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(ca) red-libertaria.net: Ni revolución traicionada, ni ética pacifista.

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Date Mon, 21 Jun 2004 22:11:52 +0200 (CEST)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
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Lo que hace falta es un BALANCE del pasado y un PROGRAMA para luchar por
el futuro.Estoy absolutamente de acuerdo con la apreciación que hace Abel Ruiz (Red
Libertaria, 14-5-2004) del libro “La revolución traicionada” (que repite
el título de un libro de Trotsky) como una narración histórica demasiado
simplificadora de los hechos, en la que no se explica por qué los héroes
de ayer se convierten en los felones y traidores del día siguiente. Estoy
de acuerdo con Abel en que no se entiende por qué Balius y sus seguidores
de la Agrupación de Los Amigos de Durruti defienden unas posiciones
extremistas que los convierten en los “únicos” revolucionarios, y a los
demás (Peirats, Federica, García Oliver, Abad de Santillán, Peiró,
etcétera) en simples traidores. ¿Dónde queda por otra parte, y qué papel
juega, el grueso de la militancia anarcosindicalista? Con Amorós la
historia del movimiento obrero se reduce a una breve lista de superhéroes
revolucionarios puros (ayer Balius, Pellicer o Durruti, y mañana el
iluminado de turno) en la que han desaparecido el anonimato de la masa y
la clase obrera en acción (Red Libertaria, 5-6-2004).
Pero no discutamos de libros. Hay que debatir sobre hechos históricos,
sobre realidades. Y es un hecho que el movimiento libertario fracasó. Se
perdió la guerra, pero antes de perder la guerra se había perdido la
posibilidad de hacer la revolución. ¿Por qué?: eso es lo importante, eso
es lo que nos interesa comprender. Y el movimiento libertario jamás ha
dado una respuesta convincente y coherente. La ambigüedad, la imprecisión
o el “viva a las sagradas siglas” frente a esta cuestión no consiguen más
que certificar la derrota de la guerra, prolongar la agonía de las ideas y
cerrar el camino hacia el futuro.
Ante todo una discrepancia fundamental con Abel, cuando afirma que es
“mejor perder la revolución que convertir el país en un baño de sangre”,
porque esa opción ética nunca se planteó así en la realidad, y en todo
caso fue la victoria del fascismo la que dio paso a ese baño de sangre y a
una dictadura bestial que impuso el terrorismo de Estado contra “los
rojos” y practicó el genocidio del movimiento obrero; con torturas,
prisiones, campos de exterminio y trabajos forzados, hambre, castigos y
humillaciones de todo tipo, paseos y fusilamientos masivos hasta 1952.
En 1936-1939 no se dio en ningún momento la posibilidad de esa elección
ética, planteada por Abel, entre perder los principios y las conquistas
revolucionarias o transformarse en pelotones de ejecución. Por otra parte,
los hechos históricos demuestran que se dio lo uno y lo otro al mismo
tiempo: García Oliver renunció a principios y conquistas y también puso,
conscientemente o no, la primera piedra de los campos de trabajo
republicanos; Manuel Escorza renunció a principios y conquistas y al mismo
tiempo dirigió checas y pelotones de ejecución (de curas, fascistas y
patronos, pero también de militantes libertarios), y los ministros
anarquistas defendieron en el gobierno de la República (y en el gobierno
de la Generalidad) el programa y los intereses propios de un gobierno de
unidad antifascista, es decir, de un gobierno de unidad sagrada del
movimiento obrero con la burguesía democrática, como los que existieron
durante la Primera Guerra Mundial en Francia y Alemania, cuando se enviaba
a los trabajadores franceses y alemanes al combate y a la matanza entre
ellos por el bien de la patria francesa o alemana.
El movimiento libertario en 1936 (¡después de setenta años de propaganda
antiestatal!) no quiso o no pudo saber, ni entender, que las funciones
estatales no varían ni un ápice porque haya cambiado el color político de
las personas que ostentan el cargo de ministro. Los archivos demuestran
claramente que, por ejemplo, Pedro Herrera, "conseller" de Sanidad, y Abad
de Santillán, "conseller" de Economía, en los debates del gobierno de la
Generalidad defendían y se comprometían a trabajar para que el movimiento
libertario cumpliera los decretos emanados por el gobierno (sobre desarme
de la retaguardia, militarización de las Milicias, disolución de los
comités locales, limitación y sumisión de las colectivizaciones al decreto
de octubre del 36, etcétera). Los ministros lo eran para integrar y
someter el movimiento anarcosindicalista en el gobierno de unidad
antifascista y dejarían de ser útiles, como tales, si no pudieran o
supieran conseguir esa sumisión. No se trata aquí tampoco de una opción
ética (los ministros y “consellers” anarquistas no eligieron
“traicionar”), sino que simplemente ejercieron lo mejor que supieron sus
funciones de ministro y “conseller”, en el seno del engranaje estatal,
porque lo que sí se había elegido era colaborar con el gobierno.
No sé si Abel puede comprender que los principios revolucionarios (y no la
ética) son el arma fundamental de la revolución. El 19 de julio se derrotó
al ejército casi sin armas; en mayo del 37 los obreros, fuertemente
armados, fueron derrotados. ¿Por qué?: porque en julio tenían unos
objetivos políticos claros de derrotar al ejército y al fascismo en la
calle; y por el contrario en mayo estaban políticamente desarmados,
organizativamente divididos y los líderes más destacados y sacralizados
estaban ya del otro lado de la barricada: Mayo del 37 fue un movimiento
espontáneo en defensa de las “conquistas revolucionarias” de Julio, que
carecía de objetivos precisos. Y Los Amigos de Durruti lo que intentaron
hacer fue dar unos objetivos revolucionarios concretos: sustituir la
Generalidad por una Junta Revolucionaria (sin alianza alguna con la
burguesía y el estalinismo) y dar todo el poder económico a los
sindicatos. Pero fracasaron. Los Amigos de Durruti eran una Agrupación
anarquista con cinco mil simpatizantes y cuatrocientos hombres armados en
la calle. Y enfrente, del otro lado de la barricada, se encontraron con
los de siempre: la policía, el burgués, el gobierno; pero ahora como
novedad también a la burocracia obrera cenetista y estalinista. Y esto fue
así, se quiera o no se quiera aceptarlo. Y fue muy grave. Y no reconocerlo
en 2004, o taparlo con dos vivas y tres olés, es aún más grave.
Pero Los Amigos de Durruti, hijos del momento histórico que vivieron, no
eran superhéroes y tenían sus propias limitaciones teóricas y
organizativas, por lo que no pudieron, ni siquiera lo pretendieron,
convertirse en una "alternativa revolucionaria" a la CNT-FAI, con la que
no sólo no rompieron nunca, sino a la que se aferraron organizativamente
ante las pretensiones de expulsión de los comités superiores. Sólo
pretendieron criticar la renuncia a los propios principios y la
burocratización de esos comités superiores, para volver a encarrilar a la
organización confederal sacándola de sus terribles contradicciones. Fueron
un espejo irritante que daba una imagen monstruosa que muchos no quisieron
ni quieren ver. Era y es mejor romper el espejo.
La pregunta fundamental, la cuestión tabú del movimiento libertario y el
tema que tantos libros e intelectuales no llegan a dilucidar, porque no la
comprenden, es porqué los revolucionarios de ayer se convirtieron unos
meses después en ministros, en bomberos, en contrarrevolucionarios… ¿Por
qué los líderes anarquistas y/o el movimiento libertario renunciaron a la
revolución en julio del 36 y en mayo del 37?
“La revolución traicionada” es un producto de la corriente filosófica
postsituacionista, enmarcada en el grupúsculo de la Enyclopedie des
Nuissances (Jorge Semprún). Su argumentación y conclusiones son tan pobres
y tan simplificadoras que no explican nada: “los líderes traicionaron, fue
una REVOLUCION TRAICIONADA”. La historia se convierte en historieta; los
líderes en ridículas caricaturas de Batman (los buenos) o Jocker (los
malos); y la masa obrera es sólo un objeto amorfo y fofo digno de
manipulación. Tampoco se explica por qué surgen esos líderes y cómo se
convierten en omnipotentes dentro de la organización. Si a esta tesis de
la "Traición" añadimos la afirmación (expresada contundentemente en el
prefacio de Amorós) de que HOY ya no existe la clase obrera, nos hallamos
sin duda ante una narración histórica objetivamente antiproletaria. La
clase obrera no sólo fue derrotada por el fascismo y estuvo aplastada por
éste durante cuarenta años de una férrea dictadura, sino que según los
postsituacionistas “ha desaparecido”, “ya no existe”. O sea que los
herederos del situacionismo han sido más efectivos que el fascismo, y han
conseguido lo que éste no consiguió: el fin del proletariado. No los
“situs”, ¡claro!, sino el análisis postsituacionista del capitalismo
actual, según el cual los avances tecnológicos, los cambios sociológicos y
estructurales de la organización del trabajo y la generalización de la
condición asalariada han hecho desaparecer al proletariado como clase
social. No existe pues continuidad ni tradición alguna de la lucha de
clases que el proletariado de los años treinta pueda transmitir al
proletariado actual, porque sencillamente NO HAY PROLETARIADO. Nos queda
pues algo así como una arqueología del proletariado: la famosa “revolución
traicionada”. Pero por el camino nos hemos quedado sin historia y sin
futuro… y además sin proletariado. Y como se ha decretado que ya no existe
la clase obrera los postsituacionistas no dejan de buscar otro sujeto
revolucionario, que investigan con lupa y afanosamente entre las luchas
vecinales, urbanísticas, antitransgénicas, antinocivas, antiglobalización,
antiave, o lo que se pete y preste porque esté de rabiosa moda o
actualidad, con análisis tan brillantes y fatuos como el celofán que
envuelve un regalo vacuo e inútil, porque las conclusiones son
decepcionantes y las perspectivas desmovilizadoras. El abundante material
de archivo sobre Los Amigos de Durruti que Amorós ha utilizado, aunque
Abel desprecia porque lo ignora (y que puede consultar en su mayor parte
en la web de BALANCE), merecía mejor tratamiento y destino que el de
ilustrar una desafortunada y penosa cita de Camus.
Como muy bien dice Abel la TRAICION no explica nada: ¿por qué los que ayer
eran revolucionarios unos meses después eran contrarrevolucionarios? El
propio Abel apunta la respuesta, pero para rechazarla inmediatamente como
absurda. Desde el primer momento el movimiento libertario, huérfano de
programa y teoría revolucionarios, sostuvo la unidad antifascista. Se
trataba de unirse con socialistas, estalinistas, poumistas, republicanos y
catalanistas para derrotar al fascismo. El antifascismo fue en los años
treinta el peor veneno y la mayor victoria del fascismo. La unión sagrada
de todos los antifascistas para derrotar al fascismo y defender la
democracia suponía para el movimiento libertario renunciar a los propios
principios, a un programa revolucionario propio, a las conquistas
revolucionarias, a todo…es decir, el famoso eslogan falsamente atribuido a
Durruti: “renunciamos a todo menos a la victoria”, para someterse al
programa e intereses de la burguesía democrática.
Es ese programa de unidad antifascista, de colaboración plena y leal con
todas las fuerzas antifascistas, el que condujo a la CNT-FAI rápida e
inconscientemente a la colaboración gubernamental con el objetivo único de
ganar la guerra al fascismo.
Es esa adhesión al programa antifascista (esto es de defensa de la
democracia capitalista) el que explica porqué y cómo los mismos líderes
revolucionarios de ayer se convirtieron algunos meses después en
ministros, bomberos, burócratas y contrarrevolucionarios.
Los Amigos de Durruti fueron el intento, surgido en el seno las propias
filas libertarias, de defender y ampliar la revolución proletaria. Hay que
hacer BALANCE, pero sobre todo hemos de ser coherentes. No se puede
reivindicar Mayo del 37 y rechazar a Los Amigos de Durruti, no se puede
reivindicar la revolución proletaria y defender una CNT-FAI capaz de
engendrar, tolerar y defender la existencia de ministros anarquistas. No
se puede teorizar hoy, como hace Abel, tras más de cien años de prédica
contra el Estado, que cuando llega el momento de la verdad hay que
respetar no sé qué imperativos éticos y defender la participación
gubernamental en un gobierno antifascista “para ganar la guerra al
fascismo”. Estas contradicciones e incoherencias son muy propias del
movimiento libertario: la misma persona se siente capaz de reivindicar
Mayo del 37 y rechazar el programa revolucionario de Los Amigos de Durruti
(cuando los Hechos de Mayo fueron fruto del intento de imponer ese
programa). Si los hechos son muy tozudos y evidentes, y su disculpa o
comprensión nos hace comulgar con ruedas de molino, se dice que García
Oliver y Federica cometieron “algunos errores”, en lugar de entender que
fue la CNT-FAI quien, FALTA DE UNA TEORÍA REVOLUCIONARIA SOBRE EL PODER,
engendró eficientes ministros y burócratas que ahogaron el impulso
revolucionario de las masas cenetistas e intentaron transformar la CNT-FAI
en una organización más del aparato estatal republicano, PORQUE SE
SOMETIERON AL GOBIERNO DE UNIDAD ANTIFASCISTA Y ADOPTARON EL PROGRAMA DE
LA BURGUESIA REPUBLICANA .
O se está por el Estado burgués y se le fortalece, o se está contra el
Estado burgués y su destrucción y desaparición. Y es esa destrucción
precisamente el inicio de una revolución proletaria; sin la cual no puede
hablarse de revolución, sino en todo caso, como en la España de 1936, de
una situación revolucionaria huérfana y desaprovechada. Pero no se puede
apostar por las dos cosas, esto es, por la destrucción del Estado y por la
colaboración con él, como hacen e hicieron muchos, que en teoría estaban
por lo uno y en la práctica por lo otro. Claro está que para resolver
contradicciones e incoherencias tan evidentes siempre se puede recurrir a
la excusa de las circunstancias y de la transitoriedad: “después de tomar
Zaragoza”, “lo primero es vencer al fascismo”; o incluso a la filosofía
criminal del pacifismo y la no violencia de Abel: “es mejor colaborar con
los cercanos, aún a riesgo de perder, que matarlos”, “es mejor tener
ministros anarquistas que pelotones de ejecución”… olvidando que el único
deber de los revolucionarios es el de hacer la revolución, y que es la
derrota de la revolución la que hizo perder la guerra y dio vía libre
primero al estalinismo (¡quince mil presos antifascistas en las cárceles
de Negrín en 1938!) y luego al fascismo (cuarenta años de franquismo). Y
digo que esa filosofía pacifista es criminal porque se trata de un
pacifismo (inexistente en 1936 en la CNT-FAI) que deja al proletariado
indefenso ante la violencia fascista. En la España de 1936 no sólo
faltaron fusiles, aviones y cañones, sino sobre todo un programa
revolucionario, cuyo primer punto es la destrucción del Estado. ¿Pero
acaso la destrucción del Estado no es el abecé de los anarquistas?
Hay que aprender de las derrotas del proletariado. Hay que hacer BALANCE.
Y eso puede ser muy duro, mucho más que el de dar vivas a diestro y
siniestro de tal o cual sigla, pero no hay otro camino. HAY QUE HACER
BALANCE, porque el proletariado no tiene más escuela que la de su propia
experiencia histórica, y de ahí el inmenso valor de esas derrotas de
1936-1939, que nuestros abuelos y padres han pagado tan caro, con tanta
sangre, con tantas penalidades y tanto sufrimiento. Porque el futuro no es
de tal o cual sigla, más o menos gloriosa en el pasado, sino de ese
proletariado que unos dan amoros-amente por muerto y enterrado, y otros
llevan pacíficamente al matadero.
Ni Caín, ni Abel. Ni dioses, ni supermanes. Ni revolución traicionada, ni
ética pacifista. Lo que se necesita es un BALANCE del pasado, y un
PROGRAMA para luchar por el futuro, más allá de las siglas, más allá de
las etiquetas...


Agustín Guillamón. Barcelona, 19 de junio de 2004.

BALANCE. Cuadernos de historia del movimiento obrero.
http://es.geocities.com/hbalance2000
chbalance@wanadoo.es


Textos de Red Libertaria sobre el tema:

5 junio 2004: Josep Pellicer, de la Columna de Ferro.

14 mayo 2004: Anarquistas de derechas, libertarios con pistola.

5 mayo 2004: Barricadas en Las Ramblas.

22 abril 2004: Habla Durruti.

29 marzo 2004: Biografía de Manuel Escorza del Val. "




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