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(ca) [MEDIA] Nuevo libro sobre Federica Montseny

From a-infos-ca@ainfos.ca
Date Mon, 10 Jan 2005 05:08:18 +0100 (CET)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
http://www.ainfos.ca/
http://ainfos.ca/index24.html
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[del diario burgués "El Mundo"]

"Federica Montseny. Una anarquista en el poder", un nuevo libro sobre la
histórica militante anarquista de la CNT aparecerá editado esta semana
por Espasa.

El libro de la periodista Irene Lozano, del que adelantamos parte de un
capítulo, revela detalles inéditos de su vida:

Apurando las últimas horas del año, el jefe superior de Policía de Madrid
comenzó el 31 de diciembre de 1940 a recabar informes de Federica
Montseny, tal como le había solicitado con urgencia el fiscal de la
Causa General. Diez días después, la Jefatura Superior de Policía de
Barcelona remitía un informe de dos folios.[...] Era una sucinta
biografía, plagada de verdades y mentiras, que definía a la ex ministra
como «una de las figuras más destacadas del anarquismo barcelonés
contemporáneo». Las descripciones se confundían con los juicios, la
moral del régimen resplandecía sin recato, mucho más diáfana que las
acusaciones, y también la irritación del redactor ante ciertos aspectos
de su vida personal:

«Amancebada con el conocido ácrata Germinal Esgleas [...], eran propiedad
y hechura suyas El Luchador y La Revista Blanca, en que campeaban por
igual temas sexuales y anárquicos [...]. En tiempos se acusó a esta
familia por los sindicalistas de comerciar con la literatura obrerista;
asimismo adquirió la informada fama de homosexual, ya que transcurría su
juventud sin que se le hubieran conocido amores. De ambas acusaciones
logró la informada triunfar, anulándolas: en una especie de cónclave de
líderes de la CNT en que se la echó en cara su afición a las mujeres y
probada desafección por el sexo contrario, abofeteó al que así se
producía, juntándose poco después con Esgleas, con el que tuvo dos hijos
que llevan los dos apellidos de la madre». [En realidad fueron tres].

Una vez que el informe dejaba sentado a qué clase de personaje libertino
y descarriado se enfrentaban, abordaba su vida pública.Tras mencionar de
soslayo que había desempeñado el cargo de ministra de Sanidad y
Asistencia Social, se arremetía contra su faceta de periodista y
propagandista:

«Sus más calumniosas y enconadas diatribas lo fueron contra la Policía,
[...] a cuyos individuos no había bajeza que no les achacara, crimen de
que no les supusiera capaces, ni arbitrariedad y crueldad en que se
abstuviesen de incurrir; exponente de esta fobia por nuestra corporación
es un libro suyo titulado Barbarie gubernamental [...]. Como oradora de
mitin, era de lenguaje más violento que el que en el periódico empleaba,
habiéndole conferido cierta impunidad su calidad de mujer, pues apenas
sufrió detención alguna, en tanto que otros varones, con menos empuje,
prestigio y procacidad, pasaron repetidas veces por las cárceles».

Respecto a sus funciones en el seno de las organizaciones libertarias, el
informe policial agregaba: «Era uno de los más destacados personajes de
la CNT-FAI; estallada la revolución se afianzó más su prestigio de
envenenadora de conciencias y embaucadora de multitudes, [...]
distinguiéndose entre los dirigentes de las expresadas organizaciones
por su ansia de exterminio y criminalidad».Y para describir su actuación
a partir del «alzamiento», se añadía que se la había visto «llevar
pistola al cinto y con indumentaria de miliciana exhortando a la lucha
sin tregua contra el fascismo».Se mencionaba su participación en la
defensa de Madrid y, por último, su exilio, con una peripecia de
leyenda:

«En su huida a Francia, se llevó gran cantidad de joyas y divisas en
número tal, que encargó a un ayudante suyo que se las llevara en una
maleta, lo que no pudo conseguir, por encontrar el paso de la frontera
un poco
comprometido, enterrando dicha maleta en la cuadra de una casa de campo,
volviendo al cabo de un año a recogerla, pero ya la habían desenterrado
soldados de la Brigada Internacional».

Tal cual, con un pequeño añadido, el informe de la Político-Social de
Barcelona fue remitido al fiscal de la Causa General, «por si estima
conveniente solicitar la extradición de dicha individua».Las acusaciones
contra ella, «envenenadora de conciencias» con «ansia de exterminio»,
hubieran resultado inconsistentes en cualquier proceso con garantías,
pero para los remedos de juicios que se incoaban, estuviera o no
presente el acusado, el informe estaba sobrado de argumentos, y la
versión policial gozaba de suficiente autoridad como para darle crédito
sin pararse en averiguaciones.Sencillamente, la pertenencia de Federica
Montseny a una organización antifascista y su implicación en la
«dominación roja» eran evidentes.Sus crímenes quedaban probados y sólo
restaba la condena para reclamarla a Francia.

En la zona ocupada, el régimen de Franco podía obtener la entrega de
personalidades republicanas sin grandes obstáculos y con rapidez, como
había ocurrido en el caso del ex presidente de la Generalitat, Lluís
Companys, entregado y ejecutado en Montjuich en Octubre de 1940. La
Francia de Pétain, por el contrario, exigía algunos requisitos legales,
más por guardar las formas que por una cuestión de principios. De ahí
que el Ministerio de Asuntos Exteriores respaldara su petición de
extradición con un documento timbrado del Ministerio de Justicia: el
«auto de prisión dictado en la Causa General contra otros y doña
Federica Montseny Mañé».

Cuando aquella solicitud de extradición llegó a manos de los funcionarios
de Vichy, la mayoría de los franceses se habían acostumbrado a vivir
bajo el régimen de corte fascista del mariscal Pétain, Alemania había
invadido la Unión Soviética y los primeros voluntarios españoles de la
División Azul partían hacia el frente ruso para integrarse en las
fuerzas armadas nazis. El verano de 1941 nada hacía presagiar que el
final de la guerra estuviera cercano.

Unos meses antes, Federica Montseny, como tantos republicanos, se había
esfumado gracias a su falsa identidad, y sólo un puñado de vecinos de
Salon, un villorrio perdido en la Dordogne, sabían que a las afueras del
pueblo vivía una familia española, camuflada entre la maleza de los
bosques. Había logrado instalarse allí después de muchos avatares y
todavía se le encogía el alma cuando recordaba sus últimos días en el
París de las cruces gamadas y las malditas catorce maletas repletas de
fichas que habían guardado en el domicilio de la Rue Lafayette. Las
detenciones de republicanos señalados, y los rumores que en septiembre
de 1940 aseguraban haberla visto en París transfigurada, la habían
decidido a pasar la línea de demarcación.

Su intuición fue certera, pues, por esas fechas, el embajador de Franco
en París, José Félix de Lequerica, y el ministro de Asuntos Exteriores,
Ramón Serrano Suñer, reduplicaron su presión a las autoridades francesas
para obtener la entrega de personalidades republicanas. [...] Tanto la
policía francesa como las fuerzas de ocupación colaboraban de buen
grado. Pero el día que Montseny tomó la determinación de franquear la
línea, pensó que no podía abandonar los ficheros del SERE en aquel piso,
pues suponía exponer a muchos compañeros a un grave peligro si llegaban
a manos de la Gestapo.

La única solución era quemar las fichas y, aunque también entrañaba
riesgos, se puso manos a la obra con la ayuda de Basy, la diligente
secretaría de los libertarios. [...] Llevarían destruidas más de la
mitad de las fichas cuando un día el cajón lleno de brasas quedó al
borde de la chimenea y calentó el entarimado. Eso bastó para que la
madera del suelo se recalentara y ardieran todos los papeles que se
hallaban dispersos por la habitación; desde el despacho, el incendio se
extendió a otras habitaciones. Los vecinos, alertados por el humo y el
fuego, que se veía desde la escalera, llamaron a los bomberos y a la
policía, que dejó aviso a la portera de que esa misma tarde el
responsable del piso se personara en comisaría. La policía francesa se
sumaba a la española y a la alemana en su búsqueda de Federica Montseny.

Decidió que acudiría a la llamada de los agentes, para tratar de parar el
golpe, pero antes voló al bufete de André Berthon para pedirle que le
consiguiera el laissezpasser con el que alcanzaría la zona libre. Las
relaciones que su amigo abogado mantenía con los alemanes desde que
tomara en sus manos la defensa de un espía alsaciano le situaban en
buena posición para obtener los papeles salvadores. Poco después,
sentada frente a un joven comisario, comenzó a interpretar una vez más
su pantomima de mujer francesa, nacida en Perpiñán, que había perdido
todos los documentos durante la evacuación:

¿Qué hizo usted para que se incendiara el piso?

Quemaba papeles viejos, facturas; trataba de poner en orden el archivo
de
mi cuñado, el inquilino del piso -mintió.

¿Y dónde está él?

En zona libre.

¿Qué hace usted en París?

Yo, nada. Mi marido es agente de seguros.

¿Y dónde está?

En zona libre.

¡Todos están en zona libre! ¿Qué hace usted en París?

El interrogatorio subía de tono y Federica Montseny trató de explicarle
que no había podido marcharse. El comisario sacó de un cajón restos de
los papeles quemados y se los mostró: eran fichas chamuscadas y cartas
con el marchamo del Consejo del Movimiento Libertario. La miró fijamente
a los ojos, y ella, sabiendo que su coartada había quedado hecha trizas,
calló y le sostuvo la mirada. Estaba a su merced. De pronto, el
comisario dio un golpe sobre la mesa y dijo: «Váyase usted cuanto antes
de París».

Se levantó como un resorte y, ya desde la puerta, volvió la cabeza y
dijo: «Gracias, señor». La versión oficial de la policía atribuyó el
incendio a una imprudencia personal.

IRENE LOZANO
EL MUNDO




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