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(ca) Movimiento Libertario Cubano: 647 CORREDORES DE LA MUERTE

Date Tue, 27 Dec 2005 13:23:43 +0100 (CET)


MLC <movimientolibertariocubano@yahoo.com.mx>
647 ?CORREDORES DE LA MUERTE?;
1 SOLO CORREDOR DEL CRIMEN

El 13 de diciembre pasado hasta las agencias internacionales
de (des)información se hicieron eco de esta nueva ?crónica de una muerte
anunciada?: Stanley ?Tookie? Williams había sido asesinado en la cárcel de
San Quintín, en la bahía de San Francisco y en la California de Arnold
?Terminator? Schwarzenegger, mediante el procedimiento de la inyección
letal; tal como lo fueran Kenneth Boyd unos días antes en Carolina del
Norte e inmediatamente después John B. Nixon en
Mississippi. Poco importó que ?Tookie? -un preso escritor de libros
infantiles, nominado para los Nobel de la Paz y de Literatura- se
transformara en un símbolo con el correr de los años, que dedicara su obra
a luchar contra el pandillerismo propio de las grandes urbes
estadounidenses y que un clamor popular reclamara rabiosamente su
indulto: la inclemencia de la ?justicia? estadounidense debía ponerse en
marcha una vez más; como tantas veces en el pasado y tal cual amenaza
hacerlo por lo menos otras 647 veces en el futuro previsible. Sí, 647
condenados -633 hombres y 14 mujeres- aguardan la ejecución de sus
sentencias homicidas en eso que la morbosidad criminal de los aparatos de
?justicia? de los United States of America ha bautizado como
?corredor de la muerte?: un ?corredor? en el que se puede estar durante
años y aun décadas, esperando silenciosamente o a los gritos el momento
final. Las viscisitudes de esa larga espera son variables pero las últimas
24 horas están sujetas a un riguroso y uniforme ritual.
Casi como si se tratara de una ceremonia mística, a las 18
horas del día anterior a la ejecución, el condenado es trasladado a una
celda contigua al lugar en el que habrá de cumplirse la pena. Está
previsto que allí sea vigilado continuamente por 3 carceleros;
seguramente para evitar el suicidio del ?reo? y preservar esa máxima
criminal de que su vida no le pertenece a él sino al Estado. Allí
recibirá la visita del sacerdote o, en su defecto, del director de la
cárcel; probablemente -¡colmo del sadismo!- con fines de alivio y
consolación ante el inminente final; una función que ahora el Estado está
dispuesto a compartir con la iglesia. En un gesto de ?magnanimidad? se
permitirá que el condenado a muerte seleccione a familiares y/o amigos que
estarán autorizados a presenciar la ejecución y a
?acompañarlo? en ese instante postrero. Esa ?magnanimidad? no se
extiende al vestuario: el ?reo? ni siquiera podrá elegir para su muerte la
desnudez o la indumentaria que se le ocurra puesto que el Estado ya ha
establecido que deberá vestir pantalones vaquero y camisa azul de
?trabajo?. Luego será escoltado hasta la cámara de ejecución y será atado
a la camilla mortal: el sentido de lo absurdo ha previsto ahora que su
evolución sea seguida por un monitor cardíaco; algo así como el
electrocardiograma del asesinato inminente. Y luego, el final a todo
orquesta: una dosis de pentotal sódico para lograr el estado de
inconciencia; otra de bromuro de pancuronio para detener la respiración; y
una última de potasio clorado para que el corazón pueda experimentar
-siempre bajo la supervisión del Estado, naturalmente- el último latido.
¿Será ésta la sublime culminación de la civilización y la cultura
?occidentales? y ?cristianas??
Decidir sobre la vida y la muerte como expresión extrema de
la racionalidad estatal: he ahí la clave de entendimiento. Potestad ésta
que todavía hoy 76 Estados se han reservado para sí; nada menos que a 50
años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y como muestra
del valor real de este tipo de compromisos cuyo supuesto objetivo era
liberar al ser humano de la omnipotencia estatal. Una potestad que un
núcleo más reducido y ?selecto? aplica incluso desde los 16 años en
adelante; en cuyo seno encontraremos, por ejemplo, a Irán, Arabia
Saudita, Nigeria, Pakistán o Yemen. Y ¡cómo no! a la mayor potencia bélica
de la historia que, no conforme todavía con orientar sus
relaciones inter-estatales según las máximas de la ?guerra preventiva?, no
satisfecho con arrasar y ocupar Afganistán e Irak, no saciado aún con
diseminar bases militares aquí y allá, se ensaña también con sus propias
gentes. Es casualmente en los Estados Unidos donde la insanía que
expresa la pena de muerte no parece tener límites y nada importa la edad o
la condición mental a la hora de ser implacable; hasta un punto que no
faltan esos mercaderes de la ?seguridad ciudadana? y la ?tolerancia cero?
que incluso plantean extender su aplicación a los menores de 16 años.
Se sabe que la finalidad es puramente simbólica y no se
encuentra en otra parte que en la contundencia del ?ejemplo?. Infinitas
veces se ha demostrado que la severidad de las penas no guarda relación
alguna con los índices delictivos. Pero ¡no importa! Lo que realmente
interesa es la afirmación del poder: esa facultad ?celestial? capaz de
imponerse incluso sobre la vida ajena; de disponer por sí y ante sí el
comienzo y el fin de todas las cosas.
Se sabe también que la finalidad es reprimir lo marginal, lo
distinto, lo peligroso; y es precisamente por eso que en las cárceles
estadounidenses la proporción de afroamericanos y de latinos no guarda
ninguna relación con las proporciones correspondientes a estos grupos en
la población total. Pero ¡tampoco importa! Esa ?justicia? de la cual se
ufanan los Estados Unidos sigue siendo -con sus 2 millones de presos- tan
indiferente al movimiento real de la sociedad como en los tiempos en que
Spies, Parsons, Engel y Fischer fueran ahorcados o Sacco y Vanzetti
llevados a la silla eléctrica.
El menú de opciones -ahorcamiento, silla eléctrica,
inyección letal- es objeto de refinamientos, pero la dinámica criminal es
la misma. Allí se entrecruzan y refractan el sentido de impunidad, la
omnipotencia y la arrogancia con la debilidad, la ineptitud y el miedo. Es
el ejercicio del poder ubicado más allá del bien y del mal; la
práctica irrefutable de la ?justicia? divina, asumida ostentosamente y en
forma pública. ¿Qué otras barbaries insondables se deslizan en las mentes
de los ejecutores, de los responsables intelectuales y del
sistema en su conjunto? Porque la sola existencia de la pena de muerte es
una denuncia de la sociedad toda; una sociedad preocupada por la
acumulación meticulosa de bienes de consumo y por salir expansivamente al
encuentro de nuevas fronteras pero que sólo puede demostrar, frente a lo
sencillamente humano, un fenomenal desprecio por la vida misma. Estas
muertes y las 647 muertes que vendrán sólo merecen de nuestra parte un
repudio y un rechazo al que le faltan palabras que puedan dar la nota de
su indignación. Nosotros, anarquistas y nacidos en Cuba, queremos gritar
hasta la afonía contra estos actos de crueldad y de barbarie; y lo
hacemos, seguramente junto a nuestro pueblo, en el preciso instante en que
el gobierno de la isla sólo puede convocarse a sí mismo a mantener un
ominoso silencio.

¡Salud y comunismo libertario!
Movimiento Libertario Cubano (MLC)


"...la libertad sin el socialismo es el privilegio, la injusticia; y que
el socialismo sin la libertad es la esclavitud y la brutalidad." M.
Bakunin, 1867
Movimiento Libertario Cubano (MLC)
http://www.movimientolibertariocubano.org


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