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Date Sat, 24 Jan 2004 13:42:02 +0100 (CET)


LA CAMPANA 232-EDITORIAL: Instrucción militar en Argentina: prácticas
con sufrimiento real
Sender: worker-a-infos-ca@ainfos.ca
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Al menos siete fotos tomadas en 1986 en un centro de entrenamiento
militar argentino revelan que el Ejército realizaba prácticas de tortura,
como parte de un programa de formación para fuerzas de elite. En el curso
de las prácticas, se utilizaba a subalternos y soldados cursillistas
indistintamente como víctimas y como torturadores, pero también, según
algunos afirman, a civiles (probablemente inmigrantes indocumentados,
pequeños delincuentes, etc) aunque en este caso, solo como víctimas, hoy
desaparecidas o silenciadas. La investigación abierta con este motivo reveló que los cursos se
continuaron al menos hasta 1994, bajo las presidencias de Alfonsín y
Menem, en plena democracia, pero nada hace pensar que tales usos no
continuasen hasta hoy. Las principales organizaciones de Derechos Humanos
en Argentina afirman que ambos presidentes “no podían ignorar estas
prácticas”, que ya habían sido denunciadas con anterioridad y, con la
misma, ignoradas, archivadas o destruidas por los funcionarios
correspondientes. Las espeluznantes fotografías refieren lo sucedido en un curso de
instrucción militar en un centro del Ejército en Córdoba, denominado
Quebrada La Cancha. Sin embargo, el Centro de Estudios Legales y Sociales
y la Asociación Madres de la Plaza de Mayo demostraron que cursos de las
mismas siniestras características y con los mismos objetivos se
realizaron en 1990, 1993 y 1994, en ese y otros lugares, estando
implicadas unidades de élite del Ejército de Tierra, la Marina, la
Aviación y la Gendarmería. En la documentación gráfica se puede observar como los militares torturan
con toda frialdad a decenas de personas, algunas de ellas vistiendo ropa
castrense. Esta circunstancia parece servir de excusa a los responsables,
al señalar que se trataba de “formar a la tropa de elite en el
sufrimiento, no para ejercitar ellos mismos la tortura, sino para
soportarla en caso de caer en manos del atroz enemigo, en guerras no
convencionales”. Las guerras no-convencionales a las que se refiere la
cúpula cuartelera son aquellas que vienen declarando militares y
políticos contra sus propios pueblos y que terminan inevitablemente en
dictaduras, organizaciones paramilitares, escuadrones de la muerte ... y
el interminable calvario de las poblaciones a someter. El cinismo de
estos sádicos condecorados, solo es comparable a la impunidad de la que
gozan sus actos criminales. Las fotografías muestran a personas sometidas a la picana, es decir, al
instrumento de tortura que permite dirigir descargas eléctricas a
distintas partes del cuerpo. En otros casos, se observa a personas
encapuchadas, con bolsas de plástico cerradas en torno a la garganta,
obligadas a permanecer en esa situación hasta el límite de la asfixia.
Todos estos tormentos fueron ampliamente utilizados por los militares
argentinos en los años de la dictadura, cuando asesinaron a más de 30.000
personas, en la mayor parte de los casos tras haberlas antes torturado de
mil modos horribles. Con todo, la estremecedora enseñanza que se ejerce con estos cursos no es
exclusivamente de carácter moral, destinada a hacer caer y habituar a
unos pobres individuos en la indignidad y abyección absolutas y
permanezcan insensibles al sufrimiento de aquellas personas a las que van
a martirizar. Pues para este fin sería suficiente, por ejemplo, seguir el
ejemplo de todos los ejércitos y policías torturadoras del mundo, que
esperan -intrigando, eso sí- al primer signo de guerra, convencional o
no, para obligar al futuro torturador a intervenir en su primera sesión.
En este último caso, puede que la primera vez el alumno vomite y se
derrumbe, pero -si es que ha de servir para llevar a cabo lo que le exija
la patria- se le pasará en la segunda oportunidad y, a la tercera sesión,
no tendrá otro remedio que participar activamente del crimen, único modo
de autojustificarse el haber soportado las otras dos. La truculenta pedagogía de la Quebrada cordobesa se dirige también a
conseguir de los alumnos-gestapo una cierta destreza técnica en la
realización de actos horribles y la sumisión a la autoridad que las
justifica y exige. La habilidad de causar sufrimientos insoportables, sin
que la víctima de un interrogatorio muera antes de haberlo decidido la
autoridad y sin que ningún juicio moral llegue a cuestionar su
legitimidad. Es para esto que las cobayas humanas son mejores que los
perros, como seguramente aprendieron los torturadores argentinos de sus
maestros norteamericanos en la Escuela de las Américas. Y esto es lo más horrible de lo desvelado en Argentina. La existencia de
una burocracia judicial y social, entrenada en el silencio, indiferente
al régimen político que sostiene (democracia, dictadura militar, tiranía
representativa, etc), incapaz de articular una sola denuncia, un juicio
moral no retórico, una acusación indignada y decisiva contra actos
horribles, mientras que sus responsables se cubran con el manto de la
autoridad y exhiban como columna vertebral del orden social y de la
patria. ¿Cómo pudo mantenerse en silencio durante decenios la práctica de la
tortura sobre decenas de personas, en sesiones que intervenían hasta
“sesenta alumnos”? Solo de un modo. Cada denuncia que llegaba era
sistemáticamente archivada en algún momento del proceso judicial. Las
preguntas de los familiares del pequeño delincuente desaparecido nunca
recibían respuesta. La inquietud de los soldados que desertaban y
llegaron a huir de aquél infierno sólo llego a conocerse en los barrios
de miseria y paro. Los folios y denuncias manuscritas que llegaban a
manos del juez terminaban en las máquinas trizadoras. Así, durante once años, quizá veinte. Así ayer y quizá hoy. Así bajo la
dictadura y así también bajo la tiranía democrática. Contra unas y otras
es la lucha.



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