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(ca) cnt.es/latiradepapel: Deslocalización y precariedad

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Date Mon, 31 Jan 2005 13:42:54 +0100 (CET)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
http://www.ainfos.ca/
http://ainfos.ca/index24.html
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Juan de la Lama (abogado laboralista y militante de la Federación Comarcal
Sur de Madrid - CNT). Instituciones monetarias internacionales como el Banco Mundial o el
Fondo Monetario Internacional sientan las bases del programa político
del neoliberalismo. En la imagen, los trabajadores protestan por la
visita de Rodrigo Rato, actual presidente de
De esta forma se está aplicando el programa máximo del neoliberalismo con
rapidez, concretado en lo que se conoce como el “Consenso de Washington”,
protocolos informales suscritos entre empresas multinacionales, entidades
financieras, la Reserva Federal estadounidense y las instituciones
monetarias internacionales, el Banco Mundial, el Fondo Monetario
Internacional o la Organización Mundial del Comercial. Este consenso se
fue gestando durante los años 80 y 90, y constituye el programa político
del neoliberalismo. Su objetivo es establecer al Capital como única fuente
de poder y derecho, sometiendo al mismo a individuos y naturaleza. El
camino es la liquidación de cualquier control social sobre el Mercado, la
eliminación de los impuestos, la privatización de todos los bienes y
servicios. La creación de un Estado Policial que exclusivamente se ocupe
de establecer un orden social que garantice los beneficios empresariales.
La sociedad que prefiguran estos cambios la podemos observar ya. El
imparable crecimiento de los “sin”: sin techo, sin derechos, sin papeles,
sin pensión, sin trabajo, sin educación, sin salud... Las relaciones
sociales se han envilecido. La competencia y la lucha entre todos es cada
vez más despiadada, siendo la violencia la pauta de comportamiento
interpersonal, contaminando el tejido social, y desarrollándose hasta en
el ámbito doméstico, los hogares han alcanzado el triste record de
convertirse en los lugares más inseguros. Esto es el neoliberalismo, la
destrucción de la condición social y moral de la humanidad, su reducción a
mero productor en guerra contra si mismo y contra el planeta.
El balance es aterrador, y lo que nos espera. Todos los poderes de la
Tierra conspiran para implantar ese sistema. La Iglesia Católica,
acompañando al resto de las sectas fundamentalistas, bendicen a los
gobiernos neoliberales y facilitan sus medios de propaganda para predicar
el nuevo credo. Son los nuevos conservadores, los “neocons”, quienes en
nombre de los valores tradicionales del cristianismo están destruyendo a
la humanidad y al planeta. Los obispos católicos han recomendado el voto a
Bush. Todos los círculos, fundaciones, universidades y focos de difusión
de los “neocons” están íntimamente relacionados con los sectores más
combativos del fundamentalismo cristiano. Iglesia y Capital
definitivamente han resuelto sus contradicciones, si alguna vez fueron
algo distinto, y colaboran juntos abiertamente para establecer el nuevo
orden mundial: La desaparición de los valores humanos. Ya que no existe
infierno en la otra vida, se han propuesto que exista en ésta.
Debemos recordar que hubo un tiempo en el que el desarrollo industrial era
compatible con la mejora de las condiciones de vida. En el siglo XIX la
concienciación y organización de los trabajadores cuaja en la creación de
sindicatos combativos que logran imponer mejoras en todos los ámbitos,
configurando en el siglo XX sociedades avanzadas. Esas sociedades fueron
fruto de la tensión dialéctica entre trabajo y capital. Entonces el
proceso de industrialización era fundamentalmente local, los productos que
se producían en un Estado se vendían en ese Estado. Si unos trabajadores
de ese Estado conseguían mejoras sociales y salariales, era ese Estado el
que se beneficiaba en su conjunto, ya que esos trabajadores gastaban su
salario en productos de su Estado. Se generaba un círculo virtuoso.
Aumentaban los salarios y aumentaba la producción al haber más consumo.
Aumentaba la producción y aumentaban los puestos de trabajo y los
salarios, y a la vez esto repercutía en el aumento de la producción y en
la mejora de las condiciones de vida.
Hoy, con la desaparición de las fronteras para el Capital y la Mercancía,
se genera un círculo vicioso. Las empresas se trasladan donde hay menores
costes de explotación, menos impuestos, salarios y protección ambiental.
Los países con sistema social avanzado pierden empresas, generan paro,
baja la capacidad adquisitiva, lo que genera menor consumo y más despidos.
A la vez entran en su mercado productos de sus competidores. No les queda
más remedio que competir en generar mano de obra barata y en reducir los
impuesto a las empresas, lo que implica menores servicios sociales, y
desmantelamiento de la protección social. Se establece de esta forma una
carrera vertiginosa hacia el abismo, ya que los países del tercer mundo,
para no perder competitividad se ofrecen en condiciones cada vez más
bajas, lo que implica reducción de las condiciones de vida, menos consumo
y más explotación, que se traslada a los países desarrollados que
nuevamente tendrán que implementar políticas para abaratar los costes
laborales. Por este camino terminaremos por volver a las condiciones de
esclavitud anteriores al siglo XIX, a la desaparición del desarrollo
industrial. Hoy es evidente que este sistema se ha mostrado incapaz de
acabar con el hambre, las guerras y las injusticias. Todo lo contrario,
hoy las desigualdades son mayores, el hambre y la desertización avanzan,
más de 2/5 partes de la humanidad está en guerra permanente.
La deslocalización ejemplifica perfectamente la sumisión de la humanidad a
la economía. La humanidad desarrolló el mercado para facilitar los
intercambios y satisfacer de forma más eficaz sus necesidades. Ese mercado
ha evolucionado hasta convertirse en un ser autónomo, omnipresente,
omnisciente y omnipotente, todo se debe someter a sus deseos y
necesidades. Los individuos no valen nada, son un mero instrumento que
facilita su existencia.
Frente a la deslocalización cabe adoptar distintas posturas:
El proteccionismo
Los sucesos acontecidos en Elche el 16 de septiembre de 2004, donde se
atacó a empresas y emigrantes asiáticos, son un ejemplo de este
proteccionismo. Es una aptitud estúpida, que no resuelve el problema, sino
que lo incrementa. En los años 70 se vieron brotes del mismo tenor de los
agricultores franceses contra los productos españoles: la tradicional
fiesta veraniega de volcar camiones con frutas y verduras. Hubo incluso
algunos revolucionarios de salón que vieron en esas demostraciones de
impotencia el nacimiento de una nueva lucha social que alumbraría una
humanidad nueva. El proteccionismo conduce al nacionalismo decimonónico,
solo sirve como desahogo emocional y para encumbrar a algún aprendiz de
dictador local.
El neoliberalismo Es creer que este camino nos lleva a la salvación
material y espiritual. Propone competir en ser los más eficientes a la
hora de explotarnos a nosotros mismos y a los demás. Ser los primeros de
la clase y acatar sin crítica este estado de las cosas como algo natural e
inevitable. En este camino hay una bifurcación, una nos lleva al
exterminio de la vida en el planeta, la otra nos conduce a un orden
totalitario mundial, todavía no está definido el rumbo definitivo que
adoptará.
El socialdemócrata
Pretende embridar el Mercado, sometiéndolo a una regulación que lo haga
más humano y gobernable. Está por inventar el sujeto social que sea capaz
de semejante hazaña. Su ejecución es un rosario de fracasos. El
desmantelamiento, vía reconversión, de la industria es su fruto más
preciado. En España los astilleros públicos sirven de botón de muestra. El
parlamentarismo, el instrumento político con el que pretende gobernar el
Mercado, es ineficaz para ese propósito. El parlamentarismo actúa a nivel
estatal, y el Mercado a nivel global. Al Capital le resulta muy fácil
burlar los controles gubernamentales. En la práctica el parlamentarismo
sirve de coartada legal para legitimar el proceso de desarrollo ilimitado
del Mercado. El parlamentarismo es el procedimiento para suplantar la
soberanía popular. Desde el siglo XVIII está firmemente establecido en la
conciencia colectiva de la humanidad que la soberanía reside en el pueblo,
ni en dios, ni en el rey, sí en cada una de las personas. La soberanía
popular es resultado del libre juego de interacciones de las soberanías
individuales. El parlamentarismo fosiliza las energías que surgen del
quehacer espontáneo de individuos libres, las aboca a un callejón sin
salida. Más todavía el parlamentarismo moderno, donde la abstención y el
voto en blanco no cuentan, donde cada escaño cuesta un número distinto de
votos, donde se establecen mayorías absolutas con menos del 25% de
sufragios. Los gobiernos que surgen de esos parlamentos se saben débiles,
no representan a nadie. Su pretensión de gobernar al Mercado es un brindis
al Sol, son precisamente ellos los siervos del Capital.
Solamente un gobierno mundial salido de un parlamento elegido directamente
mediante sufragio universal podría afrontar la gobernabilidad del Mercado.
Pero tampoco esto serviría de garantía. Vemos cómo en la ONU los gobiernos
ni siquiera se ponen de acuerdo para acabar con los paraísos fiscales,
donde recalan las inmensas fortunas que se consiguen mediante el crimen y
la corrupción. Tampoco se ponen de acuerdo para establecer una legislación
social mínima mundial, donde se contemplen tanto los derechos laborales,
como los derechos civiles, políticos y la protección de la naturaleza.
Esto garantizaría la mejora de las condiciones de vida en todos los
países, y conforme se vayan armonizando y equilibrando esas condiciones
mínimas, se irían estableciendo nuevos objetivos. De esta forma
entraríamos en un nuevo ciclo virtuoso de ámbito global. Estas intenciones
darían pié a pensar que todavía existe algo de sentido común en los
gobernantes, pero todos se han rendido al nuevo amo.
El alternativo
Antiautoritario, antiestatalista y anticapitalista. Aquí se parte de una
visión realista del Mercado y el Capital. El neoliberalismo no es el libre
juego de las iniciativas individuales, sino el establecimiento de un
sistema que garantiza el poder absoluto de los más ricos y la opresión del
resto de la población.
No hay libertad de mercado. Existe un Mercado Único dominado por grandes
multinacionales. El neoliberalismo es la gran mentira, no es la ausencia
de regulación en el mercado, es regular el mercado de tal forma que
solamente puedan operar las multinacionales. El neoliberalismo recurre al
fraude y al engaño, se impone mediante la coacción.
La deslocalización no beneficia a ningún trabajador/a ni del primer, ni el
segundo ni el tercer mundo. Sólo beneficia a las multinacionales. La
exportación de grano por Etiopía no ha servido para paliar el hambre. Ha
servido para que la industria cárnica occidental pueda alimentar al ganado
de forma más barata. Se pierden puestos de trabajo de agricultores
europeos, que compran carne en el mercado al mismo precio. La industria
cárnica aumenta sus beneficios. Las mafias políticas de Etiopía pueden
comprar armas más modernas, con el dinero recibido de la venta de grano,
así garantizan que su población, cada vez con menos recursos para
alimentarse, no se rebele. Los traficantes de armas se forran, y los
paraísos fiscales prosperan.
El Mercado, y su instrumento de dominación, la deslocalización, no van a
acabar con el hambre, la enfermedad, la injusticia, la desigualdad, la
guerra. Son precisamente sus frutos. En cualquier lugar del mundo la
Naturaleza es generosa, y ofrece más que suficiente para que con un poco
de esfuerzo se puedan satisfacer todas las necesidades de la población que
cobija. La ciencia nos ha enseñado a obtener un rendimiento óptimo del
trabajo. El problema es que hay una clase social que se ha apropiado de
estos recursos, y los utiliza para perpetuarse en el poder, no para
satisfacer las necesidades de la población.
La solución es que la población se erija en protagonista de sus vidas, que
tome conciencia de su explotación, que se organice para recuperar los
medios de producción, y los utilice para satisfacer sus necesidades
materiales al margen del mercado, estableciendo redes de intercambios y
apoyo mutuo.
Más les hubiera valido, a los revoltosos de Elche, haber ocupado el
Ayuntamiento, establecer una gestión más eficaz de los bienes y servicios
municipales. Atreverse a dejar de pagar las hipotecas a los bancos, y
movilizarse, cuando se intente desahuciar a alguien, con el mismo ímpetu
con el que perseguían a emigrantes chinos. Crear colectividades de consumo
para distribuir alimentos, en cooperación con los agricultores, a menor
coste que el mercado. Colaborar con otras colectividades de consumidores y
distribuir sus productos a través de ellas. Deshacerse de los dueños de
las empresas en que trabajan.
Para esta solución alternativa el individuo es la medida de todas las
cosas, el fin de cualquier actividad social. La economía debe estar a su
servicio y dedicarse exclusivamente a satisfacer sus necesidades
individuales, y no los deseos de corporaciones inmateriales. La Naturaleza
es hogar, madre y sustento. La acción del hombre/mujer debe tender a su
conservación, no a su explotación. Se valora más el disfrute del tiempo en
libertad que la acumulación de objetos que esclavizan a sus poseedores.
Aquí sí nos encontramos ante un choque de civilizaciones. Esa solución
alternativa implica una nueva cultura, con valores opuestos al
neoliberalismo, donde la cooperación y el apoyo mutuo sean el pilar sobre
el que se asiente la sociedad, y no la lucha entre los individuos, donde
cada individuo pueda concurrir libremente a expresar su soberanía
individual y contribuir a conformar en cualquier foro acuerdos y consensos
sociales que regulen su actividad.


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