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(ca) LA CAMPANA Nº 227 - EDITORIAL

From a-infos-ca@ainfos.ca
Date Tue, 4 Nov 2003 22:36:31 +0100 (CET)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
http://www.ainfos.ca/
http://ainfos.ca/index24.html
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El Comité Internacional para los Refugiados ha entregado su informe sobre
el Congo en la ONU. Recibieron copia los gigantescos consorcios de la
comunicación (agencias de noticias, televisiones, radios, prensa escrita,
etc) y, por supuesto, todos y cada uno de los gobiernos del mundo.
Resultado: un monumental silencio que cubre eficazmente el hedor de la
sangre derramada. “Más de 3.300.000 personas han muerto durante los últimos 6 años en la
Guerra del Congo y la matanza continúa”, recoge el informe. Sólo este mes
han sido asesinadas cientos de personas. En la aldea de Kachelle, al
menos 65 personas, mujeres, ancianos y niños, fueron arrastradas a un
bosque cercano. Una vez allí fueron violadas, macheteadas, ametralladas
... ¿Por qué? ¿Por quién? Las honorables compañías occidentales y africanas hacen negocio y la
competencia es dura. Diamantes, oro, coltan, cobre manganeso, ... exigen,
por ejemplo, un ejército que guarde las instalaciones y asegure el orden
... por ejemplo, un ejército de niños soldados. Fabricar un niño soldado
exige, por ejemplo, obligarles a asistir a actos atroces, incluso matar a
sus propias familias y amiguitos o comer los restos mortales de los
“enemigos”. Los episodios más terribles de los últimos meses están ocurriendo en la
región del Ituri, al nordeste de la República Democrática del Congo. Se
trata del territorio ocupado y saqueado hasta principios de mayo de este
año por Uganda, cuyos ejércitos la habían invadido en 1996. En noviembre de aquél fatídico año, los presidentes de Uganda y Ruanda,
con excusas varias, provocaron un alzamiento en el Congo contra el por
entonces dictador Mobutu. Como jefe de la rebelión colocaron a Laurent
Kabila, quien logró derrocar a Mobutu y hacerse con la presidencia del
Congo, si bien las extensas y muy ricas en minerales provincias de Kivu e
Ituri permanecieron ocupadas militarmente por los ejércitos de Ruanda y
Uganda, respectivamente. Una vez en el poder, Kabila intentó de alguna manera librarse de sus
antiguos padrinos y amenazó con renovar los contratos con las sociedades
mineras que explotaban el oro, diamantes, coltan, cobre, etc, en las
provincias de Kivu e Ituri. Esas sociedades eran originarias de EE UU u
otras naciones occidentales, a través de testaferros africanos, entre los
que abundaban familiares directos de los presidentes de Uganda y Ruanda y
altos cargos de los ejércitos invasores. La respuesta de EE UU fue animar a los presidentes de Ruanda y Uganda
para que derrocasen a Kabila. La guerra que siguió fue espantosa.
Intervinieron hasta ocho naciones: Angola, Namibia, Zimbabue, Sudán y
Chad, en apoyo de Kabila. Uganda, Ruanda y Burundi en contra. Las
poblaciones del Congo invadidas, se vieron obligadas a participar en los
combates unas veces con unos, otras con otros. Sólo la muerte y la
codicia fueron amos indiscutidos. Cientos de miles de personas
sucumbieron a la ferocidad de unas tropas harapientas pero bien armadas,
miserables y brutales hasta lo inimaginable. Los agentes de cada ejército procuraban atizar antiguos conflictos y
rivalidades étnicas para conseguir el favor de unos y otros. Cuando no lo
lograban, organizaban matanzas temibles en las aldeas hasta que a sus
habitantes no quedaba otro remedio que integrarse en las chusmas
sangrientas. Al tiempo, los ocupantes -instruidos por las compañías
mineras occidentales que enseguida comprendieron el enorme negocio que
supondría adquirir los codiciados minerales y los derechos de explotación
con solo enriquecer a los generales y pertrechar a sus bandas de
matones-, tejieron una inmensa red de rapiña. La ONU dejó hacer, porque
las potencias occidentales así lo exigieron. Al fin y al cabo era su
negocio el que estaba en juego. Durante ese terrible período, la región del Ituri fue saqueada y sus
habitantes diezmados. Para dar una idea de la rapiña: Uganda, que no
posee yacimientos de diamantes ni de coltan en su país, vendió en el año
2000 diamantes por un valor de 1263 millones de dólares, y casi 70
toneladas de coltan por un valor nada inferior. Teóricamente, este mes de mayo llegó el fin de la guerra del Congo, de
modo que los invasores deberían abandonar el destrozado país. Las
compañías mineras occidentales y los militares y políticos que venían
enriqueciéndose con la guerra decidieron continuar el lucrativo negocio,
aunque ahora organizando la salvajada por otros medios. Valiéndose de
nuevos intermediarios, esto es, de los jefes locales -sargentos y clase
de tropa- que habían servido durante estos años a los ejércitos
ocupantes. A mayor sufrimiento de los habitantes del Ituri, los presidentes de
Uganda y de Ruanda, se enfrentaron por quien debería quedarse con
determinadas zonas fronterizas del Ituri y el Kivu, recurriendo al simple
procedimiento de apoyarse cada uno en un importante grupo étnico de la
zona, al que se promete el oro y el moro al tiempo que se le amenaza con
temibles represalias. Uganda se unió a los pueblos hemas, que son
mayormente ganaderos, y organizó sus milicias, mientras que Ruanda hizo
otro tanto con los lendu, mayoritariamente campesinos. Ahora lendus y hemas se matan entre sí, para ellos sobrevivir, aunque sea
en medio de la esclavitud, el horror y la muerte, y para que los dueños
de las minas sean los señores de Uganda o de Ruanda, testaferros a su vez
de las honorables compañías de EE UU, Reino Unido, Países Bajos, etc. No
se trata, no se trató nunca de una matanza tribal, sino la prolongación
bélica del capitalismo más atroz, en la que diferentes y muy poderosas
compañías pugnan por importantes recursos económicos. La honorable compañía minera cotiza en la bolsa, por ejemplo, de Madrid o
de Nueva York, por lo que la tienda de sangre ha de permanecer abierta
sobre el Congo las 24 horas del día, todos los días del año.



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