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(ca) Congo: Soldados ONU cambian comida por sexo con niñas

From a-infos-ca@ainfos.ca
Date Tue, 13 Jul 2004 21:56:26 +0200 (CEST)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
http://www.ainfos.ca/
http://ainfos.ca/index24.html
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[de cgt.es]
El campo de refugiados de Bunia es el hogar de unas 15 mil personas,
separadas por una alambrada de las tropas de la ONU.Adolescentes de la República Democrática del Congo, que eran violadas por
milicianos, están siendo sexualmente explotadas por los cuerpos de paz de
las Naciones Unidas, quienes dan a las jóvenes comida a cambio de sexo.Así lo manifiesta el diario The Independent, dando detalles sobre los
resultados ONU. (Mujeres hoy)Trabajadores/as humanitarios/as dicen que cada noche, las jóvenes se
arrastran a través de huecos en la alambrada que rodea el campamento de la
ONU para vender sexo a soldados marroquíes y uruguayos a cambio de
mercancías, tales como un plátano o un pastel, generalmente para alimentar
a sus hijos e hijas, que son el resultado de las múltiples violaciones
previas.''Es fácil para nosotras llegar a los soldados de la ONU'', dijo
una niña de13 años llamada Faela. ''Cruzamos la alambrada cuando está
oscuro, a veces una vez por noche, a veces más''.
Faela describe la vida en el campamento de refugiados en Bunia, una
población al noreste de la República Democrática del Congo, llevando en
brazos a su hijo de seis meses de edad. Quedó embarazada después de haber
sufrido repetidas violaciones por parte de numerosos hombres de su
poblado.''La vida en el campamento es difícil para muchachas como yo, con
bebés y sin esposos. No tenemos hombres que nos cuiden. Hemos sido
mancilladas por los soldados que invadieron nuestros pueblos. Ninguno nos
tomaría como su esposa, y es difícil para nosotras conseguir comida en el
campamento'', dijo.
La explotación ocurre a pesar del llamamiento de la ONU para detener la
política de tolerancia cero con sus soldados que cometan abusos sexuales.
Dominique McAdams, reesponsable de la misión de la ONU en Bunia, declaró
que creía que se estaban cometiendo abusos sexuales, pero que no había
visto ninguna evidencia.
The Independent entrevistó a más de 30 muchachas durante cinco días, y la
mitad de ellas dijo que había estado con los cuerpos de paz a través de
huecos abiertos en la alambrada del campamento.
Un funcionario de Atlas, la organización de ayuda del campo de refugiados,
confirmó que miembros de su personal estaban al tanto dicha conducta, pero
que tenía miedo de enfrentarse con la situación. ''No hay nada que los
detenga, y las muchachas necesitan comida. Es mejor quedarse callado'',
dijo. ''Tengo miedo de que si digo algo pueda perder mi trabajo, y yo
tengo mis propios hijos que alimentar''
Mientras la ONU ha prometido utilizar ''todas las sanciones
disponibles''contra los violadores, hay dudas acerca de que algo cambie
con la investigación y de que los culpables sean llevados ante la
justicia, asegura el medio británico.
Sexo y muerte en el corazón de África. Hambrientas, asustadas y
desamparadas, las jóvenes mujeres de la República Democrática del Congo
están vendiendo sus cuerpos a cambio de comida y abrigo. Y los hombres que
les ''pagan'' son los cuerpos de paz de la ONU, los responsables de
protegerlas.
Faela tiene 13 años de edad; Joseph menos de seis meses. Sentada en el
suelo polvoriento del mayor campamento para refugiados internos, acuna a
Joseph en sus brazos, y cuenta como se asegura el alimento para ella y su
hijo ''Si voy a ver los soldados de noche y duermo con ellos, algunas
veces me dan comida, tal vez una banana o una torta'', dice Faela, mirando
a su hijo.''Tengo que hacerlo con ellos porque no hay nadie que me cuide,
y no hay nadie más que yo para proteger a Joseph. Él es todo lo que tengo
y debo cuidarlo''
Esta es una historia que no sonaría a extraña en ninguna parte de este
país asolado por la guerra, si no fuera por un detalle: los soldados de
los que Faela está hablando no forman parte de los grupos rebeldes que han
devastado la provincia de Ituri, en el noreste del país durante los
pasados cuatro años y medio. En cambio, son parte de las fuerzas de paz de
la ONU en el Congo (MONUC es su sigla en inglés), y están bajo sus órdenes
junto al campo de refugiados de Bunia.
La ONU tiene el control del aeropuerto local, una vez se ha vuelto a poner
en marcha este nudo comercial que servía a toda la provincia de Ituri. La
región es rica en recursos naturales, incluyendo uranio y las grandes
reservas de petróleo, recién descubiertas. El aeropuerto de Bunia rebosa
de personal militar, y el estado y la cantidad de aviones de la ONU
contrasta con los herrumbrados aviones congoleños abandonados en las
cercanías.
Después de dejar el aeropuerto, se pasa por una serie de barracas a lo
largo de unos caminos sin pavimentar. Se puede ver a los cascos azules de
las fuerzas de paz uruguayas y marroquíes detrás de sus barricadas hechas
con sacos de arena y alambre de púas. .La gente forma una corriente
constante que camina a lo largo del camino polvoriento, pero es imposible
decir a donde se dirige.
El campo de refugiados de Bunia se estableció hace un año, tras una
escalada de enfrentamientos entre las etnias Hema y Lendú, y la gente
llegó allí buscando protección al lado de la base de la ONU. Hoy el campo
es el hogar de unas 15 mil personas, y consiste en varias filas de tiendas
de nylon azul. Sin embargo, la vida dentro del campo sigue siendo dura.
Los enfrentamientos entre etnias rivales estallan cada noche, y la tensión
es muy alta. Durante el día florece el mercado negro, en el que se puede
conseguir desde comida hasta armas. En este mundo de esperanzas perdidas y
sueños destrozados, la de Faela es una historia común. Es una historia de
guerra y de soldados, de sexo, y, más que nada, de miedo Si ella es
indiferente a su futuro, es porque lo único que ha conocido en su corta
vida han sido la violencia y la sumisiòn.
Su mundo, una vez lleno de familiares y cariño, se ha esfumado lentamente,
y se ha estrechado día a día, hasta que todo lo que le queda es su hijo, y
su preocupación por alimentarlo.
''Yo llegué a este campamento hace unos seis meses, cuando los combates
empeoraron en nuestro pueblo'', explica con calma. ''Los soldados,
diferentes soldados, venían cada noche y no sabíamos lo que estaba
sucediendo. “. Cada noche los soldados venían a nuestra tienda y nos
obligaban a mis hermanas y a mí a hacerlo con ellos. No teníamos elección.
Si nos hubiéramos negado, nos habrían pegado. Algunas veces ponían sus
armas contra mi pecho, y otras entre mis piernas. Yo estaba realmente
asustada''.
Tan asustada estaba que dejó el pueblo donde había nacido y comenzó una
larga caminata hacia el campo de refugiados a través de la selva de Ituri.
Sabía antes de partir que estaba embarazada y que el anónimo padre de su
hijo era alguno de los integrantes de esas bandas de soldados. ''Tuve a
Joseph en la selva'', dice.''Mi padre no podía ayudarme más, porque está
avergonzado de mí por tener este bebé sin estar casada. El tiene que
cuidar a mis hermanos y mis hermanas''. Faela esperaba estar segura en el
campamento. Pensaba que la vida sería también dura, pero que al menos no
tendría más visitas de medianoche, que no habría más hombres con armas.
Pensaba que sería alimentada, arropada y protegida. En cambio, cuando vio
que la gente le negaba la comida, la aislaba, y hablaba de su
''vergüenza'', lentamente descubrió que era una paria.
“Es difícil vivir en el campamento para muchachas como yo, con niños y sin
marido'', dice. Solteras con hijos, proclaman que como no tienen a nadie
en el campamento que las proteja, tienen que buscar ayuda donde pueden.
María tiene 15 años. Como Faela, ella también tiene un bebé. De pie junto
a la alambrada de púas, explica por qué no tiene más remedio que trepar
por sus agujeros y dormir con los soldados de la ONU. ''Cruzo la alambrada
cuando necesito comida'', dice. ''Nada malo nos sucede allí, los soldados
son gentiles y nos dan cosas. En este campamento no hay mucho. Yo vine a
Bunia para estar segura y para alejarme de los soldados que atacaban mi
pueblo''.
María, como muchas de las demás muchachas dentro del campo, niñas cuidando
niños, nunca fue a la escuela y no puede leer ni escribir. Siempre fue una
hija obediente y no tenía idea de adonde ir después de que su familia la
abandonase. Pasó de ser amada y protegida por su padres a ser expulsada, y
admite que cualesquiera sean los peligros, no dejará de visitar a las
fuerzas de paz cada noche. ''Los soldados de la ONU ayudan a muchachas
como yo, nos dan comida y cosas si vamos con ellos'', explica.
Este artículo demuestra la importancia del Estatuto de Roma y la Corte
Penal Internacional que tipifica entre los delitos más graves cometidos
contra la humanidad, el de violación y esclavitud sexual, conductas en las
que cae el "intercambio de comida por sexo". En este caso la violación es
más grave aún, pues las víctimas son niñas.
Asociación por derechos humanos de Andalucía.




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