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(ca) La Protesta Nº 8224 Julio - Agosto 2004: Del terror al optimismo

From "La Protesta" <laprotesta@topmail.com.ar>
Date Wed, 28 Jul 2004 21:42:17 +0200 (CEST)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
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Grupo Editor La Protesta
Desde 1897 en la calle // Nº 8224 Julio - Agosto 2004 // Buenos
Aires, Argentina
Del terror al optimismo
La vorágine con que se desarrollan los acontecimientos en la superficie
de la vida política argentina amenaza con arrastrar a una prematura
caducidad a cualquier análisis que se sitúe en ese nivel. Atreverse a
auscultar los vaivenes del humor social en lo últimos tiempos tiene como
primer resultado una cierta sensación de perplejidad ante la velocidad
con que se pasó de los terrores apocalípticos de fines del 2001 a un
optimismo que, si se ha de creer en las encuestas que la prensa publica
habitualmente, afecta a la enorme mayoría de la población.

Crecimiento del consumo, caída de los índices de desocupación, aumento
de la recaudación impositiva, acuerdos con organismos de crédito
internacionales beneficiosos para el país: los medios ofrecen una
felicidad falaz en pequeñas dosis cotidianas, un desmesurado rosario de
buenas noticias que fogonean y al mismo tiempo se alimentan del
optimismo Esta situación del "cuarto poder" argentino implica la
bancarrota de su pretendida función de contralor crítico de las
instituciones republicanas. Si bien esta función en el mejor de los
casos nunca fue más allá de la falsa crítica a los falsos problemas, era
al menos más digerible que las proliferantes alabanzas al poder que
compiten por dar la versión más hollywoodense de nuestras desgracias.
Las principales figuras del periodismo progresista al mutar súbitamente
en oficialistas, más o menos acérrimos según la estrategia marketinera
de cada uno de ellos, no han hecho más que acelerar la decadencia de un
discurso que hoy en día pide a gritos ser catalogado como una mezcla de
delirio y tomada del pelo.

Para los progres vernáculos es tiempo de revancha. Después de una década
de tragarse los impresentables sapos del menemismo, las medidas del
gobierno que provocan repulsión en la derecha (jueces de perfil
garantista para la Corte Suprema, una vociferante proclamación del
cumplimiento a rajatabla de los derechos humanos, la modificación del
alineamiento incondicional con los EE.UU.), se combinan para hacer las
delicias del progre que ve extasiado como las aristas más trogloditas
del Estado argentino se tornan un poco más presentables. La presencia de
varios ex "muchachos setentistas" entre los panegiristas del actual
gobierno es el índice más evidente del grado que puede alcanzar las
miserias éticas de los "arrepentidos". Sin duda, los proyectos de los
grupos radicalizados de los setenta adolecían de no pocos defectos, pero
entre el actual estado de cosas y objetivos como la "liberación
nacional" o "la patria socialista" se interpone un abismo que no puede
ser salvado ni siquiera recurriendo a los peores vicios de la pragmática
peronista. En su trabajoso renegar de lo que fueron, los Bonassos y
Verbitskys de esta tierra terminan por tergiversar la utopía social de
una generación, convirtiendo al sacrificio de miles en un absurdo
político.

Previsiblemente, la izquierda pone el grito en el cielo aduciendo que
las reformas gubernamentales no son más que una operación cosmética del
poder e inmediatamente pasa a vender, en lugar del maquillaje oficial,
su lifting opositor. Reducida a una problemática estética, la discusión
política no va más allá cuestión de los ropajes que deben vestir al
Estado. Históricamente, algunas opciones disponibles en el guardarropa
fueron: la levita oligárquica, el poncho populista, el traje neoliberal
y la sotana clerical. Durante algún tiempo estuvo de moda el tosco
overol obrero. Pero cayó en desuso luego de que se comprobara que
fatalmente cada vez que usaba esta pilcha al Estado se le antojaba andar
con el cierre bajo -razón por la que Trotsky, uno de sus sastres
predilectos, lo calificó como Estado obrero "degenerado"- mostrando
aquello que normalmente los otros Estados se empeñan en ocultar. El
espectáculo fue tan desagradable que terminó por hartar hasta a quienes
habían sido sus más férreos defensores.

Los cuerpos sufrientes
Pese a su carácter de efecto superficial, el optimismo social da cuenta
de un proceso profundo de transformación de las relaciones entre la
sociedad y el Estado. Si durante el menemismo había predominado el
consenso cínico ahora parece imponerse una sincera comunión con los
objetivos del gobierno. Esto no quita que la densidad del optimismo sea
escasa y aún en su momento de auge basta con hurgar un poco para
encontrar un extenso malestar social que ha logrado permear hasta en los
discursos sociales más insospechados. La publicidad, que habitualmente
se había ocupado de vender un mundo color de rosa, exhibe generosamente
uno de los mayores síntomas del malestar: los cuerpos sufrientes. Gotas,
cremas, aspirinas, complejos vitamínicos: se promueven por los medios
una variedad de productos que constituyen el andamiaje farmacológico
indispensable para mantener de pie unos cuerpos aquejados por una
multiplicidad de dolencias. A diferencia de lo que sucedía antiguamente,
en la publicidad estos dolores ya no provienen del ejercicio físico en
el tiempo de ocio, sino del desgaste en el mundo del trabajo. En el caso
más extremo, un aviso muestra un cuerpo que arde literalmente, un doble
de cine, que increpa a la audiencia: "¿quién no tiene un trabajo difícil
hoy?".

Una jornada laboral que se extiende y flexibiliza necesita de unos
cuerpos que puedan disponer en todo momento del máximo de su capacidad.
Si bien el fenómeno es de antigua data, no menos de 15 o 20 años,
actualmente alcanza grados intolerables. En una similitud para nada
casual con la lógica del campo de concentración, los cuerpos son
escrutados permanentemente y ante el menor signo de que las fuerzas
flaquean se los excluye sin ningún tipo contemplaciones. La situación
del mercado del trabajo exige que para sobrevivir cada uno se lance a
la batalla cotidiana pertrechado con una compleja ortopedia química. La
demolición de los cuerpos debido a la degradación de las condiciones
sociales que el periodismo se empeña en ignorar es exhibida sin pudor
en los avisos. Por supuesto, la solución que propone la publicidad
(comprar el producto en cuestión para poner fin a los males) es a todas
luces ridícula, tanto como las respuestas que acostumbran a dar las más
célebres plumas del periodismo argentino. Sin embargo, la aparición del
conflicto en las filigranas de un discurso que se había negado a hacer
cualquier concesión a la realidad no deja de ser significativa de la
profundidad del malestar.

Los cuerpos sufrientes tuvieron su momento de gloria el 20 de diciembre.
Aquel día, las calles se poblaron de cientos de miles de ellos que por
primera vez manifestaban su descontento. Como suele suceder en estos
casos, el recreo de los rigores disciplinarios cotidianos fue breve y la
llamada al orden, brutal. Sólo se puede explicar la desmesura de la
represión contra una masa desarmada que sostenía reclamos fácilmente
asimilables por las instituciones, si se tiene en cuenta que para el
Estado se hacía imperativo reencauzar los cuerpos en el orden del
sufrimiento. No fue, entonces, el contenido político de la protesta lo
que provocó la aterrorizante respuesta del poder, sino la forma de
espontánea y contagiosa festividad que se apoderó de la muchedumbre; una
forma que constituyó una seria afrenta al régimen normal de los cuerpos.
Ante el desmadre de unos cuerpos gozosos, para reintroducir el dolor el
Estado aumentó la dosis de rigor para anular el placer de la protesta. A
la manera de un beduino que apenas ve caer una gota de lluvia proclama
el advenimiento del diluvio universal, cierta izquierda creyó hallar en
la efervescencia de aquellos días un conato de actividad revolucionaria.
Pero, para su desilusión, no fue el ajado fantasma del comunismo lo que
se paseó dominando las calles, sino la presencia real de un velozmente
reconstituido terrorismo de Estado que borró a los cuerpos gozosos de su
visibilidad pública para devolverlos a su dolorosa existencia espectral.

Si se analizan con el mínimo rigor las propias estadísticas oficiales,
se advierte que no hay razones para que exista el optimismo: el tan
publicitado crecimiento económico no se traduce significativamente en
una reducción de la tasa de desempleo, el aumento del costo de vida ha
reducido la capacidad de compra de los salarios en un porcentaje no
menor al 40% y los insignificantes aumentos que se han otorgado
benefician sólo a una pequeña porción de los trabajadores. ¿Dónde,
entonces, se encuentra la raíz de tanto optimismo? Sin duda, en un
factor que las estadísticas no pueden registrar: el terror. El optimismo
actual nació del alivio que produjo la relajación del terror estatal. Es
un producto del deseo de retornar a la previsibilidad de la normalidad
sufriente, por parte de unos sujetos aterrorizados por el horizonte de
un devenir social caótico. Entre el terror y la incapacidad política
para quebrar la dicotomía "caos o normalidad" forjaron este deseo de
retorno a lo malo conocido.

Pronosticar el declive del optimismo carece de demasiada importancia. No
hace falta poseer las dotes clarividentes de un Nostradamus para
advertir que, mientras en lo profundo persista el malestar, el optimismo
tiene los días contados. Lo importante, en todo caso, es trabajar para
que cuando el malestar vuelva emerger, al menos lo haga provisto con la
capacidad de superar las falsas disyuntivas que el poder siembra a su
paso.

R. Izoma




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