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(ca) Concha Liaño - Sobre "Mujeres Libres"

Date Sun, 31 Jul 2005 20:32:34 +0200 (CEST)


[de rojoynegro.info]
Para quienes elaboramos EL LIBERTARIO, es una gran satisfacción publicar
este trabajo sobre la experiencia poco divulgada del feminismo anarquista
en la Revolución Española de 1936, escrito con pasión y realismo por una
participante de aquellos hechos. Más grato todavía ha sido poder entrar
en contacto personal con Concha, que reside en Venezuela, a cuya
presencia cordial y testimonio cálido queremos dedicar esta edición de
nuestro periódico. La versión original del texto apareció en EL NOI,
boletín de la Fundación Salvador Seguí de Valencia (España), # 4, 1996,
reproducida aquí con correcciones ortográficas y de estilo aprobadas por
la autora




Para las que en los tiempos de la iniciación de este movimiento de
liberación femenina éramos unas jóvenes llenas de mística y vocación de
servicio, nos es un motivo de inmensa satisfacción y alegría el constatar
que estas nuevas generaciones, en lo referente a la emancipación de la
mujer, toman como punto de referencia la lucha que del año 1934 a 1939
emprendieron pequeños grupos de mujeres y muchachas que, al lograr
unificar sus esfuerzos aislados, dieron nacimiento a la Agrupación Mujeres
Libres en España.

Aunque a estas alturas todavía falta mucho para poder decir que se han
logrado todos los postulados de Mujeres Libres, la actual generación no
puede tener idea de lo que era por aquellos tiempos la situación femenina
en la sociedad española. Porque, mal que bien, algunas mujeres llegan a
alcanzar hoy día posibilidades que en aquel entonces eran ilusas utopías.
Cuando nos vencieron las hordas franquistas y el exilio nos aventó a
Francia, pudimos apreciar que, a pesar de las leyes napoleónicas, ellas,
en ese país, gozaban de más respeto y consideración que la mujer española.

Hoy llama la atención y se estudia ese estallido, esa toma de conciencia
de las mujeres españolas, cuyo detonador fue la Agrupación Mujeres Libres,
poniéndose sobre el tapete sus metas y todos sus logros a nivel nacional,
que fueron muchos y muy loables. Pero para mi, una veinteañera en aquellos
inicios de la Guerra Civil, es importante empezar por referir el espíritu
excepcionalmente solidario, el clima psicológico que reinaba entre
nosotras, las iniciadas, del cual participaban enseguida todas las
voluntades que se nos unían.

Eramos la mayoría mujeres del pueblo, obreras. Nuestro nivel intelectual,
exceptuando a cuatro o cinco luchadoras, no era muy elevado, en cuanto a
preparación académica propiamente dicha, pero con respeto por nosotras
mismas y sentido común, inteligencia innata, criterio justo al juzgar, que
se me perdone la inmodestia... en eso éramos insuperables. Y en el deseo
de ayudar a nuestras compañeras de sexo, también. Nuestro esfuerzo iba
dirigido a hacerles comprender que debían esforzarse por salir de esa
oprobiosa situación de sometimiento indignante, sin enfrentamientos.
Haciendo uso de la razón. Y creo que en esta actitud nuestra, natural y
espontanea, sin alardes de superioridad, reside uno de los motivos de
nuestra increíble captación de voluntades. Se contagiaban de nuestra
mística sin sentirnos superiores a ellas. Enseguida comprendían que entre
nosotras no había "líderes" ni pretensión de imponer criterios por parte
de nadie. Solidaridad fraternal y humana era la tónica en nuestro ambiente
y en nuestras relaciones.

Relataré una anécdota ilustrativa de este espíritu igualitario, cuya única
aspiración era que la mujer despertara y se sacudiera: una compañera muy
joven fue la encargada de organizar la región catalana. Consiguió con
creces ese objetivo en muy escasos meses. Llegó el momento de nombrar un
Comité Regional en forma. Nombrado éste, las compañeras que lo integraron
le rogaron que durante algún tiempo se quedara con ellas para orientarlas
y ayudarlas. Así se hizo. Hasta que llego el momento en que las
integrantes del Comité Regional se sintieron capaces de continuar sin
asesoramiento de nadie y así se lo hicieron saber a la compañerita que las
auxiliaba. Y ésta se fue de esa posición, satisfecha de que nuevas
voluntades prosiguieran la obra. Y éste es un ejemplo de la tónica que
reinaba entre las militantes. Creo que es muy posible que esta atmósfera
solidaria, sincera y humilde, haya contribuido a esa eclosión sin
precedentes en ningún movimiento de liberación femenina iniciado hasta la
fecha.



Cuando Mujeres Libres consiguió cohesionar los esfuerzos dispersos de los
aislados grupos de mujeres que luchaban por el mismo ideal en España, y
constituyó una organización de nivel estatal, buscó su ubicación en el
Movimiento Libertario, ya que sus iniciadoras sustentaban el anarquismo.
Tuvimos la aspiración de ser la "rama femenina" de ese Movimiento,
reconocida del mismo modo como lo era la juventud en las Juventudes
Libertarias. Es muy doloroso reconocerlo y aún más manifestarlo, pero a
nuestros "liberados" compañeros anarquistas que luchaban por la liberación
del proletariado, se les escapaba en sus análisis que la mujer española,
en cuanto obrera, sufría como ellos el yugo del capitalismo y aún peor:
por el mismo trabajo percibía menor salario. Y en cuanto a ser humano en
la sociedad, su situación no podía ser más denigrante y oprobiosa: un ser
adulto menor de edad. Pero esto se planteaba poco o nada, igual que sobre
la larga lista de atropellos cometidos contra la mujer desde la remota
noche de los tiempos, como los de aquellos Concilios en los que la Iglesia
culpó a la mujer por introducir el pecado al mundo o se discutió si tenía
alma humana.

Pues bien, nuestros compañeros no nos quisieron reconocer como rama
femenina del Movimiento Libertario. Y esa actitud nos produjo mucho
asombro y sentimiento. Nosotras, Mujeres Libres, le presentábamos a
nuestro Movimiento una organización en bandeja de plata, y nos rechazaban.
Mientras tanto, los comunistas habían creado esa entelequia de
organización denominada "Mujeres Antifacistas"(¿?), pues todos los
partidos iban a crear con una sección femenina para contar con una fuerza
manejable y manipulada a sus fines. Pero en honor a la verdad, a fuerza de
muchos ruegos (y algunas humillaciones enjuagadas por Soledad Estorach) la
realidad es que económicamente nos ayudaron mucho. Poco importa que fuera
con aquella actitud paternal de quien soporta los caprichos de un
adolescente. A nuestro ruego, nos concedieron los inmuebles donde
funcionaron comités regionales y locales. Y donde establecimos ?El Casal
de la Dona Treballadora". Y nos daban también las sumas de dinero para
pagar el profesorado, ya que las clases que allí se impartían eran
gratuitas. De esta tarea pedigüeña se ocupó siempre Soledad Estorach.
Tarea ingrata, pues según iban aumentando las asignaturas, rogaba que "le
dieran un poquito más". También nos ayudaban a pagar los sueldos de las
secretarias y alguna otra chica dedicada a tiempo completo a Mujeres
Libres. Muy pocas. Eran sueldos muy exiguos, el mínimo vital, pero se los
agradecíamos en lo que valía.

De todas maneras, con sus penurias, sus dificultades, las chicas de
Mujeres Libres continuaban su lucha en todos los frentes que imponía la
dramática situación de la Guerra Civil, y contra la moral reinante hacia
la mujer, tan despótica en suelo español por la herencia que dejaran ocho
siglos de ocupación árabe. Mentalidad que se reflejaba en un mal chiste
que se contaba durante la guerra: "Los árabes han cambiado algo sus
costumbres respecto a la mujer. Antes él iba sentado en su burro y la
mujer caminaba detrás. Ahora ella va delante... por las minas". Para
nosotras, las fundadoras de Mujeres Libres, resultaba imperativo que las
mujeres comprendieran que no era imposible sacudirse ese condicionamiento
atávico y debían empezar a modificar los esquemas a partir de ellas mismas
y en su propio hogar, empezando por su descendencia filial, no otorgándole
a los varones privilegios sobre las hembras.

Como testigo de primera fila, y siendo que logros y actividades otras las
narraran, yo he querido contar como todas, absolutamente todas las
integrantes de Mujeres Libres habíamos hecho de la solidaridad hacia la
mujer de España un valor esencial. Todo giraba alrededor de esta
solidaridad. Porque vuelvo a decirlo, entre nosotras no había líderes.
Cada cual conocía sus limitaciones, y las más inteligentes o ilustradas no
sacaban ninguna ventaja de esa cualidad. Pudiera habérsenos comparado con
una colmena de abejas: cada cual estaba en su sitio, desempeñando su
tarea. Tampoco contábamos con figuras destacadas en la vida social o
intelectual. Nuestras abanderadas fueron Lucia Sánchez Saornil. Mercedes
Comaposada Guillén y Amparo Poch y Gascón. Mujeres de inteligencia
preclara, de elevados quilates morales y, ellas si, con preparación
académica, que en la sombra, y casi en el anonimato, enseñaban, impulsaban
con toda humildad y solidaridad a sus compañeras, a las compañeras que se
nos iban uniendo en la consecución de nuestras metas.

Hoy apenas quedamos las veinteañeras de esa gesta. Todas las mencionadas
han desaparecido. Bastantes somos las que les debemos mucho. Y la autora
de estas líneas, más que ninguna. Desde aquí quiero reiterar que nunca las
olvide y que las he llevado en mi corazón a través de tantos años de
ausencia física. ¡Ya ves Mercedes, no hemos desaparecido!... Aquella
semillita que con tanta fe, ardor y esfuerzo sembramos, luchando contra
reloj, porque teníamos el tiempo contado, corto, ¡GERMINÓ!...




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