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(ca) Tierra y libertad # 199: Violencia y cambio social

From a-infos-ca@ainfos.ca
Date Mon, 14 Feb 2005 18:52:48 +0100 (CET)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
http://www.ainfos.ca/
http://ainfos.ca/index24.html
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El Estado se ha atribuido siempre el monopolio de la violencia, al menos
de la violencia legal, y ha declarado siempre ilegal e ilegítima la
violencia que se oponga a él. Tal constatación no regula el problema de
la violencia, sino que, al contrario, la mantiene indefinidamente.

Sobre la legitimidad de la violencia

Hoy podríamos hablar de dos tipos de violencia, la buena, la legítima, la
justa y, la otra, la mala, la ilegítima, la perversa e inaceptable. Más
allá de este argumento falaz, que hace de toda autoridad la depositaria
legítima de la violencia, el estatuto de la violencia, de la fuerza,
sobrepasa el marco estricto de la legitimidad del poder. En efecto, todo
poder tiene siempre que basarse y justificar su legitimidad, lo mismo que
tiene siempre que justificar la utilización de la violencia contra sus
opositores. La legitimidad de la violencia cambia cuando cambia el poder.
Así pues, no se puede llegar a comprender sobre el terreno cuál es el
estatuto de la violencia.
La cuestión esencial sería más bien: ¿Qué desea preservar realmente un
sistema económico hasta el punto de ser capaz de utilizar la violencia?
Ahora falta superar el marco del simple discurso ideológico que enmascara
la realidad del poder y del sistema, y examinar cuáles son los
mecanismos de su funcionamiento.
La economía de mercado, o la democracia mercantil, pone por delante la
legitimidad popular del poder. Al estar la legitimidad del poder basada
en el pueblo, toda violencia ejercida contra el poder se ejerce contra
el pueblo. El hecho de que el poder sea legitimado por el pueblo no
excluye en absoluto que el sistema que lo sostiene sea un sistema de
explotación que instrumentaliza al individuo, del que el asalariado es
la más perfecta demostración. Ahora bien, por su naturaleza misma, este
sistema viene a ser un generador de conflictos basados en las
condiciones de producción y de reparto de la riqueza, es decir, de
superviviencia. Cosa que oculta, como lo hacen todos los sistemas de
dominación, tras la pantalla de una moral que se ajusta a sus intereses
y de una ideología mistificadora. La manipulación consiste en afirmar el
carácter "natural" e "insuperable" de este sistema de organización
política basado en una alternancia ficticia, que lo perpetúa, sin por
ello resolver los conflictos. De ahí una situación aparentemente
paradójica de un pueblo que protesta sistemáticamente contra un sistema
que reconduce a sus gestores al poder no menos sistemáticamente.
Esta situación desemboca en una paradoja: la violencia popular es
declarada ilegítima por un poder legitimado por el pueblo. La ambigüedad
es total y propicia al statu quo, pero también a que asistamos hoy día a
la "judicialización", es decir, a la criminalización de la protesta social.

La trampa del espectáculo de la violencia

La imagen de la violencia es muy mistificadora. Nos envía desde nuestro
subconsciente a las relaciones de fuerza entre animales, respondiendo
probablemente a la parte animal de nuestro cerebro, siendo expresión de
un estado evolutivo que ya hemos superado. Lo hemos visto: las
relaciones humanas son relaciones conscientes y políticas, que han
superado el estadio del instinto.
Sin embargo, y quizás a causa de ello, el espectáculo de la violencia nos
fascina y nos engaña sobre su eficacia real. En una relación de fuerza
política (en el sentido amplio), la violencia no es más que un parámetro,
o dicho de otro modo, no es más que un elemento de un todo, y es la
estructura de ese "todo" la que le da su sentido. Así, la violencia (la
instrumentalización del individuo) que está en la base del sistema
mercantil desaparece en cuanto a espectáculo en la racionalidad de cada
uno de nosotros. El explotador se ha apoyado siempre en el
consentimiento del explotado, que se complace en la ilusión de lo
"natural", de la "lógica", de la "fatalidad" que motivan su sumisión...
A falta de eso, siempre ha encontrado argumentos para convencerse (Dios,
la patria, etc.); hoy en día, el mercado.
El sistema de mercado ha alcanzado un justo grado de sofisticación en
materia de justificación moral de sus principios. Para ello cuenta con la
"racionalidad", lo que declara como "equitativo" el intercambio
mercantil; y de esta equidad basada en la lógica, pasa lógicamente a la
equidad en el plano moral. Está última es universal, indiscutible y...
armoniosa, y por supuesto exenta de todo germen de violencia. La
mistificación no necesita ya inventarse divinidades u otras entidades de
fundamento "científico". Se puede decir que la mistificación está
científicamente fundada y justificada. Ella es lo que ha creado la
fuerza de persuasión de este sistema.
La racionalidad del sistema encubre las relaciones de dominio (el
asalariado) sobre las que se basa. Del mismo modo que la fe justificaba y
enmascaraba la explotación, la racionalidad del sistema mercantil
justifica y enmascara la relación de dominación que la sustenta.
Hay pues que invertir la visión de la realidad. La violencia primaria no
es la que se ejerce para combatir la explotación: es la explotación
misma. Es la institucionalización (en sistema económico) de la violencia
social y económica que enmascara la verdadera realidad y que revela de
hecho otra violencia que no es más que su expresión "en crudo". Así, la
violencia ejercida por una revuelta no es más que la imagen simétrica de
la explotación que combate.
Todo sistema tiene por tanto un interés, y no tiene inconveniente en
presentar la violencia ejercida contra él como una puesta en cuestión, un
atentado al orden del que es representante y garante, lo que, desde
cierto punto de vista, es exacto, olvidando sencillamente explicar el
origen y el sentido de la protesta de que es objeto.

¿Es necesaria la violencia?

Contrariamente a que se nos llevara a creer espontáneamente eso de que
"se combate la violencia con la violencia", la Historia nos muestra que
la violencia brutal, psicológica, primaria, no debe considerarse un
elemento fundamental de cambio; es como mucho un elemento marginal, en
el sentido de que lo que produce el cambio no es la violencia, sino, al
contrario, la construcción, la elaboración de nuevas relaciones
sociales.
Sí es, eso es cierto, una forma de violencia contra el sistema en vigor.
Una revuelta, por muy violenta que sea, no ha cambiado nunca nada, al
menos de manera fundamental y determinante. Que en esta obra de
construcción de nuevas relaciones se exprese la violencia es casi
inevitable, y por un razón sencilla: todo edificio social niega sus
contradicciones y se resiste a las fuerzas de cambio y, en última
instancia, utiliza la fuerza bruta.

La no utilización de la violencia

Poner en cuestión el sistema de mercado es hacerle expresar en un momento
determinado lo que es por esencia: una relación de violencia
insoportable. Ponerlo en cuestión planteando una alternativa social y
política no puede sino llevarle a expresar sus verdaderos intereses y
objetivos.
Mostrar concretamente que está condenado por una estructura económica y
social basada en principios estatistas desencadenará una respuesta. Así,
caen las apariencias y se revela sin tapujos lo que es: una relación de
dominio, una estructura de instrumentalización de los hombres, las
mujeres y la naturaleza.
Un sistema no se abate a base de golpes de fuerza, sino por la
putrefacción de las relaciones sociales que lo sustentan. La elaboración
de nuevas relaciones sociales es el elemento básico de esta
descomposición. La estrategia de cambio consiste más en construir
relaciones sociales alternativas que en atacar al sistema de frente; el
sistema cuenta con dos ventajas nada despreciables: la fuerza bruta de
sus mercenarios armados (policía-ejército) y su ideología.
La práctica violenta pura, aun acompañada de discursos atractivos,
vehementes e ideológicos, es siempre, aunque se haga ilusiones,
históricamente ineficaz. El terrorismo de masas (atentados
indiscriminados) o individual (asesinatos individualizados) como
práctica política para lograr un cambio es políticamente absurdo. No se
construye un mundo nuevo sobre la base del terror.
El fascismo (forma de terrorismo de Estado) es la forma política que ha
tomado el sistema de mercado cuando ha creído ver amenazados sus
intereses, en oposición a los discursos pseudo-humanistas oficiales que
nos quieren hacer creer que el fascismo es una aberración de la
Historia.
Sin por ello llegar al fascismo (aunque...), el sistema de mercado está
dispuesto a todos los crímenes y todas las infamias posibles para
salvaguardar sus intereses vitales (no hay más que ver los países
coloniales o neocolonizados).
La violencia ejercida como medio de defensa frente al sistema opresor,
como medio de protección de un movimiento de liberación, para defender
los valores, puede ser moral e históricamente justa. A lo mejor, esta
violencia mantiene la situación preexistente; a lo peor, abre la puerta
a una nueva violencia.
La elección de la adopción del principio, del momento y de la forma del
ejercicio de la violencia reenvía la cuestión de la legitimidad histórica
de esto, es decir, de su puesto en el proceso de cambio de las
relaciones sociales y del grado de resistencia del antiguo régimen.
Cuanto más fuertes sean las fuerzas del cambio en la elaboración de
nuevas relaciones sociales, más irrisoria será la violencia del
adversario y menos deberemos ejercerla. Hagamos que la utilización de la
violencia por parte del adversario sea la expresión de la confesión
implícita de su debilidad política frente a una situación que ya no
controla...

Patrick Mignard
(Le Monde libertaire)

www.nodo50.org/tierraylibertad/




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