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(ca) Zapatismo o barbarie

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Date Sat, 16 Aug 2003 23:08:13 +0200 (CEST)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
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por Wu Ming
Julio 2003. Texto escrito, en su versión original en italiano, para el
número 28 de Carta.
Los textos del colectivo Wu Ming pueden reproducirse y distribuirse
libremente si se hace sin propósitos comerciales.

Ya han pasado casi diez años desde aquel famoso 1 de enero de 1994 [fecha
del comienzo de la sublevación indígena en Chiapas], y parece superfluo
reseñar los méritos históricos de los zapatistas, a quienes se reconoce de
forma muy generalizada haber sido los primeros que, sobre el escenario
mundial, han devuelto la voz a quienes sufren la globalización capitalista
sobre su propia piel. Lo hicieron en plenos años 90 del siglo pasado, cuando
Occidente aún se atiborraba de teoría y teología neoliberal, y caminaba
uniformemente hacia la mayor recesión económica de la historia
contemporánea. También es innegable que, por primera vez desde hace muchos
años, el EZLN había sabido poner en marcha una estrategia comunicativa
eficaz, adecuada a los tiempos, demostrando así que aunque no se posea
grandes medios de comunicación de masas también se puede desafiar al
adversario en este terreno, de una manera nueva, eficaz. Durante los últimos
años, mucho se ha escrito y dicho sobre la genial guerrilla semántica y
semiótica conducida por el EZLN, o sobre el "estilo" de la insurgencia
zapatista.

No obstante, hoy podemos decir que la recepción dada a este patrimonio de
intuiciones y experimentos, en buena parte asumido por el movimiento
post-Seattle, no ha bastado para desentrañar realmente el nudo central y
específico propio del zapatismo, con el cambio de paradigma
político -antropológico, podría decirse- que representa.
Si bien la ferocidad de la globalización capitalista permanece, más que
nunca, en el orden del día, por otra parte nos encontramos con que la toma
en consideración de las formas y modos "zapatistas" de la política parece
haber quedado en un segundo plano, pese a que durante los últimos tres años
hemos asistido a la más evidente materialización concreta de estas
intuiciones: hemos visto movilizarse sin tregua a la sociedad civil mundial,
ese eficaz espectro retórico, pero hecho de sangre y carne; hemos visto a
millones de personas moviéndose sin banderas, al margen de los aparatos,
retomando en sus manos, con una óptica nueva, la propia vida y el propio
destino colectivo, o al menos intentar hacerlo, conscientemente o no. En
suma, hemos visto cómo se expresaba una posible política "desde abajo".

El motor de este movimiento no han sido los viejos partidos, sino miles de
asociaciones, comités, grupos, organizaciones, "perros" sin dogal,
conectados en una red planetaria y capaces de dialogar entre sí pese a
proceder de espacios políticos muy diversos. El motor ha sido su trabajo
cotidiano y certero, que ha mantenido activas las energías y las mentes, y
que ha producido sentido y conflicto en todos los rincones del planeta, más
allá incluso de las grandes movilizaciones en las calles. No se nos ocurre
nada que pueda ser más "zapatista" que todo esto. Y, sin embargo, la cesura
entre el pasado y el presente sigue siendo un problema sin resolver, un
problema que asume una importancia crucial precisamente cuando nos
encontramos saliendo de este fogoso periodo.

No debe olvidarse que el zapatismo ha cortado amarras definitivamente con el
Novecento, constituyendo una ruptura que hace época respecto al imaginario
de las izquierdas históricas occidentales. Ante todo, barrió muchas las
dicotomías típicas de la tradición política novecentista: reformismo /
revolución, vanguardia / movimiento, intelectuales / clase, toma del poder /
éxodo, violencia / no violencia, etc. Y también ha derribado la teoría
marxiana del derrumbe, de la crisis y de la necesidad de su aceleración por
parte de los movimientos antagonistas, pues se ha tomado conciencia de que
ahora este sistema de producción y dominio vive y se alimenta de su crisis
permanente. La crisis no establece de por sí una posibilidad de liberación,
aunque sí el escenario estructural dentro del que moverse para construir,
autónomamente, hipótesis parciales de conflicto, de autogobierno y de
alternativa posible. Desde este punto de vista, el zapatismo ha descartado
cualquier visión teleológica y prometeica de la historia, abandonando tanto
el evolucionismo iluminista como el mecanicismo positivista. La cuestión del
poder, precisamente, o, para ser más exactos, la cuestión del no-poder, ha
hecho del zapatismo algo "herético" a ojos de las izquierdas históricas,
radicales o socialdemócratas. Se trata del paso de la figura del
"revolucionario" (o su versión débil, soft, el "reformista"), que quiere
tomar el poder para cambiar el mundo, a la figura del rebelde, que, por el
contrario, quiere poner en discusión el poder y corroer sus fundamentos,
para dar vida a formas de participación paralelas, alternativas y
auto-organizadas de la sociedad civil. La práctica zapatista no pretende
formular un nuevo mundo, sino que experimenta y hace alusión a la
construcción de muchos mundos posibles. Por tanto, más que como una teoría o
una ideología, el zapatismo se presenta como un método abierto, un hábito
mental, infinitamente readaptable.

Este salto paradigmático respecto al pasado y, sobre todo, el salto "al otro
lado del océano" no ha sido fácil y sigue encontrando tenaces resistencias.
No se trata, obviamente, de negar la diferencia entre contextos culturales y
geopolíticos muy distantes, sino más bien de reconocer la reincidencia
mental que ha frenado el uso compartido de de este método. Más allá de las
consignas ampliamente difundidas y de las fórmulas que han inundado la
retórica del movimiento, estamos pagando el precio de esa distancia y de las
reticencias a dar ese salto.

Tras un trienio como el que dejamos a nuestras espaldas, podemos decir que
la política es todavía fuerte, aunque no lo sean las estructuras que la
practicaron y que nacieron de ella. Si tales estructuras se encuentran
debilitadas y vacías, en ellas está presente, sin embargo, una compulsión
hacia la repetición de las viejas lógicas. En todas las conexiones de la
izquierda italiana y europea, tanto si son institucionales como si están
relacionadas con el movimiento, permanece, transversalmente, un imprinting
"leninista" (absit iniuria, es decir, dicho sin ánimo de injuria) todavía
muy visible, aunque se decline según los contextos y las necesidades.

Los problemas ligados a la hegemonía, al control sobre pequeñas o grandes
áreas políticas, la obsesión por la identidad, el tacticismo, el desarrollo
de excrecencias formadas por clases políticas "profesionalizadas", siguen
siendo patrimonio de las estructuras que han atravesado el movimiento, y no
sólo de aquellas que se han limitado a seguir al movimiento. No resulta
difícil darse cuenta de la distancia entre el movimiento real -fluctuante,
complejo, articulado, horizontal, inmiscuido en las cosas- y las estructuras
pre-existentes, hoy en lucha entre ellas para disputarse los frutos
políticos. No se trata de proponer una lectura maniquea y populista de las
circunstancias, sino de comparar las dinámicas producidas desde abajo en
estos años con los encuentros y desencuentros marcados por la vieja idea de
la política que siguen compartiendo estructuras y partidos. Según este
paradigma los movimientos serían fenómenos "excepcionales", sobre los que
cabalgar o en los que sumergirse para emerger de nuevo más reforzados que
cambiados; o bien epifenómenos incontrolables, de los que hay que desconfiar
y a los que hay que contener y hacer volver al lecho del profesionalismo
electoralista. Ambas actitudes son hijas de la matriz
tercerointernacionalista, matriz que produjo una parte buena de los errores
y los horrores del Novecento, y ambas comparten la idea de que tarde o
temprano tiene que terminar la estación de las "giras de ciudad en ciudad" y
que será inevitable una fase de "repliegue", o incluso directamente de
reflujo, en la que recontar las propias fuerzas, hacer las cuentas,
redefinir las alianzas entre aparatos, a la luz de todo aquello que los
movimientos han producido. Tras la apertura, el cierre. Todo comienza otra
vez como al principio. E inútil es subrayar que mientras se hace todo esto,
serán bendecidos el método y el mérito del cuestionamiento zapatista.

Que existen momentos de sedimentación de las energías movilizadas en las
grandes luchas es un dato histórico, y tal vez hasta psicológico,
ineludible, lo que hace tanto más extraordinario un periodo de tres años
como el que acabamos de vivir. El zapatismo, sin embargo, no puso sobre el
tapete la ingenua idea de una movilización permanente, sino las de una
constante y prolongada participación, un acceso ilimitado a la política, una
abolición de los derechos de autor sobre la política como dominio separado
de la vida civil cotidiana y llevado a cabo por los capataces encargados de
hacerlo. Por eso, el zapatismo ha dado tanta importancia al municipalismo, a
las comunidades locales auto-organizadas (y autodefendidas, cuando se
intenta aplastarlas por la fuerza, como en Chiapas), a la experimentación de
formas nuevas de participación política sobre los territorios. Por eso, el
zapatismo rechazó convertirse en una fuerza parlamentaria y rechazó también
aceptar el compromiso, no ya con las instituciones o con el poder en
abstracto, sino con sus deterioradas manifestaciones inmanentes, mediaciones
con la vieja idea de la política. Y si alguna vez ha habido una brizna de
idealismo en el zapatismo, reside completamente en esto. Y no es poco.
Esta misma idea ha sido puesta en práctica en el Norte del mundo, a partir
de Seattle, y entra necesariamente en conflicto con la concepción
"hegemonista" y "numérica" que distingue a la vieja política. Sería estúpido
fingir que esta contradicción no está ante nuestros ojos.

Quien hoy vuelve a razonar según los parámetros de antes, está forzando las
cosas de una manera que conduce a que la energía liberada en estas años sea
comprimida. Y está claro que esto se puede hacer con las mejores
intenciones, simplemente por incapacidad para cambiar, por inadecuación a la
historia, por la esclerotización del cerebro. Y el tránsito entre la
conservación y la reacción puede ser breve.

Nos damos cuenta de ello, por ejemplo, cuando tras la victoria del
centro-izquierda en las elecciones administrativas italianas [regionales,
provinciales y municipales], muy pocos de los vencedores se han mostrado
dispuestos a reconocer que el mérito de esos resultados corresponde a un
cambio general en la atmósfera social, producto de un movimiento que durante
tres años se ha opuesto en plazas y calles a la política berlusconiana,
mientras El Olivo se empeñaba en mirar su propio ombligo.

Nos damos cuenta de ello cuando las candidaturas a los grandes ayuntamientos
son decididas en torno a las mesas de las secretarías de los partidos.

Y, por otra parte, también nos damos cuenta de ello cuando determinadas
áreas del movimento recuperan del cuarto de los trastos viejos lógicas
vanguardistas y solipsistas que, como dice el propio subcomandante Marcos,
no llevan a ninguna parte. O cuando se nos convoca a grandes referendos,
útiles para marcar posición pero políticamente inútiles, desde el momento
que entramos en la cabina electoral sabiendo ya que vamos a perder.

Nos damos cuenta de ello cuando nos encontramos una y otra vez ante las
mismas figuras gesticulantes de "machos guerreros" al frente de las
dinámicas públicas y políticas; mientas que, por el contrario, el único
militante zapatista que entró en el Parlamento mexicano fue la Comandante
Esther, portadora de uno de los documentos (aquí) más bellos producidos por
el EZLN, centrado en la condición indígena y femenina.

Nos damos cuenta de ello, más en general, cuando nos invade la sensación de
haber sido de nuevo reducidos a "electores", después de haber sido, durante
un periodo que no fue breve, "ciudadanos".

Estamos en medio de un vado cuya importancia histórica apenas logramos
intuir, pero que se respira en el aire.
Hoy, la opción zapatista, en su sentido más amplio y más abierto a diversas
declinaciones, es, más que nunca, una cuestión central, quizá vital, para
todos nosotros. O sabremos mantenerla viva, traducida a un nuevo tiempo y a
nuevas ocasiones, distantes de cualquier inercia derrotista, o el riesgo
involutivo se convertirá en una amenaza concreta. O bien la inteligencia
colectiva que impulsó el movimiento sabrá inventar el modo de mantener la
cohesión y la cooperación de las energías positivas que liberó, manteniendo
activa su capacidad de generar proyectos y poner en marcha experimentos
concretos, o bien será difícil lograr la puesta en valor del elemento de
novedad política que ha emergido durante los últimos años. El camino del
reflujo y del retorno a los huertos y patios privados está siempre abierto.

A nosotros nos toca demostrar que estamos a la altura de este momento de
transición y de este desafío.
www.wumingfoundation.com




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