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(ca) [de rojoynegro.info] Carlos Taibo. ¿FIASCO NORTEAMERICANO EN IRAQ?

Date Tue, 26 Jul 2005 18:43:38 +0200 (CEST)


Martes 26 de julio del 2005.
Desde que Estados Unidos se lanzó a acometer sendas agresiones militares
en Afganistán e Iraq el argumento se ha esgrimido un sinfín de veces: las
operaciones en cuestión, lejos de reducir el caldo de cultivo de eso que
ha dado en llamarse terrorismo internacional, antes bien han venido a
engrosarlo. Bastará con rescatar un dato llamativo que incluía el pasado
año el informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de
Londres: si hace un lustro Al Qaida era una red instalada en media docena
de países, hoy en día sus militantes se hallan presentes en sesenta
Estados, en lo que se antoja ilustración fidedigna del calamitoso
resultado de la política abrazada por los gobernantes estadounidenses del
momento. Aunque la tesis que tenemos entre manos es tan fácil de entender
como, en otra clave, irrefutable, conviene que guardemos las distancias
con respecto a dos presunciones que la anteceden. La primera adelanta que
en los movimientos norteamericanos de estos últimos años en Afganistán e
Iraq se aprecia con sencillez el vigor de dos grandes objetivos que darían
cuenta, al cabo, de lo principal: reconfigurar, por un lado, el panorama
estratégico del Oriente Próximo, convirtiendo la región en una atalaya
desde la cual mantener a raya a eventuales competidores, y hacerse con el
control de yacimientos de materias primas energéticas --en su caso,
también, de conductos de transporte-- muy golosos. La segunda presunción
acata, sin más, que la lucha sin cuartel contra el terrorismo
internacional es explicación primera de las acciones militares que nos
ocupan.

Ya hemos sugerido que es menester guardar las distancias en lo que hace a
esas dos percepciones. Por lo que a la primera respecta, la razón parece
sencilla: hay que preguntarse si, más allá de sesudas opciones
geoestratégicas y geoeconómicas, lo que despuntan no son sino los
prosaicos y personalizados intereses del grupo dirigente en Estados
Unidos. Lo diré con mayor claridad: cuando se afirma, de nuevo con
argumentos solventes, que la estrategia de la Casa Blanca está naufragando
palmariamente en Iraq, se olvida que por detrás son muchas las empresas
norteamericanas que, en los ámbitos del complejo industrial-militar, de la
construcción civil y, con certeza, de la energía, están obteniendo pingües
beneficios en ese atribulado país. Acaso esto es, con mucho, lo principal
para Bush y los suyos, que sonríen socarronamente cuando escuchan a tantos
expertos.

Harina de otro costal es la que corresponde a la segunda presunción. En
este caso debemos recelar muy mucho de que, hablando en plata, la
represión del terrorismo internacional sea fundamento primero de la
conducta planetaria de Estados Unidos. Semejante intuición distorsiona, y
dramáticamente, los hechos. Qué llamativo es que la Estrategia de
Seguridad Nacional aprobada en Washington en septiembre de 2002 diese en
identificar dos grandes objetivos de la política exterior norteamericana
--apuntalar, por un lado, la hegemonía propia y expandir, por el otro, el
modelo de capitalismo estadounidense para que alcance el último rincón del
globo-- y ninguna mención hiciese, entre tanto, del terrorismo
internacional. La invocación ritual de éste no es sino una añagaza que
permite sacar adelante operaciones militares que en otras circunstancias
serían inabordables. Estados Unidos no se halla inmerso en una lucha sin
cuartel contra Al Qaida y redes similares: sus políticas apuntan sin más,
antes bien, a deshacerse de competidores y rivales, sea cual sea la
condición, marcada por el terrorismo o no, de éstos.

En la trastienda de la tesis general que estamos glosando lo que se
barrunta es algo cuyo relieve a duras penas puede rebajarse: quienes
dirigen hoy la principal potencia planetaria actúan en provecho de
intereses singularísimos que arrinconan el vigor de los que corresponden a
sus propios conciudadanos. Piénsese, sin ir más lejos, en la naturaleza de
la respuesta mayor que la Casa Blanca ha decidido ofrecer a los ingentes
problemas de vulnerabilidad energética de Estados Unidos. Lejos de asumir
la necesidad imperiosa de reducir el consumo interno de petróleo y de gas
natural, y lejos también del designio de propiciar un rápido y liberador
desarrollo de fuentes alternativas de energía, los gobernantes
norteamericanos del momento, atentos a los intereses de gigantescas
empresas, se han inclinado por acometer costosísimas y sangrientas
operaciones militares que muchos sugieren que exhiben, por añadidura,
inciertos resultados. A tono con la percepción de los hechos que estamos
acariciando es obligado recalcar una vez más que, si tales resultados son
innegablemente inciertos para el ciudadano norteamericano de a pie --que
habrá de pagar con sus impuestos la osadía bélica de Bush--, no falta
quien se regocija al comprobar cómo la cuenta de resultados de un puñado
de macabras empresas engorda espectacularmente, en aplicación estricta de
una máxima bien conocida: mientras los beneficios se privatizan, las
pérdidas, en cambio, se socializan.


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