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(ca) Encuentro Anarquista 2000: circular número 3 - Parte I.

From lamaroma@pop.netverk.com.ar
Date Sat, 4 Mar 2000 18:08:47 -0500


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      A - I N F O S  N E W S  S E R V I C E
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La Plata - Argentina
martes 29 de febrero del 2000.

Compañeras y Compañeros
de Argentina y otras latitudes:

La marcha de la organización del E-2000 sigue su camino, faltando más de un
mes para el encuentro ya contamos con todo lo necesario para su realización.
Sólo nos queda ultimar detalles y todo estará listo para poder disfrutar
anárquicamente de la convivencia, las discusiones, y demás placeres que
conforman nuestro encuentro.

Nos resulta indispensable tener una aproximación de la cantidad de
compañeras y compañeros que puedan confirmar su presencia como así también
el día de llegada, para poder hacer cálculos más certeros sobre la comida y
ese tipo de cosas que varían según la cantidad de personas.

También les pedimos que quienes presenten alguna condición particular a
tener en cuenta nos lo hagan saber, por ejemplo: quien sea vegetariano,
quien no esté en condiciones de dormir en carpa y necesite una cama, etcétera.

Si algún/a compañero o compañera realiza alguna actividad artística como
teatro, títeres, pintura, poesía o algo por el estilo también sería bueno
que nos avise, para incluir la actividad o bien en la jornada abierta del
viernes por la noche o bien en el transcurso del encuentro.

Por último, les mandamos el primer trabajo que un compañero nos ha hecho
llegar como aporte disparador para las discusiones a realizarse el día
viernes. Alentamos a todos los compañeros y compañeras a que presenten sus
trabajos, y les recordamos que lo hagan hasta antes del día 15 de marzo para
poder distribuirlo con la necesaria anticipación.

Sin más, un abrazo libertario.

Salud! Y R.S.

Grupo organizador Encuentro 2000
e-mail: e2000@netverk.com.ar
casilla de correo N69
La Plata (1900) - Argentina


P.D. Para garantizar que estas informaciones lleguen a todos los compañeros
y compañeras necesitamos que los que la reciban la difundan, y que si
conocen compañeros que desean conectarse le den nuestro correo electrónico o
dirección postal, o al revés, nos den a nosotros la de ellos.




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Encuentro Anarquista 2000
La Plata - Argentina

EL DRAMA CULTURAL DEL ANARQUISMO

Técnica y cultura en una sociedad autogestionaria

Christian Ferrer


Dramas político-culturales

En cada ciudad del mundo, por más pequeña que sea, hay al menos un
anarquista. Esa curiosa presencia debe ocultar un significado que trasciende
el orden de la política, del mismo modo en que la dispersión triunfante de
las semillas no se resume en mera lucha por la supervivencia de un linaje.
Quizás la evolución "anímica" de las especies políticas se corresponda a la
sabiduría del asperjamiento seminal en la naturaleza. Una doctrina que se
inició a mediados del siglo pasado logró extenderse a partir de una base
bastante endeble en Suiza, Italia y España hasta llegar a ser conocida en
casi todo lugar habitado de la tierra. Así las cosas, puede considerarse al
anarquismo, luego de la evangelización cristiana y la expansión capitalista,
como la experiencia migratoria más exitosa de la historia del mundo. Quizás
sea este el motivo por el cual la palabra anarquía, antigua y resonante, aún
está aquí, y una vez más, contra todos los pronósticos agoreros que han dado
por fenecida a la aventura libertaria, hacemos mención de ella. Mencionar al
anarquismo supone una suerte de "milagro de la palabra", sonoridad
lingüística casi equivalente a despertarnos vivos cada nuevo día. Que el
ideal anarquista haya aparecido en la historia es también un milagro, un don
de la política, que a su vez se desplegó como donación de la imaginación
humana. La persistencia de aquella palabra quizás dependa de su potencia
crítica, en la que habitan tanto el pánico como el consuelo, derivados ambos
del estilo "de garra" y del ansia de urgencia propios de los anarquistas:
sus biografías siempre han adquirido el contorno de la brasa caliente. Sin
embargo, para la mayoría de las personas, el anarquismo, como saber político
y como proyecto comunitario, se ha ido transformando en un misterio. No
necesariamente en algo desconocido o incognoscible, pero en algo semejante a
un misterio. Incomprensible. Inaudible. Inaparente.
Cuando traemos a lenguaje hablado una palabra, la evocamos como objeto de
museo pero también la degustamos como a un fruto recién arrancado de su
rama. En el acto de nombrar, un equilibrio sonoro logra que en la rutinaria
osificación de las palabras se evidencie un resto alentador cuando ellas
saltan de los labios. ¿Es entonces el anarquismo un tema para la
paleontología historicista, o bien una rama de la ética (una posible moral
colectiva) y una filosofía política vital? Para tratar de responder está
pregunta se hace necesario identificar su "drama cultural", conformado por
paradojas y por remolinos de tensiones que se evidencian en situaciones de
extremo peligro o cuando a una idea comienza a restársele su tiempo, cuando
deviene anacrónica. Como se sabe, la gran pasión del siglo XIX ha sido la
lucha por expandir los límites de la libertad. Como mito político, la
libertad se transformó en una consigna y un emblema afectivo exitoso que
movilizó las conciencias y las energías emotivas de millones de personas. A
fines de ese siglo el mito de la libertad se separó en tres direcciones,
conducidas por el comunismo, el reformismo y el anarquismo. Cuando aquella
pasión política fue "capturada" victoriosamente por el marxismo y fue
adosada a toda la imaginería y la maquinaria que hemos conocido bajo el
nombre de "comunismo" o el de sus diversos despliegues paralelos, no
solamente se desplegó un modelo de acción política y de subjetivación del
militante, sino un triunfo histórico que a la vez daría comienzo -aunque
inadvertidamente para sus propugnadores- a su "drama cultural": la
cristalización liberticida de una idea en un molde autoritario. Décadas
después, la larga subordinación acrítica de la izquierda al modelo soviético
le ha costado caro. La obsesión por la eficacia y el centralismo
autoritario, la relación oportunista entre medios y fines, los silencios
ante lo intolerable, son cargas históricas muy pesadas. Muy difícilmente
vuelva a renacer una creencia en el modelo "asiático" de revolución y
lentamente los partidos autodenominados marxistas van transformándose en
sectas en vías de extinción. Sus lenguajes y sus símbolos crujen y se
dispersan, quizás para siempre.
El drama cultural del reformismo socialdemócrata también deriva, en parte,
y curiosa o tristemente, de su éxito como eficaz sustituto del camino
"maximalista" de transformación social. Las expectativas depositadas en los
partidos reformistas fueron enormes en la mayoría de los países
occidentales, entre la Primera Guerra Mundial y 1991, año del fin del
régimen comunista en la Unión Soviética. El "genio" del reformismo residió
en su habilidad para devenir un eficaz mediador entre los poderosos y los
trabajadores, y para humanizar esa misma relación. Pero con el paso del
tiempo la socialdemocracia dejó de representar un avance en relación a la
cultura política conservadora para transformarse en una administradora del
estado de cosas en las democracias occidentales. La modernización de los
partidos de derecha, la desaparición del "cosmos soviético" y la drástica
redefinición del capitalismo en las últimas dos décadas la encontró incapaz
de diferenciarse de la derecha liberal, siendo la actual propuesta de la
"tercera vía" poco menos que un bluff publicitario. Su drama cultural actual
consiste en que la "reforma" está siendo llevada adelante por fuerzas que
tradicionalmente han sido consideradas de derecha, incluso cuando los
cambios son llevados a cabo por líderes de centroizquierda. Perdido el
monopolio de la transformación en el capitalismo tardío, y siendo las
reformas amparativas comparativamente paupérrimas en relación a la actual y
descarnada construcción del mundo, el ciclo cultural del reformismo comienza
a angostarse dramáticamente.
El comunismo siempre pareció una corriente de río que se dirigía
impetuosamente hacia una desembocadura natural: el océano posthistórico
unificador de la humanidad. Para sus críticos ese río estaba sucio,
irremediablemente poluido, pero incluso para ellos la corriente era
indetenible. Y sin embargo, ese río se secó, como si un sol sobrepotente lo
hubiera licuado en un instante. Solo ha quedado el molde vacío del lecho. Y
las estrías que allí restan, y la resaca acumulada, ya están siendo
numeradas y clasificadas por los historiadores de academia. Si quisiéramos
continuar recurriendo a metáforas hidrográficas, al anarquismo no le
correspondería la figura del río, sino la del géiser, como también la de la
riada, el aluvión, el río subterráneo, la inundación, la tromba marina, la
rompiente de la ola, la cabeza de tormenta. Todos, fenómenos naturales
inesperados y desordenados aunque dotados de una potencia singular. Esta
diadema de aguas ya nos advierte sobre su drama, en la que no logran
conciliarse su potencia trastornante y su débil persistencia posterior, su
capacidad para agitar y movilizar el malestar social de una época y su
incapacidad para garantizar una sociabilidad armoniosa luego de la purga de
una situación política, su tradición pugnante de acoso ético a la política
de la dominación y su dificultad para amplificar su sistema de ideas. La
palabra "anarquismo" goza aún de un sonoro aunque focalizado prestigio
político (habiéndose salvado de las máculas adosables al marxismo, ya que
sus mutuas biografías divergieron hace ya mucho tiempo). Ese prestigio
-quizás un poco equívoco- está teñido de un color tenebroso, que no deja de
ser percibido por muchos jóvenes como un aura lírica. Lo tenebroso acopla al
anarquismo a la violencia y al jacobinismo; lo lírico, al ansía de pureza y
a la intransigencia.
Pero cada vez parece haber menos anarquistas, o bien sus voces carecen de
audibilidad. Quizás nunca hayan existido demasiados anarquistas, si se
acepta que la definición supone una identidad "fuerte", esforzado activismo
de rendimientos mínimos, y una ética exigente. Las circunstancias históricas
nunca les han sido propicias, pero aún así lograron constituirse en
"contrapesos" ético-políticos, compensación a una especie de maldición
llamada "jerarquía". Quizás el mundo sea aún hospitalario porque este tipo
de contrapesos existen. Si en una ciudad solo acaecieran comportamientos
automáticos, maquinales y consumistas, esa ciudad sería inhabitable. El
anarquismo, pensamiento en alguna medida anómalo, representa "lo otro" de la
política, lo irrepresentable, la imaginación antijerárquica. Y el
anarquista, ser improbable, aún existiendo en cantidades demográficas casi
insignificantes, asume el destino o condena de ejercer una influencia
libertaria de tipo radial, que muchas veces pasa inadvertida y otras se
condensa en un acto espectacular. Decimos "condena" porque al anarquista no
le es concedido establecer fáciles ni rápidas negociaciones con la vida
social actual. Esa influencia tiene un objetivo: la disolución del viejo
régimen psicológico, político y espiritual de la dominación. Para llevarlo a
cabo, el anarquismo ha recurrido a un arsenal que solo ocasionalmente -y no
sustancialmente- puede ser acogido por otros movimientos políticos: humor
paródico, temperamento anticlerical, actitudes irreductibles de autonomía
personal, ebullición espiritual acoplada a urgencias políticas,
comportamiento insolente, impulsión de la acción política a modo de
contrapotencia, y en fin, una teoría que radicaliza la crítica al poder
hasta límites desconocidos antes de la época moderna. Su imaginería
impugnadora y su impulso crítico se nutren de una gigantesca confianza en
las capacidades creativas de los hombres una vez liberados de la geometría
política centralista y vertical.
La disolución del mundo soviético y la crisis del pensamiento marxista
parecieron conceder una oportunidad única al anarquismo. Sin embargo, la
caída del marxismo arrastró al abanico socialista entero, pues incluso el
anarquismo esta familiarizado con el imaginario comunista afectado por el
derrumbe. Los acontecimientos políticos del bienio 1989-1991, festejados
mediaticamente como si se tratara del guillotinamiento de Luis XVI, abrían
muros evidentes pero también clausuraban tradiciones emancipatorias. No sólo
lo peor, también lo mejor de ellas. Junto al derrumbe del orden soviético se
cerraba un espacio auditivo para los mensajes proféticos de rango salvífico.
Y en la voz anarquista cimbreaba un tono bíblico. Para sus profetas, el
orden burgués equivalía a Babilonia. A comienzos de los años '90 no estaba
finalizando la historia -tal como lo sugirió una consigna veloz y banal-
sino, quizás, el siglo XIX: se constataba que las doctrinas marxistas,
anarquistas e incluso las liberales en sentido estricto, estaban licuándose
y evaporándose de la historia del presente. Y que una de sus terribles
consecuencias suponía la ruptura de la memoria social, es decir, de los
lenguajes y símbolos que transportaban el proyecto emancipador moderno y el
modelo de antropología que le correspondía. Al mismo tiempo, la política
clásica, vinculada a la representación de intereses (versión liberal), a la
articulación de los antagonismos (versión reformista) o a la pugna social
contra el absolutismo y el orden burgués (izquierda y anarquismo), se
despotencia y deslegitima. Lentamente, la política, a nivel mundial,
comienza a operar según el modelo organizativo de la mafia. La organización
mafiosa ya es la metáfora fundante de un nuevo mundo, y eso en todos los
ordenes institucionales, desde los gremiales a los universitarios, de los
empresariales a los municipales. O bien se está incluido en la esfera de
intereses de una mafia particular o bien se está desamparado hasta límites
que sólo se corresponden con el inicio de la revolución industrial. Este
puede ser el destino que nos estaba aguardando, destino que encararemos
apenas cruzadas las puertas del tercer milenio.
Ya que todo Estado necesita administrar la energía emotiva de la memoria
colectiva, los modos de control y moldeado de los relatos históricos
devienen asuntos estratégicos de primer orden. La ruptura de la memoria
social ha sido causada, en alguna medida, por cambios tecnológicos, en
especial por la articulación entre los poderes y los instrumentos mediáticos
de transmisión de saberes. Una causa quizás más activa se la encuentra en la
desaparición de subjetividades urbanas que eran producto de una horma
popular no ligada a la cultura de las clases dominantes. Esas tribalidades
urbanas eran efecto de la "cultura plebeya", que en Argentina y por medio
siglo ha estado dominada por el imaginario peronista. A lo largo de este
siglo la vieja cultura popular (mezcla de imaginario obrerista y
antropología "folk") se metamorfoseó en cultura de masas, lo que transformó
lenta pero radicalmente el modo de archivo y transmisión de la memoria de
las luchas sociales. Y cuando la historia y la memoria se retraen, las
poblaciones no pueden sino fundar su obrar en cimientos tan instantáneos
como inciertos. Por su parte, la suerte de la pasión por la libertad -mito
central del siglo XIX- es incierto en sociedades permisivas, como lo son
actualmente las occidentales, en las que lo "libertario" deviene una
demanda-insumo acoplable a las ofertas de un mercado de productos
"emocionales", desde la psicoterapia a la industria pornográfica, de la
producción de farmacopeas armonizantes del comportamiento a la industria del
cuerpo. Esta última en especial revela ciertos síntomas sociales de la
actualidad: lectura del mapa genético, transubstantación de la carne en
alambiques de clonación, mejoramiento tecnológico de los órganos, cirugía
plástica, silicona inyectable al cuerpo a manera de vacuna contra el rechazo
social. El "modelo estético-tecnológico" se despliega como un "sueño" que
pretende apaciguar un malestar que, por su parte, nada tiene de superficial.
Ya hace tres décadas que somos dominio de la erótica, la gimnástica y la
dietética, tres saberes que pertrechan el cuerpo occidental para los
imprescindibles ejercicios cotidianos en los ordenes afectivos, laborales y
políticos. La creciente sensación de futuro incierto se descarga
imperceptiblemente sobre el cuerpo, antes tratado como "fuerza de trabajo" y
ahora obligado a dar pruebas continuas de su performatividad económica y
emocional: el cuerpo es valorado como "fuerza de apariencia". De allí que la
evolución que llevó del transplante de corazón y el implante de un
marcapasos al injerto de siliconas y el recetario de anabólicos revele la
mutación de las necesidades vitales en ansias de performatividad social. Si,
por un lado, la articulación entre belleza y tecnología quirúrgica evidencia
los temores actuales a la carne corruptible y resulta un índice analizador
del desarrollo desigual de las experiencias colectivas en asuntos de
tecnología y moral, por el otro revela la más preocupante emergencia de
"biomercados" y de incipientes disputas comerciales acerca de la "propiedad"
del material genético. El capitalismo ya reclama, en sentido estricto, su
"libra de carne". Toda esta alquimia genética muestra, además, un cambio de
estatuto en la ciencia: del juramento "prometeico" al "faústico". En un caso
se "capturan" saberes para mejorar moralmente -y no solo técnicamente- a la
humanidad, en el otro se actúa a la manera del aprendiz de brujo, que deja
salir de la botella a un genio que luego no sabe si podrá controlar. "Si
puede hacerse, se hace": tal es el lema de personas dotadas de conocimientos
técnicos muy sofisticados pero de reservas morales, religiosas y culturales
pobrísimas. En economías flexibilizadas, en países que han destrozado la
idea colectiva de nación, con habitantes que apenas pueden proyectarse hacia
el futuro, condenados a idolatrías menores, a recurrir a la moneda como
lugar común, a realizar apuestas que no están sostenidas en el talento de
cada cual, la experiencia colectiva se hace dura, cruel, carente y, por
momentos, delirante. Cada persona está sola junto a su cuerpo descarnado,
aquello en lo que, en última instancia, se sostiene. La "ansiedad cosmética"
nos revela el peso que arrastramos, el esfuerzo que hacemos por existir.
Pero también revela que el "arte de vivir contra la dominación", en el cual
descolló el anarquismo, está en suspenso, por cuanto la necesidades humanas
muta drásticamente y ya no se articulan con la memoria de las luchas
sociales anteriores. Si el destino de la época siguiera este curso, una
fuerza semejante a la del diluvio se llevaría los puentes de la memoria social.
¿Qué pueden hacer los libertarios en una situación social como está,
signada por la permisividad en cuestiones de comportamiento, por una notable
capacidad estatal de recuperación de las invenciones refractarias o por lo
menos por una inagotable capacidad de "negociación" con las mismas, con
ciudadanos que en el mejor de los casos están desorientados y en el peor
dotados de una percepción cínica de la vida social, y condenados a
sobrevivir en un orden institucional al que definimos como mafioso? El ideal
de libertad estuvo dirigido en el siglo pasado contra las presiones
autocráticas: la injusticia y el hambre se constituían en los "irritadores"
del malestar social. ¿Cuál es el motor del malestar social en nuestros días?
De la respuesta a esta pregunta nacerán las formas de lucha contra el orden
actual. La última memoria de luchas sociales transmitida a la actual
generación ha sido la de las rebeliones juveniles de los años '60, en
especial sus facetas asociadas a los cambios de conductas -el "parricidio
costumbrista"- y a la música electrónica urbana. Memoria que casi en su
totalidad es transmitida por el orden mediático y pasteurizada a fin de
volverla acoplable a las industrias del ocio. Es evidente que no es el
modelo del hambre el que informa a las actuales generaciones en todo
Occidente. El anarquismo, que ha pasado por muchas fases lunares en su
historia (las fases carbonaria, mesiánica, insurreccional,
anarcosindicalista, sectaria, sensentista-libertaria, punk, ecologista)
necesita hoy de un mito de la libertad que sea "revelatorio" del malestar
social y que dote a buena parte de la población de un impulso de rechazo,
tal como el desafío blasfemo y desculpabilizador empujó a los anarquistas
contra la iglesia, y el desafío antijerárquico a negar el orden estatal. Si
continuará habiendo "milagro de la palabra", es decir, anarquismo, es porque
él mismo puede devenir contraseña para la esperanza colectiva y para luchas
sociales liberadas del lastre de modelos autoritarios. El misterio de la
jerarquía cedería entonces su opacidad a una revelación política.





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