar a otros con la culpa de sus propios errores.

Patriotismo y justicia universal. Cada uno de nosotros debería elevarse
sobre ese patriotismo estrecho y mezquino para el cual el propio país es
el centro del mundo, y que considera grande a una nación cuando se hace
temer por sus vecinos. Deberíamos situar la justicia humana universal
sobre todos los intereses nacionales. Y abandonar de una vez por todas el
falso principio de la nacionalidad, inventado recientemente por los
déspotas de Francia, Prusia y Rusia para aplastar el soberano principio
de la libertad. La nacionalidad no es un principio; es un hecho
legitimado, como la individualidad. Cada nación, grande o pequeña, tiene
el indiscutible derecho a ser ella misma, a vivir de acuerdo con su
propia naturaleza. Este derecho es simplemente el .corolario del
principio general de libertad.

Todo aquél que desee sinceramente la paz y la justicia internacional
debería renunciar de una vez y para siempre a lo que se llama la gloria,
el poder y la grandeza de la patria, a todos los intereses egoístas y
vanos del patriotismo.
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