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(ca) Tierra y Libertad nº 177: arma de destrucción masiva más terrible: el mercado

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Date Fri, 11 Apr 2003 17:25:50 +0200 (CEST)


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AGENCIA DE NOTICIAS A-INFOS
http://www.ainfos.ca/
http://ainfos.ca/index24.html
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de http://www.nodo50.org/tierraylibertad
El fin del espectáculo parece ya previsto. La ONU actuará de policía y los
americanos explotarán el petróleo mientras esperan que los iraquíes
aprendan los valores de la democracia a la occidental. Miles de iraquíes
morirán bajo las bombas, y algunos realizarán conmovedores decorados en
nombre de la libertad. El eje del bien habrá triunfado ante un tirano que
será entregado como pasto a un pseudotribunal internacional. Cada uno
establecerá su propia hipótesis sobre las razones de semejante carnicería:
protección de la democracia, reequilibrio estratégico, dominio occidental
del mundo, OPA sobre el petróleo, operación electoralista americana... Los
análisis caerán sobre nuestras cabezas como las bombas sobre Bagdad.
Veremos incluso a las mujeres quitarse el velo y a los humanitarios
telegénicos en traje caqui volviendo a tocar el vals de los sacos de trigo
y los sacos de arroz. Pues sí, estas son las guerras de las que se nos
habla, que remueven nuestros miedos internos y nuestros viejos recuerdos
de libertad.Por un lado están las guerras de las que se habla muy poco, y en voz baja,
en un pequeño artículo en la última página de un periódico para
intelectuales de izquierdas. Se trata de combates sin ejército, de
emboscadas sin revólveres, de masacres sin bombas. Así, en Ginebra, en
diciembre de 2002, mientras que la pequeña pantalla se repartía entre el
eje del bien del señor Bush y el salmón ahumado del señor Machin, un
enfrentamiento breve y aterrador condenaba a muerte a más de 70 millones
de personas. Por aquel entonces se reunían las instancias decisorias de la
Organización Mundial del Comercio (OMC) para ratificar un acuerdo
internacional sobre la producción de medicamentos genéricos.Ese acuerdo preveía facilitar el acceso a los medicamentos genéricos a los
países en vías de desarrollo, autorizando su fabricación en los países
emergentes a un precio moderado bajo licencia. Debía permitir a los países
pobres conseguir los medicamentos indispensables para combatir las grandes
epidemias que los azotan (sida, malaria, tuberculosis). El sistema preveía
una serie de exenciones en los derechos de las patentes, que permitiría a
los países sin capacidad de producción nacional importar copias baratas de
los medicamentos. Pero de los 146 países miembros de la OMC (hay unos 200
países en todo el planeta), sólo uno se negó a votar el acuerdo: ¡Estados
Unidos! La razón aducida era que el texto no era lo suficientemente
preciso en lo relativo a las enfermedades incluidas. De hecho, la
administración americana de Bush defiende los intereses de las
multinacionales farmacéuticas que han gastado más de mil millones de
dólares para apoyarle en las últimas elecciones americanas. La industria
farmacéutica ve muy mal la fabricación de genéricos, porque eso reduciría
los monstruosos beneficios que percibe al tener, bajo el manto de las
patentes, el monopolio de la comercialización de esas moléculas que sin
duda vende a precios en nada relacionados con los costes de su producción.
Un representante de la industria en Ginebra resumió la situación
afirmando, no sin cinismo, que "ninguna enfermedad rentable para esta
industria podrá incluirse en la lista de las enfermedades prioritarias
(que hubieran podido beneficiarse del acuerdo)". El acuerdo fue rechazado
porque la OMC funciona según el principio del consenso, por lo que el
rechazo de un solo país es suficiente para bloquear un acuerdo. En
realidad, los americanos tienen tales medios de coacción económica
(derechos de aduana exorbitantes, embargo sobre las materias primas,
suspensión de préstamos bancarios) que ningún país puede permitirse
enfrentarse sin el riesgo de fracasar a un plazo medio. Los países
europeos, cuya industria farmacéutica funciona maravillosamente, actúan
como humanitarios enfurruñados al votar "a favor del acuerdo" pero no
rechistan luego, demasiado satisfechos de ver cómo los americanos
defienden ellos solos los intereses de todos.Es una guerra sin armas, una guerra silenciosa, sin espectáculo, una
guerra de todos los días, donde los muertos se cuentan por millones. El
sida golpea hoy a 40 millones de personas en el mundo, de las que tres
millones son niños y más del noventa por ciento carece de
antirretrovirales. La malaria azota a un millón de personas al año en
África, es decir, a algo más de tres mil personas al día. Dos mil millones
de personas carecen de acceso a los medicamentos básicos. Cada año, 17
millones de personas mueren de enfermedades infecciosas. El noventa por
ciento de ellas vive en los países llamados "del Sur", mientras que en los
países llamados "del Norte" se acapara el ochenta y dos por ciento del
mercado mundial de los medicamentos. Sin embargo, para muchas de esas
enfermedades existen medicamentos eficaces o reductores de los efectos de
la enfermedad, pero se venden... al precio fijado por las empresas
farmacéuticas. Hemos llegado al colmo del cinismo capitalista. Mientras
Bush y sus colegas nos dan lecciones sobre el bien y el mal, mientras se
preparan para ofrecer a las multinacionales el petróleo iraquí, asesinan
en nombre de la libertad de mercado a millones de seres humanos. Este
triste baile ginebrino bajo los estucos del palacio moderno de la OMC en
la que el policía danza con los cadáveres del mercado, no es más que un
episodio de una guerra todavía más grande. Este desacuerdo internacional o
más bien este acuerdo para impedir que se cure la mayoría de los hombres y
mujeres de esta tierra, no es más que una de las facetas de la dominación
total. Su propio funcionamiento está asegurado en otros dominios por otras
instancias que representan al mismo poder.El Banco Mundial y el FMI (Fondo Monetario Internacional) gestionan el
planeta a golpe de préstamos, acuerdos económicos, subvenciones, contra el
compromiso de los Estados a aplicar sus directrices. En un libro que
denuncia el poder planetario, Jean Ziegler, político suizo del movimiento
antiglobalización, explica quiénes son los dueños del mundo: "Son las
oligarquías pequeñas las que detentan el capital financiero especulativo
globalizado y que, en mi libro, llamo los depredadores. Son los herederos
de esta clase de dominadores blancos tradicionales los que manejan la
economía desde hace quinientos años. Cerca del noventa por ciento de los
mil billones de dólares traficados cada día pasan por las manos de estas
sociedades. Sociedades multinacionales como Microsoft, la Unión de Bancos
Suizos, la Sociedad General, General Food... Hoy, doscientas de esas
empresas controlan casi el veintiocho por cien de la producción de la
riqueza mundial". Estos dueños del mundo ejercen su poder a través de
organizaciones supranacionales, como el Fondo Monetario Internacional, el
Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, que cuentan con el
consenso de Washington. Se trata de un conjunto de acuerdos informales
redactados a lo largo de los años 80 y 90 entra las principales sociedades
transcontinentales, los bancos de Wall Street, la Reserva Federal
Americana y los organismos financieros internacionales (FMI, Banco
Mundial).Estos acuerdos informales pretenden obtener la liquidación de cualquier
instancia reguladora (Estado u organización internacional), la
liberalización más rápida de todos los mercados y la instauración de un
mercado mundial unificado y totalmente autorregulado.Tenemos, pues, la guerra total. El ejército del beneficio, sin color ni
bandera pero con el dólar como artillería, masacra el planeta día tras
día.De 1890 a 1990, la población mundial se ha multiplicado por cuatro, la
riqueza por catorce y la producción industrial por cuarenta. Los ricos son
cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Hoy día, 826 millones
de personas están crónica y gravemente subalimentadas. Cada día, mueren
100.000 personas de hambre o de las consecuencias de ésta. Al decidir en
unos pocos minutos mover su capital en función del máximo provecho, los
"dueños del mundo" deciden cada día la vida y la muerte de mucha gente.
Saddam o Bin Laden, puros productos del sistema capitalista, déspotas
sanguinarios, que se nos venden como los verdugos de los tiempos modernos
¿no sirven para, entre otras manipulaciones, hacernos olvidar el arma de
destrucción masiva más eficaz, el mercado?Interrogado por un periodista sobre el futuro de todo esto, Jean Ziegler,
diputado europeo, experto en la ONU, sociólogo establecido, poco
sospechoso, por tanto, de terrorismo, respondió: "No se trata hoy de
negociar una coalición apresurada entre los restos del izquierdismo y las
ruinas del trotskismo. Hay que cambiar de perspectiva: estamos en un
momento de ruptura... Cuando esas instituciones nos preguntan qué es lo
que queremos y nos reprochan el no tener proyecto y, por tanto, no poder
dialogar, yo ofrezco el ejemplo de los revolucionarios de 1789: sabían lo
que no querían, pero no tenían un proyecto claro. Preguntar a los
alternativos cuál es su proyecto es como pedir, la tarde del 14 de julio,
a los que tomaron la Bastilla, que reciten el primer artículo de la
Constitución de la I República o de la Declaración de los Derechos del
Hombre. El programa del movimiento se hace andando".
Adrien
(Le combat syndicaliste)




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