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(ca) LA CAMPANA #224: ANARQUISMO Y SOCIEDAD MODERNA Negación del poder como agente del triunfo del bien

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Date Wed, 15 Oct 2003 22:17:22 +0200 (CEST)


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http://ainfos.ca/index24.html
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Pertenece este polémico fragmento del anarquista inglés Herbert Read a su
libro “El anarquismo en la sociedad capitalista”. Read es un destacado
crítico de arte y poeta, autor de numerosos libros, hoy considerados como
clásicos en su ámbito. “Arte y sociedad”, “Al infierno la cultura”, “La
anatomía del arte”, “Poesía y anarquismo”...
El anarquismo es una filosofía que tiene como primer principio, la
negación del poder o de la fuerza como agentes del triunfo del bien. El
anarquismo mantiene el principio contrario: el principio de la ayuda
mutua. Yo creo que a no ser que apoyemos tal principio y basemos en él
todas nuestras creencias y actitudes, no habrá futuro ni para el
anarquismo ni para la humanidad. De este principio fundamental se derivan
otros; pero no seremos anarquistas convencidos si nuestro objetivo no es
la supresión absoluta de la fuerza del cuerpo político. Cualesquiera que
sean las consecuencias personales y sociales de esta actitud, debemos
sostener ante todo que el empleo de la fuerza corrompe la inteligencia
humana y produce infinito daño a la colectividad. Este es principio que
formularon Lao Tsé, Tschuang-Tsé, Jesucristo, Tolstoi, Kropotkin y Gandhi,
y sobre el que no cabe para nosotros ningún compromiso. Contra este principio, y en defensa del compromiso, se ha dicho, por
ejemplo, por Pascal (que fue tan adicto a los principios que estaba
dispuesto a basar la verdad en una apuesta) que la “codicia y el poder
son la causa de todas nuestras acciones; la codicia nos impele a acciones
voluntarias, el poder a acciones involuntarias”. La misma exégesis ha
llevado a concluir que “la justicia sin poder es impotente, el poder sin
justicia es tiranía”. Pero tales apologías no nos dicen cómo unir poder y
justicia, ni cómo conciliarlos, ni cómo podemos estar seguros de que el
poderoso será a la vez justo. En realidad, admiten que desde el momento
en que se puede estar seguro de que lo que es justo sea fuerte,
deberíamos comportarnos como si lo que es fuerte fuera justo. Un anarquista es el último en negar la existencia del mal. El empleo de
la fuerza por doquier a lo largo de miles de años ha corrompido de tal
modo la mente de los hombres que los pensamientos perversos han quedado
encarnados en una costumbre que ha arraigado y actúa perversamente en
forma de coacción física. Nuestros principios parten de este imperativo
realismo. Simone Weil, en su ensayo sobre la Iliada, señala que la amargura que
impregna todo el maravilloso poema de Homero se debe a la sujeción del
espíritu humano a la fuerza; esta sujeción representa, en último término,
el sometimiento del espíritu humano a la materia. La ley de la fuerza, el
poder de vida y muerte, es tan fría e inflexible como las leyes que rigen
la materia inerte. Y la fuerza, dice Simone Weil, “es tan cruel como el
hombre que la posee o cree poseerla como con sus víctimas; para éstas los
ultimátums son opresivos, para aquél son venenosos”. Desde el comienzo de la historia, el hombre ha estado siempre sometido a
la fuerza, a la vergüenza, a la humillación. Tal ha sido siempre su
tragedia. Y la religión, y quizá también el arte, han constituido una
aceptación de este enfoque trágico de la vida. ¿Nos atreveremos, como anarquistas, a rebelarnos contra esta concepción
trágica de la vida? ¿Nos atreveremos a afirmar la dignidad de la vida,
la alegría de vivir, la esperanza de la vida? En mi opinión, esto es precisamente lo que hemos de pretender si somos
auténticos anarquistas. Afirmamos que el curso de la historia puede ser
trazado de nuevo si la ayuda mutua reemplaza como principio de progreso a
la ley de la fuerza.
Herbert Read




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