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(ca) Reflexiones históricas sobre la organización del movimiento obrero

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Date Tue, 15 Apr 2003 13:37:44 +0200 (CEST)


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“El congreso niega en principio el derecho legislativo”. “En ningún caso,
la mayoría de un Congreso podrá imponer sus resoluciones a la minoría”.“La destrucción de todo poder político es el primer deber del
proletariado. Toda organización de un poder político “soi-disant”
provisional y revolucionario para llegar a esta destrucción no puede ser
nada más que un engaño y sería tan peligroso para el proletariado como los
gobiernos existentes actualmente”.Congreso internacional antiautoritario de Saint Imier, 1872

“Las decisiones del Congreso General serán obligatorias solamente por las
federaciones que las acepten”.Congreso Internacional antiautoritario de Ginebra, 1873.

Confrontándose con el complejo problema de las relaciones entre anarquismo
y movimiento de los trabajadores, puede ser útil volver a las bases de
esta relación y entonces verificar estas bases en el debate teórico que se
desarrolló al interior del movimiento anarquista y en el movimiento de los
trabajadores.El pensamiento de Errico Malatesta se presta a ese tipo de identificación,
porque su actividad se extiende sobre un periodo histórico que empieza en
los años anteriores al Congreso de Saint Imier y termina en vísperas de la
revolución española.
El congreso de Saint Imier

La Asociación Internacional de los Trabajadores (Primera Internacional),
nació en Londres en 1864 en una reunión de obreros y revolucionarios
procedentes de varias naciones, se extendió rápidamente y llegó a reunir,
además de sindicatos y gremios de resistencia, los principales partidos
revolucionarios de la época, ofreciéndoles un terreno de confrontación y
de identidad que permitió precisar y verificar sus respectivos programas,
naturalmente con un furioso enfrentamiento de tendencias en su interior.
Bakunistas frente a proudhonianos, marxistas frente a socialdemócratas,
socialistas frente a democráticos, revolucionarios frente a reformistas
(la Asociación, además de una federación de gremios de resistencia, fue
todo eso también).La Comuna de París (1.871, marzo 18-mayo 21) precipitó la situación: en un
primer momento, separó definitivamente las organizaciones de trabajadores
de los partidos reformistas y burgueses (véase, en Italia, la decisión de
Mazzini de tomar posición contra la Comuna, que condujo a la mayor parte
de los jóvenes republicanos a adherirse a la Internacional); luego provocó
la ruptura entre Marx y Bakunin y sus respectivos seguidores.Desde hacía tiempo, en el interior de la Internacional chocaban dos
tendencias: una autoritaria y centralista, la otra libertaria y
federalista; muy pronto, después de la Comuna, aprovechando la crisis de
la sección francesa debida a la violenta represión, Marx intentó
transformar la Internacional en un cuerpo disciplinado bajo las órdenes
del Consejo Federal que tenía su residencia en Londres, y convocó un
congreso en La Haya en donde, por la hostilidad de los gobiernos francés y
alemán, era muy difícil llegar, y excluyó del congreso a Bakunin y a sus
compañeros más cercanos.La Federación Italiana, apenas constituída en Rímini en 1872, rechazó toda
participación en el Congreso de La Haya, denunció el comportamiento del
Consejo General e invitó a las secciones no sometidas al imperio de Marx,
a otro Congreso antiautoritario.Es este el Congreso de Saint Imier, del cual hemos traído los acuerdos
principales citados mas arriba.Estos principios están en la base del anarquismo, es decir del método de
organización que pretende realizar la revolución social por medio de la
libertad, sin gobierno, sin órganos autoritarios que con la fuerza – aún
pretendiendo los mejores fines – impongan su voluntad; renunciar, aunque
sea solamente en parte, a ese método, quiere decir situarse afuera del
anarquismo. Queda todavía la cuestión de si el método anarquista es el más
eficaz en la organización de los participantes, sea en la perspectiva de
la transformación social, sea en la mejora de las condiciones sociales en
el interior del modo de producción capitalista.
La organización anarquista

Algunas consideraciones sobre el alcance de los principios de Saint Imier.
En primer lugar, todo el Congreso de 1872 marca la fecha de nacimiento del
anarquismo como movimiento político: si tendencias y pensadores, que se
definían anarquistas o que podían ser puestos en relación con el
anarquismo, habían existido antes, solamente en esta ocasión esas
tendencias se constituyeron, separándose del movimiento socialista
general, caracterizándose por estar contra el autoritarismo, sea como
modelo de reorganización social, sea como modelo de organización de lucha.
Además, el anarquismo nace en el interior del movimiento de los
trabajadores: no es un ideal germinado en la cabeza de cualquier pensador,
sino es un método que se ha desarrollado y definido en el crisol de la
Primera Internacional y de la Comuna de París y está estrechamente atado
al movimiento de trabajadores: si no existiera un movimiento de
trabajadores, tampoco existiría su modelo libertario de organización. No
es un problema si el título del acuerdo final del Congreso de Saint Imier
se refiere a la esencia de la acción política del proletariado.Y, en fin, se pueden encontrar tendencias libertarias también al exterior
del movimiento de trabajadores: no sería correcto calificarlas siempre y
en todos los casos como caricaturas de la organización antiautoritaria de
los trabajadores, que sitúan sus raíces en la ideología burguesa. Estas
son la prueba indirecta de la validez del método libertario, pero sus
influencias están ligadas por un lado a las relaciones de fuerza entre las
clases, y por el otro a la influencia de la tendencia anarquista en el
movimiento de trabajadores.El contenido de los principios organizativos en la base del anarquismo
tienen un sentido profundo. Mientras que las varias tendencias políticas
ponían el problema de la decisión – como legitimación de una decisión
tomada por un órgano central –, el anarquismo tiene como presupuesto
implícito la puesta en discusión del dogma que en todo caso sea posible
llegar à una decisión racional.Tratemos de explicar esta afirmación: volviendo al contexto histórico,
según Marx el Consejo General tenia que dirigir la Internacional, porque
estaba en posesión de la teoría revolucionaria, capaz entonces de prever
la evolución de la situación, y desde luego orientar la acción de la
Internacional. De paso, vale la pena reflexionar sobre la relación que se
establece entre dirigentes y dirigidos, que es semejante la relación entre
docente y discente, y más en general remite a una relación de
subordinación personal de tipo aristocrático y que es, inclusive,
precedente a la igualdad formal presupuesta por el capitalismo.¿Que pasaría si la teoría sobre la cual se basa la acción del Consejo
General es equivocada? ¿Que pasaría si la teoría correcta se interpreta de
manera errónea? (...)Dejar, entonces, libertad a los asociados (con un programa común
libremente aceptado), para adherirse o no a las decisiones tomadas por
mayoría, hace posible resguardar la libre experimentación que permite
verificar las decisiones, no sobre la base de la coherencia con una teoría
pretendidamente revolucionaria, sino sobre la base de las consecuencias de
esas mismas decisiones en el plan del crecimiento de los movimientos de
lucha y de la mejora de las condiciones de los trabajadores.La afirmación de que una transformación social profunda y la construcción
de un vasto movimiento que la haga son cuestiones que requieren un
perfeccionamiento progresivo basado en la experiencia concreta, puede ser
compartida por las dos tendencias: el anarquismo permite a cada organismo,
a cada trabajador tomar parte activa y voluntaria en esta transformación y
sacar el mayor beneficio posible. La concepción de que, por el contrario,
pone toda la decisión en un organismo dirigente, se enfrenta con una
imposibilidad práctica: una libre discusión acerca de los planos de los
dirigentes no será tolerada.Cada intento de planificar en grande un movimiento de lucha y también un
proceso de transformación social es algo que precisa de muchas personas
por un largo espacio de tiempo, y todo eso en sí va a provocar
descontentos y lamentaciones. A muchas de estas reclamaciones el comité
central tendrá que hacer “orejas de mercader”, si pretende tener algún
éxito; parte de su tarea estará precisamente en suprimir las objeciones no
razonables. Pero junto a estas, inevitablemente, serán suprimidas las
críticas razonables también, y es demasiado que todas las expresiones de
descontento queden sofocadas para rendir un insignificante apoyo que se
dará al comité central. Será imposible determinar las consecuencias sobre
las condiciones individuales del trabajador y, en todo caso, la eficacia
del movimiento de lucha y del proceso de transformación social.El progreso social llega a ser entonces dependiente de la posibilidad que
los trabajadores y sus organismos tienen de expresarse libremente, de
apoyar o no las iniciativas concretas que juzgan como mejores en lo que
corresponde a sus intereses inmediatos; es menester que las estructuras
del movimiento de trabajadores permitan, mejor, sirvan de estímulo para
que surjan propuestas diversas, que se puedan comprobar en la realidad
social; que estas propuestas puedan tener ámbitos en donde ponerlas en
discusión; que los interesados tengan la posibilidad de aplicarlas; que,
otra vez, todos los trabajadores, a través de sus organismos, puedan
examinar y expresarse sobre los resultados de las iniciativas. El modelo
de organización social delineado tiene todas las características de la
organización anarquista, que obviamente no es a prueba de error, pero
permite corregirlos más rápidamente.
El desarrollarse del debate

A pesar de que los principios en sus tratos fundamentales fueran ya
delineados en Saint Imier, durante un largo plazo continuó la confusión
sobre lo que se entendía por organización especifica, organización
económica, etc. Solamente con el nacimiento de los primeros sindicatos
empezó un primer esclarecimiento: la tendencia libertaria del movimiento
obrero empezó à caracterizarse como movimiento anarquista, cuyos
componentes intervenían al interior de los sindicatos para influenciarlos.
El marco teórico tampoco estaba aún completo: un elemento quedaba sin ser
especificado: la solidaridad.Conformemente con las otras tendencias socialistas, el anarquismo denuncia
la competición como forma de legitimación del capitalismo y causa del
continuo empeoramiento de las condiciones de los trabajadores; solamente
la unidad de clase permite contrastar este empeoramiento y desplazar el
rédito desde el provecho al salario. Esta afirmación de principio chocaba
con la escasa clarificación de la sociedad futura: por unos años,
siguiendo la indicación de Bakunin, la Internacional antiautoritaria se
llamó colectivista, dejando a los marxistas el apellido de comunistas.Fue solamente en 1876, en el congreso de Florencia-Tosi, cuando los
internacionalistas italianos adoptaron la definición de comunistas,
individualizando en el comunismo anarquista la forma más coherente de
gestión y distribución del rédito, al referirse claramente à la
solidaridad.En el panfleto “Programa y organización de la Asociación Internacional de
Trabajadores” recopilado por Malatesta y publicado en el junio 1884 por el
periódico de Florencia “La Questione Sociale”, se lee: “... La
Internacional ha terminado, casi por unanimidad, por aceptar una solución,
la más amplia y consecuente [con respecto al colectivismo], que solo puede
responder al desarrollo pleno del principio de solidaridad: EL COMUNISMO.
Todo es de todos, todo es disfrutado a ventaja de todos; cada uno debe
hacer por la sociedad lo que sus fuerzas aguantan, y tiene derecho de
exigir de la sociedad la satisfacción de todas sus necesidades, en la
medida concedida por la situación de la producción y de las fuerzas
sociales.”Posteriormente, la batalla en contra del darwinismo social empujó a los
mayores teóricos del anarquismo a profundizaren la temática de la
solidaridad.El darwinismo social era una concepción que, llevando al extremo los
conceptos expresados por Darwin sobre la evolución de la especie y sobre
la selección natural, justificaba la división en clases de la sociedad, la
supremacía de los fuertes sobre los débiles.Con el fin de minar los fundamentos científicos de esta teoría, Kropotkin
estudió y profundizó el concepto de apoyo mutuo en la evolución de la
humanidad, comprobando que, justo la aplicación del principio de
solidaridad, ha permitido a una especie como la humana afirmarse. Esta
concepción, por largo tiempo ignorada de la ciencia oficial y sostenida
por los anarquistas más por sus implicaciones éticas que por sus bases
científicas, con el tiempo ha encontrado confirmación, sea en el estudio
de la evolución humana, sea en la aplicación de la teoría de los juegos a
los problemas económicos, sea en su simulación en el ámbito informático.
En los dos casos las prácticas solidarias han demostrado su superioridad
con respecto a las competitivas, sea en términos de relaciones
costes-beneficios, sea en términos de supervivencia en el caso de los
algoritmos genéticos.Volviendo al tema central, la solidaridad es una componente fundamental de
la organización anarquista: solamente si es el producto de una elección
libremente aceptada y no de una conducta impuesta, la solidaridad es
eficaz. La dinámica de la organización autoritaria es tal, que no
solamente destruye la solidaridad espontánea, sino también estimula la
competición: las minorías obligadas à obedecer a las mayorías, buscaran
por los todos medios de apoderarse de los órganos de decisión, para poner
fin a decisiones que consideran erróneas e imponer las propias. La
organización autoritaria reproduce ésas formas exasperadas de competición
que se había esforzado en reprimir.
El fracaso del anarquismo

Surge espontánea la cuestión: ¿qué influencia ha tenido sobre el
movimiento de trabajadores? El método que hemos tratado de delinear, tan
coherente y rico en implicaciones positivas, ¿ha llegado a afirmarse con
respecto a las tendencias autoritarias?La respuesta a estas cuestiones es necesariamente compleja y se entreteje
con la definición progresiva, todavía incompleta en algunos aspectos, de
la propuesta organizativa de los anarquistas. Indudablemente, un papel
fundamental lo tiene la dinámica del movimiento de los trabajadores:
después de derrotas decisivas, como la Común de Paris, como el ascenso del
fascismo y del nazismo, como el final del movimiento del 68, el movimiento
de los trabajadores ha sufrido la iniciativa de la parte adversa, hasta
considerar justificables las dudas acerca de su propia existencia. En esas
condiciones, hablar de auto organización tenía un sentido solamente para
escasas minorías combativas. Más en general, la estatización del
movimiento obrero ha hecho más difícil la tarea de las tendencias
libertarias. Queda, en todo caso, la cuestión de que las tendencias
socialistas, libertarias y autoritarias, han quedado como un fenómeno a
nivel principalmente europeo y suramericano, no llegando a orientar la
clase obrera más grande del mundo: la estadounidense.El anarquismo, muy a menudo, ha tenido que ajustar cuentas con las
carencias de su propuesta, en particular por lo que afecta al movimiento
obrero. Si el fragmento autoritario de la Primera Internacional se apagaba
lentamente al otro lado del océano, la internacional antiautoritaria no
llegaba a echar raíces entre las masas, sea a causa de la represión de los
gobiernos, sea por el reflujo del movimiento obrero, sea, sobre todo, por
los cambios de la composición de las clases.Precisamente en los años ’80 de mil ochocientos, se asienta
definitivamente, también en la Europa continental, la gran industria; es
el periodo de la industrialización forzosa de Alemania antes, luego de
Italia; del gigantismo de los grandes grupos monopolísticos. El predominio
del capital constante en el interior del proceso de producción inmediata
se traduce en la destrucción de antiguos oficios obreros, en la
militarización de la fuerza-trabajo. En otras palabras, el proletariado
toma un papel siempre más subordinado en el interior del modo de
producción capitalista, es decir, siempre más alejado de la perspectiva de
auto organización, que es la base del anarquismo.El desarrollo capitalista, la progresiva extensión del sufragio electoral,
el nacimiento de los primeros partidos socialistas parlamentarios extendió
la zanja entre anarquistas, fieles a los acuerdos de Saint Imier, y el
movimiento de los trabajadores.El ascenso del sindicalismo, entorno a finales del siglo, fue acogido por
muchos anarquistas como la definitiva realización de los principios
libertarios, pero ya a comienzos de 1.900 quedó claro que la organización
sindical se debatía en una insuperable contradicción: o ser fiel à los
principios, quedando como organización minoritaria, o desplegarse en el
terreno de las masas, renunciando progresivamente à los principios.
La ruptura de Malatesta

Es en esta situación de crisis, hacia los años ’20, en la que Malatesta
expone con más claridad su pensamiento. Así describe la postura de muchos
anarquistas con respecto à la lucha obrera: “los anarquistas... muy a
menudo han sido los iniciadores del movimiento. Pero, debido à nuestro
espíritu crítico y a nuestro congénito descontento, no siempre hemos
reconocido el carácter específico, las necesidades imprescindibles de la
lucha obrera, combatida naturalmente en régimen burgués, no hemos llegado
conciliar nuestra táctica de anarquistas con esas necesidades y hemos
actuado una acción desarticulada e incierta, que ha tenido como resultado
el no desplegar en el interior del movimiento una influencia proporcional
a la superioridad de nuestros ideales y de nuestro espíritu de iniciativa,
viendo muy a menudo disfrutado por otros la obra iniciada por nosotros.”Al contrario, así describe la importancia del movimiento obrero: “nosotros
estamos, más que cualquier otro partido, interesados a un vasto
desplegarse del movimiento obrero. Nosotros no queremos gobernar ni
queremos en el límite de nuestras fuerzas que otros gobiernen, es decir
que impongan con la fuerza sus propios planes de vida y sistema social.
Nosotros queremos que la nueva sociedad se desarrolle según la voluntad
libre, cambiante, en progreso de las masas (de las cuales naturalmente
somos parte) y para que sea realizable es provechoso, es menester que en
el día de la revolución haya un número tan grande como sea posible de
obreros, de cualquier forma organizados, dispuestos a continuar la
producción, a establecer las necesarias relaciones entre lugar y lugar,
entre sector y sector, tomando medidas por la imparcial distribución y a
todas las necesidades de la vida, sin confiar en que qualquiera que sea el
poder imponga por la fuerza de las “guardias rojas” sus propias voluntades
y sus propios intereses.”Malatesta entonces efectúa dos rupturas con la práctica surgida de los
principios de Saint Imier: por un lado pone la cuestión de la organización
de los anarquistas sobre la base de un programa común, por elotro, tomando
nota de las contradicciones en las cuales se encuentra la organización
sindical de orientación anarquista, plantea la intervención de los
anarquistas en todas las organizaciones obreras.En este marco, pues, el modelo libertario de organización no se cristaliza
en una organización reglamentada de una vez por todas, sino que deviene en
la práctica organizativa constante en todas las organizaciones en donde,
por los anarquistas, haya posibilidad de actuar.Malatesta, claramente, reafirma la continuidad con los principios de Saint
Imier: al margen de su nueva publicación en “Pensiero e Volontà”
(1.926-7-1), escribe: “Estos principios siguen marcando para nosotros el
camino correcto. Quien ha intentado actuar en contradicción con ellos se
ha perdido, porque Estado, dictadura y parlamento, de cualquier forma
entendidos, no pueden reconducir las masas más que a la esclavitud. Todas
las experiencias hechas hasta ahora, lo han comprobado definitivamente.”Además de lo que intentaron hacer los primeros continuadores de Saint
Imier, tomar esos enunciados de base para constituir una organización de
masas que excluyese definitivamente del movimiento obrero las tendencias
autoritarias y reformistas, Malatesta los pone en la base de una praxis
permanente, consciente de que las degeneraciones autoritarias, reformistas
y electoralistas se ponen de continuo frente a las organizaciones obreras,
y los principios de Saint Imier deben continuamente afirmar su propia
validez, no en base a la adherencia a los estatutos, sino en cuanto a su
capacidad de resolver los problemas cotidianos de la acción en el interior
del movimiento de trabajadores.
El movimiento obrero

Trataremos de esclarecer mejor la importancia que Malatesta atribuye al
movimiento obrero, la definición que le da y el papel que piensa que los
anarquistas deben tener en él, a través de unas citas textuales de sus
editoriales e informes. A menudo, es difícil atribuir a los escritos de
Malatesta, en particular sobre temas específicos, un valor mayor del
táctico, ligado a las exigencias del momento; pero el hecho de que estas
concepciones estén presentes de manera no contradictoria en escritos de
diferentes épocas, demuestra el papel estratégico que Malatesta atribuye
al movimiento obrero.Así se expresa en un artículo publicado en “Umanità Nova” de 1.920-7-19:
“Todo movimiento para resistir y luchar en contra de los amos, propende a
despertar en los trabajadores la conciencia de la injusticia de que son
víctimas, los empuja a desear y a pretender condiciones de vida siempre
mejores, los hace experimentar la fuerza que lleva la unión y la
solidaridad, pone en evidencia y agudiza el antagonismo de intereses que
existe entre quien trabaja y quien hace trabajar, siendo entonces
iniciación y preparación a esta total transformación social a que
aspiramos.” (“Los anarquistas y el movimiento obrero”)Dos años después remachará: “El movimiento obrero es ahora ya uno de los
factores principales de la historia de hoy y de la del próximo mañana, y
descuidar esto significaría ponerse afuera de la vida real, renunciar a
ejercitar una acción sensible sobre los acontecimientos, dejar que los
socialistas, los comunistas, los clericales y otros partidos de gobierno,
defendiendo, o tratando de defender los intereses concretos de los obreros
– intereses quizás pequeños y transitorios pero todavía necesarios para
quien vive hoy – adquieren la confianza de las masas y se sirvan de ella
por llegar al poder, con este o con otro régimen, y mantener el pueblo en
la esclavitud. (“Los anarquistas en el movimiento obrero” Informe por el
Congreso de la FAI – U.N. 26, 27, 28 de octubre 1.921).Los elementos que, en la reflexión de Malatesta, atribuyen envergadura al
movimiento obrero son, por un lado, su importancia en la vida política que
ha ido progresivamente aumentando, por el otro el espacio que ofrece a la
actividad práctica de los anarquistas. Para Malatesta es la práctica, en
su doble aspecto de lucha concreta y de organización libertaria, lo que
constituye para los hombres el trámite del paso desde la aceptación de lo
existente a la conciencia revolucionaria. En otros escritos recordará que
entre trabajadores asalariados y capitalistas la lucha está siempre
presente, tal vez latente, tal vez clara y, dada la lucha, se da, también,
la posibilidad de su evolución en el sentido libertario.Pero vamos a ver como Malatesta define el movimiento obrero.
“Dada la importancia del trabajador, siempre ha existido, a través de los
siglos, la tendencia entre los trabajadores mismos a agruparse bajo formas
diversas por sostenerse mutuamente en las necesidades de la vida y en la
defensa de los intereses de los asociados.Estos agrupamientos obreros, a consecuencia del desarrollo de la gran
industria, de la facilidad de comunicaciones y del desarrollo general de
la civilización, han tomado en los tiempos modernos proporciones
grandiosas y constituyen uno de los fenómenos más importantes de la vida
social contemporánea, conocido con el nombre de movimiento obrero.”
(“Informe al Congreso anarquista de Paris”; publicado en “Fede”
1.923-9-30, bajo el titulo “La conducta de los anarquistas en el
movimiento sindical”).Después, discutiendo con los compañeros españoles, así se expresa: “El
movimiento obrero no es una creación artificial de ideólogos hecha para
propugnar y actuar un programa dado político-social, sea anarquista u
otro, y que entonces debe seguir, en sus actitudes y en su actuar, las
líneas que este programa requiere. Surge desde la aspiración y desde las
necesidades inmediatas que los trabajadores tienen de mejorar sus
condiciones de vida, o por lo menos impedir que se agraven: necesita,
entonces, vivir y desarrollarse en el ambiente actual y, necesariamente,
tiene la tendencia a limitar sus pretensiones a las posibilidades del
momento.” (“Movimiento obrero y anarquismo”, “Pensiero e Volontà”,
1.925-12-16).La expresión “movimiento obrero” es una de ellas que en el idioma político
se da por descontada, como si su significado sea claro a todos. En
realidad, por los conocimientos que tenemos de la literatura anarquista
del periodo, Malatesta se destaca no solamente por la importancia que
atribuye al movimiento obrero, sino también por como lo define.Este movimiento es por él caracterizado primeramente como conjunto de
trabajadores que quieren mejorar sus condiciones de vida – surge entonces
de un acto de voluntad de cada uno de los individuos que se levantan
contra las circunstancias en las cuales viven-. Pero para Malatesta el
movimiento obrero no se limita a unos actos ocasionales de rebeldía: sus
conocimientos del enfrentamiento entre las clases es lo bastante profundo
como para comprender que solamente la organización permanente puede
facilitar a los trabajadores la fuerza para actuar en esos propósitos de
rebeldía que constituyen la vida del movimiento obrero. En este ámbito,
naturalmente, se habla de las varias organizaciones que los trabajadores
se dan: sindicatos, partidos políticos, asociaciones culturales, etc., que
forman aquel ambiente en donde prácticas e ideales diversos se confrontan.Pero, ¿cual debe ser la actitud de los anarquistas? “Nosotros,
anarquistas, debemos llevar nuestra actividad a todas las organizaciones
para aconsejar la unión entre todos los trabajadores, la tolerancia
recíproca, la autonomía de los diferentes agrupamientos, la
descentralización, la libertad de iniciativa, en el marco común de la
solidaridad en contra de los amos.” (“La unidad sindical”, Pensiero e
Volontà, no 4, 1.926-2-16), y de nuevo en el artículo ya citado: “Yo
defiendo que, no siendo anarquista la masa de los obreros, una
organización obrera que se define anarquista – o debe ser compuesta
solamente por anarquistas y entonces no ser otra cosa que un simple e
inútil doble de los grupos anarquistas, – o bien quedar abierta a los
obreros de todas las opiniones, y desde luego reducir la etiqueta
anarquista a una simple ostentación, buena solamente para comprometer a
los anarquistas en los miles de compromisos en los cuales, un sindicato
que luche en el ambiente actual y pretenda defender los intereses
inmediatos de sus miembros, es obligado.”“Los anarquistas, en los sindicatos, tendrían que luchar porque estos se
queden abiertos a todos los trabajadores de cualquier opinión y de
cualquier partido, con la única condición de que la solidaridad en las
luchas en contra de los amos, tendrían que oponerse al espíritu
corporativo y a cualquier intento de monopolio de organización y de
trabajo. Deberían impedir que los sindicatos sirvan como instrumentos a
los políticos para fines electorales o autoritarios, deberían predicar y
practicar la acción directa, la descentralización, la autonomía, la libre
iniciativa; deberían esforzarse porque los organizados aprendan a
participar directamente en la vida de la organización y a que no hahan
falta jefes y funcionarios permanentes.” (“Sindicalismo y anarquismo”,
“Pensiero e Volontà”, no 6, 1.925-4-16).La ruptura con el proyecto de organización anarquista del movimiento
obrero no podría ser más clara; pero en el momento mismo en que condena la
visión separatista de la organización anarquista de los trabajadores,
Malatesta relanza el método anarquista de organización para todo el
movimiento obrero: cuando se habla de descentralización, de autonomía, de
solidaridad entre los varios grupos, se constituye un conjunto de
relaciones sobre una base libertaria entre realidades muy diferentes,
revolucionarias y reformistas, autoritarias y libertarias, que tienen
inspiraciones ideales contrapuestas; el planteamiento anarquista es el
único que puede poner fin a la lógica de competición y atropellos entre
las varias estructuras del movimiento obrero.Está aquí, implícito, el papel de la práctica: tanto si las estructuras
autoritarias, sindicatos y partidos, están incluidas en estas relaciones
como si no, la práctica libertaria abrirá contradicciones en su interior,
en las cuales los anarquistas podrán insertarse con eficacia. El papel de
los anarquistas, según Malatesta, es el de combatir los obstáculos –
económicos, políticos, organizativos – hacer posible la difusión de una
red horizontal entre todos los organismos del movimiento obrero, apoyar el
desarrollo autónomo del movimiento y, al mismo tiempo, desempeñar una obra
constante de propaganda y educación a su interior.
Conclusiones

La primera reflexión es relativa a la necesidad de revitalizar
continuamente el patrimonio común del anarquismo, salido de la Primera
Internacional, y Malatesta nos ofrece un ejemplo.Hoy en día, quizás, nosotros también necesitamos de una ruptura con el
pasado, con las prácticas que se han producido en el interior del
movimiento anarquista, al día siguiente de la segunda guerra mundial;
debemos hacer frente a esta eventualidad con coraje, quedándonos fieles a
nuestro patrimonio.Uno de los principales puntos de la visión de Malatesta es la crítica de
la personificación del Movimiento Obrero: no existe un movimiento obrero
separado, otro de los trabajadores concretos y de sus organizaciones que
de él son parte; de la misma manera, el movimiento obrero no lleva
exigencias, derechos, intereses diversos de los propios de los
trabajadores – intereses generales e históricos que, por ser manifestados
a los trabajadores, necesiten de una categoría especial de clérigos, que
se encarguen de la interpretación de los oscuros oráculos de la teoría por
garantizar al proletariado el paraíso futuro.La libertad es para Malatesta, al contrario, la base del desarrollo del
movimiento obrero: libertad de experimentación, libertad de propaganda,
libertad naturalmente de luchar y de organizarse, en el ámbito de la
solidaridad de clase en contra de los amos y del Gobierno.Desgraciadamente, los obstáculos que nosotros nos encontramos en frente,
son bastante diferentes de los que se encontraban enfrente los anarquistas
de los tiempos de Malatesta: el control gubernativo sobre al mercado del
trabajo e sobre las organizaciones de los trabajadores ha ido creciendo,
llevando a la estatización del movimiento obrero.La actividad de los anarquistas en el interior del mundo de los
trabajadores se ha desplegado al interior de esos limites: quizás, frente
a la creciente involución de la situación, sea hora de poner en discusión
la estatización del movimiento obrero, relanzando la acción directa y la
auto organización en contra del parlamentarismo y del electoralismo, y
también batiéndose en contra de las organizaciones que se apoyan en el
Gobierno para imponer su representatividad a los trabajadores.
(Informe escrito por Tiziano Antonelli de la Federación Anarquista de
Livorno, en ocasión del encuentro del 2.003-03-23).


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