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(ca) El mundo: Siete pensamientos en mayo de 2003

From a-infos-ca@ainfos.ca
Date Fri, 8 Aug 2003 15:14:06 +0200 (CEST)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
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Subcomandante Insurgente Marcos

Introducción

Conforme se van deteriorando los calendarios del Poder
y las grandes corporaciones de los medios de
comunicación titubean entre los ridículos y las
tragedias que protagoniza y promueve la clase política
mundial, abajo, en el gran y extendido basamento de la
tambaleante Torre de Babel moderna, los movimientos no
cesan y, aunque aún balbuceantes, empiezan a recuperar
la palabra y su capacidad de espejo y cristal.
Mientras arriba se decreta la política del
desencuentro, en el sótano del mundo los otros se
encuentran a sí mismos y al otro que, siendo
diferente, es otro abajo.

Como parte de esta reconstrucción de la palabra espejo
y cristal, el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional retomó diálogos con movimientos y
organizaciones sociales y políticas en el mundo.
Inicialmente, con hermanos y hermanas de México,
Italia, Francia, Alemania, Suiza, el Estado Español,
Argentina y la Unión Americana, se trata de ir
construyendo una Agenda común de discusión.

No se pretende establecer acuerdos políticos y
programáticos, ni de intentar una nueva versión de la
Internacional. Tampoco se trata de unificar conceptos
teóricos o uniformar concepciones, sino de encontrar
y/o construir puntos comunes de discusión. Algo así
como construir imágenes teóricas y prácticas que son
vistas y vividas desde lugares distintos.

Como parte de este esfuerzo de encuentro, el EZLN
presenta ahora estos 7 pensamientos. El "anclarlos" en
un horizonte espacial y temporal significa, por parte
nuestra, un reconocimiento de nuestras limitaciones
teóricas, prácticas y, sobre todo, de visión
universal. Este es nuestro primer aporte a la
construcción de una Agenda mundial de discusión.

Agradecemos a la revista mexicana Rebeldía el que nos
haya abierto sus páginas para estos pensamientos.
Igualmente agradecemos a las publicaciones que en
Italia, Francia, el Estado Español, la Unión Americana
y América Latina hacen lo mismo.

I. Teoría

El lugar de la teoría (y del análisis teórico) en los
movimientos políticos y sociales suele obviarse. Sin
embargo, todo lo evidente suele esconder un problema,
en este caso: el de los efectos de una teoría en una
práctica y el "rebote" teórico de ésta última. Y no
sólo, el problema de la teoría es también el problema
de quién produce esa teoría.

No empato la noción de "teórico" o "analista teórico"
con la de "intelectual". Esta última es más amplia. El
teórico es un intelectual, pero el intelectual no
siempre es un teórico.

El intelectual (y, por ende, el teórico) siente que
tiene el derecho de opinar sobre los movimientos. No
es su derecho, es su deber. Algunos intelectuales van
más allá y se convierten en los nuevos "comisarios
políticos" del pensamiento y de la acción, reparten
títulos de "bueno" y "malo". Su "juicio" tiene que ver
con el lugar en el que están y con el lugar en el que
aspiran a estar.
Nosotros pensamos que un movimiento no debe "devolver"
los juicios que recibe, y catalogar a los
intelectuales como "buenos" o "malos", según cómo
califican al movimiento. El anti-intelectualismo no es
más que una apología propia incomprendida, y, como
tal, define a un movimiento como "púber".

Nosotros creemos que la palabra deja huella, las
huellas marcan rumbos, los rumbos implican
definiciones y compromisos. Quienes comprometen su
palabra a favor o en contra de un movimiento, no sólo
tienen el deber de hablarla, también el de
"agudizarla" pensando en sus objetivos. "¿Para qué?" y
"¿Contra qué?" son preguntas que deben acompañar a la
palabra. No para acallarla o bajar su volumen, sino
para completarla y hacerla efectiva, es decir, para
que se escuche lo que habla por quien debe escucharla.

Producir teoría desde un movimiento social o político
no es lo mismo que hacerlo desde la academia. Y no
digo "academia" en sentido de asepsia u "objetividad"
científica (inexistentes); sino sólo para señalar el
lugar de un espacio de reflexión y producción
intelectual "fuera" de un movimiento. Y "fuera" no
quiere decir que no haya "simpatías" o "antipatías",
sino que esa producción intelectual no se da desde el
movimiento sino sobre él. Así, el analista académico
valora y juzga bondades y maldades, aciertos y errores
de movimientos pasados y presentes, y, además,
arriesga profecías sobre rutas y destinos.

A veces ocurre que algunos de los analistas de
academia aspiran a dirigir un movimiento, es decir, a
que el movimiento siga sus directrices. Ahí, el
reproche fundamental del académico, es que el
movimiento no lo "obedezca", así que todos los
"errores" del movimiento se deben, básicamente, a que
no ven con claridad lo que para el académico es
evidente. Desmemoria y deshonestidad suelen campear
(no siempre, es cierto) en estos analistas de
escritorio. Un día dicen una cosa y predicen algo, al
otro día ocurre lo contrario, pero el analista ha
perdido la memoria y vuelve a teorizar haciendo caso
omiso de lo que dijo antes. No sólo, además es
deshonesto porque no se toma la molestia de respetar a
sus lectores o escuchas. Nunca dirá "ayer dije esto y
no ocurrió u ocurrió lo contrario, me equivoqué".
Enganchado en el "hoy" de los medios, el teórico de
escritorio aprovecha para "olvidar". En la teoría,
este académico produce el equivalente a la comida
chatarra del intelecto, es decir, no alimenta, sólo
entretiene.

Otras veces, algún movimiento suple su espontaneismo
con el padrinazgo teórico de la academia. La solución
suele ser más perjudicial que la carencia. Si la
academia se equivoca, "olvida"; si el movimiento se
equivoca, fracasa. En ocasiones, la dirección de un
movimiento busca una "coartada teórica", es decir,
algo que avale y dé coherencia a su práctica, y acude
a la academia para surtirse de ella. En estos casos la
teoría no es más que una apología acrítica y con algo
de retórica.

Nosotros creemos que un movimiento debe producir su
propia reflexión teórica (ojo: no su apología). En
ella puede incorporar lo que es imposible en un
teórico de escritorio, a saber, la práctica
transformadora de ese movimiento.
Nosotros preferimos escuchar y discutir con quienes
analizan y reflexionan teóricamente en y con
movimientos u organizaciones, y no fuera de ellos o,
lo que es peor, a costa de esos movimientos. Sin
embargo, nos esforzamos por escuchar todas las voces,
prestando atención no en quién las habla sino desde
dónde se habla.

En nuestras reflexiones teóricas hablamos de lo que
nosotros vemos como tendencias, no hechos consumados
ni inevitables. Tendencias que no sólo no se han
convertido en homogéneas y hegemónicas (aún), sino que
pueden (y deben) ser revertidas.

Nuestra reflexión teórica como zapatistas no suele ser
sobre nosotros mismos, sino sobre la realidad en la
que nos movemos. Y es, además, de carácter aproximado
y limitado en el tiempo, en el espacio, en los
conceptos y en la estructura de esos conceptos. Por
eso rechazamos las pretensiones de universalidad y
eternidad en lo que decimos y hacemos.

Las respuestas a las preguntas sobre el zapatismo no
están en nuestras reflexiones y análisis teóricos,
sino en nuestra práctica. Y, en nuestro caso, la
práctica tiene una fuerte carga moral, ética. Es
decir, intentamos (no siempre con fortuna, es cierto)
una acción no sólo de acuerdo a un análisis teórico,
sino también, y sobre todo, de acuerdo a lo que
consideramos es nuestro deber. Tratamos de ser
consecuentes, siempre. Tal vez por eso no somos
pragmáticos (otra forma de decir "una práctica sin
teoría y sin principios").

Las vanguardias sienten el deber de dirigir algo o a
alguien (y en este sentido guardan muchas similitudes
con los teóricos de academia). Las vanguardias se
proponen conducir y trabajan para ello. Algunas hasta
están dispuestas a pagar los costos de los errores y
desviaciones de su quehacer político. La academia no.

Nosotros sentimos que nuestro deber es iniciar,
seguir, acompañar, encontrar y abrir espacios para
algo y para alguien, nosotros incluidos.

Un recorrido, así sea meramente enunciativo, de las
distintas resistencias en una nación o en el planeta
no es sólo un inventario, ahí se adivinan, más que
presentes, futuros.

Quienes son parte de ese recorrido y de quien hace el
inventario, pueden descubrir cosas que quienes suman y
restan en los escritorios de las ciencias sociales no
alcanzan a ver, a saber, que importan, sí, el
caminante y su paso, pero sobre todo importa el
camino, el rumbo, la tendencia. Al señalar y analizar,
al discutir y polemizar, no sólo lo hacemos para saber
qué ocurre y entenderlo, sino también, y sobre todo,
para tratar de transformarlo.

La reflexión teórica sobre la teoría se llama
"Metateoría". La Metateoría de los zapatistas es
nuestra práctica.

II. El Estado Nacional y la polis

En el agónico calendario de los Estados Nacionales, la
clase política era quien tenía el Poder de decisión.
Un Poder que sí tomaba en cuenta al poder económico,
al ideológico, al social, pero mantenía una autonomía
relativa respecto a ellos. Esa autonomía relativa le
daba la capacidad de "ver más allá" y conducir a las
sociedades nacionales hacia ese futuro. En ese futuro,
el poder económico no sólo seguía siendo poder, sino
que era más poderoso.

En el arte de la política, el artista de la polis, el
gobernante, era entonces un especializado conductor,
conocedor de las ciencias y las artes humanas,
incluida la militar. La sabiduría de gobernar
consistía en el manejo adecuado de los distintos
recursos de conducción del Estado. La mayor o menor
recurrencia a uno o a varios de esos recursos, definía
el estilo de gobierno. Balance de administración,
política y represión, una democracia avanzada. Mucha
política, poca administración y represión encubierta,
una régimen populista. Mucha represión y nada de
política y administración, una dictadura militar.

En ese entonces, en la división internacional del
trabajo, a los países con capitalismo desarrollado le
correspondían hombres (o mujeres) de Estado como
gobernantes; a los países con capitalismo deforme, les
tocaban gobiernos de gorilas. Las dictaduras militares
representaban el verdadero rostro de la modernidad: un
rostro animal, sediento de sangre. Las democracias no
sólo eran una máscara que escondía esa esencia brutal,
también preparaban a las Naciones para una nueva etapa
donde el dinero encontrara mejores condiciones de
crecimiento.

La globalización, es decir, la mundialización del
mundo, no sólo está marcada por la revolución
tecnológica digital. La siempre presente voluntad
internacionalista del Dinero encontró medios y
condiciones para destruir las trabas que le impedían
cumplir con su vocación: conquistar con su lógica todo
el planeta. Unas de esas trabas, las fronteras y los
Estados Nacionales, sufrieron y sufren una guerra
mundial (la IV). Los Estados Nacionales se enfrentan a
esta guerra careciendo de recursos económicos,
políticos, militares, ideológicos y, como lo
demuestran las guerras recientes y los tratados de
libre comercio, de defensas jurídicas.

La historia no terminó con la caída del Muro de Berlín
y el derrumbe del campo socialista. El Nuevo Orden
Mundial sigue siendo un objetivo en el orden de
batalla del dinero, pero en el campo yace ya,
agonizando y esperando la llegada de auxilio, el
Estado Nacional.

Llamamos "sociedad del Poder" al colectivo de
dirección que ha desplazado a la clase política de la
toma de decisiones fundamentales. Se trata de un grupo
que no sólo detenta el poder económico y no sólo en
una nación. Más que aglutinada orgánicamente (según el
modelo de "sociedad anónima), la "sociedad del Poder"
se conforma por compartir objetivos y métodos comunes.
Aún en proceso de formación y consolidación, la
"sociedad del Poder" trata de llenar el vacío dejado
por los Estados Nacionales y sus clases políticas. La
"sociedad del Poder" controla organismos financieros
(y, por ende, países enteros), medios de comunicación,
corporaciones industriales y comerciales, centros
educativos, ejércitos y policías públicos y privados.
La "sociedad del Poder" desea un Estado Mundial con un
gobierno Supranacional, pero no trabaja en su
construcción.

La globalización ha significado una experiencia
traumática para la humanidad, sí, pero sobre todo para
la sociedad del Poder. Agobiada por el esfuerzo de
pasar, sin mediación alguna, de los barrios o
comunidades a la Hiper-Polis, de lo local a lo global,
y mientras se construye el gobierno Supranacional, la
sociedad del Poder se refugia de nuevo en un Estado
Nacional que desfallece. El Estado Nacional de la
sociedad del Poder sólo aparenta un vigor que mucho
tiene de esquizofrenia. Un holograma, eso es el Estado
Nación en las metrópolis.

Mantenido por décadas como el referente de
estabilidad, el Estado Nacional tiende a dejar de
existir, pero su holograma permanece alimentado por
los dogmas que luchan por llenar el vacío no sólo
producido por la globalización, también remarcado por
ella. La mundialización del mundo en tiempo y espacio
es, para el Poder, algo que no acaba de ser digerido.
Los "otros" ya no están en "otra" parte, sino en todas
partes y a todas horas. Y para el Poder el "otro" es
una amenaza. ¿Cómo enfrentar esa amenaza? Levantando
el holograma de la Nación y denunciando al "otro" como
agresor. ¿No fue uno de los argumentos del señor Bush
para las guerras en Afganistán e Irak que ambos
amenazaban a la "nación" norteamericana? Pero, fuera
de la "realidad" creada por CNN, las banderas que
ondean en Kabul y Bagdad no son las de las barras y
las estrellas, sino las de las grandes corporaciones
multinacionales.

En el holograma del Estado Nación, la falacia por
excelencia de la modernidad, c´est a dire, "la
libertad individual" se haya prisionera en una cárcel
que no por global es menos opresiva. El individuo se
desdibuja de tal forma que ni la imagen de los
"héroes" de antaño puede ofrecerle la mínima esperanza
de sobresalir. El "self made man" no existe más, y,
puesto que es impensable hablar de "self made
coporation", la expectativa social se halla a la
deriva. ¿Cuál es la esperanza? ¿Volver a la disputa
por la calle, el barrio? Tampoco, la fragmentación ha
sido tan despiadada y descontrolada que ni siquiera
esas unidades mínimas de identidad se mantienen
estables. ¿La familia-casa? ¿Dónde y cómo? Si la
televisión entró como reina por la puerta principal,
el internet entró como golpista por la hendidura del
espacio cibernético. En días pasados, casi cada casa
del planeta fue invadida por las tropas británicas y
norteamericanas que ocuparon Irak.

El Estado Nación que se abroga ahora el título de "la
mano divina de Dios" (los Estados Unidos de América),
existe sólo en la televisión, en la radio, en algunos
periódicos y revistas…, y en los cines. En la fábrica
de sueños de los grandes consorcios mediáticos, los
presidentes son inteli-gentes y simpáticos, la
justicia siempre triunfa; la comunidad derrota al
tirano, la rebeldía es respuesta pronta y efectiva
frente a la arbitrariedad, y el "y vivieron muy
felices" sigue siendo el final prometido a la sociedad
nacional. Pero en la realidad, las cosas son todo lo
contrario.

¿Dónde están los héroes de la invasión a Afganistán?
¿Dónde los de la ocupación de Irak? Quiero decir, el
11 de septiembre del 2001 tuvo sus héroes, los
bomberos y habitantes de la ciudad de Nueva York
trabajando por rescatar a las víctimas del delirio
mesiánico. Pero estos héroes reales no le sirven al
Poder, por eso fueron rápidamente olvidados. Para el
Poder el "héroe" es el que conquista (es decir,
destruye), no el que salva (es decir, construye). La
imagen del bombero cubierto de ceniza, trabajando
entre los escombros de las torres gemelas en Nueva
York, fue sustituida por la del tanque de guerra
jalando la estatua de Hussein en Bagdad.

La polis moderna (uso el término "polis" en lugar del
de "ciudad" para remarcar que me refiero a un espacio
urbano de relaciones económicas, ideológicas,
culturales, religiosas y políticas) sólo tiene de la
clásica (Platón), la imagen superficial y frívola de
las ovejas (el pueblo) y el pastor (el gobernante).

Pero la modernidad trastocó por completo la imagen
platónica. Ahora se trata de un complejo industrial:
algunas ovejas se trasquilan y otras se sacrifican
para obtener alimento, las "enfermas" son aisladas,
eliminadas y "quemadas" para que no contaminen al
resto.

El neoliberalismo se presentó como la administración
eficaz de esa mezcla de matadero-corral que es la
polis, pero señalando que la eficacia sólo era posible
rompiendo las fronteras de la polis y extendiéndolas
(es decir, invadiendo) a todo el planeta: la
Hiper-Polis.

Pero resulta que el "administrador" (el
gobernante-pastor) ha enloquecido y ha decidido
sacrificar todas las ovejas, aunque el dueño no pueda
comer todas… y aunque no queden ovejas para
trasquilar, ni para sacrificar mañana. El viejo
político, el de antaño (y no me refiero al de "antes
de Cristo", sino al de finales del siglo XX), se
especializaba en mantener las condiciones para el
crecimiento del rebaño y que hubiera ovejas para una y
otra cosa, y, además, de que las ovejas no se
rebelaran.

El neo-político no es ya más un pastor "culto", es un
lobo bobalicón e ignorante (que ni siquiera se esconde
tras una piel de oveja) que se conforma con comerse la
parte del rebaño que le cedan, pero ha abandonado sus
tareas fundamentales. El rebaño no tardará en
desaparecer… o en rebelarse.

¿Se podría pensar que de lo que se trata no es de
"humanizar" el corral-fabrica-matadero de la polis
moderna, sino de destruir esa lógica, arrancarse la
piel de oveja y, sin ovejas, descubrir que el
"pastor-carnicero-trasquilador" no sólo es inútil,
sino que estorba?

La lógica de los Estados Nacionales era (a grandes
rasgos): una polis-ciudad aglutina un territorio (y no
al revés), una provincia aglutina una serie de polis,
una nación aglutina una serie de provincias. Ergo, la
polis-ciudad era la célula básica de la Nación Estado
y la Polis-Capital imponía su lógica al resto de las
polis.

Había entonces una especie de causa común, uno o
varios elementos que aglutinaban a esa Polis dentro de
sí misma, así como había elementos que aglutinaban al
Estado Nación (territorio, lengua, moneda, sistema
jurídico-político, cultura, historia, etcétera). Estos
elementos han sido erosionados y dinamitados (muchas
veces no en sentido figurado) por la globalización.

Pero, ¿qué con la polis en el desgaste actual (casi
hasta la desaparición) del Estado Nacional? Y, ¿qué
fue primero?, ¿la Polis o el Estado Nacional?, ¿el
desgaste de la una o del otro? No importa, cuando
menos no para lo que ahora digo. Si la fragmentación
(y, por ende, la tendencial desaparición) del Estado
Nacional se debe a la fragmentación de la polis o
viceversa, no es el tema del que hablo.

Como en el Estado Nacional, en la Polis se ha
extraviado lo que la aglutinaba. Cada Polis no es más
que una fragmentación desordenada y caótica, una
superposición de polis que no sólo son diferentes
entre sí, sino, no pocas veces, contrarias.

El Poder del Dinero exige un espacio especial que no
sólo le sea espejo de su grandeza y bienestar, sino
que, además, lo proteja de las "otras" polis (las de
los "otros") que están a su alrededor y la "amenazan".
Estas "otras" polis no son semejantes a las
comunidades bárbaras de antaño. La Polis del Dinero
trata de incorporarlas a su lógica y necesita de
ellas, pero, al mismo tiempo, les teme.

Donde antes había un Estado Nacional (o disputando aún
el espacio con él) hay ahora una desordenada
acumulación de Polis. Las Polis del Dinero que hay en
el mundo son las "casas" de la "sociedad del Poder".
Sin embargo, donde antes había un sistema jurídico e
institucional que regulaba la vida interna de los
Estados Nacionales y la relación entre ellos
(estructura jurídica internacional), ahora no hay
nada.

El sistema jurídico internacional es obsoleto, y su
lugar está siendo ocupado por el sistema "jurídico"
espontáneo del Capital: la competencia brutal y
despiadada con cualquier medio, entre ellos, la
guerra.

¿Qué son los programas de seguridad pública de las
ciuda-des sino la protección de los que tienen todo
frente a los que nada tienen? "Mutatis mutandi", los
programas de seguridad nacional ya no son nacionales
frente a otras naciones, sino contra todo y en todas
partes. La imagen de la ciudad rodeada (y amenazada)
por cinturones de miseria y la imagen de la nación
hostigada por otros países, se han empezado a
transformar. La pobreza y la inconformidad (esas
"otras" que no tienen el buen gusto de desaparecer) ya
no están en la periferia, sino que se puede ver casi
en cualquier parte de las urbes… y de los países.

Lo que señalo es que el "reordenamiento", que se
practica en los gobiernos de las polis, de esos
fragmentos, como ensayo o "entrenamiento" para el
reordenamiento nacional, es inútil. Porque de lo que
se trata, más que de reordenar, es de aislar los
fragmentos "nocivos" y atenuar el impacto que puedan
tener sus reclamos, luchas y resistencias en la polis
del dinero.

Quien gobierna la ciudad, sólo administra el proceso
de fragmentación de la polis, en espera de pasar a
administrar el proceso de fragmentación nacional.

La privatización del espacio en las ciudades no es más
que el temor violando sus propias disposiciones. La
polis se ha convertido en un espacio anárquico de
islas. La "convivencia" entre los pocos es posible por
el temor común que tienen al "otro". ¡Vivan las calles
privadas! Seguirán las colonias privadas, las
ciudades, las provincias, las naciones, el mundo… todo
privatizado, es decir, aislado y protegido del "otro".
Pero el vecino pudiente no tardará también en ser un
"otro".

Lo que no hizo la guerra nuclear, pueden hacerlo las
corporaciones. Destruir todo, incluso lo que les da
riqueza.

Un mundo donde no quepa ningún mundo, ni siquiera el
propio. Éste es el proyecto de la Hiper-Polis que ya
se levanta sobre los escombros del Estado Nación.

III. La política

¿Ya no hay causas nacionales que aglutinen a las
polis, a las naciones, a las sociedades? ¿O ya no hay
políticos capaces de enarbolar esas causas? El
descrédito de la política es algo más que eso: tiene
algo de odio y rencor. El ciudadano común está
pasando, tendencialmente, de la indiferencia frente a
las tropelías de la clase política, a un repudio que
adquiere formas cada vez más "expresivas". El "rebaño"
se resiste a la nueva lógica.

El político de antaño definía la tarea común. El
moderno lo intenta y fracasa, ¿por qué? Tal vez porque
él mismo ha labrado su desprestigio o, más bien, más
que prostituir una causa, ha prostituido un quehacer.

Carente de una realidad como referente, la clase
política moderna se fabrica de un holograma no del
tamaño de sus aspiraciones, sino del tamaño de su
calendario actual: quien gobierna un poblado no ha
renunciado a gobernar una ciudad, una provincia, una
nación, el mundo entero, es sólo que su hoy le
determina un poblado… y hay que esperar a las próximas
elecciones para el siguiente paso.

Si el Estado Nacional antes tenía la capacidad de "ver
más allá" y proyectar las condiciones necesarias para
que el capital se reprodujera "in crescendo" y para
ayudarlo a sortear sus crisis periódicas, la
destrucción de sus bases fundamentales le impiden
cumplir con esa tarea.

El "barco" social se haya a la deriva y el problema no
es sólo la falta de un capitán capaz, resulta que se
han robado el timón y no aparece por ningún lado.
Si el dinero fue la dinamita, los "operarios" de la
demolición fueron los políticos. Al destruir las bases
del Estado Nacional, la clase política tradicional
también destruyó su coartada: los todopoderosos
atletas de la política ahora se miran sorprendidos e
incrédulos… un comerciante ñoño, sin noción alguna de
las artes del Estado, ni siquiera los ha derrotado,
simplemente los suplantó.

Esa clase política tradicional es incapaz de
reconstruir las bases del Estado Nacional. Como ave de
rapiña se conforma con alimentarse de los despojos de
los países, y se ceba en el lodo y la sangre sobre las
que se construye el imperio del dinero. Mientras
engorda, el Señor del Dinero espera en la mesa…

La libertad de mercado ha sufrido una metamorfosis
terrible: ahora eres libre de elegir a qué centro
comercial ir, pero la tienda es la misma y la marca
del producto también. La falaz libertad originaria en
la tiranía de la mercancía, "libre oferta y libre
demanda" se ha hecho añicos.

Las bases de la "democracia occidental" han sido
dinamitadas. Sobre sus escombros se realizan campañas
y elecciones. La pirotecnia electoral brilla muy alto,
tanto que no alcanza siquiera a iluminar un poco las
ruinas que cubren el quehacer político.

De igual forma, la columna vertebral del quehacer
gubernamental, la Razón de Estado, no sirve más, ahora
es la Razón de Mercado la que dirige la política.
¿Para qué emplear políticos si los mercadólogos
entienden mejor la nueva lógica del Poder?

El político, es decir, el profesional del Estado, ha
sido suplantado por el gerente. Así la visión de
Estado se trastoca en visión de mercadotecnia (el
ge-rente no es más que un capataz de antaño, que
"cree" firmemente que el éxito de la empresa es su
propio éxito) y el horizonte se achica, no sólo en
distancia, también en su dimensión.

Los diputados y senadores ya no hacen leyes, esa labor
la cumplen los "lobbys" de asesores y consultores.

Huérfanos y viudos, los políticos tradicionales y sus
intelectuales se mesan los cabellos (los que tengan
aún) y ensayan una y otra vez nuevas coartadas para
ofrecerlas en el mercado de ideas: es inútil, ahí
sobran vendedores y no hay ningún comprador.

Acudir a la clase política tradicional como "aliada"
en la lucha de resistencia es un buen ejercicio… de
nostalgia. Acudir a los neo-políticos es un síntoma de
esquizofrenia. Allá arriba no hay nada que hacer, como
no sea jugar a que tal vez se puede hacer algo.

Hay quien se dedica a imaginar que el timón existe y
disputar su posesión. Hay quien busca el timón, seguro
de que quedó en alguna parte. Y hay quien hace de una
isla no un refugio para la autosatisfacción, sino una
barca para encontrarse con otra isla y con otra y con
otra…

IV. La guerra

En el stress postmoderno de la sociedad del Poder, la
guerra es el diván. La catarsis de muerte y
destrucción alivia pero no cura. Las crisis actuales
son peores que las del pasado, y, por ende, la
solución radical que el Poder da para ellas, la
guerra, es peor que las de antaño.

Ahora, el fraude más grande de la historia de la
humanidad, la globalización, ni siquiera tiene la
delicadeza de tratar de justificarse. Miles de años
después del surgimiento de la palabra, y con ella, de
la razón argumentada, la fuerza vuelve a ocupar el
lugar decisivo y decisorio.

En la historia de la consolidación del Poder, la
convivencia humana se convirtió en coexistencia. Y
ésta en guerra. El par dominante-dominado define ahora
a la comunidad mundial y pretende ser el nuevo
criterio de "humanidad" incluso para los fragmentos
más dispersos de la sociedad global.

El vacío dejado por los hombres de Estado es llenado,
en el holograma del Estado Nacional, por los gerentes
y arribistas; pero en el orden aparente del capital,
los militares de empresas (una nueva generación que no
sólo lee y aplica a Tzun Tzu, sino que tiene los
medios materiales para realizar sus movimientos y
maniobras) incorporan la guerra militar (para
diferenciarla de las guerras económicas, ideológicas,
psicológicas, diplomáticas, etc.) como un elemento más
de su estrategia de mercado.

La lógica del mercado (más ganancias siempre y a toda
costa) se impone a la vieja lógica de guerra (destruir
la capacidad de combate del oponente). La legislación
internacional estorba entonces y, o debe ser ignorada,
o debe ser destruida. Se acabó el tiempo de las
justificaciones plausibles, ahora ni siquiera se hace
mucho énfasis en las justificaciones "morales" e
incluso "políticas" de la guerra. Los organismos
internacionales son monumentos inútiles y onerosos.

Para la sociedad del Poder, el ser humano puede ser
cliente o delincuente. Para adocenar al primero y
eliminar al segundo, el político da rostro legal a la
violencia ilegítima del Poder. La guerra ya no
necesita de leyes que la "justifiquen" o "avalen",
basta con políticos que la declaren y firmen las
órdenes.

Si el gobierno de Estados Unidos se ha abrogado el
papel de "Policía" de la Hiper-Polis, habría que
preguntarse qué orden quiere mantener, qué propiedad
debe defender, qué delincuentes debe encarcelar, y qué
ley le da coherencia y orden a su actuar. Es decir,
quienes son los "otros" frente a los que debe proteger
a la sociedad del Poder.

No hay peor general para conducir una guerra que un
militar, por eso, antaño, los grandes generales, los
ganadores de las guerras (no los que peleaban las
batallas), eran políticos, hombres de Estado. Pero si
ya no hay más de éstos, entonces ¿quién está
dirigiendo la actual batalla de conquista mundial?
Dudo que alguien, en su sano juicio, pueda sostener
que Bush o Rumsfeld dirigieron la guerra en Irak.

Así que, o son militares los que dirigen o no son
militares. Si lo son, el resultado empezará a verse
dentro de poco. El militar no se da por satisfecho
hasta que destruye totalmente a su oponente.
Totalmente, es decir, no derrotarlo, sino
desaparecerlo, acabarlo, aniquilarlo. Así la solución
a la crisis sólo es el preludio de una crisis mayor,
de un horror que es imposible describir con palabras.

Si no son militares, entonces ¿quién dirige? Las
corporaciones, pudiera responderse. Pero éstas tienen
lógicas que se sobreponen a las de los individuos y
los conducen. Como un ente con vida e inteligencia
propia, la corporación alecciona a sus miembros para
ir en tal dirección. ¿Cuál? La de la ganancia. En esta
lógica, el dinero se dirige a donde obtiene más
condiciones de ganancia rápida, creciente y continua.
¿Se dirigirá entonces a donde menos hay o a donde más
hay? Sí, la corporación irá, tendencialmente, en
contra de otra corporación.

¿Resolverá el resultado de la guerra en Irak la crisis
que enfrentan las grandes corporaciones? No, o cuando
menos no en lo inmediato. El efecto distractor de un
conflicto para las expectativas del
Estado-Nacional-Con-Aspiraciones-A-Ser-Supranacional,
tiene la duración de un spot televisivo.

"Ya ganamos en Irak", dirán los ciudadanos de Estados
Unidos, "¿y ahora? ¿Otra guerra? ¿En dónde? ¿Es esto
el nuevo orden mundial? ¿Una guerra en todas partes y
a todas horas, sólo interrumpida por los anuncios
comerciales?"

V. La cultura

Postrada en el diván de la guerra, la sociedad del
Poder baraja sus complejos y fantasmas. Unos y otros
tienen muchos nombres y muchos rostros, pero un común
denominador: "el otro". Ese "otro" que, hasta antes de
la globalización, estaba lejos en tiempo y espacio,
pero que la construcción desordenada de la Hiper-Polis
lo ha traído al "backyard", al patio trasero de la
sociedad del Poder.

La cultura del "otro" se vuelve el espejo odiado. Pero
no porque refleje al poder en su crueldad inhumana,
sino porque cuenta la historia del "otro". El
diferente que no sólo no depende del "yo" del Poder,
sino que también tiene su propia historia y esplendor
sin siquiera haberse dado cuenta de la existencia del
"yo" o haber supuesto su futura aparición.

En la sociedad del Poder, el fracaso del hombre en la
convivencia, su ser en el ser colectivo, se oculta
detrás del éxito individual. Pero éste último, oculta
a su vez que ese éxito es posible por la destrucción
del otro, del ser colectivo. Durante décadas, en el
imaginario del Poder, el colectivo ocupó el lugar del
mal, arbitrario, iracundo, cruel, implacable. El
"otro" es el rostro del rebelde Luzbel en la nueva
"Biblia" del Poder (que no predica la redención, sino
la sumisión) y es necesario expulsarlo de nuevo del
paraíso. En el papel de la espada flamígera, las
"smart bombs".

El rostro del "otro" es su cultura, ahí está su
diferencia. Lengua, creencias, valores, tradiciones,
historias, se hacen cuerpo colectivo en una Nación y
le permiten diferenciarse de otras y, con base en esa
diferencia, relacionarse con otras. Una Nación sin
cultura es una entidad sin rostro, es decir, sin ojos,
sin oídos, sin nariz, sin boca… y sin cerebro.

Destruir la cultura del "otro" es la forma más
contundente de eliminarlo. El saqueo de las riquezas
culturales en Irak no fue producto de la desatención o
desinterés de las tropas de ocupación. Fue una acción
militar más en el plan de guerra.

En las grandes guerras, los grandes tiranos y
genocidas dedican esfuerzos especiales a la
destrucción cultural. La semejanza entre la fobia a la
cultura de Hitler y la de Bush no se debe a que
manifiesten síntomEn las grandes guerras, los grandes
tiranos y genocidas dedican esfuerzos especiales a la
destrucción cultural. La semejanza entre la fobia a la
cultura de Hitler y la de Bush no se debe a que
manifiesten síntomas comunes de locura. La semejanza
está en los proyectos de mundialización que animaron a
uno y dirigen al otro.

La cultura es de las pocas cosas que mantienen aún
respirando al Estado Nacional. La eliminación de la
cultura será el tiro de gracia. Al funeral nadie
asistirá y no por falta de conocimiento, sino de
"raiting".

VI. Manifiestos y manifestaciones

El acto guerrero fundacional del nuevo siglo no es el
desmoronamiento de las torres gemelas, pero tampoco la
caída sin gracia ni espectáculo de la estatua de
Hussein. El siglo XXI arranca con el "NO A LA GUERRA"
globalizado que devolvió a la humanidad su esencia y
la aglutinó en una causa. Como nunca antes en la
historia de la humanidad, el planeta fue sacudido por
este "NO".

Desde intelectuales de todas las tallas, hasta
habitantes iletrados de rincones ignorados de la
tierra, el "NO" se convirtió en puente que unió
comunidades, pueblos, villas, ciudades, provincias,
países, continentes. En manifiestos y manifestaciones,
el "NO" buscó la reivindicación de la razón frente a
la fuerza.

Aunque ese "NO" se apagó en parte con la ocupación de
Bagdad, hay más de esperanza que de impotencia en su
eco. Sin embargo, algunos se han desplazado en el
terreno teórico y han cambiado la pregunta "¿Qué hacer
para detener la Guerra?", por esta otra: "¿Dónde será
la próxima invasión?".

Hay quien sostiene, ingenuo, que la declaración del
gobierno de EU de que no hará nada contra Cuba,
demuestra que no hay que temer una acción militar
norteamericana en contra de la isla caribeña. Los
deseos del gobierno norteamericano de invadir y ocupar
Cuba son reales, pero son algo más que deseos. Son ya
planes con rutas, tiempos, contingentes, etapas,
objetivos parciales y sucesivos. Cuba no es sólo un
territorio a conquistar, es, sobre todo, una afrenta.
Una abolladura intolerable en el lujoso automóvil de
la modernidad neoliberal. Y los marines son los
hojalateros. Si esos planes se concretan, ya se verá,
como ahora en Irak, que el objetivo no era derrocar al
señor Castro Ruz, ni siquiera imponer un cambio de
régimen político.

La invasión y ocupación de Cuba (o de cualquier otro
punto de la geografía mundial) no requiere de los
intelectuales "sorprendidos" de las acciones de un
Estado Nacional (acaso el último que se mantiene como
tal en América Latina) para control interno.

Si el gobierno norteamericano no se conmovió siquiera
por el tibio rechazo de la ONU y de los gobiernos del
primer mundo, ni se inmutó con la condena explícita de
millones de seres en todo el planeta, no lo animarán
ni detendrán las palabras de rechazo o aliento de los
intelectuales (hablando de Cuba, en fechas recientes
se conoció la "heroica" acción de soldados israe-líes:
ejecutaron a un palestino con un tiro en la nuca. El
palestino tenía 17 meses de edad. ¿Hubo alguna
declaración, algún manifiesto con firmas indignadas?
¿Horror selectivo? ¿Cansancio del corazón? ¿O el
"condenamos en cualquier parte y de quien sea" incluye
ya y para siempre todas y cada una de las dosis de
terror que desde arriba indigestan a los de abajo?
¿Basta decir una vez "no"?).

Tampoco lo detendrán las mo-vilizaciones de protesta,
por muy masivas y continuas que sean, aún dentro de la
Unión Americana.

Quiero decir: NO SÓLO.

Un elemento fundamental es la capacidad de resistencia
del agredido, la inteligencia para combinar formas de
resistir, y, algo que puede sonar "subjetivo", la
decisión de los seres humanos agredidos. El territorio
a conquistar (llámese Siria, Cuba, Irán, montañas del
sureste mexicano) tendría así que convertirse en un
territorio en resistencia. Y no me refiero a la
cantidad de trincheras, armas, trampas caza-bobos y
sistemas de seguridad (que son, sin embargo, también
necesarias), sino a la disposición (la "Moral" dirán
algunos) de esos seres humanos para resistir.

VII. La resistencia

Las crisis preceden a la toma de conciencia de su
existencia, pero la reflexión sobre los resultados o
salidas de esas crisis se convierten en acciones
políticas. El rechazo a la clase política no es un
rechazo al hacer política, sino a una forma de
hacerla.

El hecho de que, en el muy limitado horizonte del
calendario del Poder, no aparezca definida una nueva
forma de hacer política no significa que ésta no esté
ya andando en pocos o en muchos de los fragmentos de
las sociedades en todo el mundo.

Todas las resistencias, en la historia de la
humanidad, han parecido inútiles no sólo la víspera,
sino también ya avanzada la noche de la agresión, pero
el tiempo corre, paradójicamente, a su favor si es
concebida para ello.

Podrán caer muchas estatuas, pero si la decisión de
generaciones se mantiene y alimenta, el triunfo de la
resistencia es posible. No tendrá fecha precisa ni
habrá desfiles fastuosos, pero el desgaste previsible
de un aparato que convierte su propia maquinaria en su
proyecto de nuevo orden, terminará por ser total.

No estoy predicando la esperanza hueca, sino
recordando un poco de historia mundial y, en cada
país, un poco de historia nacional.

Vamos a vencer, no porque sea nuestro destino o porque
así esté escrito en nuestras respec-tivas biblias
rebeldes o revolucionarias, sino porque estamos
trabajando y luchando para eso.

Para ello es necesario un poco de respeto al otro que
en otro lado resiste en su ser otro, un mucho de
humildad para recordar que se puede aprender todavía
mucho de ese ser otro, y sabiduría para no copiar sino
producir una teoría y una práctica que no incluyan la
soberbia en sus principios, sino que reconozca sus
horizontes y las herramientas que sirven para esos
horizontes.

No se trata de solidificar las estatuas existentes,
sino trabajar por un mundo donde las estatuas sirvan
sólo para que los pájaros se caguen en ellas.

Un mundo donde quepan muchas resistencias. No una
internacional de la resistencia, sino una bandera
policroma, una melodía con muchas tonadas. Si aparece
di-sonante es sólo porque el calendario de abajo está
todavía por armar la partitura donde cada nota
encontrará su lugar, su volumen y, sobre todo, su liga
con las otras notas.

La historia está lejos de terminar. En el futuro, las
convivencias serán posibles, no por las guerras que
pretendieron dominar al otro, sino por los "no" que
dieron a los seres humanos, como antes en la
prehistoria, una causa común y, con ella, una
esperanza: la de la supervivencia… por la humanidad,
contra el neoliberalismo.

Desde las montañas del Sureste Mexicano.
Subcomandante Insurgente Marcos.




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