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(ca) LA CAMPANA Nº 217: EDITORIAL

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Date Fri, 13 Jun 2003 14:26:56 +0200 (CEST)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
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Anteayer, 20 de septiembre, el poderoso presidente norteamericano,
pelele una vez más de las grandes multinacionales y el complejo
militar-industrial que le otorgaron la presidencia, remitió al Congreso
de su país el documento titulado “La nueva estrategia de seguridad
nacional de EE UU”. En las democracias occidentales amigas de EE UU,
algunos capos locales, pocos, ignorantes de que este episodio inicia el
declive del déspota, se apresuraron a aplaudir. A otros, vacilantes, el
Supremo Bush les prometió el cepillo de las limosnas: un fabuloso y
hediondo botín de petróleo y sangre. Finalmente toda la corte acudirá al
humilladero y las gentes de Iraq y Palestina serán llevadas al
paredón.Aún antes de iniciarse una investigación sobre lo sucedido,
Aznar y
Álvarez Cascos, se apresuraron a atribuir la catástrofe a un “fallo
humano”. Creen de ese modo excusar su incompetencia y oscurecer su
responsabilidad, al confundir deliberadamente las circunstancias
concretas de un accidente, con la responsabilidad que compete a la
Administración de que toda actividad se haga con las debidas garantías,
guardando las precauciones necesarias y arbitrando las medidas de
seguridad elementales. El gobierno busca desentenderse de las
consecuencias más siniestras de su
política económica, que antepone el lucro de unos pocos a cualquier otra
consideración, incluso de la vida y la salud de las personas. El mismo
programa que ratificaron los jefes mayores del planeta en el G-8, al
definir políticas que impulsan la precariedad laboral y anteponen
criterios economicistas a la seguridad de las personas. Pues tanto como
las deficientes estructuras físicas del transporte y procedimientos
obsoletos de seguridad, las abusivas condiciones en que realizan su
labor los trabajadores -precariedad, indefensión, jornadas
interminables, ritmos excesivos, etc- crean inaceptables situaciones de
riesgo en los servicios. Por esa política Aznar y los suyos, se hicieron
reos de homicidio tras haber organizado un viaje hacia la muerte de 60
personas, que regresaban a España desde Afganistán. Por esa política, se
hacen responsables de la muerte de cinco personas cada día en accidentes
de trabajo ... Por esa política son responsables de las 19 muertes en
Chinchilla, por más que la culpa jurídica quede por determinar. Así como
sólo un tonto útil para el poder puede atribuir la muerte de miles de
inmigrantes ante las costas de Tarifa a la impericia marinera de los
patrones de las pateras, tampoco la proliferación en los últimos tiempos
de accidentes en la red ferroviaria española puede achacarse sin más a
“fallos humanos”, pues si humanos son los trabajadores de Renfe no lo
son en cambio las instrucciones de los directivos que decidieron reducir
el personal de mantenimiento y seguridad en un 17% en los últimos años,
ni la Administración que prefiere invertir en proyectos
mastodónticos como el AVE políticamente más rentables (aunque gravemente
perjudiciales desde el punto de vista ecológico), que no a la seguridad
para las personas en la Red convencional, que traslada al 95% de los
usuarios de Renfe. En este sentido, poco importan las circunstancias
concretas de cada siniestro, pues lo esencial es la fatalidad que lo
provoca. Si se obliga a una persona a permanecer un cierto tiempo sobre
la cuerda floja resultará inevitable que termine por caerse, y ello
independiente que la causa última del accidente fuese una fuerte racha
de viento o el aleteo de una golondrina a mil codos de distancia. Del
mismo modo si, por ejemplo, se obliga a cientos de jefes de circulación
en todo España a controlar a decenas de convoyes, en una o varías
líneas, en una jornada de hasta 12 horas, en horas diurnas y nocturnas,
haciéndolo en solitario, desde una caseta lejana del apeadero, con una
mesa, un teléfono, a veces un fax, y un panel electrónico por todo
mobiliario y material técnico de apoyo (como es el caso de Chinchilla,
Navajuelos o Minilla, sólo en la línea Murcia - Cartagena) resultará
fatal que un día u otro, aquí o allí, se produzca un fallo “humano”, que
podrá dar lugar a una catástrofe sí y solo sí se carece de cualquier
sistema operativo de seguridad que puede superar el fallo “humano” en
tiempo y forma. Sólo es justificable hablar de “fallos humanos” cuando
hay una adecuación entre las condiciones personales en que se realiza
una labor y las dimensiones de la labor misma. Para nada es este el caso
de los trabajadores de Renfe en
Chinchilla, en el 2003. Al igual que la mitad de la red ferroviaria
española, el tramo de Chinchilla carece de un sistema de comunicaciones
entre el tren y un centro de tráfico, así como del sistema de bloqueo
automático, que permitirían evitar que el error de una persona, siempre
posible en según que condiciones de trabajo, derivase en una catástrofe.
Nada de esto ocurre, por ejemplo en Francia, dónde solo carece de
bloqueo automático un 10% de la red o en Alemania, que lo tiene
instalado toda la red, de modo que en estos países los pasajeros tienen
la garantía de que en los tramos de vía única resulta prácticamente
imposible que choquen dos trenes que circulan en sentido contrario. Sin
embargo, en la zona de Chinchilla las medidas de seguridad actuales se
mantienen inalterables desde los años inmediatos a la guerra civil, hace
60 años, cuando las convoyes no alcanzaban, como ahora, velocidades de
hasta 200 km a la hora, ni nada que se le pareciera. Ningún “fallo
humano”, por tanto. Sólo sistemas de seguridad obsoletos, incompetencia
absoluta de los gobernantes, codicia y más codicia
homicida, capitalismo voraz y mortífero. Tanto vales cuanto tanto
tienes, y los usuarios de un servicio público sólo valen para el Capital
y el Estado lo que su billete, es decir, individualmente apenas nada.




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