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(ca) Carlos Taibo: Diez claves sobre Chechenia

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Date Sun, 5 Sep 2004 23:13:24 +0200 (CEST)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
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http://ainfos.ca/index24.html
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de rojoynegro.info
Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de
Madrid y autor de El conflicto de Chechenia.1.Sorprende la inferencia de que el presidente ruso, Putin, ha sentido y
siente profundo interés por las vidas de los rehenes, que han padecido la
indefendible acción desarrollada por un comando presumiblemente checheno.
Los numerosos hechos luctuosos que se han desarrollado en los últimos años
han operado, antes bien, como oportunísima catapulta para el asentamiento
del poder de Putin. Así, han permitido perfilar políticas de honda matriz
represiva y han propiciado un visible cierre de filas de la población,
todo ello merced a la instrumentalización, en inmoral provecho propio, de
la tragedia chechena.
2.Para muchos analistas se ha registrado en las últimas semanas una
incipiente mutación. El tratamiento mediático que el Kremlin ofreció del
derribo de dos aviones -poco propicio, inicialmente, a reconocer un
atentado y a atribuir éste a la resistencia chechena- implicaba una
visible novedad. En lo que atañe a la toma de rehenes en Osetia del Norte,
las autoridades rusas han pronunciado pocas veces el adjetivo checheno,
arrojando la responsabilidad de los hechos sobre el terrorismo
internacional. A la luz de tales cambios parece razonable apuntar que el
Kremlin se estaba percatando de que una parte de la opinión pública rusa
empezaba a recelar de los modos y los proyectos de Putin, como recela de
la eficacia de los servicios de seguridad. Ojalá sea, efectivamente, así.
3.Nuestros medios de comunicación siguen siendo agentes de una delicada
distorsión informativa: sólo se habla de Chechenia cuando se registra
alguna acción de terror de la resistencia local. Ello propicia el olvido
de lo que ocurre en la propia Chechenia. Y es que si el adjetivo
terrorista conviene a los integrantes del comando que ha actuado en Osetia
del Norte, lo suyo es que nos preguntemos por qué no echamos mano de la
misma fórmula para describir las acciones del Ejército ruso un poco más
hacia el este: Moscú ha defendido una política de tierra quemada, de tal
suerte que en los últimos diez años ningún recinto del planeta ha
experimentado un grado de destrucción, y una cifra porcentual de muertos,
equiparable. Para saber cómo se las gasta esta formidable maquinaria de
terror que es el Ejército ruso basta con echarla una ojeada a los libros
de Anna Politkóvskaya y a los sucesivos informes de Amnistía
Internacional.
4.Uno de los elementos centrales de la estrategia autolegitimatoria del
Kremlin es el que identifica en toda la resistencia chechena una unánime
adhesión al terrorismo más desbocado y al islamismo más violento.
Semejante descripción es una burda e interesada distorsión de la realidad.
El presidente checheno elegido en 1997, Masjádov, reflejo de las
querencias mayoritarias en el seno de la resistencia, se ha desmarcado
siempre de los hechos de terror protagonizados por grupos como el
encabezado por Basáyev. Identificar sin más a Masjádov con Basáyev es un
desafuero moral que tiene una consecuencia delicada: Putin ha cancelado la
perspectiva de que del otro lado emerja un interlocutor político con el
que se pueda negociar.
5.En lo que a la era de Putin respecta, el comportamiento de las
autoridades rusas hunde sus raíces en decisiones asumidas en la segunda
mitad de 1999: entonces el nuevo primer ministro se empeñó en cancelar los
efectos del acuerdo de paz sobre Chechenia suscrito tres años antes. Al
poco Putin dejó claro que el propósito de la invasión rusa de octubre de
1999 no estribaba en hacer frente a una amenaza terrorista, sino en
restaurar la integridad territorial de la Federación. Aunque Moscú adujo
datos innegables -el caos imperante en Chechenia, los atentados de
septiembre de 1999-, su apuesta por la resolución negociada del conflicto
fue siempre nula. Así, el Kremlin no cumplió con sus compromisos
económicos y la autoría de los atentados moscovitas todavía hoy se
discute. Entre tanto, la opinión de la población chechena no tiene peso
alguno a los ojos de Putin, quien considera que Chechenia es,
indisputablemente, Rusia.
6.Sólo cabe calificar de farsa el proceso político alentado, los dos
últimos años, en Chechenia y asentado en la promulgación de una
Constitución, la concesión de una fantasmagórica autonomía y el
apuntalamiento de un gobierno servil. Un retrato cabal de ese proyecto lo
aportan las elecciones recientemente celebradas sin el concurso de
candidatos independentistas, con el derecho de voto reconocido a los
soldados rusos y sin observadores independientes. La idea de que Putin
pelea en Chechenia por la causa de la democracia recuerda a la pareja
superstición de que Bush hace lo propio en el Irak de estas horas.
7.Nadie sabe a ciencia cierta qué piensa el checheno de a pie. Es lícito
adelantar que la mayoría de los chechenos están hartos de casi todo: de la
guerrilla como del Ejército ruso. Dicho eso, los datos se ordenan para
concluir que, en condiciones de libertad, el apoyo a una Chechenia
independiente sería mayoritario. Sorprende que quienes dicen defender la
causa de la democracia no presten mayor atención a este hecho. Agreguemos
que a Chechenia, un país de incorporación reciente a la trama imperial
ruso-soviética, le corresponde un relieve menor en la configuración del
imaginario nacional consiguiente, circunstancia que, al menos sobre el
papel, podría facilitar una salida negociada.
8.Si hay algo indignante en las reflexiones que los hechos de estas horas
suscitan, ese algo es la reaparición espectacular de las abruptas
simplificaciones a las que se entrega un discurso, muy reaccionario, que
ve al terrorismo internacional por todas partes. De entre las muchas
consecuencias negativas hay dos singularmente delicadas. La primera habla
de un formidable olvido de las claves propias de los conflictos que
jalonan el mundo: si ya sabemos que Al Qaeda está por detrás de todos los
males, para qué reflexionar, entonces, sobre lo que ocurre en Chechenia.
La segunda la configura una franca aceptación del todo vale. Como gustan
de repetirlo los gobernantes rusos, con los terroristas no se negocia: se
les aniquila. Curiosa interpretación ésta de las reglas del Estado de
derecho.
9.Es difícil separar el contencioso checheno de una trama, la del Oriente
Próximo y la cuenca del Caspio, en la que se aprecia el aliento de una
codiciosa política norteamericana encaminada a controlar jugosas materias
primas energéticas. La actitud de los agentes regionales a buen seguro que
mucho le debe a esa política. Washington juega dos cartas en el Cáucaso:
si la primera invita a mantener una relación fluida con Rusia -con mutuos
silencios ante los desmanes respectivos-, la segunda implica despliegues
militares de cierta importancia, como el verificado en 2001 en Georgia.
Tras esta disputa entre lógicas imperiales, conviene precisar que el
relieve del petróleo para dar cuenta del conflicto de Chechenia es hoy
menor: si, por un lado, la riqueza energética del país se vio esquilmada
en la etapa soviética, por el otro la política de conductos que abrazan
Rusia y EE UU ha esquivado, significativamente, el territorio checheno.
10.No es más edificante la actitud asumida por las potencias europeas.
Desde el 11 de septiembre de 2001, sus responsables ya no miran hacia otro
lado cuando se habla de Chechenia: le dan palmaditas en el hombro al
presidente Putin. Semejante ejercicio de doble moral, de acatamiento
subrepticio del todo vale y de silencio ostentoso ante los efectos del
terror de Estado tiene que producir escalofríos. La credibilidad de la
Unión Europea está en juego en estas horas, tanto más si opta, como
acostumbra, por primar los intereses sobre los principios.



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