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(ca) Causas y azares (Los dilemas del nuevo protagonismo social

From a-infos-ca@ainfos.ca
Date Thu, 22 May 2003 10:35:20 +0200 (CEST)


argentino)
de http://red-libertaria.net
Borradores de investigación - 4. Colectivo Situaciones
Sender: worker-a-infos-ca@ainfos.ca
Precedence: list
Reply-To: a-infos-ca

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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
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Hace algo mas de un año atrás publicamos un libro titulado 19 y 20;
Apuntes para un nuevo protagonismo social. El esfuerzo por escribir y
editar aquellos apuntes en unos pocos meses –mientras la dinámica de los
hechos se sucedía en las calles– dio lugar a una reflexión cuyo estilo fue
determinado por la vocación de escribir al pié de los acontecimientos.
Al contrario de lo que habitualmente se da por cierto, no resulta del todo
convincente aquella premisa metodológica que enuncia que las cosas se ven
mejor a la distancia. Lo que la perspectiva de la distancia permite ver no
debería pretender para sí superioridad alguna. Ya que si bien puede
aspirar a una serenidad que habitualmente escasea entre quienes se ven
afectados por el despliegue de los hechos, son estas mismas afecciones las
que constituyen los posibles reales de una situación. De allí que la
escritura "en caliente" aspire a registrar una complejidad que
posiblemente se virtualice en el futuro cuando se atribuyan
retroactivamente posibles que entonces no eran pensables.
El largo año y medio transcurrido entre las jornadas insurreccionales de
diciembre del 2001 y las elecciones presidenciales de abril del 2003
merece ser pensado. Muchas preguntas se suceden: ¿cómo comprender, a la
luz de la actual fase de aparente estabilización institucional, los
acontecimientos de diciembre del 2001? ¿Qué es lo que sucedió con la
promesa de una transformación radical del país entrevista a partir de la
consigna "que se vayan todos, que no quede ni uno solo", cuando el proceso
electoral nos habla a las claras de una notable participación de la
ciudadanía en los comicios y cuando los cinco candidatos principales
–provenientes todos de los dos grandes partidos políticos mayoritarios
desde hace décadas– se distribuyen casi el 95% de los votos?
No podemos pretender para nosotros la pericia, el oficio y la dedicación
de los analistas políticos. Tampoco las preocupaciones, ni el enfoque ni
los supuestos que nos animan se conectan con los de dichos análisis. La
palabra de los expertos obtiene su consistencia a partir de una cierta
capacidad de agenciar información y disponer de un cierto uso técnico del
lenguaje. Pero la política no es aquello que se sucede en el mundo de los
hechos puros a la espera de la sentencia de los entendidos, sino que su
incumbencia es colectiva: los "hechos" mismos se componen con las
interpretaciones que de ellos se hacen, prolongando su potencia y haciendo
de las lecturas mismas un nuevo campo de disputas que, a su vez, se
ofrecen a la interpretación de otros.
Lo que sigue, entonces, es una lectura "en caliente": este texto fue
concebido entre la primera vuelta electoral y el anuncio de la renuncia
oficial de Menem, es decir, entre el 27 de abril y el 14 de mayo. El
propósito es examinar los acontecimientos que trascurrieron entre
diciembre del 2001 y mayo del 2003, lapso de tiempo éste que separa y
comunica el estallido de una crisis económica y política sin precedentes y
la emergencia de un nuevo protagonismo social (movimiento piquetero,
asambleas, club del trueque, fábricas ocupadas por sus trabajadores, etc.)
con la pretendida normalización cuyo punto de realización debía ser las
elecciones presidenciales. La intensidad de este período –no menos que su
complejidad– ha quedado obnubilada por quienes han proclamado que los
resultados de las elecciones constituyen la muerte del movimiento del
contrapoder y el borramiento de aquello que se abrió con las jornadas de
diciembre.

I

La sorpresa

(ruptura, destitución y visibilidad)

La insurrección de diciembre nos sorprendió a todos. La misma noción de
"insurrección" debió ser adecuada al carácter inédito de los
acontecimientos. En efecto, la revuelta demandó durante meses de la
inteligencia de todos quienes quedamos sorprendidos por su acaecer. ¿Qué
venía a decir este imprevisto? Cada quien priorizó un aspecto. Según unos,
la causa de todo aquello había que buscarla en una conspiración del
peronismo bonaerense contra el débil gobierno de entonces. Otros creyeron
ver detrás de los piolines que mueven a las marionetas, la implacable
organización de ciertos revolucionarios probados. Hubieron quienes,
incluso, desdeñaron todo lo sucedido al atribuirlo a una clase media cuyos
ahorros en dólares le habían sido arrebatados. Como sea, lo mas probable
es que todas esas versiones sean a la vez tan verídicas como insuficientes
para dar cuenta de la dinámica efectiva de lo ocurrido.

La insurrección de diciembre tuvo un carácter destituyente. Su abrumadora
eficacia consistió –precisamente– en su poder de revocatoria. Las
cacerolas y las consignas cubrieron todo el espacio urbano. La presencia
hormigueante de cuerpos humanos, la ocupación de la ciudad, y la
saturación de los ruidos no sólo no transmitía mensaje alguno, sino que
impedía que cualquier cosa pudiera ser realmente dicha. Las condiciones de
elaboración institucional de las demandas sociales fue radicalmente
interrumpida.

Y cuando se pudo hablar se insistió: "Que se vayan todos, que no quede ni
uno solo". La clausura del espacio y de las condiciones de comunicación
con el sistema político dejó en evidencia la ruptura de las mediaciones
políticas, reveló la impotencia de las instituciones partidarias y
gubernamentales y abrió una interrogación (festiva y angustiante) sobre el
futuro colectivo de los argentinos.

La insurrección desató así una ruptura de efectos múltiples. De un lado –y
desde el comienzo– se hizo evidente que la irrupción de la multitud
callejera en la ciudad alteraba de manera contundente el funcionamiento de
los poderes. No sólo los poderes del estado, las fuerzas represivas, y los
gobernantes se vieron afectados por la inesperada irrupción de un segmento
importante de la población, sino que los efectos de tal alteración se
registraron en evidentes movimientos en la economía, en las formas de
habitar la ciudad, en decisiones empresariales, en la relación con los
bancos, en la política de comunicación de los grandes medios, en el campo
de las ciencias sociales, en la forma de conducirse de los políticos, de
los militantes, de buena parte del campo artístico y cultural, etcétera.

La combinación del default, la devaluación y la crisis política convirtió
al país en un territorio de nadie, donde las movilizaciones diarias
cruzaban a ahorristas defraudados con piqueteros y caceroleros junto a
turistas audaces que venían a conocer a precio barato los devenires de la
"revolución argentina".

Otra consecuencia de la ruptura de diciembre del 2001 fue la
visibilización de un conjunto heterogéneo de formas de protagonismo social
que fueron surgiendo en períodos disímiles y en relación a diferentes
problemáticas y que, hasta diciembre, apenas si eran conocidos, tenidos en
cuenta y valorados.

La raíz de este nuevo protagonismo tiene que ver, claro, con un
capitalismo periférico en crisis. Pero el nuevo protagonismo no es una
mera reacción. La potencia de la actualidad argentina radica,
precisamente, en la emergencia de estas subjetividades que, desde hace
años, experimentan en variados ámbitos de su existencia nuevas modalidades
de sociabilidad.

Aunque hoy parezca evidente, por aquellos días de diciembre el entonces
pujante movimiento piquetero era prácticamente desconocido. A pesar de que
su existencia se remontaba a varios años de lucha en todo el territorio
del país, recién hacía pocos meses se había sabido de ellos de manera
masiva a partir de sus cortes de rutas coordinados. Pero en los cortes de
rutas eran maltratados, y los propios partidos de izquierda –que los
despreciaron durante años– llegaron desesperadamente a construir sus
propios movimientos piqueteros sólo unos pocos meses antes de la
insurrección. Las iniciativas de varias organizaciones piqueteras en sus
respectivos territorios –ligadas a alimentación, salud, vivienda,
educación, recreación, etcétera– siguieron siendo por mucho tiempo y para
una parte significativa de la población, totalmente desconocidas.

Casi tan desconocidos como los piqueteros eran los diferentes nodos, redes
y circuitos del trueque, que llegaron a aglutinar a millones de personas
en el momento mas duro de la crisis. Su extensión llegó, tras varios años
de desarrollo, a ser tan grande que incluso se aceptó que la moneda de
unas de las redes valiese como moneda de pago para impuestos municipales.
La figura del prosumidor no había sido apreciada como la experiencia
subjetiva que pretendió reunir en un mismo espacio las capacidades
productivas y la satisfacción de consumidores desplazando mediaciones
financieras, burocráticas y comerciales. Lo mismo puede decirse de la
sucesión de empresas ocupadas por sus trabajadores (largas decenas de
fábricas, talleres, imprentas, bares, etcétera) a partir del vaciamiento
de sus dueños, en varias ciudades del país. Éstas sólo eran objeto de
atención de la izquierda institucional cuando se creía encontrar allí el
resurgir de un sujeto obrero ausente.

Todas estas experiencias –a las que podríamos sumar entre otras la de los
escraches iniciados por la agrupación H.I.J.O.S. contra los genocidas
impunes de la última dictadura, o las luchas que llevan adelante los
mapuches en el sur argentino y la organización de iniciativas campesinas
en el norte del país, como el caso del Movimiento de Campesinos de
Santiago del Estero– eran mas o menos conocidas, pero permanecían en una
relativa soledad. Las jornadas de diciembre provocaron una visibilización
–a la vez que una mutua relación y, en cierta forma, una generalización–
entre ellas y con quienes se volcaron masivamente a participar o a conocer
dichas iniciativas.

Una tercera virtud de la ruptura tuvo que ver con el surgimiento
multitudinario de cientos de asambleas en los centros urbanos del país.
Miles de vecinos se encontraron a elaborar –de manera conjunta– lo
sucedido en diciembre a la vez que descubrieron un espacio de politización
a la luz de la expansión del nuevo protagonismo social. La destitución de
la institucionalidad política y de los partidos como instrumentos de
gestión –o de transformación– de la realidad puso a los asambleístas
frente al dilema de dilucidar nuevas modalidades de instituir la vida
colectiva y la atención de necesidades inmediatas. Desde el comienzo, las
asambleas –nacidas luego del 20 de diciembre– se vieron atravesadas por
tensiones tales como si privilegiar el espacio del barrio, experimentando
allí iniciativas ligadas al territorio, o si, por el contrario, trataban
de sostener la capacidad de revocatoria política de las cacerolas, a la
vez que debatían qué hacer con los partidos de la izquierda que pretendían
cooptar las reuniones de vecinos para las orientaciones de sus propios
aparatos.

En rigor, todas las posibilidades fueron desplegadas: hubieron quienes se
dedicaron más a la coyuntura política, a todo tipo de iniciativas
vinculadas al barrio, y hasta quienes quedaron atrapados en las redes de
los partidos de la izquierda, además de darse diferentes combinaciones
entre estas variantes. Las asambleas protagonizaron –durante el 2002– la
creación de comedores populares, acciones solidarias con los cartoneros,
confluencias con los movimientos piqueteros, experiencias
interasamblearias, manifestaciones, escraches y, en algunos casos,
realizaron una muy rica experiencia de politización para sus miembros.

Del lado de los acontecimientos que generaron la ruptura habría que
señalar un largo conjunto de precedencias que operaron decisivamente en su
desencadenamiento: experiencias de lucha –como las que acabamos de
reseñar– cuyos orígenes pueden encontrarse en todo un cúmulo de
descontentos y reclamos incumplidos; memorias superpuestas de luchas
perdidas y de esperanzas frustradas; el desamparo de millones de personas
por los efectos descarnados del neoliberalismo.

Pero tal vez quepa hablar de un segundo tipo de historicidad vinculada a
una cierta capacidad de lectura de las transformaciones operadas en las
formas de la reproducción social y en la eficacia de las mediaciones
políticas que regularon de algún modo la convivencia social. De este modo,
el rechazo a los políticos –por ejemplo– no sólo se emparenta con una
visión corporativa o neoliberal del mundo, descreída de las acciones
colectivas, sino que se alimenta de un conjunto de frustraciones derivadas
de las promesas de la reapertura democrática del ´83 hasta finales del
2001.

II

Fenomenología de una aparente reconstrucción

La llegada al gobierno de Eduardo Duhalde, en enero del 2002, puso en
marcha el delicado proceso de reconstrucción de estatalidad luego de la
ruptura de diciembre. Hasta el momento, se asistía a una patética sucesión
de presidentes elegidos por la asamblea legislativa para terminar el
período del presidente destituido de la Alianza, De la Rua. La llegada de
Duhalde implica, en primer lugar, un punto de detención a esa dinámica
loca.

El primer objetivo del gobierno de Duhalde consiste en calmar los ánimos y
en evitar mas muertes. En segundo lugar en reorganizar –en el tiempo– las
condiciones del nuevo esquema de reasignación de recursos, y la
restitución del vínculo con el sistema financiero.

A la declaración del default por parte del anterior gobierno de Rodríguez
Saa, le sucede la devaluación del peso –es decir, la salida de la
convertibilidad peso/dólar– y el desquicio inmediato de los precios, el
desabastecimientos de productos, la suspensión de servicios, y la ruptura
de todos los contratos pautados en dólares (deudas, depósitos, etcétera).
El crecimiento de la pobreza y la indigencia se sucedió en proporciones
geométricas.

Como efecto de este fin de las reglas del juego en total ausencia de un
poder capaz de proponer nuevas regulaciones, el verano del 2002 fue un
caos generalizado en el que, como suele suceder, los principales
beneficios fueron para quienes poseen más recursos para enfrentar la
situación: los bancos (compensados por el Estado por la pesificación), los
grandes deudores en dólares a quienes se les pesificaron las deudas, los
grandes propietarios de tierras y productores agrarios y los consorcios
exportadores trasnacionalizados para quienes el dólar alto es fuente de
enriquecimiento.

El panorama político se fragmentó alrededor de tres grandes bloques. De un
lado, quienes promovieron abiertamente la dolarización, el ingreso al
ALCA, y la utilización de las Fuerzas Armadas como instancia de control
del conflicto social (siendo Menem y Lopez Murphy las caras visibles del
proyecto). Del otro lado, el bloque pesificador-devalaudor, en el poder a
través de Duhalde (y ahora del gobierno recientemente electo de Néstor
Kirchner). Finalmente, el heterogéneo bloque de las fuerzas de centro
izquierda, izquierda, sindicalismo alternativo y las expresiones de lucha
mas consolidadas que se pronunciaron por una nueva forma de toma de
decisiones políticas y de producción y distribución de la riqueza.

La llegada al gobierno de Duhalde fue posible fundamentalmente por tres
razones: a- por el estallido del pacto de dominación instaurado por Carlos
Menem en el que la hegemonía correspondía al núcleo de las empresas
privatizadas y al sector financiero trasnacional; b- por la solidez del
peronismo bonaerense, cuyo nivel de penetración en los estamentos mas
empobrecidos de la población y su nivel de organización le permitió evitar
la generalización del conflicto por medio de la distribución de unos dos
millones de planes sociales de unos 50 dólares mensuales; c- porque ante
el estallido de los poderes políticos este capital partidario le permitió
al peronismo bonaerense imponerse con comodidad como último garante de los
restos del sistema político.

El principal aporte del gobierno de Duhalde tuvo como mérito fundamental
el hecho de subsistir al juego de presiones cruzadas y, particularmente, a
la amenaza constante de las cacerolas. Al respecto cabe recodar la frase
de Duhalde apenas asumió como presidente (quien, en rigor, había perdido
en las elecciones presidenciales contra De la Rua): "con asambleas no se
puede gobernar".

El segundo período de la recomposición del sistema político se produjo al
inicio del segundo semestre y giró alrededor de tres aspectos: a- la
llegada del ministro de economía Lavagna, y su serena política de
compatibilización de intereses junto a las primeras cosechas percibidas
por Duhalde por ese mero hecho de "durar" que permitieron tranquilizar la
subida del dólar y producir un moderado crecimiento de los sectores
económicos beneficiados; b- la distribución de los planes sociales
aceitaron los aparatos políticos, los cuales por medio de las redes del
clientelismo lograron consolidar una cierta tranquilidad social; c- el
aumento de la represión en los barrios que tuvo su punto máximo en la
masacre del Puente Pueyrredón el 26 de junio del 2002.

Fue precisamente el escándalo provocado por esa masacre lo que obligó al
entonces presidente Eduardo Duhalde a poner fecha de sucesión del próximo
gobierno, a la vez que admitir su imposibilidad de normalizar la situación
en los lapsos previstos, circunstancias éstas que explican el
adelantamiento de la fechas de las elecciones.

El adelanto de las fechas influyó, entonces, sobre las tres tendencias
virtuosas a partir de las que el gobierno procedía a realizar su programa
de reconstrucción mínima de institucionalidad: a- la consolidación del
precio del dólar, e incluso la baja, y la recuperación inevitable –incluso
inercial– de una economía que no paraba de caer durante casi 4 años
seguidos. Este punto fue de una enorme relevancia ya que la habilidad del
gobierno en este aspecto logró obtener –como un triunfo– un acuerdo con el
FMI y una sensación de progresiva salida de la crisis, a la vez que se
comprometía –entre otras tantas cosas– al próximo gobierno a conseguir un
descomunal superávit fiscal para el pago de la deuda externa; b- la
apertura de una dinámica electoral, aún sobre los restos de los partidos
políticos, y en condiciones francamente desfavorables para los candidatos,
ninguno de los cuales obtenía sino un bajísimo nivel de popularidad –la
Unión Cívica Radical y el Frepaso (ambos conformaban La Alianza)
virtualmente han desaparecido; y el propio Duhalde impidió que el
peronismo presente un sólo candidato, obligando a sus tres líneas internas
a presentarse en listas separadas–. Y c- crecientes niveles de represión
de las experiencias del contrapoder: de un lado, la persecución de jóvenes
dirigentes piqueteros en los barrios, muchas veces en manos de grupos
armados sin uniforme y la reactivación, por otro lado, del aparato
judicial, que ordenó en pocos meses –antes de la primera vuelta electoral–
el desalojo de fábricas ocupadas por sus trabajadores (siendo caso testigo
pero no único el de las trabajadoras y trabajadores de Brukman) y de
decenas de ocupaciones (algunas de ellas por parte de asambleas
barriales), así como la detención de importantes dirigentes piqueteros
salteños.

Los últimos meses antes de las elecciones se comenzó a percibir con
preocupación que la fragmentación del sistema político podía llegar a
generar un imprevisto: el retorno de Menem.

En efecto, la consigna "que se vayan todos, que no quede ni uno solo"
pareció, entonces, haber quedado atorada en su propia naturaleza
paradojal: dado que alguien va a quedarse, podría ser que el candidato a
tal permanencia sea precisamente aquel cuya insensibilidad respecto de los
procesos de rebelión social era más evidente.

La posibilidad de que Menem vuelva, sostenido en un porcentaje nada
despreciable de la población –un 20% del padrón–, se tornó de pronto un
factor atemorizador de una gran mayoría.

Habría que agregar que antes de las elecciones se sucedieron al menos dos
circunstancias cuya estructura anticiparon la dinámica que se
visibilizaría con los comicios.

En primer lugar, fue la invasión norteamericana, inglesa, polaca,
española, etcétera, a Irak. De un lado, el poder militar concentrado
decidió y ejecutó una guerra escandalosa no menos por sus propósitos que
por sus efectos. Pero en paralelo se desencadenó un movimiento gigantesco
en contra de la invasión. Ambos fenómenos pudieron convivir sin afectarse
mutuamente: cada cual se desarrolló por vía paralela.

En segundo lugar, menos de una semana antes de la elección, se produjo una
salvaje represión a una manifestación de unas diez mil personas
concentradas en apoyo de las trabajadoras y trabajadores de la recién
desalojada fábrica recuperada Brukman. A sólo días de las elecciones la
represión se hizo presente en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires,
con un salvajismo radicalmente incompatible con cualquier consideración
sobre el estado de derecho que, se suponía, se estaba reimplantando con
las elecciones del 27 de abril.

Y bien, en este clima, se llega a la primera vuelta electoral. En los días
previos, los medios de comunicación ganaron el espacio de la discusión
pública con encuestas que daban por ganador a Carlos Menem y como posible
segundo al candidato neoliberal puro –ex dirigente de la UCR– Ricardo
López Murphy.

El resultado de la primera vuelta se tornó una relativa sorpresa: votó
algo menos del 80% del padrón. El voto blanco y nulo no fue significativo.
La lista encabezada por Menem salió primera con el 24% de los votos. Luego
se ubicó la lista oficialista con el 22%. Tercero quedó López Murphy,
seguido por el peronista Rodriguez Saá y, pegada a él, Elisa Carrió
–también ex dirigente de la UCR pero de tendencia centrizquierdista–.

Los partidos de la izquierda tradicional, todos sumados, no llegaron al 3%
de los votos.

Tras la primera vuelta electoral aparecieron claramente dos efectos: por
un lado, los políticos obtuvieron un lugar en la esfera pública casi
exclusivamente a través de los medios de comunicación y, por otro, las
encuestas pronosticaron rápidamente que Néstor Kirchner arrasaría frente a
Carlos Menem con un 70% contra un 20%.

El desempeño de Kirchner en la primera vuelta cosechó una buena parte de
sus escasos votos gracias al aparato bonaerense que conduce Duhalde, de
modo que sólo en la segunda vuelta el candidato oficial iba a beneficiarse
con el apoyo de un electorado antimenemista que en la primera vuelta
repartió su voto entre los otros tres candidatos.

De las tres semanas que separaban la elección del 27 de abril de la que
debía hacerse el domingo 18 de mayo, las primeras dos se caracterizaron
por un masivo apoyo de dirigentes de casi todos los partidos a Kirchner.
Incluso los apoyos recibidos por Menem en la primera vuelta comenzaron a
emigrar hacia los pabellones del seguro próximo presidente. En este
contexto Menem renunció a participar a la segunda vuelta acusando a
Duhalde de organizar un fraude electoral, y a Kirchner de ser un
montonero.

De ese modo, el éxito que implicó para la recomposición de una
institucionalidad representativa la primera vuelta electoral, se vio
interrumpida al frustrarse la segunda vuelta y no poder proclamar un
gobierno electo por un gran porcentaje del electorado. El nuevo gobierno
surge entonces entrampado por la persistencia de la lógica del
estado–mafia, y sin poder efectivizar su capital político –o popularidad–
de manera inmediata. Situación ésta que debe leerse a la luz de la
reconfiguración de la totalidad del sistema político a realizarse este año
a través de las elecciones del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, de
la gobernación de la Provincia de Buenos Aires, de Córdoba y de
legisladores nacionales.

III

Las urnas y las calles

Y bien, cómo era de esperar, han comenzado a circular las primeras
estrategias de reflexión sobre la relación entre los efectos de las
jornadas de diciembre del 2001 y las elecciones de abril-mayo del 2003. Se
podrían reunir estos argumentos en dos grandes conjuntos de conclusiones
realizadas cada una –con todos sus matices– según perspectivas opuestas.
El primer conjunto de argumentos sostiene que no hay herencia política de
los sucesos de las jornadas de los días 19 y 20. La posibilidad de
organizar una revolución política a partir de aquel descontento –si es que
fue una posibilidad auténtica– ha sido definitivamente agotada. Las
izquierdas políticas han quedado completamente neutralizadas. No es que no
haya grandes descontentos –o que no se prevean mayores–, sino que las
demandas existentes no han sido organizadas por fuera del sistema
político, lo que permite ahora restaurar los procedimientos propiamente
institucionales para mediar en tales conflictos. No es que no haya habido
una crisis profunda, ni que ésta se haya resuelto. Sino que, lógicamente,
las crisis generan descontentos, y ahora se trata de atender estos asuntos
hacia la normalización de la convivencia social por medio de métodos
políticos. Desde este ángulo, la realización de la primera vuelta
electoral posee un significado muy especial, ya que constituye un paso muy
importante en la moderación de los ánimos. La segunda vuelta, aún
frustrada, confirma un clima de alejamiento de los extremos. La amenaza de
la antipolítica fue conjurada.
Si esta primer estrategia de reflexión es festiva, el segundo conjunto es
de lamento por la oportunidad perdida: los sucesos de diciembre eran el
comienzo de una revolución posible. Pero para esto, hacía falta dotar el
descontento de un programa político, de una organización, de una
perspectiva. Se podrá polemizar sobre la característica de estas formas
organizativas o sobre la amplitud de estas perspectivas, pero no se puede
negar que estas son las condiciones para elaborar una política
alternativa. El error fundamental cometido por quienes participaron de la
revuelta –y sobre todo por quienes participan en experiencias autónomas–
sería el haberse enredado en la estructura paradójica de la consigna "que
se vayan todos, que no quede ni uno solo". Se perdió de vista, de ese
modo, la complejidad de la lucha política para terminar cada quien
escondido en su refugio, con un discurso idealista y unas prácticas
abstractamente horizontales.
Ambas lecturas se oponen en la perspectiva pero confirman una misma imagen
de lo sucedido: las elecciones ocuparon el centro de la disputa política y
uno de los contendientes –según parece– simplemente no se constituyó en
ese escenario, abandonando el campo de batalla y firmando de ese modo su
derrota. Si en el acto electoral no se hicieron presentes las fuerzas
desatadas en diciembre, es que diciembre ya no existe. Abril–mayo del 2003
constituyen así la evidencia de una derrota retroactiva de aquello que
pudo haber sido a partir de diciembre del 2001. La lección aparece
transparente: el sistema político está en vía franca de resurrección, y
las fuerzas del contrapoder han quedado enredadas en un previsible
infantilismo político.
Ambas perspectivas se corresponden con una misma lectura sobre los hechos
del 19 y 20 como momento fundador y oportunidad de desarrollo de una
revolución política. Sólo que mientras la primera temía esa posibilidad,
la segunda la deseaba. Y ambas poseen, en llamativa coincidencia, una
misma imagen de la política como un juego de dos sobre un mismo plano, con
homogéneas reglas de juego: como si se tratase de una partida de ajedrez.
De este modo, las cosas se presentan como un match en el cual el Sistema
Político, el Poder o el Estado se la jugaba "el todo por el todo" contra
el Poder Popular, la Política de la Horizontalidad o el Contrapoder. Así
planteadas las cosas, la evaluación es indiscutible: las experiencias de
contrapoder deberán madurar, aprender a "hacer política", comenzar el
largo recorrido (como el del Lula y el PT) que las lleve, alguna vez, a
ser opción auténtica de poder.
Y sin embargo, las rupturas no son sino eso: rupturas. Un poder
destituyente no necesariamente trabaja según los requerimientos de lo
instituyente. Diciembre del 2001 no fue el surgimiento de un sujeto
político. De allí que tal sujeto no se haya manifestado. Fue, sí, una
ruptura, y una visibilización de un nuevo protagonismo social. Pero ese
protagonismo es lo que es, precisamente, porque no entiende la política
como se lo hacía una década atrás. De allí que no sea prudente lamentarse
de que estas fuerzas no hayan actuado como si fueran ese sujeto.
Mas aún: los efectos de las jornadas 19 y 20 fueron tan radicales –y
subsisten a tal punto– que las elecciones estuvieron completamente
afectadas por aquellas jornadas. Pero esto no habilita de ningún modo a
establecer una relación a priori directa entre las luchas callejeras y la
elaboración de experiencias de contrapoder y el resultado de las
elecciones como tal.
De hecho, las mismas personas que han participado votando a tal o cual
candidato son en muchos casos las mismas que luego participan de las
experiencias alternativas de contrapoder. O mejor aún: no son las mismas,
ya que en el cuarto oscuro no se es el mismo que en la asamblea, o en el
corte de ruta. Ambos sitios se instituyen según reglas heterogéneas: si
las elecciones pretenden representar todo lo que existe y decretar, por
tanto, la inexistencia de aquello que no logra capturar y medir, las
experiencias de contrapoder, al contrario, existen sólo en situación, en
un territorio, una espacialidad, una disposición corporal y un tiempo
autodeterminados.
No decimos que no haya relación entre ambas. No podríamos nunca negar que
ambos ámbitos se afecten de manera relevante. Sí decimos, sin embargo, que
no hay relación a priori entre ellas. Se trata –en su constitución– de
dinámicas heterogéneas. Trasladar la potencia de una situación a lo que
sucede en las elecciones, lleva a disolverla. Y, al contrario, ordenar una
situación a partir de una lectura global de las elecciones lleva a
destruir los posibles de tal situación.
Ya no estamos en el juego de ajedrez. No hay una única dimensión. No
existe un sólo conjunto de reglas dadas. Como dijo un amigo una vez, no se
trata de las blancas contra las negras cuanto de las negras contra el
tablero. Mientras las blancas mueven de una cierta manera, respetando
ciertas reglas y conservando ciertos objetivos, las negras bien podrían
alterar lo que se espera de ellas. Esto puede dar nacimiento a otra
operatoria, crear nuevas estrategias, anular todo objetivo preestablecido
y experimentar nuevos devenires. Se dirá que todo esto no es más que una
fuga imposible por parte de unas piezas negras que estarían suicidándose.
Pero esto no es cierto. Escapar a lo instituido no tiene por qué ser un
rasgo idealista. De hecho, las negras deberán tener muy en cuenta el
tablero y sobre todo los movimientos de las blancas. Pero en función –esta
vez– de otro juego: el que ellas intentan jugar, ya que no es verdad que
para hacer el propio juego haya que ganar primero al interior de un juego
que no nos interesa.
Patear el tablero, entonces, no es desconocerlo, ni desdeñar las
consecuencias. Al contrario, sólo al intentar jugar a otra cosa es que se
comienza a conocer la complejidad de las relaciones de poder. De allí que
pensar una "no relación a priori" no indica una ausencia mutua de
afectación, sino que más bien nos muestra que tales afecciones se dan como
choque de fuerzas de naturalezas diferentes. Cada una de ellas se
desarrolla a priori de manera independiente de la otra (en el sentido que
la dinámica de una, no depende directamente de la dinámica de la otra) y
no tienen ningún tipo preconcebido de relación (causal, de
correspondencia) y, a la vez, no hay por qué descartar que su evolución
las lleven a ciertas confluencias, a marchar de modo paralelo o a chocar
de modo directo, produciendo todo tipo de configuraciones incluso
sorpresivas.
Y en este caso sucede que la dinámica política se ha fracturado. De un
lado, el poder se institucionaliza, pretende normalizarse. Y para ello se
encuentra en un combate atroz por lograr hacer lo que antes de la ruptura
de diciembre hacía sin mayores problemas: realizar internas de los
partidos, seleccionar candidatos y elegir gobiernos que asuman con cierta
legitimidad a partir de una determinada acumulación de votos. Del otro
lado, las fuerzas del contrapoder ganan tiempo, se organizan, discuten, se
realizan acciones de las mas variadas. Como se ve: las consecuencias del
19 y 20 siguen actuando de manera permanente en todo el campo de lo
social, como condición –de destitución– incluso para quienes pugnan por
jugar a juegos distintos.

IV

Fenomenología del contrapoder

El contrapoder no es mucho más que el conjunto de resistencias a la
hegemonía del capital. Es decir: una multiplicidad tal de prácticas que no
es pensable en su unidad (como un movimiento homogéneo) y, a la vez, una
transversalidad capaz de hacer producir resonancias –de claves e
hipótesis–, entre diferentes experiencias de resistencia.

La fórmula "resistir es crear" da cuenta de la paradoja del contrapoder:
de un lado, la resistencia aparece como un momento segundo, reactivo y
defensivo. Sin embargo, "resistir es crear": la resistencia es lo que
crea, lo que produce. La resistencia es, por tanto, primera,
autoafirmativa y, sobre todo, no depende de aquello a lo que resiste.

En efecto, en Argentina ha emergido un conjunto de redes que trabajan
alrededor de experiencias de salud, educación y economía alternativas,
asambleas, ocupaciones de fábricas, piquetes, etcétera. Estas experiencias
son heterogéneas entre sí. Estas redes tienden –y no siempre lo consiguen–
a autonomizarse respecto del mando del capital en la misma medida en que
éste no es capaz de incluir-integrar socialmente, sino excluyendo. Si en
la base de estas resistencias está la crisis, no es menos cierto que las
subjetividades forjadas allí han dado lugar a dinámicas que trascienden
los tiempos y penetran las causas de la crisis.

Entre las características más importantes de estas resistencias se
encuentran: a- la fusión entre reproducción vital y política; b- una mejor
comprensión de las posibilidades de la relación entre instituciones
(Estado) y la potencia y c- el enfrentamiento como forma de protección y
no como verdad del contrapoder.

Desde que el capitalismo trabaja gestionando la vida, las resistencias son
precisamente bioresistencias. No hay ámbito de la existencia en que no se
constaten prácticas de resistencia y creación.

Estas redes poseen una capacidad creciente de recursos en la medida en que
se desarrollan en dinámicas expansivas, ligando productores entre sí,
productores con consumidores, inventando nuevas formas de intercambio sin
mediaciones mafiosas, etcétera.

Si hemos utilizado en alguna oportunidad la imagen de una sociedad
paralela para describir estas circunstancias, lo hemos hecho a pesar de –y
no en virtud de– la
asociación que esta imagen conlleva respecto a un supuesto aislamiento.
Las experiencias de la potencia no son pequeños mundos aparte, sino
aquello que produce mundo, que logra instituir experiencia donde
aparentemente hay pura devastación (desierto). Lejos de pensar en la
separación, la potencia produce conexión, pero lo hace según una modalidad
diferente a la de aquellos "centros" (de poder) respecto a los cuales, se
nos dice, "no habría que aislarse" (el Estado, la política "seria", los
partidos, etcétera). Las experiencias de resistencia son, precisamente,
aquellas que inventan nuevas formas de hacerse cargo de lo público, lo
común, mas allá de las determinaciones del mercado y del Estado. No se
trata de abandonar la política –en el sentido de engendrar destinos
colectivos– sino de la emergencia de otra manera de configurar tendencias
e influencias en la sociedad.

Y bien, ¿qué sucedió con el movimiento de la resistencia? ¿Existe, en
efecto, "un" movimiento?

Hemos visto más arriba que el poder trabaja a partir de sus propios
requerimientos: subordinar la vida a la valorización del capital,
conquistar territorios y oportunidades de negocios, obtener fuerza de
trabajo barata, hacerse de una legalidad que le permita moverse a toda
velocidad sin quedar atado a nada ni a nadie.

El capital combina el control de la potencia y la subjetividad, de la
naturaleza y de lo producido por la ciencia y, en general, la cultura de
los pueblos con el abandono, la exclusión, y la violencia.

Como relación social no es posible combatir la hegemonía del capital como
si se tratase de algo puramente exterior, que tiene sus raíces en las
casas de gobierno. En rigor, no hay otra forma de atacar al capital sin
ver, a su vez, que su poder es el de la tristeza, de la impotencia, del
individualismo, de la separación, de la mercancía. No hay, por tanto, otro
combate contra el capitalismo que aquel que consiste en producir otras
formas de sociabilidad, otras imágenes de felicidad, otra política, que ya
no se separe de la vida.

Se plantea –sin embargo– un problema cuando por un lado nos damos cuenta
de que no hay creación mas que en situación, pero a su vez el
enfrentamiento nos lleva a salirnos de ella, a confluir con otros con
quienes debemos unirnos para desarrollar la lucha.

Y, en efecto, el desarrollo de la potencia, en situación, nos conduce a
fortalecer la línea del contrapoder para defender las experiencias
alternativas. Sin embargo, no son dos cosas diferentes. No hace falta
abandonar el terreno de la situación para desembocar en la línea del
contrapoder. A la línea del contrapoder se llega por adentro.

A la vez que se desarrollan hipótesis al interior de cada experiencia, a
la vez que se experimenta allí la aparición de nuevos valores, de nuevos
modos de vida, se despliega la línea defensiva de las luchas.

Uno de los problemas que se plantean cuando se quiere "organizar las
resistencias en un único movimiento" es precisamente el abandono de la
situación para organizar la lucha. Cuando esto sucede, todo se reduce a
discutir modelos organizativos (de coordinación/articulación) como si se
tratase de acertar con una técnica adecuada, abandonando la relación
orgánica entre las situaciones y sus requerimientos y el contrapoder como
un momento interior a las situaciones mismas.

Así, la situación es desplazada. El contrapoder aparece organizado como un
movimiento cuya unidad y coherencia se antepone (se impone) a las
situaciones mismas "desde afuera". La capacidad de enfrentamiento aparece
magnificada: todo lo demás "puede esperar". O se plantea que el "trabajo
de la base" debe subordinarse a –u organizarse a partir de– "la
coyuntura".

Entre el centralismo y la dispersión, sin embargo, la potencia ofrece un
trayecto de composición entre las situaciones: la multiplicidad puede
reaccionar sin ser organizada desde afuera.

El ejemplo de los movimientos piqueteros autónomos es muy claro: mientras
que en los barrios se intenta producir de otro modo, se arman murgas,
talleres con los chicos, farmacias, panaderías, y formas de autogobierno,
a la vez se constituye una barrera física para la protección de todo eso
que están produciendo. Se avanza en formas múltiples de coordinación, y de
alianzas circunstanciales cuya prioridad es preservar la experiencia.

A la luz de esta discusión, el enfrentamiento trágico del 26 de junio
puede pensarse como un punto de inflexión para el movimiento del
contrapoder. Esta masacre trae los ecos de otra anterior, la de Ezeiza de
junio del 73, igualmente decisiva a la hora de comprender lo que
habitualmente se llama reflujo político: momentos en los que se
desvaloriza lo que sucede al nivel de la situación por efecto de las
derrotas sufridas al nivel de la coordinación (del movimento). Este es el
efecto buscado por el poder: medir las fuerzas del contrapoder por su
capacidad de coordinación en un momento determinado; y difundir esa imagen
de las relaciones de fuerza como advertencia hacia el conjunto de las
experiencias.

El 26 de junio chocaron, de un lado, la lógica de la banda, de los
antiguos grupos de tarea de la dictadura convocados ahora por las empresas
privadas de seguridad, la lógica de la cacería y la matanza y, del otro
lado, la dinámica de la protección de la columna para habilitar la
retirada. Si desde el poder el choque es buscado, desde el contrapoder el
choque no se produce para medir fuerzas, o avanzar por la vía de la fuerza
sobre el poder, sino para afirmarse, para proteger a los compañeros, para
presionar y conquistar planes –para poder sostener los talleres,
etcétera–, para exigir la libertad de los compañeros presos.

Detrás de la noción de reflujo hay una expectativa frustrada de revolución
política inminente. En efecto, el 19 y 20 de diciembre fue leído como la
señal de que la crisis del neoliberalismo abría el curso de una revolución
política. En las movilizaciones de las asambleas a Plaza de Mayo se
prefiguraba la próxima asamblea constituyente. En la marcha de los
piqueteros con sus rostros ocultos, se vislumbraba un ejército popular en
formación. En las fábricas ocupadas, las bases rojas de un proletariado
insurrecto y en los nodos del trueque –en el caso de que fueran
considerados– una alternativa al funcionamiento de la economía
capitalista.

Así, durante el 2002 se vivió la esperanza y la frustración: los nodos del
trueque debieron sacrificar la figura del prosumidor para atender a
millones de personas que rebasaron toda previsión e interrumpieron la
reflexión que se venía gestando en aquellas redes sobre el papel de la
moneda y sobre las formas de autorregulación de los nodos. Apareció la
inflación, el desabastecimiento, la falsificación de la moneda, y la
incapacidad de regular los flujos de créditos, de personas y de productos.

El movimiento piquetero –sobre todo en sus versiones autónomas– fue
duramente atacado a la vez que debió afrontar un crecimiento acelerado de
sus filas, a una velocidad tal que se le hizo muy difícil asimilar todo
aquello a la dinámica productiva que se venía desarrollando.

Las asambleas, luego de atraer a miles de personas se desgastaron en
luchas eternas con los partidos de izquierda.

En fin: lo que en rigor constituyen líneas de exploración, de producción
situacional de formas alternativas de reproducción social, fueron
invadidas por la expectativa de que tales prácticas debían presentarse
como instituciones alternativas (simétricas) a las del mercado y el
Estado. Proyectar sobre estas prácticas una voluntad de alternatividad y
convertirlas en sustitutos globales de las instituciones dominantes
implica desatender la calidad específica de estos devenires a la vez que
interrumpir su experimentación en nombre de una lógica mayoritaria que las
juzga no por lo que son –en su multiplicidad–, sino por aquello que
deberían "llegar a ser".

El reflujo, entonces, es una categoría mistificadora. El desaliento que lo
enuncia proviene de una creencia frustrada: que el nuevo protagonismo
podía ser concebido como una nueva política en el escenario del poder.
Claro que como política, el nuevo protagonismo –o el contrapoder– no daría
lugar a una política mas, sino a una fundada en los rasgos más positivos
de algunas experiencias de la resistencia tales como la horizontalidad, la
autonomía y la multiplicidad. Se hacía así, de estas auténticas claves del
contrapoder un conjunto de respuestas universales y abstractas –una
ideología– aptas para resolver a priori los dilemas de toda situación.

No se trata ahora de reclamar optimismo, sino de revisar –si hubiera tal
voluntad– este mecanismo. El reflujo y la desilusión –si es que existen–
representan la percepción de la ocasión perdida, de la revolución política
inconclusa, del fracaso de una política. Tal representación resulta aún
menos apropiada si se constata la persistencia de las luchas, el
surgimiento de nuevas experiencias, y el desarrollo de una indagación
extendida y profunda.

Tal vez el 19 y 20 no anunciaba tanto una revolución por venir, como una
ruptura. No es que no esté en juego la idea misma de revolución –a la que
no hay porqué renunciar– cuanto que tal revolución ha aparecido bajo la
exigencia de un nuevo concepto: la rebelión, la revuelta y la subversión
de los modos subjetivos del hacer.

Buenos Aires, 18-5-03

Hasta siempre,

Colectivo Situaciones





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