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(ca) [cspcl_l] movimientos sociales y poder en America latina

From a-infos-ca@ainfos.ca
Date Mon, 23 Feb 2004 10:19:45 +0100 (CET)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
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http://ainfos.ca/index24.html
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Intervención de John Holloway en el foro "Los nuevos movimientos
sociales y la cuestión del poder en América latina", realizado
el 13 de febrero de 2004 en la UNAM.

México, Argentina, Bolivia...América latina:
Los nuevos movimientos sociales y la cuestión del poder
John Holloway

I
La cuestión del poder y del estado es una cuestión práctica. En
América Latina y en todo el mundo hay una oleada enorme de
luchas en contra del neoliberalismo. ¿Cómo fortalecemos estos
movimientos? ¿Cómo hacemos para que otro mundo sea posible? ¿Hay que
enfocar las luchas en el estado, en el intento de ganar influencia
dentro del estado, o de conquistar el control del estado? ¿O
mejor damos la espalda al estado e intentamos cambiar el mundo sin
tomar el poder?

Esta es la pregunta central para los movimientos de resistencia
en América Latina y para el movimiento altermundista en todo el
mundo. De los reportajes que llegaron del Foro Social Mundial en
Mumbai, está claro que este fue el tema principal de los
debates, y también es la cuestión central en Argentina, en Bolivia,
Ecuador, Chiapas, San Salvador Atenco, Tlalnepantla.

La pregunta está clara, pero no existe ninguna respuesta fácil.
Es importante señalar esto porque en la discusión de las
diferencias de opinión es fácil perder de vista que todos somos
compañeros involucrados en la misma lucha para crear una sociedad digna
(es decir una sociedad comunista). Exagerar las diferencias es
un peligro, pero también existe el otro peligro de no querer
discutir las diferencias simplemente porque todos estamos en la
misma lucha. Dentro de la lucha por otro mundo es importante
discutir las diferencias, pero teniendo presente que nadie tiene
las respuestas, que no existe ninguna línea correcta, que el
camino hacia adelante tiene que ser a través de la discusión y no a
través de la descalificación mutua.

Quiero hablar de los problemas de ambos enfoques y explicar por
qué, a pesar de sus problemas, pienso que tenemos que enfocarnos
en cambiar el mundo sin tomar el poder. Y después quiero hablar
de los casos específicos de Argentina y Bolivia.

En toda esta discusión voy a asumir que la lucha no es solamente
en contra del neoliberalismo sino en contra del capitalismo. La
destrucción de la humanidad que se está llevando a cabo ahora no
es porque los gobiernos escogieron políticas incorrectas, sino
porque la organización capitalista de la sociedad, es decir, la
organización de la sociedad sobre la base de la ganancia, es en
contra de la humanidad. La existencia misma del capitalismo es
una agresión en contra de la humanidad. La creación de un mundo
digno significa abolir el capitalismo y no solamente cambiar las
políticas de los gobiernos.

¿Cómo deshacernos del capitalismo, entonces? La perspectiva
ortodoxa es que enfoquemos nuestras luchas en el estado y que
intentemos conquistar el control del estado, sea por la vía electoral,
sea por la lucha armada. Una vez que tengamos el control del
estado, vamos a poder introducir cambios sociales radicales,
socializar los medios de producción, transformar la organización del
trabajo, etc. Por supuesto, dicen, no puede haber socialismo en
un país, pero el control del estado nos dará la posibilidad de
cambiar las condiciones dentro de un país y una base para
conquistar el control en otros países.

El argumento en contra de esta perspectiva tiene dos momentos.
Primero, la perspectiva estadocéntrica exagera el poder del
estado. El estado (cualquier estado) está estrechamente integrado en
la totalidad de las relaciones sociales capitalistas, a tal
grado que sería muy difícil para cualquier estado (cualquiera que
sea la intención de sus líderes) implementar medidas que tuvieran
el efecto de reducir la rentabilidad del capital. Si un estado
implementa tales medidas, el capital se irá del país y el país
será más pobre. Tal vez sea posible restringir la salida del
capital, pero entonces el capital dejaría de fluir al país, con el
mismo resultado. Es por el miedo de que esto podría pasar que
los gobiernos de izquierda generalmente hacen un esfuerzo
particular para convencer a los capitalistas que no van a hacer nada
para reducir las ganancias del capital.

Esto es cierto para gobiernos reformistas, gobiernos que no
tienen ninguna intención de romper con el capitalismo. Pero ¿qué de
los gobiernos revolucionarios? (Primero hay que decir que una
pregunta muy abstracta, porque no existe en el mundo un partido
revolucionario que tenga la más remota posibilidad de conquistar
el poder estatal. Pero imaginemos …) Los gobiernos
revolucionarios obviamente se enfrentarían con una salida masiva del
capital yun incremento en la pobreza. En una situación revolucionaria,
puede ser que la gente acepte una reducción en sus niveles de
vida para crear otro tipo de sociedad, pero si no hay una
verdadera autodeterminación social, la pobreza y el distanciamiento del
liderazgo pueden conducir muy fácilmente a un régimen
autoritario. La clave es la autodeterminación social. Pero la verdadera
autodeterminación social implica una forma de organización social
que no sea el estado, una forma antagónica a la forma estatal,
algún tipo de organización consejista, y esta no se puede crear
desde el estado. En otras palabras, el éxito de la revolución
dependerá de la autodeterminación, y la autodeterminación va en
contra del estado.

Esto nos lleva al segundo (y más importante) argumento en contra
de la canalización de la lucha hacia la conquista del poder
estatal. Centrar la lucha en el estado significa empobrecer la
lucha. Una oleada de lucha como la oleada actual es una explosión
increíble de creatividad: la gente inventa nuevas formas de pelear
por lo que desean, nuevas formas de expresarse, nuevas formas de
divertirse. Sus sueños y sus aspiraciones van mucho más allá de
lo inmediatamente posible: "seamos realistas, exijamos lo
imposible". Se desarrollan nuevas formas de organización, se
derrumban viejas instituciones y viejos liderazgos. La rebeldía es
expresiva, no instrumental: es una rebeldía en-contra-de, una
explosión de lo reprimido, no un movimiento consciente y
calculado, diseñado para llegar a cierta meta. La rebeldía habla un
lenguaje que el estado capitalista no entiende, usa una gramática que
no tiene sentido para los que mandan, canta una canción que
lastima los oídos de los poderosos.

Canalizar esta rebeldía hacia la conquista del poder estatal,
sea por la vía electoral sea por la lucha armada, significa domar
la rebeldía, enseñarle el lenguaje y la gramática y la música
del poder, moverla a otro terreno (al terreno de las elecciones o
de la lucha armada), un terreno en el cual el capital se siente
totalmente a gusto. Pero esto es empobrecer la rebeldía,
quitarle su color, hacerla aburrida. Implica introducir jerarquías:
jerarquías entre los líderes y las masas, jerarquías entre las
actividades serias que contribuyen a la conquista del poder y
las actividades frívolas o pequeñoburguesas que no lo hacen.
Centrar el movimiento en el estado socava la fuerza del movimiento.
Puede ser que esta canalización del movimiento conduzca de hecho
a la conquista del poder estatal, pero el movimiento que llega
al poder va a ser un movimiento mucho más burocratizado y
estrecho que antes, un movimiento mucho menos capaz de resistir cuando
sus líderes estén absorbidos por el mundo de relaciones sociales
capitalistas del cuál ya son parte. La desilusión, la traición,
la burocratizacion son por lo tanto los conceptos claves de la
historia de la izquierda estadocéntrica.

Pero, si no a través del estado, entonces ¿cómo? La rebeldía no
es suficiente. No es suficiente porque los horrores del mundo no
existen simplemente: se están generando todo el tiempo y lo que
los genera es la organización capitalista de la sociedad, la
organización de nuestro hacer como trabajo orientado hacia la
producción de ganancia, es decir, como trabajo que produce valor y
plusvalía. La rebeldía se tiene que convertir en revolución no en
el sentido de una cambio desde arriba, sino en el sentido de
crear un mundo en el cuál el hacer no exista como trabajo
enajenado: sólo entonces podemos decir que otro mundo es posible.

¿Cómo podemos hacer eso? Tenemos que tomar como punto de partida
las rebeldías, insumisiones, desobediencias que existen y verlas
como fisuras, como grietas en la dominación capitalista,
espacios en donde la gente está diciendo "NO, aquí no manda el
capital", aquí vamos a determinar nuestras vidas como queramos
nosotros". Estas fisuras existen por todos lados, grandes y pequeñas. El
problema es pensar cómo las podemos expandir y multiplicar. No
existe ninguna razón para pensar que la expansión de la
rebeldía debería llevarse a cabo a través del estado, una forma
de relaciones sociales desarrollada históricamente con el
propósito de suprimir la desobediencia. No existe ninguna razón por
qué la extensión y multiplicación de las insumisiones deba
requerir una forma de organización centralizada: lo que se necesita (y
lo que está pasando actualmente) es el desarrollo de redes
informales de apoyo, de inspiración y de información.

Existen, por supuesto, muchos problemas para pensar cómo este
enfoque se pueda desarrollar. Un problema central es la de la
organización material de nuestro hacer. Para crear un mundo
diferente, tenemos que organizar nuestro hacer de otra forma, de una
forma no capitalista, no orientado hacia el mercado. Existen muchos
proyectos y experimentos en este sentido, pero están limitados
por el hecho de que el capital es propietario de los medios de
producción, es decir que controla el acceso a la riqueza del
hacer humano. Para desarrollarse, el movimiento de la insumisión
tiene que enfrentar la propiedad capitalista y, por lo tanto,
también las fuerzas de represión que protegen la propiedad
capitalista. ¿Significa esto que necesitamos controlar el estado para
cambiar la ley que protege la propiedad y para controlar el
ejército y la policía? No creo, porque el estado no es una forma de
organización que se pueda usar en contra de la ley, la propiedad,
el ejército y la policía: el control del estado tiende a
convertirse en control por el estado. Probablemente tenemos que
pensar más bien en cómo el movimiento de insumisión pueda
penetrar y subvertir la ley, la propiedad, la policía y el ejército.

Criticar el enfoque estadocéntrico no significa que el enfoque
alternativo (es decir el intento de cambiar el mundo sin tomar el
poder) no tenga sus problemas. El hecho de que ellos (los
estadocéntricos) no tienen las respuestas no quiere decir que nosotros
sí las tenemos. Uno podría pensar que los dos enfoques se
deberían combinar, y hasta cierto grado esto es lo que está pasando en
los movimientos de hoy en contra del neoliberalismo. Está bien
así, pero también hay que reconocer que hay tensiones entre
los dos enfoques, que nos llevan en direcciones diferentes.

A pesar de los problemas, pienso que el camino hacia adelante se
tiene que pensar en términos de cambiar el mundo sin tomar el
poder. La orientación hacia el estado canaliza la rebeldía, la
sofoca. Pero también hay otra consideración: lo que los zapatistas
llaman "dignidad", o los situacionistas "autenticidad", lo que a
veces se discute en términos del carácter "ético" del nuevo
concepto de la rebeldía. Mientras que el viejo concepto plantea que
la revolución es como una guerra y que estamos obligados a
adoptar los métodos del enemigo (la lucha armada o las
elecciones) para vencer al capital, el enfoque de la dignidad dice que la
revolución no se puede entender con metáforas militares, que
adoptar los métodos del enemigo es derrotarnos a nosotros mismos, y
que lo importante es desarrollar nuestros propios métodos y
formas de organización que a la vez expresan nuestro sentido de la
dignidad humana y prefiguran la sociedad que queremos crear. Lo
importante es que la lucha salga de nosotros, que sea una
expresión y no una represión, un gusto y no un sacrificio.

Lo importante, entonces, cuando pensamos en términos de éxito o
fracaso es el movimiento de nuestra dignidad colectiva y no la
conquista de posiciones de poder. No existe una medida
instrumental (si logramos tomar el poder o no), solamente la cuestión de
la fuerza y la dignidad del movimiento.

Esto implica - y esto es muy importante - otra temporalidad. En
el concepto tradicional de la revolución, existe un concepto de
tiempo que tiene como su eje el momento revolucionario. Hay un
antes y un después, todo se concibe en términos de la expectativa
de este momento, de la revolución que transformará la sociedad y
creará un después radicalmente distinto. Esta expectativa está
centrada en una serie de situaciones revolucionarias que puedan
surgir antes de la revolución misma. Es una temporalidad de
aplazamiento, de expectativa y de oportunidades específicas: si
estas oportunidades se pierden, se ve como un fracaso del
movimiento.

En el concepto del anti-poder, hay otra temporalidad, una
temporalidad doble. Por un lado, la revolución es urgente: no puede
esperar, empieza hoy, no en el futuro, no cuando surja la
situación revolucionaria. Hoy tenemos que decir NO, hoy tenemos que
dejar de hacer el capitalismo, hoy tenemos que construir otro mundo.
¡Ya basta! ¡Que se vayan todos! Pero detrás del Aquí-y-ahora
impaciente (pero sin socavarlo o debilitarlo) hay otra
temporalidad, la temporalidad de la paciencia, precisamente porque la
revolución es la construcción de otro tiempo, de otro ritmo de
vida. Los zapatistas y algunos de los piqueteros y los
movimientos en Bolivia y Ecuador han insistido mucho en este punto:
tenemos que imponer nuestros propios ritmos, no aceptar los ritmos que
el estado intenta imponer (a través de las elecciones, por
ejemplo). Caminamos, no corremos, porque vamos muy lejos. Esta no es
una temporalidad de expectativa y oportunidad: no hay
expectativa, porque la revolución es ahora, cada momento es una situación
revolucionaria; y el movimiento no es un movimiento de
oportunidades logradas o fracasadas, sino de una práctica paciente y de
amor para construir otra sociedad. Esta no es una perspectiva
reformista o gradualista, porque en cada momento estamos desafiando
y rompiendo los límites del capitalismo, pero reconociendo al
mismo tiempo que cada ruptura orgásmica se tiene que fortalecer a
través de la lucha de largo aliento.

La cuestión del tiempo es muy importante cuando consideramos las
implicaciones de las luchas en Argentina y Bolivia.

II

El argumento de aquellos que centran sus luchas en el estado es
claro. Dicen: "En Bolivia, el levantamiento fracasó porque fue
incapaz de tomar el poder estatal y dejó al vicepresidente asumir
el lugar del presidente. En Argentina también, el levantamiento
popular fracasó porque no tenía un proyecto de tomar el poder, y
por eso se dispersó en una multitud de proyectos pequeños,
dejando a Kirchner ganar las elecciones y restaurar el orden burgués.
En ambos casos hacía falta un partido revolucionario que
pudiera haber canalizado el movimiento hacia la toma del poder
estatal. En la derrota de estos movimientos, parte de la
responsabilidad cae en los intelectuales que arguyen en contra de la
toma del poder. Las experiencias de Argentina y Bolivia demuestran
claramente que el enfoque anti-estatal está equivocado".

Hay varias respuestas a este argumento. Primero, no existía un
partido revolucionario ni en Argentina ni en Bolivia que habría
podido tomar el poder, simplemente porque en ambos casos la
fuerza del movimiento rebasó por mucho a los partidos
revolucionarios. Si la gente hubiera estado organizada en partidos, los
levantamientos no habrían pasado. La fuerza del movimiento surgió del
hecho de que la rabia de la gente no estaba canalizada hacia la
conquista del poder.

En segundo lugar, si los movimientos hubieran tomado el poder,
habría significado una jerarquización del movimiento. Hubieran
sido los "líderes" quienes se habrían convertido en líderes del
estado. El movimiento hubiera sido dividido y burocratizado desde
el momento en que asumiera el poder estatal, desde el momento en
que asumiera el proyecto de tomar el poder. Los colores
brillantes de la rebelión se hubieran tornado gris. Las rebeliones están
llenas de riqueza, fantasía, resignificaciones de tradiciones
comunitarias profundas, sueños realistas de desatar lo
imposible. Canalizar todo eso en cálculos de poder hubiera significado
socavar la rebelión, quitarle su fuerza. A través de las
elecciones y las maniobras poselectorales, el estado (en Argentina) ha
logrado hacer esto hasta cierto grado, pero nos toca a nosotros
resistir el proceso, no participar en él.

En tercer lugar, aún si las rebeliones hubieran tomado el poder,
no habrían podido cambiar gran cosa. Si Luis Zamora hubiera
llegado a ser presidente en Argentina, o Evo Morales o Felipe Quispe
en Bolivia ¿qué habría sido el resultado? Casi seguro, habría
sido una historia de "traición" y desilusión, como siempre. El
gobierno habría sido limitado por las relaciones globales del
capital, de las cuales el estado es parte. Hubiera sido bajo presión
enorme para resolver la crisis económica, y esto sólo podría
significar la restauración de la rentabilidad del capital, en
contra de las demandas del movimiento popular. Ningún
keynesianismo, ninguna plan económico alternativo puede resolver esta
contradicción. Un programa revolucionario de socializar toda la
producción tendría la fuerza necesaria para sobrevivir sólo si hubiera
tenido el apoyo popular masivo, y este apoyo masivo existiría
solamente si las medidas surgieran del público mismo, sin la
mediación del estado.

La toma del poder es un espejismo. Parece ser una solución
rápida, y no lo es. Parece que con la toma del estado por un partido
revolucionario, el proletariado llegaría al poder. Pero no es
cierto, porque el estado como forma de organización es un proceso
de excluir al proletariado y a la gente en general.

Lo que indican las experiencias en Argentina y Bolivia, la
experiencia zapatista en México y muchos otros movimientos actuales
es que los tiempos revolucionarios son distintos, que no son los
tiempos del concepto tradicional leninista. Las reflexiones
actuales sobre la experiencia argentina, por ejemplo, ponen mucho
énfasis en esta cuestión. Hay un reflujo del movimiento pero no
una derrota, porque muchos de los movimientos han adquirido una
nueva profundidad que no se refleja necesariamente en términos del
número de gente directamente activa, y han aprendido a tener
confianza en sus propios ritmos, su propia temporalidad. El
argumento que dice que los movimientos fracasaron porque no tomaron el
poder está basado en un espejismo y en un concepto totalmente
falso de los tiempos de la revolución. Nuestros ritmos no son los
de esperar y luego tomar las oportunidades. Nuestro ritmo es más
bien un ritmo doble: por un lado el ¡YA! – las explosiones
orgasmicas como el 19/20 de diciembre de 2001 y el derrumbe de Goni,
pero también a pequeña escala – la búsqueda constante de la
ruptura del capital en cada momento, el rechazo, el NO, el grito;
pero al mismo tiempo la construcción profunda de otro hacer, de
otro mundo que da cuerpo y fuerza a este NO al capitalismo. Esto
es lo que está pasando en Chiapas con los Caracoles zapatistas, y
también en Bolivia, en Argentina.

Hablar un lenguaje que los poderosos no entienden, cantar una
canción que lastima sus oídos, vestirnos de colores que lastiman
sus ojos, hacer con una lógica que transgrede su razón, mover con
ritmos que no captan: esto es lo que hemos aprendido de
Argentina, Bolivia, de los zapatistas y de los últimos diez años de
revuelta en todo el mundo.

Comité de solidarité avec les peuples du Chiapas en lutte

cspcl@altern.org
http://cspcl.ouvaton.org

Réunion le mercredi à partir de 20 h 30
au 33, rue des Vignoles
75020 Paris






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