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(ca) La Campana #7: EL ANARQUISMO Y LAS CONSTITUCIONES

From a-infos-ca@ainfos.ca
Date Wed, 17 Nov 2004 10:16:35 +0100 (CET)


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Vaya por delante que los anarquistas somos plenamente conscientes de la
irrelevancia histórica de los llamados “Textos constitucionales”. Tan
irrelevantes (o despreciables, si así se prefiere) como las discusiones
teológicas sobre el sexo de los ángeles o el misterio de la Santísima
Trinidad, por más que en torno a ellas y con su excusa o amparo se haya
intrigado, distribuido el poder y organizado monstruosas matanzas o
levantado hogueras y horrendos autos de fe. En este sentido, no hay duda
para los anarquistas. Cuanto más crezca el barullo en torno a esos
asuntos, tanto mayor ha de ser el esfuerzo de los libertarios por
apartarse de la corrala y alentar entre los trabajadores y oprimidos la
conciencia cabal de que su postergación solo acabaría cuando se
decidiesen a organizarse por sí mismos, sin otra ley que la de la
solidaridad, ni otra organización que la de la libertad, ni otro
procedimiento que la armonía autogestionaria. Una Constitución (Carta Magna, Tratado arbitral, etc) es un documento que
reseña un determinado tipo de organización política estatal y señala, en
términos formalmente jurídicos y normativos, las conductas legales y
legítimas que, de cumplirse, han de garantizar su permanencia. Su
elaboración implica, en cualquier caso, la construcción del acatamiento
social al poder y a las instituciones que le amparan. En este sentido, poco nos importan a los anarquistas las disquisiciones
entre constitucionalistas institucionales y normativos o entre los
defensores del derecho natural o del derecho positivo y si en tal o cual
Constitución ha de entrar esto o lo otro y, a esto SÍ, a esto NO. Pues
nuestra crítica y acción subversiva se dirigen contra la organización
política estatal (fundamentada siempre en la desigualdad política y
social, esto es, en la falta de libertad y la postergación) y, en
consecuencia, contra los instrumentos de que se vale dicha organización,
entre ellos, la Ley -y más si es “Suprema”- o el Orden que regula de modo
jerárquicamente principal, como “principio constitucional”, la acción y
la vida del Estado y sus administrados. Cuando los anarquistas utilizamos expresiones tales como “No a la
constitución de la Europa del Capital y la Guerra”, no estamos
refiriéndonos a un texto en particular, sino definiendo claramente
nuestra oposición a esa entidad-la Europa del Capital y la Guerra- que
viene constituyéndose desde hace años como un cuerpo social y político
lamentable. Y lo viene haciendo muy a pesar nuestro y en contra de
nuestras aspiraciones a un régimen de colaboración social armonioso,
comunista libertario. Rechazamos los anarquistas la constitución de ese
cuerpo y, por el contrario, afirmamos que si ha de nacer un individuo
social llamado Europa no podrá jamás presentar la constitución física del
Dinero y la Muerte, del Capital y la Guerra. “No a la constitución de la Europa del Capital y la Guerra” no es lo
mismo, ni mucho menos, que “No a la Constitución Europea” y menos todavía
en tiempos que se anuncia desde el gobierno un referéndum que apruebe un
concreto texto constitucional europeo. Los anarquistas estamos en contra de la Constitución europea, española,
vallisoletana o bananera, ... ahora y desde siempre ... como lo estamos
frente a cualquier texto, institución, instrumento político o artefacto
social, que derive de la organización estatal y consagre en dicho Estado
(o unidad política, si se prefiere) la desigualdad o el sometimiento. Sin
olvidar que una Constitución no es el instrumento más preciado y positivo
para un Estado cuando trata de imponer su tiranía. Tampoco lo será la
llamada Constitución europea para la hegemonía del Capital y la Guerra en
Europa, una vez que se ratifique o apruebe en todos los países de la UE.
Como tampoco lo es, ni lo será cuando se modifique, la Constitución
española para que los poderosos señores del dinero y la violencia de
arriba mantengan firme su dominio. Dispone el Estado para todo eso de
baluartes mucho más firmes que una Constitución (por ejemplo, la fe de
los de abajo en el orden y la autoridad, el cainismo social en tiempos de
miseria, las bayonetas, el sistema penal y de honores, etc), que al fin
cambia e interpreta en cuanto lo necesita. Sin embargo, ello no empece a
que las Constituciones y los tribunales constitucionales sean
instrumentos eficaces en manos de la organización estatal para ejercer
algunas de sus tareas y, en ese sentido, logren afectar al ciudadano y
hasta convencerle de que el señuelo es la liebre. Especialmente, la
monserga infame de que se tienen los derechos que la Constitución recoge
y ampara, eso sí, en la forma y con los procedimientos que en ella misma
se prescriben, que nunca directamente, en acción directa, no tutelada. Así pues, estamos los anarquistas obligados a vivir y luchar contra la
injusticia, al margen de lo que prescriba la Constitución que impere allá
donde habitemos. Nuestra libertad no dependerá de que figure o no un
texto cualquiera, por más importante que parezca y se adornen con
amenazas y birretes sus funcionarios. Tampoco nuestras necesidades y
exigencias de justicia e igualdad serán cubiertas, si no las conquistamos
y defendemos, tras perder la fe en que alguien o algo -el Estado,
precisamente- lo hará por nosotros. Y el primer y más valioso y eficaz
acto de descreimiento es darle la espalda, sobre todo en su formal
nacimiento ... ... ¿Votar? No, gracias. Arrieros somos y en el camino hemos de
encontrarnos, pues solo en ellos está la libertad y la Justicia y no en
los Tribunales.
Lluís Corredor






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