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(ca) El Movimiento Libertario Cubano responde a Diego Farpón

Date Sat, 15 Oct 2005 23:44:15 +0200 (CEST)



* El Movimiento Libertario Cubano responde al intento de justificar al
régimen castrista en base a una fraudulenta interpretación de autores y
propuestas anarquistas.


Luego de 46 años, 9 meses, 4 días y algunas horas de irrefutable
apostolado por parte de Fidel Castro y su séquito cubano y ecuménico de
incondicionales seguidores, deberíamos estar curados de espanto y
sobradamente convencidos de que ya habíamos escuchado prácticamente todas
las devotas sandeces que había para escuchar. ¡Pero no!: así como
persisten sin solución de continuidad los cultos a las vírgenes de
Guadalupe, de Regla, del Socavón o de Caacupé, también se mantiene -algo
desvencijada y mohosa con el paso del tiempo y de los acontecimientos,
pero mantenida al fin- la muy poco ingeniosa costumbre de producir rezos
?nuevos? y plañideras letanías mirando a La Habana, ya que no a La Meca.
Es así que el último 5 de octubre le tocó el turno a Diego Farpón, notorio
militante de Corriente Roja, quien seguramente resolvió resarcirse de las
frustraciones contumaces que le produjeron el Partido Comunista Español e
Izquierda Unida, dedicando parte de su valioso tiempo a propinarnos a los
anarquistas -siempre refractarios, poco crédulos y agudamente críticos
respecto al gobierno cubano como a cualquier otro gobierno- una rotunda
?lección? de cultura pretendidamente revolucionaria. Su texto más reciente
-Hay otro mundo posible: Cuba-, publicado originalmente en la página web
de Kaos en la Red el 5 de octubre y recogido dos días después en La Haine,
parece que estuviera especialmente dirigido a persuadirnos de nuestros
repetidos errores y se ha hecho ampliamente acreedor a una respuesta
inmediata; respuesta ésta que, además, quiere ser de especial
reconocimiento a la actitud digna y solidaria demostrada por los
compañeros de la CNT de Salamanca, en quienes, probablemente, Diego Farpón
haya encontrado su más directa inspiración.

Diego Farpón organiza sus notas siguiendo un procedimiento que se ha
vuelto habitual: ?Aquellos que critican a Cuba desde el sectarismo, el
dogmatismo y la información que les da el capitalismo cada día, por ateos,
por materialistas o por anarquistas que se digan, razonan exactamente como
razonaban los padres de la Iglesia o los fundadores del budismo, usando
palabras de Kropotkin?. Y es por eso que las encabeza trazando a ritmo de
vértigo el campo más conveniente a sus intereses con una frase de Daniel
Guerin, cuarentona, desgajada de su contexto y largamente pasada de moda:
?Al quemar etapas, Cuba se inscribe, desde luego que quizá sin saberlo, en
la línea del comunismo libertario de Kropotkin?. Es decir; para Diego
Farpón hay dos clases de anarquistas: los primeros son sectarios,
dogmáticos, budistas y, por añadidura, refuerzan sus convicciones
ideológicas leyendo informes del Pentágono; mientras que los segundos -los
?verdaderos? anarquistas- se han percatado con impar lucidez que el
gobierno cubano ¡se inscribe en la línea del comunismo libertario!;
incluso aunque ese mismo gobierno no lo sepa y tampoco muestre mayores
indicios de querer ?inscribirse? en él. En otras palabras: los
?verdaderos? anarquistas piensan lo mismo que Diego Farpón y se los verá
en actitud juiciosa, serena y condescendiente respecto al gobierno cubano,
al tiempo que los otros sólo serán acreedores a una ejemplarizante lección
de ciencia política que inmediatamente nos dará este kropotkiniano de
última generación.

Dejemos de lado, por harto sabida y compartible, su descripción del
desguace neoliberal de los Estados benefactores y vayamos directamente al
núcleo que más nos atañe de los divagues farponianos. Diego comienza con
un guiño bakuninista: ?El Estado es la negación de la humanidad, decía
Bakunin, y, desde luego, razón no le faltaba?. Más aún, pese a
advertirnos, en un momento especialmente intrépido de su desarrollo
teórico, que ?mucho ha ocurrido desde entonces?, luego nos dice que ?el
tiempo, juez insobornable, no tardaría en darle la razón a Bakunin? en lo
que al Estado soviético respecta. Pero Farpón no se detiene demasiado en
estos halagos y en un santiamén acaba mostrando las patas de la sota:
?Cuba no es un estado a la vieja usanza. Ni a la moderna, porque hoy como
ayer los estados sólo si rven a los intereses de las clases dominantes.
Cuba no es como el resto de estados, en los que los más poderosos son los
beneficiados por el sistema. Cuba ha demostrado que otro tipo de estado es
posible: un estado que defienda a los débiles, a los trabajadores, que
somos quienes lo necesitamos. No nos confundamos: necesitamos este tipo de
estados, no los tradicionales?. Y remata estos exabruptos con un final a
toda orquesta: ?Es Cuba, como decía Guérin, quien contribuye a la
formación de una mentalidad comunista, de un hombre nuevo liberado de la
mentalidad de la economía mercantil. Bakunin, a buen seguro, tomaría buena
nota de esta experiencia y no tiraría piedras contra esta Cuba. No al
menos para hundirla?. Sépanlo, pues, anarquistas de aquí y de allá: si
Bakunin viviera, estaría afiliado al Partido Comunista cubano o habría
abdicado de sus antiguas convicciones o contemplaría perplejo la primera y
más prodigiosa excepción a la lógica estatista.

Conviene analizar estas afirmaciones de Farpón con especial detenimiento.
Por un lado, es importante reconocer que, efectivamente, no todos los
Estados son iguales: los hay grandes y pequeños, tradicionales y modernos,
débiles y poderosos, burgueses y ?proletarios? y también multi-étnicos,
liberales, fascistas, benefactores, pastoriles, burocráticos,
?democráticos?, totalitarios, belicistas, neutrales, monárquicos,
republicanos, laicos, integristas, etc., etc. No alcanza, entonces, con
localizar la existencia de un Estado para saber con entera certeza cuál
habrá de ser la dinámica política que tiene lugar en su seno. Pero sí es
posible contar con la seguridad más completa de que, sea cual sea la
adjetivación del Estado en cuestión, estaremos en presencia de una
estructura jerárquica compleja, de una distribución asimétrica de poder
altamente codificada y de un conjunto de posiciones institucionalizadas de
dominación; precisamente por cuanto ello es la definición misma del
Estado. Y a tal punto lo es que, sin perjuicio de las muchas diferencias
que siempre es preciso distinguir, esas características se encuentran en
la Rusia de los zares, en la de Lenin, en la de Yeltsin y en la de Putin;
y también, por supuesto -aunque para admitirlo haya que dejar las
mitografías a un lado-, en la Cuba de Machado, en la de Prío Socarrás, en
la de Batista y en la de Fidel Castro. Es por eso que las revoluciones en
serio sólo pueden estar animadas, sin excepción alguna, desde fuera del
Estado y es por eso que dejan de ser revoluciones cuando quedan amarradas
al mismo.

Tal como Diego Farpón lo reconoce, Bakunin tenía razón respecto a estas
cosas en 1872, cuando la división de la 1ª. Internacional; pero lo más
interesante es concluir que esas razones siguen siendo perfectamente
válidas en este triste año 2005. Sólo con un muy alto grado de exaltación
religiosa es posible sostener que ?Cuba ha demostrado que otro tipo de
estado es posible?: como si Cuba fuera una suerte de Estado mágico; una
excepción mayúscula entre todas las excepciones producidas y por producir;
un territorio de fábulas, mitos e irracionalidades donde todos los
conceptos habrían de encontrar el sublime momento de su interrupción.

Y, sin embargo, por mucho que la fe lo espere en pleno éxtasis
?revolucionario?, las excepciones no acaban de aparecer. El gobierno
cubano, a través de la propaganda oficial, podrá seguir insistiendo hasta
las calendas griegas en su fraudulenta identificación entre el Estado, el
pueblo, la revolución y Fidel Castro, pero ello no empaña en absoluto la
imperiosa necesidad del pensamiento crítico por discernir meticulosamente
entre cada una de esas instancias y las condiciones en que se
desenvuelven. El Estado cubano podrá mostrar mayor preocupación que otros
por la salud, la educación, la alimentación y la vivienda de sus
habitantes pero eso no puede impedir la rigurosa constatación de que las
prestaciones de esas necesidades básicas están muy venidas a menos y
tampoco que las mismas se satisfacen antes y en muy superiores niveles de
calidad cuando se trata de la clase dominante y no del pueblo llano. El
gobierno cubano podrá seguir haciendo gárgaras sobre la soberanía, la
independencia y la dignidad ?nacional? pero nada de eso ocultará su
fenomenal ineficacia en la materia, la existencia del viejo subsidio
soviético y del actual subsidio venezolano o el hecho de que buena parte
de su respiración se explica, entre otras cosas, por las remesas de
divisas desde el exterior o por su apertura a la inversión extranjera
directa que hoy se compone, según datos oficiales, de 392 empresas
transnacionales.

Diego Farpón seguirá fantaseando las cosas que se le antojen y perorando
respecto a Cuba como ?ejemplo? y como ?modelo? que, además, ha hecho
?imposible la explotación de algún trabajador?, pero nada de eso quita que
los trabajadores cubanos estén sujetos a penosísimas condiciones, a
salarios misérrimos y a un estado de radical ajenidad respecto a las
decisiones productivas. ¿O acaso el buen Diego ignora que el gobierno
cubano ha hecho una opción definitiva e inmodificable por la planificación
centralizada y por la hegemonía buro-tecnocrática, militar y caudillista
en detrimento de las alternativas autogestionarias? Diego Farpón
continuará sosteniendo cosas como ésta: ?Cuba, desde luego, no es el fin,
pero es un camino al socialismo. Y, de momento, el único camino que ha
demostrado ser viable? . Pero habrá de esperar otros 46 años, 9 meses, 4
días y algunas horas y sólo podrá percatarse que el camino recorrido y
caprichosamente confirmado conduce a cualquier parte menos a una sociedad
socialista. ¿O es que el ferviente y confiado Farpón jamás se dará cuenta
que no hay ningún camino de construcción socialista hasta tanto no se
erradiquen las nociones ?vanguardistas?, el exclusivismo partidario y las
estrategias estatales de represión y coacción?

Diego Farpón no se percata en ningún momento que, si de Cuba se trata, es
necesario recurrir a la realidad y no de proceder a un etéreo ejercicio
nostágico que invoca una revolución desviada de sus objetivos originales
por el monopolio partidario y caudillista y extraviada hace rato largo en
los laberintos estatales. ¿Cómo es posible que trate de ?dogmáticos? y
?sectarios? a los críticos en profundidad y no a la organización estatal
sobre la cual esas críticas recaen? Por lo visto, Diego Farpón no
considera que dogmático es construir un Estado guiado, según el propio
preámbulo constitucional, por una concepción teórica determinada; lo cual,
directa e indirectamente, equivale a estrechar el debate de ideas a través
de un régimen cerrado de producción de verdades indiscutibles. Por lo
visto, Diego Farpón tampoco considera que sectario es aquel que elimina
primero e impide después toda forma de organización autónoma y fuera de su
control; estableciendo por los siglos de los siglos que el partido único
es la ?vanguardia organizada de la nación cubana? y ?la fuerza dirigente
superior de la sociedad y del Estado?. ¿Quiénes son, entonces, los
dogmáticos y los sectarios? ¿Será que en Cuba, y solamente en Cuba, los
presos se confinan voluntariamente y los carceleros son víctimas de la
situación? ¿Acaso Farpón nos está proponiendo discutir en el mundo del
revés, allí donde las palabras significan exactamente lo contrario de lo
que pretenden significar?

De nuestra parte, es claro que no aceptamos ser encerrados en ese corral
de ramas. No somos budistas ni confiamos nuestro futuro a los padres de la
iglesia: somos anarquistas y, precisamente por eso, estamos radicalmente
convencidos que la revolución cubana no es un objeto de culto a mistificar
ni la identificamos con la estructura estatal en la que ha desembocado de
mucho tiempo a esta parte; sino que, al contrario, es para nosotros un
movimiento social a recuperar y un conjunto de pasiones a desatar desde
ahora mismo. No creemos en los ?comandantes? ni en los ?jefes?, por muy
iluminados que se pretendan a sí mismos y por mucho que hayan sido ungidos
como tales por su grey de creyentes cosmopolitas; sino que, de modo bien
distinto, depositamos nuestras esperanzas en la autonomía de las gentes
más humildes y de las organizaciones que libremente sepan darse en su
empuje emancipatorio. Y, naturalmente, no olvidamos, como le preocupa a
Farpón, ?la presión exterior, la influencia del mundo capitalista y de los
estadounidenses?. Las conocemos de sobra y en carne propia así como
conocemos el desgaste interior de la burocracia y sus específicas formas
de explotación capitalista, ?tan cubanas como las palmas?. No queremos
para Cuba el futuro de Rumania, de Polonia o de Nicaragua pero tampoco el
de China, Vietnam o Corea del Norte: lo que sí queremos -aunque Diego
Farpón quede por el camino- es transitar junto al pueblo cubano y al resto
de los pueblos del mundo por el ancho cauce del socialismo, que es uno y
el mismo que el ancho cauce de la libertad.

Referencias:

?Hay otro mundo posible: Cuba? de Diego Farpón; en Kaos en la Red el 5 de
octubre de 2005 (http://kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=12293) y en
La Haine, dos días después
(http://www.lahaine.org/index.php?p=10062&more=1&c=1)

?La gran mentira de Cuba y Venezuela? de la Secretaría de Prensa y
Propaganda de CNT-Salamanca el 30 de setiembre de 2005
(http://www.cnt.es/salamanca/article.php?id_article=11)


www.movimientolibertariocubano.org

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