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(ca) Por fin una guerra mundial totalmente total, por el Subcomandante Insurgente Marcos.

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Date Fri, 2 May 2003 16:44:40 +0200 (CEST)


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de http://www.huelgageneral.info
02 May 2003
Una fecha en el calendario señalada por encima de las demás. Un día que a
juicio de no pocos analistas y movimientos marca nuestras vidas y nuestro
futuro. El 11 de septiembre de 2001: el desplome de las Torres Gemelas en
la ciudad de Nueva York convertido en espectáculo, en imagen fija aún en
nuestras retinas, abre una nueva página, inaugura una nueva época.
Después del 11 de septiembre la irrupción de la guerra no solamente como
instrumento de gobierno, sino sobre todo como instrumento ordenador del
nuevo poder soberano sobre los procesos de globalización: la guerra como
órgano constituyente.
Si el neoliberalismo había operado un ataque sin tregua a esa experiencia
neurótica de reformismo capitalista que fue el denominado Estado de
bienestar en el norte del planeta, ahora impone la guerra como aparato de
regulación y captura. Del welfare state al warfare state. Ante nosotros la
dramática transición en curso.
Esa fecha supuso por su alcance y significado la apertura de un segundo
ciclo de luchas globales. Si hasta entonces el movimiento de movimientos
había crecido en torno a la constitución de eventos de protesta con un
alto valor simbólico contra las multinacionales y las grandes
instituciones mundiales de gobierno real (Fondo Monetario, Banco Mundial,
G 8, Organización Mundial del Comercio, etc.), la oposición y alternativa
a la guerra se convierten ahora en los elementos fundamentales de este
nuevo ciclo de luchas planetarias.
Las movilizaciones en la ciudad italiana de Génova marcan el último e
intenso momento de una época de antagonismo que debe analizar el camino
recorrido, sacar conclusiones y activar toda la inteligencia posible para
cartografiar las rápidas mutaciones políticas, económicas y sociales que
se suceden en el seno de los procesos de globalización. Ahora la guerra es
el dato relevante.
En este contexto se ha producido la emergencia de un movimiento global
contra la guerra que ha conmocionado a todo el mundo. Grandes e
impresionantes manifestaciones, acciones de desobediencia civil y un
consenso desconocido hasta la fecha en la oposición al ataque contra Irak
son el paisaje de los últimos meses, un paisaje comunicado en tiempo real
en todas partes del planeta por primera vez en la historia.
Una nueva época de oposición masiva a la barbarie y la necesidad de una
nueva rebeldía capaz de preguntarse sobre sí misma, capaz de fugarse de la
imposición de la lógica de la guerra, de cambiar las reglas del juego y
moverle el tablero al poder. Por el camino la necesidad también de un
léxico común a los movimientos, de un código compartido que haga posible
las discusiones y los espacios de acción y enunciación colectiva.
Atravesar democráticamente el movimiento con una matriz analítica que
aporte contenido y capacidad estratégica de gestión y desarrollo de los
conflictos es una tarea fundamental para los hombres y mujeres rebeldes.
La rebeldía debe abrirse, escuchar, contaminarse, pero debe también
mantener alta su capacidad propositiva y su determinación de búsqueda de
nuevas formas de hacer política desde la radicalidad e inteligencia que
exigen los tiempos en que vivimos.
Se terminó definitivamente la supuesta época dorada de la globalización
tal y como nos la contaban los poderosos mercaderes del planeta: ahora la
guerra descarnada y evidente. Cuando en el seno de los movimientos se
habla de la guerra se la define como global y permanente, señalando un
cambio de paradigma bélico que se acompaña de una mutación fenomenológica
y estructural importante. En los últimos años parece que se ha consumado
la transición del modelo moderno de guerra a la denominada guerra global
permanente.
La categoría de guerra moderna hace referencia a una guerra entre Estados
soberanos. Se trata de conflictos que se desarrollan en el estricto marco
del Derecho Internacional. Ese marco tiene como fundamento el llamado
Derecho de Gentes europeo, cuyo origen se remonta a la necesidad de frenar
y reconducir la peligrosa deriva bélica que asoló al viejo continente
fundamentalmente durante el siglo XVI a través de numerosas guerras
civiles y de religión.
El antiguo Derecho de Gentes logró acotar la guerra dotándola de un
espacio formal de principios y reglas de obligado cumplimiento que, entre
otras cosas, censuraba toda discriminación moral entre los contendientes.
A partir de entonces la neutralidad fue reconocida como institución y
opción legítima, las partes en litigio protagonizaron relaciones
formalmente simétricas y la guerra, además de carecer de un carácter penal
y punitivo, se limitó a enfrentamientos militares reglados entre ejércitos
estatales. Dichos enfrentamientos se desenvolvían en escenarios concretos
y en lapsos de tiempo determinados que finalizaban con la concertación de
tratados de paz entre Estados soberanos.
En nuestros días la guerra se mueve en un paradigma bien diferente que
pone en cuestión y señala la crisis absoluta de los principios que
gobernaban el modelo moderno. Es una guerra que desde el punto de vista
geopolítico aparece como desterritorializada: su ámbito se extiende al
conjunto del planeta. Desde el punto de vista normativo, se trata de una
guerra que no se desarrolla entre Estados y no se circunscribe a las
reglas que marca el Derecho Internacional. Su dimensión temporal, como la
espacial, es ilimitada: asistimos a un proyecto bélico que se define como
permanente al colocar en su punto de mira un supuesto enemigo perverso y
difuso que se reproduce sistemáticamente y frente al que sólo caben
medidas represivas de orden preventivo.
La noción de �guerra preventiva� contra cualquier posible
enemigo hace precisamente que toda perspectiva bélica se salga del
estrecho marco del Derecho Internacional y que vulnere la propia Carta de
Naciones Unidas, en la que en ningún caso se reconoce y recoge una noción
de este tipo.Por un lado, la guerra se mueve en una lógica de corte netamente moral y
se presenta como �lucha indefinida contra el mal�. Por otro
lado, el enemigo que se propone tiene una naturaleza interna y está por
todas partes.
Es interno porque en cierta medida es sujeto activo de los procesos de
globalización: Bin Laden y Sadam Hussein, por citar los casos más
significativos, han sido creados y alimentados por las potencias
occidentales y comparten el terreno de juego del mando neoliberal de la
globalización, ya sea porque controlan fuentes y recursos energéticos
vitales o porque son dueños de grandes capitales transnacionales. Está por
todas partes porque el enemigo a combatir espectacular y formalmente es el
llamado �terrorismo internacional�: éste se presenta como
una red global desterritorializada que excede y supera las fronteras de
los Estados-nación.
Esta guerra, que como los procesos de globalización mismos y las nuevas
modalidades de soberanía que los acompañan, no posee un afuera, presenta
en el fondo sus intervenciones como acciones policiales de carácter
quirúrgico. En este sentido, resulta conveniente señalar como dato
relevante que en los últimos años la administración norteamericana no
solamente ha desarrollado proyectos militares ligados a la denominada
�Guerra de las galaxias�, cuyo eje es la construcción de su
famoso escudo espacial, sino que además ha llevado a cabo la
transformación de su ejército en tropas de fácil utilización y con
capacidad para desplazarse rápidamente por el planeta, algo que también ha
desarrollado la Unión Europea con la creación de la llamada Fuerza Europea
de Intervención Rápida.
De esta manera, se dibuja un horizonte de intervenciones continuas a
través de un ejercicio de la fuerza proyectado desde un paradigma de
legitimación basado en la existencia real de un estado de excepción
permanente. Aunque las intervenciones se sucedan continuamente siempre se
presentan como excepcionales. Esta excepcionalidad que tiene carácter
normativo no solamente disloca y excede al Derecho Internacional, sino que
instituye al mismo tiempo una nueva forma de derecho que se inscribe en
los paradigmas clásicos que sustentan la acción policial usual:
despliegues de fuerza preventiva y represiva cuyo objetivo es la
salvaguarda de un orden. La nueva forma de autoridad que ejerce el comando
sobre los procesos de globalización se articula sobre este modelo,
definiéndose en la práctica como poder de mando sobre la excepción y
capacidad de despliegue de fuerza policial a nivel planetario.
De Hecho, el carácter preventivo, deslocalizado y policial de las
intervenciones nos habla de un verdadero y permanente estado de excepción
y de emergencia. En este punto lo relevante es que dicho estado de
emergencia permanente, que se enmarca en el ejercicio de una nueva
autoridad que suspende la historia y que no conoce fronteras, es
sistemáticamente justificado apelando a valores esenciales de justicia, es
decir, que son valores universales los que subyacen a los procesos de
legitimación de las intervenciones.
Como señalan Hardt y Negri, la centralidad discursiva y retórica de
valores universales y patrones morales renueva y redefine la vieja
categoría de �guerra justa� (bellum justum). Un proceso de
redefinición de dicha categoría iniciado efectivamente con la llamada
Guerra del Golfo y que señala otra de las rupturas importantes con las
concepciones modernas de la guerra. El concepto tradicional de guerra
justa, que se remonta a los antiguos órdenes imperiales y que descansa en
la idea de que cuando un estado se halla enfrentado con un peligro de
agresión tiene derecho a hacer la guerra (jus ad bellum), pone sobre la
mesa dos elementos que el pensamiento político moderno y la comunidad
internacional de Estados-nación se han negado a reconocer
sistemáticamente: la banalización de la guerra y su celebración como
instrumento ético.
Precisamente estas dos características aparecen en nuestros días con una
fuerza inusitada. Por un lado, el recurso a las intervenciones militares
de naturaleza policial se banaliza porque pese a enmarcarse en una
realidad de emergencia, constituye un verdadero procedimiento de carácter
ordinario. Por otro lado, el recurso a un uso de la fuerza de índole
preventiva encuentra su fundamento en la necesidad de salvaguardar valores
universales, en la protección y constitución de la libertad y la
democracia, es decir, que tal y como nos es presentada posee formalmente
una naturaleza profundamente ética.
Si la guerra como elemento permanente de las relaciones entre los seres
humanos fue definida por Hobbes como estado de naturaleza, como condición
caótica que precede al orden de la soberanía y que se resuelve con el
monopolio estatal de la violencia, por el contrario la guerra global
permanente de nuestros días no antecede a la soberanía sino que es su
forma de ejercicio, no es tanto la restauración del derecho y el orden
sino el mecanismo mismo de su producción. En este sentido, es fundamental
señalar una inversión importante: la conocida fórmula de Clausewitz que
definía la guerra como continuación de la política por otros medios se ve
completamente alterada.
La guerra contemporánea es presentada como condición misma de la política,
construyéndose la intervención militar como instrumento para posibilitar y
activar la democracia y el espacio público. El caso de la agresión contra
Irak o la devastación de Afganistán son evidentes en este sentido:
aparecen directamente como precondiciones para la constitución de la
democracia y el ejercicio de la política, no sólo porque aparentemente
derrocan regímenes dictatoriales en aquellos territorios, sino porque
construyen un supuesto ámbito de seguridad que permite precisamente el
desarrollo de las llamadas democracias occidentales.
Desde este punto de vista, la guerra no aparece como acción simplemente
destructiva, por el contrario es fundamentalmente una guerra que ordena:
procedimientos efectivos de corte policial que sirven a la construcción de
un orden moral, normativo, institucional y económico, es decir, que tienen
carácter performativo. La guerra de nuestros días es una guerra
constituyente, una guerra que reorganiza y reordena, una guerra capaz de
proponerse como normalidad.
Esta naturaleza constituyente de la guerra contemporánea afecta a los
campos de la subjetividad y la vida, es la guerra de un biopoder que
pretende la consecución de un mando efectivo sobre toda la vida de la
población, que persigue el permear y ordenar los modos de vida mismos. El
sargento Sprague del ejército de EEUU expresaba su angustia los primeros
días de la intervención en Irak: �me he tragado todo el desierto de
camino hasta aquí desde Basora y no he visto todavía ni un centro
comercial ni un restaurante donde comerme una hamburguesa. Esta gente
carece de lo más elemental. Hasta en un pueblecito como el mío, de 2500
habitantes, tenemos nuestro McDonald's a un extremo del pueblo y nuestro
Hardee's en el otro".
Ordenar la vida significa necesidad de sujetarla a parámetros definidos,
controlables, el desarrollo de una adecuación antropológica a los cánones
de la vida según el mando occidental y neoliberal sobre los procesos de
globalización. Junto a la globalización de los intercambios económicos y
culturales, junto al mercado global y a los circuitos globales de
producción emerge un nuevo orden, una nueva lógica y estructura de mando,
una nueva forma de soberanía que opera sobre todos los registros del orden
social. No sólo maneja territorios y poblaciones, sino que también crea el
mundo que habita. Ahí también reside el sentido y la pertinencia de las
intervenciones.
Como señalara hace años el Subcomandante Marcos hablando de la
�bomba financiera� como la nueva maravilla bélica de
nuestros tiempos, en el fondo y en realidad su resultado no es solamente
�un montón de ruinas humeantes, o decenas de miles de vidas
inertes, sino una barriada que se suma a alguna de las megápolis
comerciales del nuevo hipermercado mundial (�)�. Su acción
no consiste tanto en la anexión de territorios al modo del imperialismo
colonial europeo, como en ordenarlos y sujetarlos en el ámbito geopolítico
de los Estados dominantes y de la nueva forma de soberanía global
encarnada en los capitales transnacionales y en los diferentes organismos
nacionales y supranacionales que se movilizan bajo una lógica de mando
común. No hay nada que anexionar porque en la globalización ya no existe
un afuera. Como el propio Marcos señala, �en la globalización todo
el mundo es el patio del poder, todo lo que acontece en cualquier parte
del mundo puede ser considerado una amenaza directa a la seguridad
interna�.
Esta característica de interioridad global alrededor de la reunificación
del planeta en torno a un mercado mundial globalizado, materializado
plenamente a partir del colapso de los regímenes del llamado socialismo
real, hace que resurja con fuerza la temática de la guerra civil como
categoría de referencia. Es precisamente el escenario actual de
reunificación absoluta del espacio mundial el que hace que a toda guerra
desarrollada en su seno sea posible aplicarle el concepto de guerra civil.
Por eso hay quienes hablan en nuestros días de guerra civil planetaria,
una modalidad de guerra civil que se separa significativamente de su
concepción clásica y que señala otra ruptura con el concepto moderno de
guerra.
La guerra civil en su acepción moderna aparece ligada al concepto de
Estado-nación, entendido como una entidad que teóricamente goza de una
autonomía y una soberanía susceptibles de ser conquistadas. Desde este
punto de vista, se trata de un conflicto que se desarrolla dentro de ese
espacio estatal, en un interior delimitado, y que se diferencia plenamente
de las guerras entre diferentes Estados. En los últimos dos siglos esta
idea tradicional de guerra civil ha coincidido en no pocas ocasiones con
la idea de revolución: el desarrollo de una alternativa de sistema a
partir de la conquista del poder soberano. Si este modelo moderno de
guerra civil reconoce la consecución de la paz como resultado de su
culminación, una paz que tiene como condición el mantenimiento o la
conquista del poder estatal, por el contrario la guerra civil planetaria
no termina nunca, se convierte en la matriz del ejercicio contemporáneo de
gobernabilidad y se confunde con la acción policial. Esta guerra de
nuestros días, presentada como operación policial interna, contribuye a
redefinir ella misma el espacio supranacional global como un interior
unitario.
Es calificada como guerra civil por muchos porque se desarrolla en el
espacio interno de un planeta conectado enteramente en torno a un mercado
mundial y regido por el mando de una nueva soberanía global.
Un espacio total en el que todo queda dentro, ese es el territorio de una
guerra que no solamente es permanente, sino que aparece como eje de la
gobernabilidad global. Su carácter de fenómeno total significa que no sólo
tiene como dimensión espacial todo el planeta, sino que además posee una
dimensión molecular, es decir, una suerte de �frente
interno� compuesto de estrategias de control y de prácticas
policiales aplicadas permanentemente contra las nuevas �clases
peligrosas� y en particular contra la población migrante en Europa
y Estados Unidos.
La guerra global permanente posee una dimensión doméstica de la operación
Enduring Freedom enunciada por George Bush que se define como avanzada de
una guerra nunca declarada desarrollada en el propio territorio físico de
las potencias occidentales, una guerra de baja intensidad: la guerra a la
criminalidad difusa, a los migrantes y a los movimientos de contestación y
disidencia.
En este sentido, es importante resaltar la existencia de una relación
intensa entre las tecnologías de guerra y las prácticas de control social.
Los nexos que ligan las estrategias de intervención militar global y las
prácticas de control policial de carácter local son básicamente dos: el ya
resaltado paso de la intervención bélica de la esfera semántica de la
guerra a la de la policía internacional y el proceso paralelo de
militarización de la policía y de las prácticas de control de los
territorios locales. El primer momento de visibilización de este nexo se
produjo a comienzos de los años noventa en dos escenarios distintos: la
intervención de corte policial en el Golfo Pérsico en 1991 y la
intervención militar de los Marines y de la Guardia Nacional
norteamericana en la revuelta de Los Angeles tan sólo un año después.
Devenir policial de los militares y devenir militar de los policías se
sobreponen conjugando directamente seguridad interna y orden global.
Guerra global permanente: nueva forma de gobernance que inaugura el siglo
XXI. Frente a ella un movimiento de movimientos en marcha y
experimentación de procesos de oposición y deserción de su lógica y su
dominio. El 15 de febrero de 2003 millones de personas tomaron las calles
en el Estado español y en el mundo entero en el marco de las
movilizaciones globales contra la guerra. En Madrid dos millones de
hombres y mujeres colapsaron el centro de la ciudad desde primeras horas
de la tarde hasta altas horas de la noche. La movilización, sin
precedentes que se recuerden en la historia española, superó las
expectativas de los propios convocantes, una alianza informal de partidos,
organizaciones y redes sociales, sindicatos y gentes de la cultura. Días
antes, el mundo del cine había dado el pistoletazo de salida en la entrega
de los premios anuales de la Academia del Cine Español: el acto se
convirtió en un alegato colectivo del sector cinematográfico contra la
guerra. Actores, actrices, directores, guionistas y productores se
conviertieron en el símbolo y en el espejo de una sociedad civil que se ve
reflejada en ellos.
Ha echado a andar un movimiento ciudadano de oposición a la guerra inédito
hasta la fecha.Desde entonces se han sucedido las movilizaciones y los actos de protesta
multitudinarios, muchas veces espontáneos, que han puesto a periodistas y
sociólogos a preguntarse de dónde sale este movimiento, cómo es posible
tal expresión de protesta en el seno de una sociedad que parecía dormida,
tan apática en los últimos años.
En este sentido, existen dos elementos importantes que precedieron y
anunciaron la posibilidad de tal movimiento contra la guerra: la huelga
general de veinticuatro horas del pasado mes de junio y la movilización de
la sociedad civil por el desastre del Prestige en las costas de Galicia.
El primer caso supuso la derrota de un gobierno que tuvo que dar marcha
atrás en la mayoría de las reformas en materia laboral que habían motivado
la protesta, es decir, demostró a mucha gente que la movilización tenía
sentido y utilidad. El segundo caso combinó dos elementos vitales para
entender el surgimiento y crecimiento del movimiento: por un lado, la
deslegitimación de un gobierno que demostró una inoperancia y una
incapacidad absoluta para gestionar el desastre ecológico y social
provocado por el hundimiento del Prestige; por otro lado, el interesante
laboratorio de autoorganización social que se articuló en torno a la
actividad de limpieza de las playas contaminadas por el vertido de
petróleo y que señaló abiertamente el abandono con el que los poderes
públicos respondieron a las demandas y las necesidades no solamente de los
gallegos, sino de los miles de voluntarios que acudieron a las costas de
Galicia durante semanas desde todas las partes del Estado.
El dato relevante es la emergencia de una sociedad civil que está tomando
las calles de manera decidida. Este rechazo ciudadano masivo a la guerra y
al papel que está desempeñando el gobierno de Aznar, es el que ha obligado
a todas las islas de la izquierda a construir un archipiélago de consenso
desconocido desde los años setenta en el Estado España. Tanto los partidos
y los sindicatos, como los movimientos sociales, se han visto superados
por la creatividad, la intensidad y la masividad de las protestas. Huelgas
en universidades, paros en los centros de trabajo, manifestaciones
espontáneas, caceroladas, bloqueos en autopistas y carreteras, conciertos,
asambleas en barrios, un repertorio de acción colectiva interminable que
no no ha dado tregua ni al gobierno, ni a la policía, ni a las
organizaciones políticas y sociales.
La guerra es el catalizador y el elemento que ha posibilitado una protesta
general que, sin embargo, ha ido más allá del antibelicismo y que ha
puesto de manifiesto cierta radicalidad en los comportamientos y en los
mensajes. Dos de los gritos que más se han oido en las masivas
manifestaciones, muchas veces ilegales, que han recorrido las calles de
Madrid han sido �no nos representan� y �lo llaman
democracia y no lo es�. Sobre la mesa un cuestionamiento del hecho
representativo y un deseo de democracia que choca con el estado de cosas
actual. En las encuestas un dato igualmente relevante: mientras el partido
de Aznar baja considerablemente en intención de voto, la oposición se
mantiene en los porcentajes alcanzados en los últimos comicios electorales
o experimenta subidas mínimas que no se corresponden con el altísimo nivel
de movilización social. ¿Fallo en el sistema? ¿Interferencias en el código
fuente?. La rebelión del software de Matrix no ha hecho más que comenzar.



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