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(ca) LA CAMPANA, N.209: artículos sobre y de Malatesta

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Date Fri, 31 Jan 2003 12:19:21 -0500 (EST)


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RECIBIMOS con militante
satisfacción la reciente
publicación de una importante
colección de
artículos y folletos de
Errico Malatesta (1853 - 1932), con un
epílogo de Max Nettlau, por la Fundación
de Estudios Libertarios Anselmo
Lorenzo (FAL) y el Grupo Anarquista
Albatros. Al fin y al cabo, este semanario
anarquista La Campana nació en
1980 como una edición de la Escuela
Errico Malatesta de Pontevedra (unos
cursos para trabajadores adultos de
vida efímera, en la década de los 70),
como todavía hoy puede leerse en la leyenda
del periódico. Según los editores,
este libro es un homenaje a la gigantesca
figura de Malatesta, uno de los
militantes anarquistas más conocidos,
cuya larga vida fue ejemplo admirable
de la lucha revolucionaria internacionalista,
en defensa de los oprimidos.
La presente edición fue realizada
con el criterio de “volver a publicar
las obras de Errico Malatesta ya
traducidas al castellano”, inencontrables
la mayoría de ellas en la actualidad.
Para mejor seguir el pensamiento de
Malatesta, se estructuró el volumen en
tres apartados, además del epílogo biográfico
elaborado en 1932 por el anarquista
vienés Max Nettlau, publicada
ese mismo año en La Revista Blanca,
con traducción de Felipe Alaiz.
En el primer conjunto de textos,
intitulado “artículos”, se reeditan 9 títulos
periodísticos, procedentes de diversas
publicaciones periódicas anarquistas
(Natura, Il Pensiero, La Questione Sociale,
Umanità Nova, etc), que representan
la mayoría de sus artículos vertidos
íntegramente hasta ahora al castellano.
El segundo apartado presenta
el conjunto de los folletos de Malatesta:
Entre campesinos, La política parlamentaria
en el movimiento socialista,
En Tiempo de elecciones, La Anarquía,
Nuestro programa y En el café.
El tercer apartado contiene la
polémica que mantuvieron Malatesta y
su compañero de estudios Francesco
Saverio Merlino, en 1897, en torno a las
elecciones, los sistemas de representación
políticos y la viabilidad del reformismo
posibilista, del que era partidario
Merlino.
El valor actual de estos textos
es indudable. Malatesta no solo fue un
revolucionario, autor de numerosos panfletos,
volantes y documentos ocasionales,
redactados al calor de las luchas
en las que estaba inmerso. También fue
y antes que nada un maestro, un pedagogo
revolucionario y anarquista, consagrado
a la divulgación y formulación
personal de los ideales comunistas
libertarios. Como señala Alfredo G,
autor de la reseña de Escritos, en el
boletín BICEL de la FAL), “con una
febril actividad propagandística y organizativa,
[Malatesta] nunca tuvo tiempo
para elaborar un cuerpo de doctrina
teórica con sus planteamientos y análisis;
tampoco para escribir sus memorias.
Pero en sus artículos periodísticos,
en sus folletos, en sus conferencias sí
podemos hallar esa teoría que animó su
vida: la emancipación del género
humano”.
Con sólo destacar los temas
tratados por Malatesta en sus artículos
y folletos, puede darse el lector de esta
reseña una idea de la importancia del
volumen que comentamos para la comprensión
del pensamiento anarquista:
la pugna electoral y política al uso
como antagónicas de la lucha social y
revolucionaria; el comunismo marxista
y dictatorial, de estado, como la antítesis
del comunismo anárquico y socialismo
libertario; el individualismo anárquico
como fórmula errónea de algunos
anarquistas, frente a la imperiosa
necesidad de organizarse debidamente
para afrontar el cambio de sociedad; la
violencia resistente y revolucionaria,
frente a la crueldad de los estados y regímenes
basados en la explotación económica
y opuesta también a los actos
“insensatos del terrorismo” vanguardista;
los conceptos de anarquía, libertad,
opresión, cambio social, organización
de los trabajadores, reformismo,
etc, etc. Como señala Max Nettlau, en
la Revista Blanca: “Pensamiento, voluntad,
acción, libertad, asociación, amor:
he aquí las fachadas de su bella reconstrucción
anarquista, amplia, rica y
sensata. Es tal vez la más vital y realista
de las concepciones de la Internacional,
pareja de las que acreditaron Bakunin y
Reclus”.
Pedro Lízara
* Errico Malatesta / Escritos
Edit. Fundación Anselmo Lorenzo.
Madrid 2002
...................................

ESCRITOS
Errico Malatesta

La palabra anarquía procede del griego y significa
«sin gobierno»; es decir, el estado de un pueblo que se rige
sin autoridad constituida, sin gobierno.
Antes de que toda una serie de pensadores haya llegado
a considerar tal organización como posible y como deseable;
antes de que fuese adoptada como objetivo por un movimiento
que en la actualidad constituye uno de los más importantes
factores en las modernas luchas sociales, la palabra
anarquía era considerada, por regla general, como sinónimo
de desorden, de confusión, y aún hoy mismo se utiliza en este
sentido por las masas ignorantes y por los adversarios
interesados en ocultar o en desfigurar la verdad.
No hemos de detenernos a profundizar en estas disgresiones
filológicas, por cuanto entendemos que la cuestión
reviste un carácter histórico y no filológico. El sentido vulgar
de la palabra no desconoce su verdadero significado, desde el
punto de vista etimológico, sino que es un derivado o
consecuencia
del prejuicio consistente en considerar al gobierno
como un órgano indispensable para la vida social, y que, por
tanto, una sociedad sin gobierno debe ser presa y víctima del
desorden, oscilante entre la omnipotencia de unos y la ciega
venganza de otros.
La existencia y persistencia de este prejuicio, así como
la influencia ejercida por el mismo en la significación dada por
el común sentir a la palabra anarquía, se explican fácilmente.
De igual modo que todos los animales, el hombre se
adapta, se habitúa a las condiciones del medio en que vive, y
transmite por herencia los hábitos y costumbres adquiridos.
Nacido y criado en la esclavitud, heredero de una larga progenie
de esclavos, el hombre, cuando ha comenzado a pensar, ha
creído que la servidumbre era condición esencial de vida: la
libertad le ha parecido un imposible. Así es como el trabajador,
obligado durante siglos a esperar y obtener el trabajo -es
decir, el pan- de la voluntad, y a veces del humor, de un amo,
y acostumbrado a ver continuamente su vida a merced de
quien poseía tierra y capital, ha concluido por creer que era
el dueño, el señor o el patrón quien le daba de comer. Ingenuo y
sencillo, ha llegado a hacerse la pregunta siguiente: ¿Cómo me
arreglaría yo para poder comer si los señores no existieran?
Tal sería la situación de un hombre que hubiese
tenido las extremidades inferiores trabadas desde el día de su
nacimiento, si bien de manera que le consintiese moverse y
andar dificultosamente; en estas condiciones podría llegar a
atribuir la facultad de trasladarse de un punto a otro a sus
mismas ligaduras, siendo así que éstas no producían otro
resultado que el de disminuir y paralizar la energía muscular
de sus piernas.
Y si a los efectos naturales de la costumbre se agrega
la educación recibida del mismo patrón, del sacerdote, del
maestro, etc., interesados todos en predicar que el gobierno y
los amos son necesarios, y hasta indispensables; si se añade el
juez y el agente de policía, que se esfuerzan en reducir al
silencio
a todo aquel que discurra de otro modo y trate de difundir
y propagar su pensamiento, se comprenderá cómo ha logrado
arraigar en el cerebro poco cultivado de la masa el prejuicio
de la utilidad y de la necesidad del amo y del gobierno.
Figuraos, pues, que al hombre de las piernas trabadas
de quien antes hemos hablado le expone el médico toda
una teoría y le presenta miles de ejemplos hábilmente
inventados,
a fin de persuadirle de que, si tuviera las piernas libres,
le sería imposible caminar y vivir; en este supuesto, el
individuo
en cuestión se esforzaría en conservar sus grilletes o
ligaduras, y no vacilaría en considerar como enemigos a
quienes desearan desembarazarle de ellos.
Ahora bien: puesto que se ha creído que el gobierno
es necesario; puesto que se ha admitido que sin gobierno no
puede haber otra cosa sino desorden y confusión, es natural,
y hasta es lógico, que el término anarquía, que significa la
ausencia y carencia de gobierno, venga a significar igualmente
la ausencia de orden.
Este hecho no carece de precedentes en la historia de
las palabras. En las épocas y países en que el pueblo ha creído
necesario el gobierno de uno solo (monarquía), la palabra
república,
que significa el gobierno de la mayoría, se ha considerado
siempre como sinónima de confusión y de desorden, aún puede
comprobarse en el lenguaje popular de casi todos los países.
Cambiad de opinión; persuadid a la población de
que no sólo el gobierno dista de ser necesario, sino que es en
extremo peligroso y perjudicial... y entonces la palabra
anarquía,
justamente por eso, porque significa ausencia de gobierno,
significará para todos orden natural, armonía de necesidades
e intereses de todos, libertad completa en el sentido
de una solidaridad asimismo completa.
Resulta impropio decir que los anarquistas han estado
poco acertados al elegir su denominación, ya que este nombre
es mal comprendido por la generalidad de las gentes y se
presta a falsas interpretaciones. El error no depende del
nombre,
sino de la idea; y la dificultad que los anarquistas encuentren
en su propaganda no depende del nombre o denominación
que se han adjudicado, sino del hecho de que su concepto
choca con todos los prejuicios inveterados que conserva el
pueblo acerca de la función del gobierno o, como se dice de
ordinario, acerca del Estado.

Errico Malatesta

..............................................

LA ANARQUÍA
Reproducimos hoy la primera parte del artículo “La Anarquía” de
Malatesta, incluido en el volumen “Errico
Malatesta: Escritos” (Madrid, 2002), reseñado en este
mismo número de La Campana.

Los anarquistas nunca llegaron
a ponerse de acuerdo sobre la consideración
del maquinismo que viene caracterizando
la sociedad industrial desde
el siglo XVIII y el papel social que cumplen
las innovaciones tecnológicas y los
nuevos descubrimientos científicos. Sin
embargo, ese desacuerdo no debilitó al
movimiento anarquista. Más bien lo fortaleció.
Puede afirmarse que las sucesivas
controversias en relación a la naturaleza
de la sociedad tecnológica y los
efectos de la aplicación sistemática de
las máquinas a la producción, fue ganando
cada día en profundidad para luchar
contra la desigualdad y la opresión sociales,
aunque ello fuese al mismo tiempo
y a la par que se agudizaba la maquinización
de la sociedad y generalizaba en
todos los ámbitos el uso de artefactos,
más allá de los grandes talleres industriales.
Para unos anarquistas, la humanidad
debería agradecer a la ciencia
moderna y a la tecnología las máquinas
que liberarían a los humanos del esfuerzo
físico agotador y las jornadas insufribles
e, incluso, de la implacable necesidad.
Según estos, las máquinas representaban
el progreso y el futuro, bastando
para ello arrebatárselas de las manos a
los capitalistas y ponerlas al servicio de
los trabajadores, del pueblo y de la humanidad.
La mejora material, buena en sí
misma respecto de un pasado tenebroso,
se lograría en gran medida por el progreso
de la ciencia y el desarrollo industrial,
básicamente entendido como
la sustitución del esfuerzo humano por
las fuerzas y leyes de la naturaleza sometidas
al control de la inteligencia.
Para otros, sin embargo, la maquinización
del taller y de la vida o el
imperio de la tecnología, sólo podrían
redundar en deshumanización, infelicidad,
miseria moral, quiebra de las relaciones
propiamente humanas y encadenamiento
de los trabajadores a un
“progreso” que, en todo caso, solo sería
beneficioso para unos pocos. Además,
nada se adelantaría con un simple cambio
en el régimen de propiedad sobre
las máquinas, si se mantenía la ilusión de
que “progreso” equivale a masiva producción
de cosas y no solo de cosas
buenas.
Históricamente, la polémica es
anterior al anarquismo organizado. Los
primeros signos de resistencia obrera al
maquinismo se observan en Inglaterra a
finales del XVIII y principios del XIX,
cuando tuvo lugar la dramática insurgencia
“luddista”. El movimiento luddista
-así llamado en homenaje a su jefe Ned
Ludd, ahorcado con varios más en aplicación
del Código Sangriento británico
de la época-, hace referencia a los obreros
que protagonizaron entre 1811 y 1816
la quema de grandes máquinas y estragos
en los talleres que las incorporaban,
tras considerar al “maquinismo” responsable
de los despidos masivos de obreros,
provocar la ruina de las familias
proletarias, la división social del trabajo
y esclavizar a los trabajadores con
formas de trabajo antinaturales y penosas,
sometidas a ritmo.
Sin embargo, el planteamiento
de los ludditas, responsabilizando a las
máquinas de la miseria material que
creaba su implantación en la industria,
fueron siendo sustituidos por aquella
otra tesis de que no eran las máquinas
las culpables de la miseria, sino el uso
que de ellas hacían los capitalistas.
Además -se argumentó- las máquinas y
la industrialización a ellas asociada representan
el deseado futuro, que por fin
librará a los obreros de los verdaderos
agentes de esclavitud: el salario y el
modo capitalista de producción.
Esta fue la versión más aplaudida
entre el movimiento obrero que se
vinculó al marxismo, pero también influyó
entre los anarquistas y el sindicalismo
antiautoritario. Y es también la interpretación
obrera de una doctrina oficial,
cada vez más cuestionada, sobre todo,
desde el instante en que irrumpen las máquinas,
artefactos y modos industriales
de operar más allá de las fábricas, en la
calle, por todas partes y en todos los
ámbitos, incluso privados.
Evidentemente, no fueron solo
los anarquistas quienes alertaron sobre la
deshumanización generada en un orden
social basado en los principios del maquinismo
industrial. Pero sí fueron ellos
quienes acertaron a formular esta
denuncia de un modo socialmente útil y
desde una perspectiva revolucionaria (y
no metafísica o religiosa). Muchas publicaciones
anarquistas del primer tercio
del siglo XX divulgan estos nuevos planteamientos
y no dudan de considerar una
perversión la identificación de Naturaleza
con el Artefacto mecánico ideado por
algunos ideólogos y científicos.
La reproducción clónica y en
serie de miles de productos -¡principio
básico del modelo industrial de producción!-
de cada vez más dudosa utilidad
social, siendo así que todos esos
productos ya no son sino uno: el dinero,
símbolo máximo de lo clónico, no puede
considerarse un factor de progreso, sino
más bien de barbarie insufrible. Además,
esa filosofía y esa práctica industrial
terminan siendo dramáticamente
destructivas y despilfarradoras de recursos
naturales y mortal para los delicados
equilibrios que sostienen la vida en
el planeta. No se libran tampoco las relaciones
humanas y las personas, todas
ellas sometidas a las exigencias de esa
maquinización generalizada, que funciona
según su propia lógica. Crece la
percepción de que las máquinas -mejor
aún, la tecnología- lejos de liberar aprisionan
a los seres humanos y lejos de
hacer más habitable el planeta logran
hacerlo más insufrible. Ya no simbolizan
el futuro deseado.




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